Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo VI
Desarrollo de la Hispanidad en torno al Pilar (Influencia universal)
Sumario: Exorbitancia de España.– San Lorenzo. San Vicente. Prudencio, poeta y apologista.– Mártires y poetas relacionados con Zaragoza.– España en el mundo: Osio.– San Dámaso.– Teodosio.– Zaragoza y estos concilios y personajes.– España en los concilios, el Trono y el Pontificado.– Relaciones con los S. S. Padres.– Con el Oriente.– San Jerónimo.– San Agustín.– Paulo Orosio.– La monja Eteria.– San Gregorio Magno.– Bizantinismo.
Admitida la “Venida de la Virgen del Pilar” como raíz nacional, a tenor con los capítulos expuestos, y floreciente el jardín de la Iglesia zaragozana, no estará de más, en una obra que tiene por fin un ideal de expansión, como es la Hispanidad, exponer la preponderancia universal del principio que la vivifica, alcanzada ya en estos primeros siglos. Este principio, que no es otro que el Cristianismo español, rebasa los límites nacionales y se derrama al exterior. Mediante él, nuestra Patria inaugura una serie de hechos y relaciones con Roma y las Iglesias más florecientes del mundo, que serán su perspectiva y legítima gloria. Viaducto de estas relaciones son los personajes que por altísima Providencia emigran al exterior. Entre ellos sobresale el diácono Lorenzo, que en el año 258 encontramos en Roma, sirviendo al Papa San Sixto, al que sigue en el martirio. San Lorenzo fue aragonés{1}, y su vida y martirio han dado tal relieve a su persona, que es difícil encontrar otro mártir de más elevado y universal influjo en el cielo cristiano{2}. San Agustín cantó sus luchas heroicas en cuatro sermones{3}; Roma le dedicó el mayor número de templos{4}; la Liturgia le ha concedido un rito igual al de los Apóstoles{5}, y su nombre es celebrado en la Cristiandad por los más elevados poetas{6}.
Gemelo de San Lorenzo en el martirio es San Vicente. Nacido, a lo que se cree, en Zaragoza{7}, sirvió de diácono en el templo del Pilar{8}, sufriendo martirio en Valencia. San Agustín lo celebra igualmente en otros cuatro o más sermones{9}, siendo su martirio y traslación de su cuerpo, de los hechos más celebrados en el Cristianismo{10}.
Cantor genuino y original de nuestros mártires es Prudencio, del que repetidas veces hemos hecho mención. También es planta criada en Zaragoza{11} y jalón luminoso que extiende su influencia sobre el mundo. Con sus Himnos, “en los que parece se siente el crujir de los potros y el estridor de las cadenas”, cantó la unidad de nuestra Patria en versos de hierro celtibérico, inoculando las glorias de nuestros mártires a la corriente de la poesía latina y ecuménica cuya fuente principal era él mismo. Y ¿no es providencialísima coincidencia que el cantor de los Mártires de Zaragoza, cuyas estrofas rebosan en alusiones pilaristas, sea precisamente el Poeta de la Cristiandad? Porque Prudencio, con ser nacido en nuestro suelo, no es nuestro. Es de la Iglesia, del Cristianismo, de la Humanidad redimida, y sus glorias que han dado pábulo a todas las edades{12}, constituyen toda una apología cristiana{13}, toda una fuente de inspiración mariana{14}, todo un venero de influencia bibliográfica{15}.
Con la personalidad de Prudencio en el campo de las letras concuerda el prestigio universal de Osio en el terreno de los Concilios. Hablar de él es hablar del Cristianismo en pleno, porque es reunir en un sólo nombre el Dogma, la Moral y la Liturgia{16}. Citar su nombre es acumular en una palabra el Pontificado, el Imperio y los Concilios. La Historia lo reconoce como Obispo de Córdoba. Si es o no es nacido en esta ciudad, poco importa{17}. Lo interesante es que sea español, y de esto nadie duda.
Vivió en el período más ágil de la Historia eclesiástica y más relumbrante del Cristianismo. Y él es quizá la figura más destacada, más influyente y más relacionada con grandes acontecimientos que posee la Iglesia. Sólo en los siglos XV y XVI hubiera sido fácil igualarle, reuniendo en otras personalidades como la suya la celebración del Concilio Tridentino, los Descubrimientos y Evangelización de América y la oposición eficaz a la Reforma.
Para proceder más en firme, citemos unas palabras de prestigiosos historiadores, resumiendo en breves párrafos los hechos de Osio y su influencia.
Durante cincuenta años es nuestro Obispo el alma de la Iglesia. Asiste al Concilio de Elvira celebrado en España el año 301; preside el de Nicea en 325; da su nombre al de Sárdica en 347 como Legado del Papa San Julio. Convoca otro concilio en Córdoba para dar cuenta a los obispos españoles de lo tratado en Nicea y, en fin, merece de los más concienzudos historiadores de tan magnas asambleas el dictado de “Padre de los concilios”{18}.
Respecto del Concilio de Nicea, nos dice Hergenroeter: “Fue una asamblea sumamente respetable. Vióse en él a Obispos con cicatrices de la última persecución, como Potamión de Heraclea en Egipto; Pafnucio de la Alta Tebaida; Pablo de Neocesárea... Otros famosos por el don de milagros como Jacobo de Nisibe, Espiridión de Chipre; Nicolás de Mira; Leoncio de Cesárea... Otros ilustres por su sabiduría, como Alejandro de Alejandría juntamente con San Atanasio; Eustaquio de Antioquía; Macario de Jerusalén; Marcelo de Ancira; Ceciliano de Cartago; Nicasio de Dijón (Galia); Marcos de Calabria... OSIO DE CORDOBA, que con Víctor y Vicente REPRESENTABA AL PAPA SILVESTRE...”{19}.
En la “Vida de San Atanasio” se ponderan los lugares y personajes que a este Concilio concurrieron, mereciendo honor especial el ilustre Obispo español. Reza así el escrito: “Ex universis Europae, Africae, atque Asiae eclesiis qui inter Dei ministros principem tenebant locum, una conveniunt...”{20}. Y se añade poco después: “...Ab Hispania quoque vir ille celebratissimus Osius, una cum multis aliis eo iter instituit”{21}.
Corona estas alabanzas el moderno historiador de los Concilios Hefel en su famosa y conocida obra. Dice así en un lenguaje que tampoco es español, y que transcribimos por el aire universal y ecuménico que da a nuestro trabajo: “En l’absence du Pape, Osius presida le concile, en celle qualité, proposa les canons et signa le premier les actes du concile” y sigue aduciendo textos de San Atanasio, Sozomeno, Teodoreto, &c., muy encomiásticos y dignos de estamparse aquí, si no temiéramos dar a nuestra obra una longitud desmesurada{22}.
En el apéndice V al tomo 1.º, Parte 2.ª, ofrece los fragmentos coptos y textos inéditos publicados por George Zoega y recogidos por el editor benedictino; y en ellos se considera a Osio como redactor del Símbolo de Nicea{23} y principal personalidad de la asamblea, rezando textualmente así uno de estos catálogos: “Ossius de la ville de Cordove, en Espagne: Je crois ansí qu’il est escrit plus aut”.
Como consecuencia del Concilio de Nicea, se celebran en diversas partes otros muchos concilios{24}, y se lanzan infinidad de ediciones de estos cánones en Oriente y Occidente{25}. Todos estos hechos giran en torno a la personalidad de Osio, constituyendo un verdadero arsenal la bibliografía a que ha dado margen{26}.
Colofón digno de este concilio fue el celebrado en Sárdica, hecho tan trascendental como el de Nicea, y aún más, para España, ya que en él quedaron estampados cinco nombres de obispos españoles, que concurrieron a él, acompañando a Osio, su presidente y organizador. He aquí los nombres de tan ilustres concurrentes, tomados del ya citado historiador Hefele: Aniano de Castolona; Casto de Zaragoza; Domitiano de Asturica; Florencio de Mérida; Pretextato de Barcelona...{27}. La influencia de nuestra Patria en este magno acontecimiento del Concilio de Sárdica, no es únicamente española, sino concretamente zaragozana. Hasta Sárdica llegan las auras de la Sede del Pilar transportadas por su obispo Casto.
Pero no es sólo hasta Nicea y Sárdica, sino hasta Roma, donde llega España. Y no con meras influencias de cristianos más o menos fervorosos, diáconos de mayor o menor ilustración, obispos de más o menos elevado influjo, sino con la pujante personificación del mismo Sumo Pontífice, que alcanza la cumbre de la Iglesia; San Dámaso, español de origen y nacimiento{28}, pasa a Roma y es elegido sucesor de San Pedro a la muerte de Liberio. Su nombre va unido, como el de Osio, a sucesos de trascendencia eclesiástica. Si Osio había redactado el Credo de Nicea, San Dámaso ordena la fórmula del “Gloria Patri”{29}, compone versos en honor de los mártires{30} y a sus instancias traduce San Jerónimo la Vulgata{31}.
Bajo su pontificado se celebra el Concilio ecuménico de Constantinopla, que es una confirmación del de Nicea. Mantiene relación con hombres de la talla de San Atanasio, y guarda en su corazón afectos tiernos para su Patria, demostrados en la devoción que profesa a San Lorenzo, su coterráneo{32}.
A secundar las miras del Pontífice español contribuyó el ilustre emperador Teodosio, nacido igualmente en nuestra Patria{33}. Hefele le atribuye el restablecimiento de la unidad eclesiástica y la convocación del concilio de Constantinopla{34}, pero no como un Concilio general, “mais simplement un Concile des eveques d’Orient.” No asiente, pues, este escrito a la opinión de Baronio, que dice lo convocó San Dámaso y Constantino, pues las pruebas admitidas, dice, no se refieren a este Concilio{35}.
España, pues, se había derramado en este siglo IV al exterior con ímpetu de trascendentales influencias. Había llegado hasta el trono y el pontificado, y vivía en el corazón mismo de la sociedad por el influjo de sus santos, de sus poetas y de sus escritores. Cuando, pues, hablamos del imperio de la Hispanidad, no debemos olvidar este siglo, que sin aparato teatral, nos ofrece jalones deslumbradores de ecuménica influencia.
Pero sigamos adelante, que aún nos quedan valiosísimos hechos que - anotar. Merced a esta galería de hombres ilustres, que España ofrece en todos los órdenes de la vida, se abre una serie de relaciones entre nuestra Patria y los Santos Padres, digna de ser estudiada con cariño. Ya hemos consignado anteriormente los intercambios epistolares entre la Iglesia de España y San Cipriano, a causa de las apostasías de Basílides y Marcial{36}. Hasta donde llegaría la autoridad de Osio con los Padres de su tiempo puede conjeturarse por los sucesos y hechos que entre todos realizaron, lo mismo en Oriente que en Occidente. Respecto del influjo mutuo entre San Dámaso y los Santos Doctores Atanasio, Basilio, Jerónimo... son muchos los documentos que poseemos. Las Epístolas 43, 44, 45, 46 y 47 son recíprocas entre San Dámaso y San Jerónimo{37}. Este mantiene además relación estrecha con el español Dextro, a quien dedica una “Historia” y quizá el libro “De viris illustribus”. A la vez Dextro corresponde con la dedicación a San Jerónimo de la “Omnímoda Historia” comentada por G. Bivario{38}; más otra buena serie de Epístolas{39}. Al mismo San Jerónimo dirige también el monje Baquiario el “Tratado de la Fe” y más adelante, al tratar de San Agustín, mencionaremos las relaciones de San Jerónimo con el español Orosio.
Conocidas son las relaciones del Emperador Teodosio con San Ambrosio, San Gregorio Nacianceno y cuanto supone grandeza, santidad e ilustración en el Oriente Cristiano{40}. Otro Santo que contribuye a difundir el buen nombre de España en el extranjero es San Paulino de Nola{41}. Escribe a Sulpicio Severo, “Primiliacensem in Aquitania Presbitem...” y le da cuenta de su consagración a Dios, hecha en Barcelona, donde fue ordenado presbítero, obligado por la multitud...{42}. La carta 3.ª va dirigida a Alipio, dándole cuenta de los libros recibidos de San Agustín{43}. La 4.ª se dirige al mismo San Agustín, alabando sus cinco libros contra los Maniqueos, que había recibido por medio de Alipio{44}. A esta carta contesta San Agustín colmándolo de alabanzas y expresándole sus deseos de conocerlo, encabezándola con este sugestivo título: “Augustini ad Paulinum et Terasiam”{45}.
Pero la nota culminante en esta hermosa cadena de relaciones ofrécela el español Paulo Orosio, que hace de intermediario entre San Jerónimo y San Agustín. Es este monje lo que hoy diríamos un diplomático consumado. Verifica varios viajes a Jerusalén, cuyos relatos nos comunican preciosas noticias. En la cueva de Belén departe largamente con San Jerónimo a quien transmite las impresiones de su maestro San Agustín. Se hace cargo de las respuestas de éste y vuelve con ellas al Obispo de Hipona, pero no como un instrumento mudo, sino como parte activa y principal en el intrincado nudo de cuestiones que los dos grandes doctores tratan de resolver. Además de estas relaciones entre los dos santos, la amistad de Orosio con San Agustín es, más que estrecha, doméstica y familiar{46}. Le dedica el libro contra los Origenistas –cuestión debatida con San Jerónimo– en la que le da el dulce trato de hijo: “Ad Orosium contra priscilianistas et origenistas liber unus. Dilectissime fili Orosi”{47}. Y Orosio a su vez, como buen discípulo, da cima, después de la muerte del maestro, a la obra de San Agustín{48}.
Un paso más y se nos ofrece San Gregorio Magno, cuyas relaciones con la Iglesia goda y en especial con San Leandro, adquieren rangos familiares. En el volumen 77 de la Patrología de Migne, se da cuenta de la correspondencia de este santo con personajes de España{49}. He aquí como comienzan los Morales o “Expositio in Librum Job”: Epístola T. Caput 1.: “Reverendíssimo et sanctissimo fratri Leandro coepiscopo, Gregorius servus servorum Dei. Dudum te, frater beatissime, in Constantinopolitana urbe cognoscens... &c., &c.”{50}. Sigue la carta íntegra, que es todo un primor de evocaciones orientales en honor y gloria de España, y antes una breve advertencia de los editores, en que se da cuenta de la pérdida en España de los libros de San Gregorio y viaje a Roma de Tajón, con encargo de copiarlos, y la maravillosa visión con todos sus adyacentes legendarios{51}.
Además de estos sucesos de estrecha relación, el ya realizado viaje de San Leandro a Constantinopla de que hace mención San Gregorio; la peregrinación de la virgen Eteria a Jerusalén con sus magníficos relatos; otro viaje del historiador Idacio que vio también a San Jerónimo, las mediaciones de Orosio, los nuevos viajes de Avito, presbítero de Braga, de Juan Biclarense, Diunila y más tarde del Obispo Eritallo, San Paulino de Nola, etcétera, nos ponen en comunicación con el Oriente.
Del encuentro entre San Leandro y San Gregorio, de la relación de bizantinos que entonces dominaba en Baleares y Cartagena, data el arte bizantino en España{52}. Nuestra miniatura artística se ilumina en Oriente, siendo los libros más comentados de la Sagrada Escritura el Evangelio de San Lucas y Apocalipsis de San Juan precisamente en los que más abunda la miniatura{53}.
Hasta en la arqueología prehistórica se nota la influencia oriental en España, según P. Paris, debiendo nuestra Patria a los orientales “la importancia religiosa y simbólica del toro y de la vaca”{54}.
Al discutir si este arte oriental es de origen español o exótico, parece opinarse que fue traído de Oriente, ya en virtud de los viajes referidos; ya merced al intercambio de España con las naciones orientales; ya debido al siglo de dominación que sobre España ejercieron los bizantinos{55}. Lo cierto es que nuestra miniatura se muestra pródiga en vestigios orientales como la palma, el camello, el águila y el toro, símbolos todos del Oriente, y expresamente de los Libros de San Lucas y de San Juan{56}. De este esplendoroso movimiento en favor del libro, durante esta época, fue Zaragoza juntamente con Sevilla centro principal{57}. Hechos sucesivos y posteriores confirmaron más y más las relaciones hispano-orientales. La ciudad de León fue en el período mozárabe centro de contratación de utensilios artísticos y religiosos adonde acudían judíos en relación con comerciantes de Bizancio, Persia y Andalucía.
Muza, casi al acabar la conquista de España con Gijón, recibió aviso del Califa para marchar a Oriente, adonde fue cargado con un gran botín.
Por las persecuciones de Alhaquén (años 796-821) culminadas en la “jornada del coso”, en que los historiadores musulmanes dicen que murieron de siete a quince mil cristianos, muchos huyeron, emigrando quince mil familias a Oriente y estableciéndose en Alejandría y fundando el reino independiente de Creta{58}.
Este mismo historiador, de quien recogemos los datos apuntados, cuenta que un peregrino griego se encaminaba al sepulcro de Santiago y, apareciéndosele el Santo en el camino, le dio cuenta de la toma de Coimbra por el Rey Fernando I. Y a la vez, Eribaldo, obispo de Urgel, emprende en 1040 un viaje a Tierra Santa, muriendo en el camino{59}.
Finalmente, por no hacer interminables las relaciones entre nuestra Patria y el Oriente, la estancia de los bizantinos en España durante los siglos IV y V, se compensa con la expedición que aragoneses y catalanes hicieron a Constantinopla el siglo XIV. La revista “Analecta Tarraconensia” da cuenta de las relaciones entre Pedro IV de Aragón y la Tierra Santa, juntamente con los documentos diplomáticos entre este Rey y el Sultán de Egipto en orden a los Santos lugares{60}.
Consecuencia de la vitalidad de la fe en España, que trasciende al exterior y enlaza con el Oriente, es la planta del monacato que germina con pujanza en nuestra Patria ya en estos siglos. Ofrece los primeros documentos el concilio de Elvira al que, según dijimos, el obispo zaragozano San Valerio aportó su influencia. El Canon 13 habla de las “mujeres consagradas a Dios”; el 14 señala una especie de grados al tratar de las “vírgenes seglares”, y el concilio en pleno nos ofrece el gran documento del celibato eclesiástico (Lafuente), que había de ser el voto esencial en las órdenes monásticas.
Si a esto se añade la distinción que el canon 33 hace de Obispos, presbíteros y diáconos, y el número de prelados que a este concilio ya concurrieron, acabaremos por afirmar que la Iglesia española en este siglo gozaba de una organización jerárquica muy perfecta ya en el orden secular ya en el orden regular. Mas lo que sella esta última afirmación en honor de la vida monástica, es el ya mencionado viaje de la monja Eteria a Jerusalén, por haberse esclarecido a la luz de modernos hallazgos. El documento de este viaje o peregrinación a Tierra Santa, pródigo en consecuencias favorables para nuestra Patria, aunque inferior inmensamente a la importancia de nuestras Tradiciones apostólicas, constituyó la obsesión del P. Villada{61}, hizo un minucioso estudio de él D. M. Ferotín desde la “Revué Historique” y de él se ha sacado en consecuencia que en el siglo IV la planta del monacato era floreciente en España.
Pero lo interesante de este documento es que viene a confirmar lo ya asegurado, a saber: una fe, precursora de la vida monástica nacida en el Norte de España, y en un todo paralela al desarrollo de la Iglesia en el Sur, y por lo mismo independiente de ella. Con lo que se confirma una vez más la necesidad de admitir una predicación apostólica en el Norte de la Península, distinta de las influencias que emanan del Sur, ya que el tiempo transcurrido desde la predicación de los Varones Apostólicos es relativamente poco. Y si a esto añadimos la frecuencia de persecuciones y el furor sangriento con que se cebaron en las Iglesias de la España tarraconense, convendremos en admitir una fe surgida en el propio suelo a impulsos de la palabra de los Apóstoles y de la confirmación de María.
Hasta qué grado participó del influjo de la Sede zaragozana la planta del monacato, podemos verlo en la “Historia” que con este título escribió el P. Pérez de Urbel y en la que tan gran parte del movimiento monástico gira en torno a Zaragoza{62}.
Pues bien; de uno de estos monasterios norteños salió la monja Eteria, virgen heroica que emprende ella sola una peregrinación a Jerusalén. Su viaje con todas las particularidades que pudiéramos ambicionar, quedó encerrado en un relato escrito por ella misma. Desconocida su patria durante muchos años, ha venido a comprobarse al fin que tal monja es española, gracias a los estudios de los mencionados escritores Villada, Ferotim, &c. Lo curioso es que de tales relatos felizmente hallados se saquen consecuencias tan pródigas en hechos favorables a la propagación del Cristianismo en España y nuestros críticos se extasíen ante ellas, sin pensar que un poco antes han minado los cimientos de esta misma fe y propagación.
Resumiendo, pues, conceptos y hechos desparramados a lo largo de este capítulo, hemos visto cómo se desborda la influencia universal de España en este siglo. Grados tan eminentes de relación e intercambio adquirirían la Religión, la Cultura, el Arte, el Monacato y toda esa serie de instituciones y personajes de España, que trascienden las fronteras y toman carta de naturaleza en todo el universo culto e ilustrado.
De influjos tan benéficos como los de los Santos Padres de Oriente y Occidente se dejaba impregnar nuestra Patria, y entre tanto que escalaba el Pontificado, y el Imperio con sus grandes personajes, recibía en su regazo los tributos de San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio Magno. A la vez que peregrinaba fervorosa a los Santos Lugares en afán de adoración y de apetencia histórica, abría su sepulcro de Compostela como fin de una gloriosa calzada. Ofrecía sus cuantiosos botines al Oriente y se dejaba impregnar de su arte y miniatura. Al zanjar los límites y fundamentos de la Hispanidad, tengamos en cuenta este espejo de bienhechoras influencias.
{1} A. S. Die 10 Augusti. Ruinart “Actas de los Mártires”. T. 1.º, p. 511. Tradc. Fuentes.
{2} J. Sigüenza, “Fundación del Monasterio del Escorial”, c. 1.º, p. 17.
{3} P. L. Migne, v. 38, c. 1385-1400. Los Sermones: 302-303-304-305 y quizá el 307.
{4} Entre las Basílicas mayores, una es de San Lorenzo y entre las menores tiene otra.
{5} Breviarum Romanun. Die 10 Augusti. El Sacramentario Leoniano ofrece 4 Oficios y Misas de San Lorenzo.
{6} Forma una antología la poesía consagrada a San Lorenzo Arévalo “Himnodia Hisp.”
{7} Bolandos, “A. S.” 23 Januarii. Ruinat, o. c., eod. die, “Analecta Bolandiana hispánica”, t. 1.º
{8} Prudencio, Himno a los 18 Mártires. Estrofa 20.
{9} Migne, l. c. Sermones: 274-275-276-277. Se le atribuye el 188, o. c., 1252-2096.
{10} Aymonio, “P. L.” T. CXXVI.
{11} “E. S. E. L.” T. 61; “Himnodia Hispánica”, de Arévalo.
{12} Villada, “H. E. E.” T. 1.º Parte 2.ª, c. VIII.
{13} Ibi.
{14} Ibi.
{15} Ibi.
{16} Wouters, Dissertatio VII, T. 2.º
{17} “Analecta Tarraconensia”. Osius Bisve de Córdova, p. 285. S. Cunil.
{18} Ch. J. Hefele, “Histoire des Conciles”. L. II, c. 2.1 Mansi. “C. C.”, c. 635. Labbé id.
{19} Hergenroeter. "H. E.”, I 2.º, n. 46.
{20} “Vita Sancti Atanasii”. P. G., t. 25. Autor anónimo.
{21} Ibi.
{22} Hefele, “H. C.” I 2.º, c. 2.º
{23} O. C. Apéndice V.
{24} Ibi 1 13.
{25} Ibi I 1.º Apéndice VI.
{26} Villada, “H. E. E.” 1.º, 2.ª, p. 29.
{27} Hefele, o. c. T. 4.º, p. 749.
{28} Breviarium Romanum, “Damasus natione hispanus”. Lo discute Villada, o. c., p. 33.
{29} “B. R.” 11 Decembris. Lectio 4.ª Sus obras: “P. L.” T. 13, c. 112; se afirma ser español.
{30} Ibi.
{31} Migne, “P. L.” T. 13. c. 180.
{32} Ibi. Carmen 25. “De Templo Sancti Laurentii”, c. 409.
{33} Wouters, Dissertatio VII y XXIX.
{34} Ibi.
{35} Hefele, “H. C.” T. 2.º, 1.ª parte. 1 VIII, p. 4.
{36} Capítulo 4 de esta obra.
{37} Migne, “P. L.” T. 22, cap. XIV, c. 46.
{38} O. c. T. 31, c. 49.
{39} T. 30. Epístolas: 43-44-45 (se tiene por apócrifa)-46-47. C. 301-306.
{40} C. 142. Villada, t 1.º, 2.ª, c. 8.
{41} Migne, P. L. Obras, t. 61.
{42} Ibi. Epistola 1.ª, c. 153.
{43} Epístola 3.ª, c. 161.
{44} Ibi. Epistola, 4.ª, c. 164.
{45} Migne, P. L., t. 33. Epístola XCV, c. 408.
{46} Migne, P. L., t. 31, c. 663-664.
{47} Ibi. t. 46, c. 667 “Ad Oirosium contra priscillianistas et origenistas”.
{48} Con su “Historia Universa”, continuación de la “Ciudad de Dios”, ibi, t. v.
{49} Migne, P. L. ts. 75-79.
{50} Ibi, t. 75, cap. 1.º, c. 509.
{51} Demostrado por L. Serrano, según dijimos.
{52} Villada, “Los orígenes del Cristianismo en España”. Razón y Fe, v. 44, p. 500.
{53} Villada, “H. E.”, t. 3.º, cap. IX, p. 166.
{54} Ibi. p. 440, Menéndez Pelayo, “H. H.”, t. 1.º Preliminares.
{55} Ibi, pp. 437-446-554-624.
{56} Lafuente, “H. E. E.”, t. 4.º
{57} Villada, Introducción al t. 3.º de la “H. E. E.” P. Urbel. “El Monacato español”, c. 14.
{58} Ibi. p. 796-821.
{59} Ibi, 233.
{60} A. S. T. “Pedro IV de Aragón y la tierra Santa”, t. 13, p. 799. “Documentos Diplomáticos entre Pedro IV de Aragón y el Sultán de Egipto en orden a los Santos Lugares”. Ibi.
{61} Ya lo hizo notar el P. N. Pérez. “A. H. V. P.”, p. 35. M. Ferotín, “Revue des quenstions historiques”. “El verdadero autor de la Peregrinado Silvae”, “R. F.”, v. 19. Enero de 1907, p. 41 y siguientes.
{62} P. Pérez de Urbel, “H. M. E.” L. 1.º. c. 2.º