Zeferino González
Filosofía novísima
§ 8
Hegel
En el año 1770 nació en Stuttgardt este filósofo, destinado a ejercer profunda y universal influencia sobre los diferentes ramos del saber, y destinado también a ser el representante más genuino y acaso el más lógico y profundo del panteísmo idealista germánico. Ya hemos indicado antes que en su juventud fue compañero y amigo de Schelling en la universidad de Tubinga, donde hizo sus estudios filosóficos y teológicos. Terminados éstos, y después de haber ejercido el profesorado particular durante algunos años en Suiza y Francfort, se fijó en Jena, donde publicó un escrito sobre la Diferencia entre el sistema filosófico de Fichte y de Schelling, escrito en el cual deja conocer su predilección por la teoría del último.
Después de haber enseñado en Jena, ya como profesor privado, ya como profesor extraordinario, fue nombrado rector del gimnasio de Nuremberg en 1808, y ocho años después se le confió una cátedra de Filosofía en la universidad de Heidelberg, sucediendo después a Fichte en la cátedra de Filosofía de Berlín, donde falleció atacado del cólera en 1831.
Al descender al sepulcro, Hegel había adquirido extraordinaria reputación, debida a su enseñanza y a la publicación de obras que abundan en ideas profundas y más o menos originales. Su doctrina y teorías, aparte de otros conceptos, son muy notables por la universalidad de sus aplicaciones, no menos que por el organismo sistemático, unitario y enciclopédico que su autor supo comunicar a la ciencia. Sus obras principales son: Fenomenología del Espíritu (1807), especie de viaje de exploración, como la denomina el mismo Hegel; la Lógica, que apareció en tres volúmenes desde 1814 a 1816; la Enciclopedia de las ciencias filosóficas; la Filosofía del Derecho, que vio la luz en 1821, a las cuales deben añadirse algunas muy importantes publicadas después de su muerte, como son la Historia de la Filosofía, la Estética y sus lecciones Sobre la Filosofía de la religión.
Por una evolución natural y lógica, la cosa en sí del filósofo de Kœnisberg, la X misteriosa y oculta en el fondo del criticismo kantiano, habíase transformado bajo la pluma de Fichte en el yo puro, principio necesario del no-yo, o sea del mundo fenomenal, por medio de una producción inconsciente y espontánea, contra el cual reacciona después por medio de una actividad infinita y libre. Schelling, por su parte, acababa de convertir la cosa en sí en el Absoluto como unidad primitiva indiferente y común del yo y del no-yo, del sujeto y del objeto, de la naturaleza y del espíritu; en otros términos: como esencia general de las cosas, como fondo común e idéntico de los contrarios. El panteísmo de Fichte es un idealismo subjetivo; el de Schelling es un idealismo subjetivo-objetivo. Para Fichte, el ser, la esencia (la cosa en sí de Kant, la realidad) es el yo, el sujeto; el no-yo, el mundo, el objeto, es sólo fenómeno, accidente y modo de ser: el ser es el yo, y fuera del yo no hay verdadera realidad. Para Schelling, el ser, la esencia, la realidad, no es ni el yo, ni el no-yo; ni el espíritu, ni el mundo; ni el sujeto, ni el objeto en cuanto tales: la única y verdadera realidad, la esencia, es el Absoluto en cuanto constituye el fondo común, indiferente e idéntico de las cosas, inclusas las que se presentan como contrarias: el Absoluto es la realidad verdadera, la esencia real y única; el yo y el no-yo, el espíritu y la naturaleza, lo finito y lo infinito, lo ideal y lo existente son fases, manifestaciones, fenómenos.
El punto de partida y el esquematismo general de la concepción de Hegel coinciden con los de Schelling. Como el filósofo de Leomberg, Hegel considera el absoluto, la Idea, el pensamiento, como el principio, la esencia y el término de la realidad, o sea de todas las cosas, las cuales no son más que determinaciones varias de la Idea. Como Schelling también, el filósofo de Stuttgart explica el origen y la naturaleza de los seres, o, si se quiere, del Universo, por medio de evoluciones progresivas y determinadas de la Idea o del absoluto.
Existen, sin embargo, profundas y trascendentales diferencias entre la concepción filosófica de Schelling y la concepción hegeliana, no ya sólo porque el organismo sistemático y lógico es mucho más vigoroso y armónico en Hegel que en Schelling, sino también porque el processus dialéctico de la Idea, que representa papel tan importante en la teoría hegeliana, entraña cierta originalidad y ofrece puntos de vista especiales que no se encuentran en la evolución schelingiana del Absoluto. Esto sin contar que las vacilaciones, obscuridad y contradicciones frecuentes que hemos observado en Schelling no se encuentran en Hegel, el cual marcha a su objeto, semper sibi constans, con pleno dominio de sí mismo y de su idea, con inquebrantable energía, con grande rigor dialéctico, dado su punto de partida.
La Idea, que es a la vez principio, ley y término o fin del ser, de la realidad, se manifiesta y determina en la esfera de los conceptos puros o del pensamiento, en la esfera de la naturaleza o mundo material, en la esfera del espíritu humano. De aquí las tres partes y divisiones fundamentales de la Filosofía de Hegel, que son la Lógica, la Filosofía de la naturaleza y la Filosofía del espíritu. Todas ellas representan evoluciones o determinaciones diferentes de la misma Idea, y todas ellas descansan, no sobre el principio de contradicción que hasta el presente ha servido de base general de la Filosofía, sino sobre el siguiente pronuntiatum o axioma: Todo lo que es racional es real, y todo lo que es real es racional.
En otros términos: la Idea, –la cual, en el fondo, es la totalidad del ser (das Ganze), el ser todo, el ser absoluto,– considerada en sí misma y como noción racional real, constituye el objeto y el contenido de la lógica. Considerada en cuanto sale de sí misma y se revela en la naturaleza, o, mejor, en cuanto ésta es engendrada por la Idea inmanente en su fondo, como es inmanente también en las nociones o categorías lógicas, constituye el objeto y el contenido de la Filosofía de la Naturaleza. Considerada, finalmente, según que adquiere conciencia de sí misma en el hombre, constituye el objeto y el contenido de la Filosofía del Espíritu. Pero téngase presente que la Lógica, la Filosofía de la Naturaleza y la Filosofía del Espíritu, más bien que ciencias verdaderas, son como tres momentos de la ciencia universal y absoluta, la cual consiste en conocer y afirmar que el pensamiento y el ser son una misma cosa (das absoluto Wissen erkennt Denken und Sein als identisch), lo cual constituye el término final del proceso de la Idea, como principio y substancia del universo, de la universalidad de los seres, y como principio y substancia del conocer o de la ciencia.
Esto quiere decir, en otros términos, que la Lógica, como ciencia o conocimiento de las determinaciones puras de la Idea, según que ésta entraña y da origen a las categorías como elementos abstractos del pensamiento; la Filosofía de la Naturaleza, como conocimiento de la Idea en su evolución externa y en sus determinaciones físico-naturales; y la Filosofía del Espíritu, como ciencia y conocimiento de la Idea en su proceso ascendente desde la naturaleza al espíritu y en la reversión de éste a sí misma por medio de la conciencia y libertad, representan y constituyen tres partes integrantes de la ciencia una y universal, o, digamos mejor, que representan y constituyen tres premisas, tres pruebas o demostraciones parciales y convergentes de la identidad de lo real y de lo ideal, del pensamiento y del ser, del sujeto y del objeto, de la materia y del espíritu, de Dios y del hombre: conclusión última y tesis esencial de la ciencia o Filosofía absoluta.