Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 4 ❦ Capítulo I: 4
4. La concepción del mundo de L. N. Tolstói.
León Nikoláevich Tolstói (1828-1910) comenzó a escribir en los años 50 del siglo XIX, antes de que en Rusia fuese abolida la servidumbre de la gleba; sus últimas obras son de 1910, unos años después de la primera revolución rusa. Lo principal de su creación corresponde al período posterior a la reforma, al tiempo en que en el país se preparaba la revolución democrático-burguesa. El alcance y lo característico de la posición ideológica de Tolstói venían determinados por la circunstancia de que en el período anterior a la revolución fue el portavoz del pensar y el sentir de los campesinos, con sus aspiraciones a una vida patriarcal. De ahí las “escandalosas contradicciones” de la concepción del mundo en Tolstói a las que Lenin se refería, viendo en él al “espejo de la revolución rusa”. Subrayaba Lenin que “las contradicciones en los puntos de vista de Tolstói no se refieren sólo a su modo personal de pensar, sino que son el reflejo de las condiciones, influencias sociales y tradiciones históricas, en el mayor grado confusas y contradictorias, que determinaban la psicología de las distintas clases y capas de la sociedad rusa en la época posterior a la reforma, pero anterior a la revolución. Lenin escribía: “...Tolstói ha encarnado en sus obras con asombroso relieve –tanto como artista como en calidad de pensador y propagandista– los rasgos de la peculiaridad histórica de toda la primera revolución rusa, de su fuerza y de su debilidad.”100
En una carta de 1887, Tolstói decía de sí mismo no tener “relación profesional con la filosofía”.101 No obstante, en Confesión escribe: “La filosofía me preocupó siempre; me agradaba seguir esta marcha tensa y armónica de los pensamientos en la que todos los complejos fenómenos del mundo se reducen de la diversidad a la unidad.”102
En el plano filosófico Tolstói se consideraba discípulo de J. J. Rousseau. En unas reflexiones filosóficas fechadas en 1846, se muestra adversario decidido del racionalismo de Descartes y de su tesis: “Pienso, luego existo.” En vez del “cogito” (pienso) cartesiano, Tolstói prefiere colocar “volo”, es decir, quiero, siento.
El joven Tolstói, que compartía la doctrina roussoniana del “hombre natural”, como producto perfecto de la naturaleza al que la sociedad deforma más tarde, meditó hondamente acerca del camino que el hombre moralmente firme podía seguir para superar la funesta influencia del medio.
Tolstói parte de la tesis idealista de que la conciencia determina el ser social. El perfeccionamiento moral del individuo es, desde este punto de vista, la base primera de la existencia humana. El único “dirigente” del hombre en la vida es el “espíritu universal que nos penetra”, según manifiesta en su relato Lucerna (1857).
También muestra afinidades con la filosofía de Rousseau la visión que el joven Tolstói tiene de la naturaleza en sus relaciones con el hombre. La naturaleza la concibe él como dirigente moral, que señala al hombre el camino [49] natural y-sencillo de su conducta individual y social. Á este respecto marca una neta oposición entre las leyes “naturales” de la naturaleza y las leyes “artificiales” de la sociedad. La vigorosa, directa y sincera protesta contra la mentira social y sus falsedades deriva hacia la negación del progreso, hacia la afirmación de que el reconocimiento de que la civilización es un bien representa un “conocimiento imaginario” que destruye la necesidad instintiva y primitiva del bien propia de la naturaleza humana.
En los comienzos de sus actividades literarias, Tolstói, que procedía de una familia de terratenientes aristócratas y se encontraba aún unido íntimamente a esos medios, defendía unas relaciones patriarcales entre los campesinos. No tenía todavía conciencia plena de la contradicción social entre los intereses del pueblo y de las clases dominantes y no había llegado a la negación de las bases del régimen de explotación y de todas sus instituciones. Eso no quita para que siente ya la conclusión de que “en las generaciones de los trabajadores hay más fuerza y más conciencia de la verdad y el bien que en las generaciones de barones, banqueros y profesores...”103
Entre 1863 y 1869, Tolstói escribe La guerra y la paz, obra de un gran contenido filosófico. La concepción que del mundo tiene Tolstói se define en La guerra y la paz como una percepción optimista de la vida regida por las leyes espontáneas del ser. Infundir el amor a la vida “en todas sus infinitas manifestaciones”: tal es la tarea que en el plano artístico y filosófico se propone La guerra y la paz y que la convierte en la obra más optimista, de afirmación de la vida, entre todo cuanto salió de la pluma de Tolstói.
La guerra y la paz nos deja la impresión de que la vida es indestructible en su eterno movimiento y desarrollo. Pero, se comprende, en la novela no se acepta toda la vida, cualquiera que ésta sea. La vida auténtica era para Tolstói la que se guía por los ideales del bien, de la verdad y de la sencillez (de la naturalidad). Al conocimiento y realización de estos ideales lleva en La guerra y la paz a sus mejores héroes, a la vez que niega la vida falsa, “artificial” y preocupada por “fantasmas”.
La filosofía de la historia que defiende en La guerra y la paz parte de la tesis de que es el pueblo, y no los grandes personajes, la base primera de los acontecimientos. Tolstói niega que la fuerza que rige el desarrollo histórico de la humanidad sea el deseo de poder de determinados personajes, por grandes que éstos sean; por lo tanto, niega el voluntarismo.
"...Existen leyes que gobiernan esos acontecimientos, unas desconocidas y otras cuyo sentido empezamos a entrever. El descubrimiento de esas leyes es posible únicamente cuando renunciamos por completo a buscar las causas en la voluntad de un solo hombre, igual que el descubrimiento de las leyes del universo no fue posible hasta que los hombres renunciaron a la idea de la inmovilidad de la Tierra.”104 La historia, lo mismo que la ciencia, “ha de buscar las leyes... en vez de buscar las causas”.105
Pero Tolstói, que define esta tarea, no pudo comprender acertadamente la esencia de las leyes que determinan la vida de la sociedad. Oponía metafísicamente el principio “espontáneo” del desarrollo histórico a la actividad [50] racional de los hombres, encaminada a un fin. Patrimonio de la historia era para él únicamente la “vida espontánea, del enjambre”, que no tiene “un alcance libre, sino que está predeterminado”. Por consiguiente, en su filosofía de la historia llegaba a conclusiones fatalistas.
No obstante, las concepciones históricas de Tolstói, en su conjunto, no se reducen al fatalismo. El sentido interno y objetivo de la realidad que presenta en La guerra y la paz, al entrar en contradicción con la concepción fatalista, se acerca de lleno a la comprensión de las leyes históricas. Así, la suerte de la guerra de 1812 venía determinada, según él, no por un “hado” misterioso, sino por el “garrote de la guerra popular”, que obraba con “sencillez y conveniencia”. Justamente porque Tolstói consideraba la guerra en general como “un acontecimiento contrario a la razón humana y a toda la naturaleza del hombre”, afirma el derecho del pueblo a la guerra de liberación nacional.
Tolstói rebajaba el papel de los personajes históricos cuando los denominaba “etiquetas” que se limitan a dar nombre al acontecimiento; le corresponde, sin embargo, el mérito de haber planteado en sus obras el problema del papel del pueblo en el proceso histórico.
En los años 70, los problemas filosóficos continúan interesando a Tolstói. Acerca de ellos mantiene una amplia correspondencia con N. N. Strájov, y en su polémica, aunque en conjunto sigue fiel al idealismo, rechaza la oposición que Strájov ve entre el “espíritu objetivo” y el “mundo objetivo”. “El hombre –afirma Tolstói– se diferencia del resto del mundo, a mi modo de ver, de ninguna manera por el espíritu, que yo no comprendo en absoluto, sino por el hecho de que juzga de sí mismo cuando juzga acerca del hombre y no de sí mismo cuando juzga acerca de las cosas.”106 En 1885 escribía a Strájov: “Me parece que los hindúes, Schopenhauer, los místicos y usted cometen el error, que nada justifica, de admitir el mundo exterior, la naturaleza, como una fantasmagoría.”107
En sus razonamientos, Tolstói subraya la “adecuación natural a un fin” de la naturaleza, a la que presenta de manera tan fiel y profunda que, según la atinada frase de Plejánov, “no es descrita, sino que vive” en sus obras. Este enfoque realista de los fenómenos de la naturaleza y de la vida social, que encontramos en Tolstói, se contradice con su concepción idealista filosófica, según la cual la “esencia de la vida” se encuentra fuera del ser material.
Es importante, sin embargo, señalar que Tolstói se manifestó contra algunas concepciones idealistas en la interpretación del mundo, y en particular contra la doctrina hegeliana de la “idea absoluta” encarnada en la naturaleza y, singularmente, contra las teorías espiritistas. En los años 7080, cuando el espiritismo había adquirido gran difusión en Rusia y lo practicaban hasta algunos hombres de ciencia, Tolstói lo hizo objeto de sus acres burlas en Ana Karénina (1873-1877) y todavía más vigorosamente en Frutos de la ilustración (1886-1889).
Después de 1875, y singularmente en vísperas y durante la situación revolucionaria de 1879-1881, Tolstói manifiesta vivo interés por los problemas [51] sociales de su tiempo. Sus escritos de estos años denotan sus intensas búsquedas en el campo moral y religioso y filosófico-social. Es el período que le lleva directamente al viraje de sus concepciones, al rompimiento con las ideas de los medios de la nobleza al que pertenecía por su nacimiento y su educación. liste viraje trace un cambio sustancial en la posición social de Tolstói, convirtiéndole en sus últimas obras en el portavoz del pensar y el sentir de millones de campesinos rusos en el tiempo en que en el país se hace presente la revolución burguesa.
En los últimos veinte años del siglo XIX, Tolstói crea una serie de obras filosóficas de carácter social y religioso: Confesión, Cuál es mi fe, Qué hemos de hacer, Acerca de la vida, El reino de Dios dentro de nosotros y alguna otra, en las que denuncia el régimen de explotación y critica la religión oficial, la teología dogmática. Movido por sus deseos de desenmascarar la “falsa noción” (es decir, la ideología religiosa de la Iglesia), que él advertía claramente, dirige contra ella toda la fuerza de su inteligencia y su talento. La Iglesia y la teología encuentran en Tolstói un enemigo irreductible e implacable.108
Después de la aparición de su Confesión, Estudio de la teología dogmática y Cual es mi fe, Tolstói emprende la lucha contra los “engaños” que se le habían revelado, somete a crítica la propiedad privada, el Estado antipopular, los tribunales, el militarismo, el colonialismo, etc. Tras d denunciar todos estos “engaños”, llega a la conclusión de que no es posible vivir tal como viven los hombres de la sociedad de su tiempo. Hay que cambiar la vida de arriba abajo. “El régimen de vida existente ha de ser destruido... –manifiesta Tolstói–. Ha de ser destruido el régimen de la competencia y ser sustituido por el comunista; ha de ser destruido el régimen capitalista y sustituido por el socialista; ha de ser destruido el régimen del militarismo y sustituido por el desarme y el arbitraje... en una palabra, ha de ser destruida la violencia y sustituida por la agrupación de los hombres basada en la libertad y el amor.”109
Tolstói se esfuerza por resolver el problema de cómo lograr que el mundo sea hermoso y que los hombres, todos los hombres y, en primer término, aquellos que trabajan, sean felices.
A Tolstói le atraían poco las promesas religiosas de la felicidad después de la muerte como recompensa de los sufrimientos en la tierra. La vida del hombre en la tierra ha de ser hermosa. La vida “en la imaginación” es, según palabras de Tolstói, la vida “en la locura”.110
La mirada perspicaz del gran pensador, que buscaba afanosamente las vías para lograr la felicidad en la tierra, captaba atentamente en las teorías teológicas y filosóficas que presentan la vida terrena como un mal inevitable el oculto deseo de justificar el orden de cosas existente. “Todas las teorías filosóficas y políticas que justifican el régimen existente –escribía– [52], el hegelianismo y sus hijos, descansan en esta afirmación. El pesimismo que exige a la vida lo que ésta no puede dar, y que por eso niega la vida, se desprende también de ella.”111
Desde este punto de vista, Tolstói critica duramente no sólo la teoría antihumana de Malthus, sino también el pesimismo de Schopenhauer. “El pesimismo, en particular, por ejemplo, de Schopenhauer –escribe–, siempre me pareció no ya un sofisma, sino una estupidez, y por añadidura una estupidez de mal tono... Siempre siento deseos de decir al pesimista: “si no te gusta el mundo, no hagas gala de tu descontento, abandónalo y no molestes a los demás.”112
Tolstói miraba con espíritu crítico la vida monástica y los intentos de cierta parte de los intelectuales rusos, que aspiraban a edificar artificialmene la “vida cristiana” en colonias agrícolas de distinto género. Para la vida cristiana, afirmaba, no hay que buscar ninguna condición excepcional. “Prácticamente –escribía en una carta– mi consejo es que hay que vivir más la vida de la carne, mantenerse en contacto con la naturaleza, trabajar, andar, jugar, coger flores, adornar cuanto nos rodea.”113
La fuente del mal en la tierra no la veía Tolstói en propiedades eternas de la naturaleza humana, en los inevitables sufrimientos y la muerte, sino, ante todo, en la crueldad y la injusticia del régimen social existente. “No, este mundo no es una broma, no es sólo un valle de lágrimas que nos sirve de paso a un mundo mejor y eterno –escribe en su diario en 1894–, es uno de tantos mundos eternos, que es hermoso y alegre y que nosotros podemos y debemos hacer más hermoso y alegre para quienes viven con nosotros y para quienes vivan después en él.”114
Sin embargo, Tolstói pensaba encontrar la solución de los problemas sociales que se planteaban ante él, en el campo de las “verdades eternas” de la filosofía, la religión y la moral. El escritor se niega a reconocer las condiciones materiales en su desarrollo histórico como base de la vida social; llega a la noción utópica de que la vida moral de cada individuo es el único medio para luchar contra el mal social. Así apareció su concepción idealista, según la cual la comprensión por cada uno del sentido de la vida es la base de la existencia humana. El régimen de explotación se afirmó, según él, al perder los hombres la conciencia religiosa de su vida; este régimen será destruido cuando recobren dicho sentido religioso, que se contiene en las verdades del cristianismo nuevo y “purificado”. A la dialéctica del desarrollo de la lucha social le enfrentaba Tolstói la eterna inmovilidad de la “sabiduría” cristiana. Veía la realización de sus ideales sociales en el propio perfeccionamiento moral, y en la no resistencia al mal mediante la violencia. Contra el injusto régimen económico había que luchar a través del perfeccionamiento moral de los ricos y de la resistencia pasiva de los pobres, con la renuncia de los trabajadores a apoyar el régimen despótico de vida y a la revolución social. Esta teoría de Tolstói era, según palabras de Lenin, utópica y reaccionaria.
En el sistema de concepciones filosóficas de Tolstói el puesto central [53] corresponde a la ética. Se trata de una doctrina compleja y contradictoria. Propia de ella es un elevado espíritu humanista. Rechaza la inmoralidad de la sociedad burguesa, con su principio del “máximo provecho”, y aspira a establecer unas “relaciones verdaderamente humanas” entre los hombres.
La ética del individuo no la concebía Tolstói fuera de la existencia social, aunque tenía un criterio erróneo de los nexos entre la una y la otra. Para él, no son las relaciones sociales las que determinan la ética, sino al contrario, la ética individual se “eleva” hasta las formas de la existencia social y, de este modo, las modifica. No puede extrañarnos que su doctrina del bien individual –que él considera independiente de las condiciones materiales de vida y que las desprecia– culmine con la prédica del ascetismo y el quietismo. Al hombre se le asigna el bajo papel de “trabajador” puesto al servicio de la salvación de su alma y subordinado a la voluntad del “dueño”, de Dios.
Junto a las cuestiones del perfeccionamiento moral, Tolstói se preocupó siempre del problema de la violencia. El filo de su crítica de la violencia va dirigido, ante todo, contra la violencia “legitimada” de una minoría ínfima sobre la inmensa mayoría del pueblo trabajador. Esta violencia es la que él denuncia en sus artículos y obras artísticas.
Al propio tiempo, Tolstói niega la lucha armada que los revolucionarios y el pueblo “que aprendió a hacer la revolución” oponen como respuesta a la violencia del gobierno. Considerábala estéril, pues, según su teoría el mal no puede ser destruido por el mal. No obstante, la estimaba de ordinario como una mera consecuencia de la violencia del Estado, y aunque no justificaba a los revolucionarios, creía más qué suficientes los motivos que los impulsaban a esa actividad. A la violencia, cualquiera que sea, del gobierno y de los revolucionarios, oponía Tolstói la utópica ley del “amor”, la ley de la “vida fraternal” de todos con todos.
La demoledora fuerza de la crítica tolstoiana de la violencia estaba en flagrante contradicción con su prédica de la “no resistencia al mal mediante la violencia”. V. I. Lenin escribía, poniendo de relieve las contradicciones existentes en las obras, las concepciones y la doctrina de Tolstói: “Por una parte, crítica implacable de la explotación capitalista, la denuncia de las violencias del gobierno, de la farsa de los tribunales y de la dirección del Estado, el descubrimiento en toda su profundidad de las contradicciones entre el incremento de las riquezas y las conquistas de la civilización, y el incremento de la miseria, de la ignorancia y de los sufrimientos de las masas obreras; por otra parte, la monstruosa prédica de la “no resistencia al mal” mediante la violencia. De un lado, el realismo más sensato, que arranca todas las máscaras, sean del género que sean; de otro, la prédica de una de las cosas más odiosas que existen en el mundo: la religión, la tendencia a colocar, en el lugar de los popes nombrados oficialmente, a otros popes movidos por el convencimiento moral, es decir, el cultivo del clericalismo más refinado, y por eso particularmente repulsivo.”115
En relación directa con el planteamiento del problema de la violencia [54] examina Tolstói el de la libertad y la necesidad. El hombre es libre únicamente, según él, cuando no ejerce violencia sobre nadie y no es objeto de violencia. La única necesidad que en relación con esto reconoce Tolstói es la subordinación a la “voz divina de la propia alma”, voz que la razón no puede comprender. Esta afirmación idealista de Tolstói se une en sus bases gnoseológicas con el “imperativo categórico” kantiano. Es, pues, lógico que en 1887, después de leer la Crítica de la razón práctica, expresase su solidaridad con la conclusión a que Kant había llegado: “... Nuestra libertad viene determinada por leyes morales y es una cosa en sí (es decir, la propia vida).”116
Los repetidos intentos de formular su teoría estética se refieren al último período de la actividad de Tolstói. En esa teoría tomaban cuerpo sus largas meditaciones acerca de la naturaleza y la misión del arte.
En el tratado Qué es el arte, obra en cuya preparación trabajó durante más de quince años (1882-1898), Tolstói examina un gran número de teorías estéticas burguesas y advierte que en su mayoría se basan en un concepto “enigmático y nebuloso” de la belleza. Tolstói critica las concepciones estéticas idealistas de Fichte, Shelling y Schopenhauer con su “definición mística de la belleza”, y también la estética de Kant y sus continuadores, que veían en el arte el manantial de un “placer desinteresado” y altruista.
Las concepciones estéticas de Tolstói, lo mismo que toda su ideología, ofrecen un sinnúmero de contradicciones, pero en ellas encontramos una fuerte tendencia materialista, en cuanto es una síntesis de la experiencia del gran escritor realista.
Tolstói entra en controversia con las concepciones idealistas y afirma la primacía de la vida real y su superioridad sobre el arte: “El artista sólo es artista porque ve los objetos no como él querría verlos, sino tal como son.”117 Por otro lado, enuncia la tesis de que el artista no puede limitarse a representar lo que la realidad le ofrece; está obligado a mostrar lo que no hay en ella, pero que debería estar. Si bien esta afirmación derivaba del legítimo deseo de conceder al arte el derecho a defender los ideales del futuro, la estética de Tolstói rebosa idealismo, y en su labor artística concreta se traduce en el intento de presentar como encarnadas en la vida las ilusiones religiosas y morales.
La propiedad fundamental del arte era para Tolstói el “contagio”. Según él, la verdadera obra de arte expresa con tal emoción las ideas y los sentimientos del autor, que “contagia” al lector, espectador o auditor. Mas aun subrayando esta función del arte, a veces rebajaba su importancia en cuanto al conocimiento.
Tolstói aconsejaba nutrir el arte con la vida del pueblo, con su infinita variedad de formas de trabajo y sus choques; criticaba el arte destinado a las clases ricas, cuyo contenido se reduce a “unos sentimientos misérrimos y muy simples”: “los sentimientos del orgullo, de la lujuria y del tedio”. “Los hombres de la ciencia y del arte podrían decir que su actividad es útil para el pueblo solamente cuando se marquen el fin de [55] servir al pueblo lo mismo que ahora se marcan la finalidad de servir a los gobiernos y a los capitalistas”,118 escribe Tolstói en Qué hemos de hacer.
Las ideas estéticas de Tolstói, su concepción del arte del futuro, se hallan inspiradas por un espíritu de democracia y de humanismo. Mas también aquí se refleja su prédica religiosa y moral. El “arte supremo”, nos dice, ha de unificar a los hombres sobre la base de la concepción cristiana del mundo. El colapso del arte decadente de su época, fruto del divorcio con el pueblo, lo tomaba él como una consecuencia del rompimiento del arte con la conciencia religiosa.
Tolstói enunciaba el punto de vista del arte “bueno”, “cristiano”, pero a menudo no se atenía a él en sus obras. Negaba el carácter tendencioso y polémico del arte en nombre de concepciones abstractas acerca del “bien”, pero en sus obras era tendencioso y se elevaba hasta las acusaciones más duras y hasta el flagelo de la sátira.
Así, pues, la concepción del mundo en Tolstói, tal como se estructura en los años 80 y 90, está muy lejos de ser un todo completo y único; adolece de profundas contradicciones. Cuando V. I. Lenin pone de relieve este carácter contradictorio de las concepciones y la obra de Tolstói, revela la completa falta de principios y el absurdo en que incurren los filósofos y publicistas que quieren presentar al gran escritor como un pensador que “encontró la síntesis”, que expuso un sistema armónico de carácter filosófico y religioso-moral. “No es cierto –escribía V. I. Lenin–. Precisamente la síntesis, ni en las bases filosóficas de su concepción del mundo ni en su doctrina político-social, es lo que Tolstói no supo, o mejor dicho no pudo encontrar.”119
El lado fuerte de Tolstói como filósofo y publicista es su crítica de una serie de corrientes de la filosofía burguesa reaccionaria. Se vuelve especialmente con cólera contra Nietzsche y sus adeptos. El calificativo que reserva para el filósofo alemán es el de “loco”. La supervivencia de los más adaptados. Filosofía de la fuerza, libro de orientación nietzscheana del norteamericano Regner Redbird, le produjo hondo descontento. La consecuencia que de él se deriva, escribía indignado, es que “los vencidos han de ser explotados, atormentados, despreciados. El libre y valeroso puede conquistar el mundo entero. De ahí que deba ser eterna la guerra por la vida, por la tierra, por el amor, por las mujeres, por el poder y por el oro”.120
La ideología proletaria científica fue siempre un campo ajeno para Tolstói, aunque él decía que el “socialismo” y el “comunismo” se encuentran en primer plano entre aquello que “verdaderamente es la vida actual del mundo”.121
En el ocaso de su vida, Tolstói llega a una conclusión pesimista para él y para su prédica ético-religiosa. En 1909 escribe: “Mi error principal consiste en que, también ahora, el amor realiza su obra en Rusia mediante [56] ejecuciones, horcas y demás.”122 En otro lugar reconoce que, en parte, la violencia instituye la vida.123
La marcha de Yásnaia Poliana a los ochenta y tres años, que los publicistas y filósofos burgueses liberales presentan como un gran acto del “maestro de la vida”, con lo que venía a confirmar supuestamente la fuerza salvadora de su doctrina de la conciencia y del amor universal, era, en realidad, de un lado, un reto y protesta de Tolstói, y de otro, el testimonio de la derrota histórica del “tolstoismo”. Esta marcha significaba la renuncia a las condiciones “señoriales”? de vida y un intento de acudir al pueblo, de unirse con los hombres a quienes en la sociedad capitalista y terrateniente “tratan como si fuesen bestias”, pero que, según la profunda convicción de Tolstói, “son los únicos que hacen la vida y la historia”.
A los pocos días de la muerte de Tolstói, V. I. Lenin escribía: “Ha muerto Tolstói y ha pasado a la historia la Rusia prerrevolucionaria; la debilidad y la impotencia de la cual tomaban “expresión en la filosofía, quedaban dibujadas en las obras del genial artista. Pero en su patrimonio hay algo que no ha pasado a la historia, que pertenece al futuro. Este patrimonio lo hace suyo y en él trabaja el proletariado ruso.”124
Lenin puso de relieve en sus artículos sobre Tolstói las raíces históricas y la verdadera esencia de las contradicciones entre su concepción del mundo y su obra, en sus ideas político-sociales, filosóficas y éticas. Lenin define la «significación universal de Tolstói como escritor y pensador, a la vez que señala el daño que causó con su prédica ético-religiosa, que en el proceso del desarrollo histórico ha puesto de manifiesto su total inconsistencia. Dice así Lenin: “Tolstói es ridículo como profeta que descubrió nuevas recetas para la salvación de la humanidad, y por eso son tan míseros los “tolstoianos” extranjeros y rusos, que querían convertir en dogma precisamente la parte más débil de su doctrina. Tolstói es grande como portavoz de las ideas y del sentir de millones de campesinos rusos en el momento en que advenía la revolución burguesa en Rusia.”125
Tolstói es grande porque “planteó con enorme fuerza, seguridad y sinceridad toda una serie de problemas relativos a los rasgos fundamentales de la moderna organización política y social”,126 porque su obra reflejaba, a su modo, la significación mundial de la revolución rusa.127
{100} V. I. Lenin, L. N. Tolstói. Obras completas, ed. rusa, t. 16, págs. 294, 295.
{101} L. N. Tolstói, Obras completas. Edición conmemorativa (1828-1928), t. 64, Moscú, 1953, pág. 103.
{102} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. rusa, t. 23, Moscú, 1957, pág. 499.
{103} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. rusa, t. 8, Moscú, 1936, pág. 345.
{104} Ibídem, t. 12, Moscú-Leningrado, págs. 66, 67.
{105} Ibídem, pág. 388.
{106} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. rusa, t. 61, Moscú, 1953, pág. 346.
{107} Ibídem, t. 63, Moscú-Leningrado, 1934, págs. 313-314.
{108} Es completamente errónea la afirmación del emigrado blanco V. Zenkovski en su Historia de la filosofía rusa en el sentido de que las discrepancias de Tolstói con la Iglesia eran sólo un “fatal malentendido”. V. Zenkovski necesitaba esta afirmación para ocultar el alcance histórico de las actividades anticlericales de Tolstói y llevar a un primer plano sus equivocaciones religiosas.
{109} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. cit., t. 68, Moscú, 1954, pág. 64.
{110} Ibídem, t 23, pág. 376.
{111} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. cit., t. 68, Moscú, 1954, pág. 378.
{112} Ibídem, t. 64, pág. 231.
{113} Ibídem, t. 69, Moscú, 1954, pág. 114.
{114} Ibídem, t. 52, Moscú, 1952, pág. 120-121.
{115} V. I. Lenin, León Tolstói como espejo de la revolución rusa. Obras completas, ed. rusa, t. 15, pág. 180.
{116} L. N. Tolstói, Obras completas, t. 64, pág. 106.
{117} Ibídem, t. 30, Moscú, 1951, pág. 20.
{118} L. N. Tolstói, Obras completas, t. 25, Moscú, 1937, págs. 356-357.
{119} V. I. Lenin, Héroes de la “reserva mental”. Obras completas, ed. rusa, t. 16, pág. 339.
{120} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. cit., t. 30, pág. 173.
{121} Ibídem, t. 23, pág. 441.
{122} L. N. Tolstói, Obras completas, ed. cit., t. 57, Moscú, 1952, pág. 200.
{123} Ibídem, pág. 26. Es de una evidencia absoluta que Tolstói no se refiere aquí a la violencia del Estado burgués, sino a la violencia revolucionaria, a la “contención de:los malos por la violencia”.
{124} V. I. Lenin, L. N. Tolstói. Obras completas, ed. rusa, t. 16, pág. 297.
{125} V. I. Lenin, León Tolstói como espejo de la revolución rusa. Obras completas, ed. rusa, t. 15, pág. 183.
{126} V. I. Lenin, L. N. Tolstói y el movimiento obrero contemporáneo. Obras completas, ed. rusa, t. 16, pág. 300.
{127} V. I. Lenin, L. N. Tolstói. Obras completas, ed. rusa, t. 16, pág. 293.