Filosofía en español 
Filosofía en español

Francisco Gutiérrez LasantaLa Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad, Zaragoza 1943


Capítulo V
Desarrollo de la Hispanidad en torno a la Virgen del Pilar (España)

Sumario: Concilios: Elvira. Nicea. Sárdica.– Zaragoza en ellos.– En la sede del Pilar.– La España Tarraconense y Zaragoza.– Toledo y Zaragoza.– San Braulio.– Tajón.– Un párrafo del P. Risco.–  Supremacía de la Iglesia de Zaragoza.– ¿Primada de España?


“La escribieron en su draconiano código los Padres de Iliberis…” He aquí el tercer elemento que apunta Menéndez Pelayo, como creador e impulsor de la unidad de la creencia en España: La legislación. Pues también en la legislación influye de una manera eficaz y preponderante la Iglesia de Zaragoza. Abramos a nuestra observación el capítulo de los hechos.

Durante el episcopado de San Valerio, bien sea el año 300, bien el 303, se convocó el Concilio de Elvira, primero entre los nacionales, de que se tiene noticia{1}.

La elección de dicha ciudad para celebrarlo nada tiene de extraño, si consideramos el establecimiento de los Varones apostólicos en esta parte de Andalucía. Habían aumentado las sedes considerablemente y les era más fácil a los obispos reunirse en una ciudad del Sur. Por otra parte, el furor de las persecuciones arreciaba con más saña en el norte de España, y, no era posible perdurara mucho tiempo aquel paréntesis de paz que se quería aprovechar. Se imponía su celebración en la Bética. A Elvira concurre San Valerio, Obispo de Zaragoza, y por cierto, que su presencia en el Concilio reviste una nueva particularidad. Fue el único obispo de la España Tarraconense, propiamente dicha, que acudió a la importante asamblea. Porque, si es cierto que Guadix y Toledo pertenecían entonces a la Metrópoli del norte, también lo es que la situación geográfica de estas ciudades, las distanciaba de las restantes Iglesias. De donde se deduce, que al concurrir San Valerio al Concilio, con exclusión de los demás obispos, aun del mismo metropolitano de la Tarraconense, parece llevó la representación de toda la Metrópoli{2}.

Sube de punto la importancia del hecho presente, engrandeciendo sobre manera la dignidad de la Iglesia zaragozana, el detalle de celebrarse la próxima asamblea nacional en Zaragoza. Así fue en efecto. El año 380, la Iglesia española celebra su segundo concilio general en Zaragoza{3}. Concurren a él doce obispos españoles, más dos de Aquitania. Esta preponderancia de obispos norteños es debida a la misma causa que el predominio de los del Sur en el concilio de Elvira. Con ello se demuestra que la Iglesia de Zaragoza es, en la España Tarraconense, al menos –que equivale a decir en la mitad geográfica de España– el centro y la convergencia de la Cristiandad{4}.

Posteriormente a este concilio, se celebran otros dos en Toledo. El nombre del Obispo de Zaragoza no falta en ninguno{5}. Juan, Vicente, Simpliciano, Máximo, Braulio… nombres son que rubrican los cánones de la Iglesia española, inoculando con pujanza vital la savia cesaraugustana, pura y ferviente, como recogida del cielo, y heredada de mártires y de glorias sobrenaturales.

Así transcurre el tiempo hasta el año 592, en que un suceso, el más trascendental de nuestra Historia, se realiza en España. Recaredo abjura del Arrianismo, y con él la nación que gobierna hace profesión de Fe católica{6}. Acontecimiento tan importante impulsa a los Padres españoles a pensar en la celebración de un nuevo concilio. Vuelven a elegir a Zaragoza para su realización. Y en efecto, aquí se celebra{7}. Notemos ahora la coincidencia providencial. A la Sede del Pilar correspondió decapitar la hidra del Priscilianismo, herejía la más arraigada y popular en España. A Zaragoza vuelve a corresponderle el desbaratar los últimos residuos de la herejía arriana en nuestro suelo. Zaragoza es, pues, el oriente y el cénit de nuestra fe.

Unos más tarde, o sea en el año 691, bajo el reinado de Egica IV, y siendo Obispo Valderedo, Zaragoza vuelve a congregar a los Padres en un tercer concilio{8}. De sus cánones se deduce que fue una confirmación en la fe profesada. Con ello sellaba solemnemente nuestra ciudad sus antiguas decisiones y las de todos los concilios españoles.

Además de estos acontecimientos eclesiásticos, producidos o realizados providencialmente en Zaragoza o directamente enlazados con su Iglesia, esta Ciudad es como el alma y centro de todos los sucesos eclesiásticos de España en este tiempo.

Ya hemos dicho que a ningún concilio de Toledo faltaron Obispos zaragozanos. Pero no es esto sólo. San Braulio, que regentó la sede zaragozana desde 631 hasta 651, o sea, veinte años justos, es el alma de toda esta época{9}. Asistió al IV Concilio de Toledo, el más importante de los nacionales, presidido por San Isidoro, y al que concurrieron 76 Obispos de España y la Galia Narbonense{10}. Presidió y redactó los cánones del VI en esta misma ciudad. Mantuvo relaciones afectuosísimas con Recesvinto, a quien dirigió una de sus más bellas cartas{11} en nombre de todo el reino. A sus instancias escribió San Isidoro la obra de las “Etimologías”{12}, intervino directamente en el viaje de Tajón a Roma; de su regazo paternal salió San Eugenio para regir la Silla de Toledo; personificando en sí mismo el VI Concilio toledano, escribió al Papa Honorio I; en una palabra, San Braulio, Obispo de Zaragoza, es el alma del período más glorioso de España en la época visigoda, y aun en toda la Edad Media. Su influencia, y mediante él la de Zaragoza, trasciende a la vida nacional y aun la sobrepasa. Sevilla y Toledo son ejes movidos al unísono por el influjo providencial de Zaragoza. Roma es eco de estas auras zaragozanas{13}.

A San Braulio se dirige Fructuoso, Obispo de Braga, en demanda de explicación sobre San Jerónimo y solicitando las biografías de los Santos Honorato, Germán y San Millán{14}; a Braulio se dirige Eugenio desde Toledo implorando su sabio consejo{15}; solución suya exige San Millán sobre asuntos de índole eclesiástica{16}; a San Braulio consulta San Isidoro demandando obras y escrituras{17}.

Y viceversa: San Braulio es el mentor de obispos, diáconos y arcedianos de España. Escribe a Jactato, Firminiano, Wiligildo y Eutropio en plan de consejo. Consuela a Basila, Apicela, Pomponia, Eutrocia en sus desgracias. Relata la vida de San Millán; perfecciona la obra de San Isidoro y es acreedor a las biografías de los mártires Vicente, Sabina y Cristeta, encontradas en el “Smaragdinus” (Códice de la Iglesia toledana); en una palabra, San Braulio procede en este tiempo con derechos de primado y su Sede ejerce, mediante su influencia, la hegemonía de la Iglesia española{18}. Sucesor inmediato de San Braulio es Tajón. Este insigne teólogo y verdadero metodizador de la Teología, fue Obispo de Zaragoza a partir del año 651. Tuvo por misión recoger la herencia de su antecesor, y por cierto con alta honra. De acuerdo con el Concilio VII de Toledo, fue enviado por el rey Chindasvinto a Roma, con el fin de recoger algunas obras de Santos Padres que faltaban en España. Entre ellas se citan Los Morales de San Gregorio, aunque con alguna duda{19}.

Este viaje se ha revestido de leyendas sumamente curiosas, cuyo valor ha puesto en su justo punto el P. Serrano{20}. A su vuelta a España, asistió al Concilio VIII de Toledo, reunido, según se sospecha, entre otras causas, para escuchar las noticias que Tajón traía de Roma. El año 655 lo contemplamos entre los Padres del IX Concilio en esta misma ciudad. Al año siguiente suscribe los cánones del X Toledano{21}. Mantiene correspondencia con Eugenio, metropolitano de Toledo; con Quirico, Obispo de Barcelona, a quien dedicó los cinco libros de sus Sentencias. Este le contesta en los siguientes términos: “Toda la Iglesia Católica te da inmensas gracias por este fruto que tu sabiduría ha dado al mundo… ecce decuisti plurimos et vacilantes confortaverunt manus tuae”…{22}.

Por esta y otras obras, por su elección para el viaje a Roma, encargado de misión trascendental, por su dinamismo asistiendo a los Concilios y manteniendo estrechísimas relaciones con el mundo católico, Tajón conserva y transmite la herencia gloriosa de una primacía de “hecho” en la Iglesia cesaraugustana.

Queremos finalizar este período con las palabras de un ilustre historiador que condensan y ensalzan los hechos enumerados. Es el Padre Risco que se expresa así: “En los siglos pasados tuvo la ciudad de Zaragoza tan favorable hacia sí a la suprema Providencia que podemos asegurar fue distinguida entre todas las ciudades de España. Resiste todas las invasiones, a cada persecución responde con una turba de mártires. Su integridad de fe y de gloria es una excepción en medio de los desastres bárbaros. Ninguna herejía aborta en su seno ni se la puede acusar del menor atisbo de escándalo y frialdad cristiana. La hegemonía de sus prelados es manifiesta. Brilla a todas luces el lustre de su santidad. Ejerce una primacía de hecho perenne y tradicional, no pasajera, como pudieran tenerla otras Iglesias, por la fama de sus prelados. La gloria de Zaragoza es ininterrumpida. Sobre sus mártires se levanta el pedestal de sus santos. Brilla el resplandor de sus sabios y es clásico el dinamismo heroico de sus prelados, que asisten a los Concilios en las más apartadas regiones peninsulares”{23}.

Todos estos hechos, según quedan aquí enunciados, responden a un sentido real e histórico. Los documentos están al alcance de la mano. Si nuestra consecuencia es lógica, debemos concluir que una causa maravillosa mueve esta organización dinámica, extendida desde Zaragoza a toda la Península.




{1} Hefele, “H. C.”, t. 2.º, parte 2.ª Apéndice VI.

{2} Aguilar, “C. H. E.”, c. 16, núm. 189.

{3} Flórez. “E. S.”, t. 3.º, c. IX.

{4} En este Concilio se condenó el Priscilianismo, la única herejía de arraigo en España. M. Pelayo, “H. H. E.”, t. 1.º

{5} Pueden verse las Colecciones de Concilios de Aguirre, Villanuño, Mansi.

{6} P. I. Simonet, “El Concilio de Toledo”. Edic. políglota y peninsular, 1891.

{7} Risco, l. c.

{8} Risco, l. c.

{9} Migne, “P. L.”, t. 80. Obras de San Braulio, págs. 649-720.

{10} Flórez, “E. S.”, T. 7.º

{11} l. c., p. 142.

{12} Lafuente, “H. E. E.” T. 1.º, p. 202.

{13} Boldú, “C. H. E.” L. 3.º, p. 34.

{14} Migne, Epístola c. 649, 713.

{15} Epístola 669.

{16} Ibi.

{17} P. de Urbel, “San Isidoro de Sevilla”.

{18} Buldú, Apéndices: 6-43.

{19} Migne, P. L., t. 80. Obras: “Taionés Sententiarum libri quinque”, c. 728-990, con Apéndice “De visiones Taionis”, c. 990. Advertencias de Baronio.

{20} Luciano Serrano. Citado por Villada. “H. E. E.”

{21} Villanuño, Apéndices.

{22} Flórez, “E. S.” T. 30. p. 192.

{23} Risco, “E. S.” T. 30, p. 207.