Zeferino González
Filosofía novísima
§ 17
Otros representantes de la izquierda hegeliana
Por su importancia literaria, por el número de sus escritos y por el ruido y fermentación que produjeron, Strauss merece figurar ciertamente a la cabeza de los representantes de la izquierda hegeliana, pero no es el único ni el primero en el orden cronológico.
Al lado de Strauss, y algunos de ellos antes que Strauss, cultivaron y desarrollaron las doctrinas y tendencias de la izquierda hegeliana, los siguientes, sin contar otros de menos nombre:
a) Feuerbach (1804-1872), el cual, después de estudiar teología en Heidelberg, donde Daub le comunicó su entusiasmo por la Filosofía de Hegel, pasó a Berlín cuando sólo contaba veinte años de edad, con el objeto de conocer y tratar personalmente al autor de la Fenomenología y oír sus lecciones. Después de la muerte de Hegel, mientras que los teólogos y filósofos de la derecha comunicaban al hegelianismo una dirección relativamente cristiana y sabor teísta y espiritualista, Feuerbach, comunicándole una dirección en sentido inverso, deducía de aquél, acaso con más lógica que los primeros, la antropolatría y el sensualismo materialista, y, como consecuencia última, las negaciones más radicales acerca del Cristianismo.
En 1839 publicó un trabajo Sobre la Filosofía y el Cristianismo, en el cual establece que la Filosofía hegeliana es incompatible con el Cristianismo, allanando de esta manera el terreno y preparando los ánimos para su obra capital La esencia del Cristianismo, que es como la expresión genuina y más completa de su pensamiento filosófico.
La religión, dice Feuerbach en este libro y en algunos posteriores, no es más que una alucinación del espíritu humano, o, digamos mejor, del hombre, el cual, en su deseo innato de elevarse y de gozar, se objetiva a sí mismo, traslada a un objeto que no existe fuera del hombre sus propios deseos, las aspiraciones egoístas del corazón. De aquí es que el hombre se adora y glorifica a sí mismo cuando se hace la ilusión de adorar y glorificar a Dios. Luego no hay más Dios real y objetivo que el hombre, ni más religión que el humanismo, ni más ciencia teológica que la antropología. Si el hombre se distingue en algo de los brutos, es precisamente porque tiene la facultad de objetivarse, de conocerse y de adorarse como Dios, y la ciencia consiste en reconocer que Dios no es más que un nombre nuevo y especial que el hombre se da a sí mismo al objetivarse, pero sin realidad distinta del hombre. Si las masas y el vulgo adoran a Dios y le dan culto como a un Ser Supremo superior al mundo y distinto de los demás seres, es porque ignoran que Dios, como esencia distinta del hombre, es un nombre vano; es porque la ciencia no les ha enseñado que Dios es una mera objetivación del hombre, y que éste es único Ser supremo real y verdadero.
Las íntimas y necesarias relaciones que existen entre la negación de Dios y la negación del espiritualismo cristiano, debían arrastrar, y arrastraron efectivamente a Feuerbach a la afirmación del sensualismo materialista. «La nueva Filosofía, nos dice en sus Fundamentos de la Filosofía del porvenir, hace del hombre, –comprendiendo en éste la naturaleza como base del hombre,– el objeto único, universal y supremo de la Filosofía; la antropología, pues, comprendiendo en ésta la psicología, es la ciencia universal.»
Pero entiéndase que la antropología a que alude el filósofo alemán, es una antropología informada por el sensualismo materialista, toda vez que Feuerbach añade que «verdad, realidad y mundo de los sentidos, son cosas idénticas..., y que allí donde no hay sentidos, no hay ser, no hay objeto real».
Aplicando esta doctrina a la estética, el antiguo discípulo y admirador de Hegel nos dice que «el objeto del arte es el objeto de la vista, del oído y del tacto». Impulsado por la lógica, y avanzando más y más en el camino de la materia y de los sentidos, Feuerbach concluye por afirmar que «sólo existe aquello cuya existencia produce goce y cuya no existencia produce sentimiento en nosotros», y que el hombre no es más que lo mismo que come (Was der Mensch ist, das ist er), o se identifica con su comida.
b) Max Stirner, en su libro titulado El ser único y su propiedad (Der Einzige und sein Eigenthum), epígrafe que otros traducen: El individuo y su propiedad, desenvolvió en sentido más radical todavía las ideas de Feuerbach, principalmente en lo que se refiere a la divinización del hombre y a la consiguiente negación de Dios.
Para Stirner, el hombre lo es todo, es el ser supremo, y sobre el hombre compuesto de materia y de sentidos no hay nada. Lo que se llama espíritu es una ilusión imaginaria sin realidad ni consistencia: el pensamiento es una de las formas de la materia, una secreción del cerebro, una emanación sutil de éste, como el perfume que exhala la flor. Stirner concluye afirmando que «nada hay real en el mundo más que yo y los alimentos que me nutren».
c) Ruge (Arnaldo, 1802) y Jorge Federico Daumer desenvolvieron las doctrinas de la izquierda hegeliana en sentido más radical aún que Stirner y Feuerbach, al menos en el terreno religioso y político-social; pues por lo que hace al filosófico, poco o nada pudiera añadirse. El primero, reproduciendo en toda su crudeza las antiguas teorías de los atomistas, no ve en la religión más que el producto de un temor supersticioso y de la astucia de los sacerdotes. El Cristianismo es una simple renovación del budismo, y Jesucristo es un mito figurativo de la lucha entre el estío y el invierno, de la oposición entre la luz abundante y duradera del verano y las tinieblas o falta de luz en el invierno.
No hay más Ser supremo que el hombre, ni más bien supremo que el Estado libre, ni más prosperidad y bienes que los que resultan de los adelantos de la industria, ni más consuelos y esperanzas eficaces que la certeza o convicción de que todo concluye definitivamente con la muerte.
Las ideas de Daumer en la primera época de su vida, coinciden con las de Ruge, y pueden reducirse a la afirmación de los goces y de la rehabilitación de la carne, como elemento único del bien para el hombre, y como principio único de la religión en lo porvenir.
Según queda indicado, estas ideas pertenecen a la primera época de la vida intelectual de Daumer, el cual se convirtió después y abrazó la religión católica, negación radical de semejantes teorías.
Por lo dicho hasta aquí, se ve que el carácter más general y dominante en la izquierda hegeliana es el odio contra la religión cristiana, odio al cual se subordinan y dirigen sus afirmaciones materialistas y ateas. En este concepto, o desde este punto de vista, bien puede decirse que, aunque la izquierda hegeliana como tal, o sea con su denominación específica, ha dejado de existir, existe, sin embargo, y persevera hoy en cuanto a su esencia, porque su espíritu de odio sectario contra la religión de Jesucristo es el que palpita en el fondo de la Internacional, de la democracia radical y del nihilismo.
Esto quiere decir que Hegel puede, con razón, ser considerado como precursor y padre legítimo del radicalismo religioso, político-social y filosófico que tanto agita y preocupa hoy a los hombres y los pueblos; porque, a través y por razón de la izquierda hegeliana, este radicalismo representa una de las fases del proceso dialéctico de la Idea, la evolución y revelación última de ésta en el triple terreno expresado.
Aunque Proudhon pertenece también a la izquierda hegeliana, nos reservamos exponer sus ideas al hablar de la Filosofía en Francia, en armonía con el método que nos hemos propuesto seguir en esta última parte de la historia de la Filosofía.