Filosofía en español 
Filosofía en español

Francisco Gutiérrez LasantaLa Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad, Zaragoza 1943


Capítulo VII
Universalidad de la Virgen del Pilar

Sumario: Lo que dice César Cantú.– Reconquista de Zaragoza en 1118.– Carta de D. Pedro Librana.– Bula de Gelasio II.– Trascendencia de estos documentos.– El Pilar “Templo del Mundo entero”.– Bulas de otros Papas.– Correspondencia a estos llamamientos.– Alfonso I el Batallador.– Alfonso VII de Castilla.– Berenguer IV.– Otros diplomas.– Jurados de Zaragoza.– Anticipo del Patronato sobre la Hispanidad.


“Aquella Zaragoza que tan obstinadamente resistió contra los francos de Childelverto, de Carlo-Magno y de Napoleón, estaba en manos de los moros… Alfonso el Batallador anunció la intención de conquistarla, e inmediatamente acudieron de todas partes esforzados campeones a ponerse bajo sus banderas”{1}.

Estas solemnes palabras de un historiador universal demuestran la importancia que para los cristianos y aún para todo el mundo tenía la reconquista de Zaragoza. En efecto: El año 1118 la ciudad del Pilar volvía a manos de los españoles. Humeante aún el polvo de sus ruinas, y apenas ha tomado posesión de la sede el primer obispo D. Pedro Librana, se dirige al mundo entero con este evocador documento: “A TODOS LOS ARZOBISPOS, OBISPOS, ABADES Y PRESBÍTEROS EN COMUNIÓN CON LA IGLESIA, Y A TODOS LOS FIELES CATOLICOS. Pedro Obispo, aunque indigno, de Zaragoza, salud y obediencia. Ya oísteis bastantemente, que con el favor de la divina misericordia, con vuestras oraciones y con el arrojo de varones esforzados, ha sido sometida por las armas cristianas la ciudad de Zaragoza, y ha sido libertada, después de haber permanecido mucho tiempo, ¡oh dolor!, sujeta al dominio de los sarracenos la Iglesia de la bienaventurada y gloriosa Virgen María, LA CUAL YA SABÉIS DE CUAN VENERABLE Y ANTIGUO NOMBRE DE SANTIDAD Y DIGNIDAD GOZA. Ahora, sin embargo, aniquilada por la miseria del anterior cautiverio, sabed que de todo carece, ya porque no tiene de donde puedan restituirse a la destruida Iglesia las antiguas paredes y adornos; ya porque los clérigos, que allí día y noche vacan al servicio divino, no tienen de donde vivir. Acudimos, pues, suplicantes a vuestra clemencia, para que si corporalmente no la podéis visitar, a menos clementemente la visitéis con la oblación de vuestras limosnas, recordando aquello del salmista. …A los que se conduelan de esta iglesia, destituida del recurso de las cosas necesarias y se compadezcan de los gemidos de su pobreza, y entreguen un denario o los que puedan, para su restauración, Nos, confiados en la divina clemencia y en la autoridad del santo Papa Gelasio (de cuyas letras, que en nuestra iglesia poseemos signadas, hallaréis escrito un ejemplar en la sobrescrita página) y de don Bernardo, Arzobispo de Toledo y de la Santa Iglesia Romana y de todos los obispos de España, los remitimos a su penitencia, de modo que cada uno consiga remisión de sus pecados conforme a la importancia de sus beneficios y al mérito de sus obras. Cualesquiera que reciban y presten ayuda a nuestro arcediano Miarrondo y a sus compañeros portadores de las presentes letras, consigan de Dios la vida eterna. Dios sea con vosotros… Yo, Bernardo, Arzobispo de Toledo, hago y confirmo esta absolución. Yo, Esteban, obispo de Huesca, hago y confirmo esta absolución. Yo, Sancho, Obispo de Calahorra, hago y confirmo esta absolución. Yo, Guido, Obispo de Lescar (Bearne, Francia), hago y confirmo esta absolución. Yo, Boso, Cardenal de la santa Iglesia romana, hago y confirmo esta absolución”{2}.

Hemos querido copiar el documento íntegro en gracia a la seriedad de nuestro trabajo y a la importancia del escrito. Queremos probar que la Virgen del Pilar posee rango universal y encaja admirablemente en el molde ecuménico de la Hispanidad. Y esto, desde hace muchos siglos. Por eso no nos sirven los distintos extractos que de escritor a escritor, se van transmitiendo, de estos documentos. Nos queda ahora aquilatar el valor de este testimonio.

En primer lugar se trata de una solemnidad inusitada en el asunto de que es objeto la carta. Dirigida a todos los Arzobispos, Obispos, Abades y presbíteros en comunión con la Iglesia católica y a todos los fieles católicos del mundo, el Obispo de Zaragoza reviste caracteres de Sumo Pontífice y como tal se expresa. Su autoridad se manifiesta tan encumbrada y decisiva, y aun casi arrogante que, de no mediar un objeto superior, diríase que nuestro Obispo usurpaba prerrogativas ulteriores a su dignidad. Respecto a las firmas que avalan el documento, no pueden encontrarse ni más universales ni más henchidas de influencia, aun concretándonos tan sólo a nuestra Patria. Lo mismo el insigne Arzobispo de Toledo, que los Obispos de tan diversas sedes y el Eminentísimo Cardenal de la Iglesia Romana, aportan al documento un valor insuperable. Esto por lo que toca a la forma externa. Respecto del valor interno e histórico, afirma el doctor Aina que este documento basta para vindicar plena y totalmente la verdad de la tradición{3}.

Pero esto, con ser mucho, es lo menos. Secunda la carta del Obispo de Zaragoza una Bula del Papa Gelasio II, que hace ya del templo del Pilar, sin necesidad de nuevos monumentos históricos, “Templo del Mundo entero”{4}. He aquí el contenido literal e histórico de la famosa Bula: “Gelasio, Obispo, siervo de los siervos de Dios, al Ejército de los cristianos que tiene cercada Zaragoza, y a todos los que tienen la fe cristiana, salud y apostólica bendición. Hemos visto las letras de vuestra devoción y de buena gana dimos favor a la petición que enviásteis a la Sede Apostólica por el electo de Zaragoza. Tornando, pues, a enviar al dicho electo, consagrado por la gracia de Dios por nuestras manos como si por las del apóstol San Pedro fuera, os damos la bendición de la visita apostólica, implorando la justa misericordia del omnipotente Dios, para que por los ruegos y merecimientos de los santos os haga obrar su obra a honra suya y dilatación de su Iglesia. Y porque habéis determinado de poner a vos y a vuestras cosas a extremos peligrosos, si alguno de vos, recibida la penitencia de sus pecados, muriere en esta jornada, Nos, por los merecimientos de todos y ruegos de la Iglesia Católica, le absolvemos de las ataduras de sus pecados. Demás de esto, los que por el mismo servicio de Dios o trabajaren o han trabajado y los que donen alguna cosa o hubieren donado a la IGLESIA DE DICHA CIUDAD destruida por los sarracenos y mohabitas para ayudar a sus reparaciones y a los clérigos que allí sirven a Dios, para su sustento, conforme a la cantidad de sus trabajos o buenas obras que hicieren a la Iglesia, y al juicio de los obispos en cuyas parroquias viven, alcancen remisión de sus penitencias e indulgencias. Dado en Aleste a 4 de los idus de Diciembre. Yo, Bernardo, Arzobispo de la sede toledana, hago y confirmo esta absolución. Yo, Esteban, Obispo de Huesca… Yo, Sancho, Obispo de Calahorra… Yo, Guido, Obispo de Lescar… Yo, Boso, Cardenal de la Santa Iglesia Romana…”{5}.

Después de estos elocuentes testimonios hacemos nuestras las palabras del P. Corro: “No necesitamos encarecer la importancia de estos documentos, a cual más solemnemente encabezado y redactado como dirigidos que fueron a todos los fieles de la Cristiandad, pero sí diremos que la Bula del Papa Gelasio es de tanta mayor trascendencia y significación, cuanto que, como dicen Eusebio Amort, Nougués y el Padre Yáñez, ella constituía la segunda Bula de Cruzada concedida por los sumos Pontífices en favor de aquellos que contribuyesen a la restauración de templos católicos arruinados; habiendo sido la primera la que Gregorio VII concedió el año de 1080 para arbitrar recursos con que reparar las Basílicas de Roma”{6}. Y sigue el mismo escritor: “¿Habrase dado un ejemplo semejante a éste en toda la Historia del Cristianismo, tratándose de la Iglesia particular de un pueblo? ¿Qué tendrá la Iglesia de la Virgen de Zaragoza cuando todo el orbe católico y el mismo Vicario de Jesucristo en la tierra se interesaba en su restauración? ¿Qué había en ella cuando, a pesar de hallarse en estado ruinoso, se procede con ella de un modo tan distinto de como se procedió con la gloriosísima catedral de Huesca?”{7}. Hasta aquí el P. Corro.

Este escritor, tan minucioso investigador del templo del Pilar como poco conocido, comparó la situación de la Iglesia de San Pedro en Huesca con el Templo del Pilar, sometidos ambos a las armas sarracenas. Pero aquella, con la entrada de los cristinos, perdió los derechos de catedral, mientras el Templo del Pilar mereció ser elevado a Basílica del Mundo. Lo dijo ya el mismo escritor: “el templo del Pilar es templo de Zaragoza y del mundo entero”{8}. Volvemos a repetir, ¿qué maravilloso secreto encerraba este? Porque en realidad, después de estos monumentos históricos, no son necesarios nuevos documentos para encumbrar el Templo del Pilar. Modernas disposiciones lo han proclamado “Templo Nacional y Santuario de la Raza”. La carta de don Pedro Librana, y la Bula de Gelasio II lo proclaman ya en pleno siglo XII “Templo de la Cristiandad”.

La trascendencia de estos documentos puede deducirse, además, de la eficacia obtenida por estos llamamientos episcopales y pontificios. Y en realidad que esta debió ser halagüeña, cuando vemos que el mismo don Pedro Librana restaura la Capilla{9}; y su sucesor don Bernardo establece en 1138 un Cabildo de Canónigos Regulares de San Agustín{10}.

El Papa Inocencio II, por nueva Bula dada en San Juan de Letrán a 15 de enero de 1141, aprobó el orden regular de esta Comunidad canónica instituida por el mencionado obispo.

Eugenio III a 27 de mayo de 1146, aprobó la regularidad de dicha creación en el Templo de Santa María de Zaragoza y él mismo firmó la concordia habida entre el Obispo Bernardo y los Canónigos agustinos.

Alejandro III a 7 de abril de 1171 y a 25 de marzo de 1178, confirmó el mismo orden regular del Templo, al cual con las iglesias de Magallón, Bureta, Riela, &c., recibe bajo su protección y concede que los canónigos, en tiempo de entredicho general, puedan celebrar sus oficios y enterrar sus muertos{11}.

Juan XXI, desde Viterbo a primero de diciembre de 1276, nombra conservador del Cabildo del Pilar, al Prior de la Iglesia de San Pedro el Viejo de Huesca{12}.

Finalmente, por poner límite a esta serie de documentos pontificios, si hacemos memoria sobre lo extractado en este mismo capítulo, recordaremos que entre los firmantes de la Bula de Gelasio II figura el nombre del Cardenal Boso. Pues bien; pasando por Zaragoza unos años más tarde este ilustre purpurado, camino de Santiago de Compostela, confirmó “viva voce” y con nuevos refrendos los privilegios concedidos en la Bula del Papa Gelasio II{13}.

Tomando el hilo del discurso paralelamente a los documentos pontificios expuestos, queremos ofrecer otra serie de documentos reales que avalan la universalidad de la Virgen del Pilar en estos siglos{14}.

Primeramente; y aun cuando los escritos lo callen, bien podemos presumir que Alfonso el Batallador, al conquistar Zaragoza, secundó el primero los deseos de su capellán el Obispo don Pedro Librana, contribuyendo a la restauración y ornato del Templo de Santa María de Zaragoza.

Después del Batallador, pasan por Zaragoza reyes y príncipes que aportan igualmente su ofrenda. Cuando diez y seis años después de haber sido la capital de Aragón rescatada de los moros, entró en la ciudad Alfonso VII de Castilla aclamado rey de Aragón por Clero y pueblo, dícenos la crónica que el Obispo de Zaragoza, con gran procesión de clérigos y monjes, salió a la plaza de la ciudad y recibió al Rey, y fueron con él a la Iglesia de Santa María cantando{15}.

Don Ramón Berenguer IV exime a los canónigos del Pilar del tributo de heredades, ovejas, bueyes, &c.{16}.

Don Alfonso II, un mes antes de fallecer, otorgó carta de protección y salvaguarda al templo, cabildo, vasallos y bienes o heredades cuantiosas pertenecientes a Santa María de Zaragoza, en todos los estados de la Corona de Aragón; y otra carta de igual tenor, por lo tocante a Navarra, expidió Don Sancho el Fuerte desde Tudela en agosto del mismo año.

Confirmaron el privilegio de Alfonso II varios reyes que le sucedieron: Don Jaime I y su mujer doña Leonor en Calatayud; Alfonso III en Barcelona y Jaime II en Tortosa en 1205. No es posible recoger todo los diplomas regios del siglo XIII, que conceden señalados favores y donativos, así como los centenares de pergaminos inéditos que atesora el archivo del Pilar, cuyo índice llenaría no pocas páginas{17}. Sólo consignamos algunos, a los que, sin duda, alude el gran historiador P. Fita.

En primer lugar, aunque insistiendo, el ya citado Don Alfonso II, con fecha 27 de enero de 1187 donó a Santa María de Zaragoza y al Prior de su iglesia, Guillermo, la villa de Aytasa con el gravamen de tener siempre encendido un candelero de día y de noche delante de su altar y de mantener un Capellán. Es esta la primera Capellanía de que se tiene noticia en el Templo del Pilar.

En febrero de 1191, este mismo Rey consignó veinte maravedises en primas anuales, en favor de Santa María, pagaderos sobre un molino de Altabás, para que de día y de noche ardiese una lámpara ante el altar de la Virgen; y tres años más tarde, en 1194, al otorgar testamento en Perpiñán, dejó al Templo la villa de Mareta con todos sus derechos reales, más un cáliz, un incensario y unos objetos de plata. El Cabildo de Zaragoza, en reconocimiento a estos beneficios, admitió al Monarca como Hermano en la Cofradía del Pilar, y él, por su parte, un año antes de morir, vuelto de nuevo a Zaragoza, recibió bajo su protección al Cabildo, Hermanos, vasallos y bienes del Templo del Pilar y de todos los estados de la Corona de Aragón, según ya hemos dicho.

El Rey Jaime II confirma al Cabildo de la Iglesia del Pilar las concesiones y donaciones hechas por sus predecesores, de los castillos y villas de Calatorao, Brea, Vyteiza y Cascollo, haciendo a los hombres de estos lugares libres de Ejército, fonsadería o cabalgada, bajo la condición de que el Cabildo mantenga un Capellán Real que celebre misas a intención del Monarca.

El Rey Alfonso IV confirma y de nuevo concede el privilegio de su antecesor Jaime II en Valmaría a 22 de marzo de 1328 sobre donación de diversos lugares al Templo del Pilar y la institución de una Capellanía en dicha iglesia. Pedro IV dona al Prior y Cabildo de la Iglesia del Pilar un patio y terrenos contiguos a la casa del Prior, que linda con la torre del templo, con el muro de la puerta y con el Ebro. En este documento se refiere que ya en el año 1321, a instancia de la Reina Doña Blanca, hija de Jaime II, religiosa en el monasterio de Sigena, se había hecho tal donación, aunque sin las debidas formalidades.

También prohíbe que junto al Templo del Pilar se arrojen basuras, en atención a la santidad del lugar, ya que algunas veces, el Rey, la Reyna y el Arcipreste se hospedan en las casas de los canónigos, así como las personas principales que acuden a la ciudad{18}.

El Rey Don Martín concede salvoconducto y guiaje al Prior y Cabildo de canónigos de la Iglesia de Santa María la Mayor, y a sus bienes, castillos, lugares y vasallos con especial mención de la décima y primacías de la villa de Híjar y sus pertenencias{19}.

El Rey Juan II confirma el guiaje y salvoconducto dado por Don Martín al Cabildo de Santa María la Mayor, iglesia generalmente llamada del Pilar, en atención a los milagros que de la Virgen se recibieron en toda España, en especial el de haberse aparecido Nuestra Señora del Pilar al Apóstol Santiago, mandando a éste que la colocara en el templo que había de erigir en Zaragoza{20}.

También concede facultad a los bienhechores y cofrades del Pilar de Zaragoza, entre los cuales se cuentan él y la Reina, para que reciban a otros en la Cofradía y distribuyan velas con la efigie de la Virgen del Pilar, señalando un distintivo a los que prediquen y propaguen la tradición y milagros, con otras prerrogativas que refiere para aumento del culto y limosna en la Santa Capilla{21}.

Aunque los documentos reales presentados son en su mayoría de monarcas aragoneses, no dejan de tener capital trascendencia. Los reyes de entonces no ejercían la influencia nacional de los de hoy, porque los reinos eran más limitados. Pero la importancia regional, sin embargo, equivalía a la nacional de hoy. Decimos esto, por si acaso quiere verse limitación en el conocimiento que del Templo de Zaragoza y de la Virgen del Pilar o Santa María se tenía en estos siglos. Hay que reconocer, que por lo menos trascendía a todo el reino de Aragón, y respecto a allende las fronteras, ya hemos ofrecido los documentos pontificios que avalan el carácter universal del Templo y de Santa María del Pilar de Zaragoza.

¡Qué gran servicio haría a la Religión y a la Virgen del Pilar aquel que recogiese y metodizase, cronológicamente al menos, los documentos pilaristas desparramados en libros y crónicas, y más aún los enterrados en archivos, refundiéndolos en un cuidadoso catálogo! Mientras este servicio llega, sirvámonos de los ya existentes, tal y como se nos presentan y nos es dado ofrecer, estrujando su contenido.

A los favores reales confirmados con hechos y ejecutorias, queremos añadir, como colofón de este capítulo, otros documentos de índole social, de Cabildos y corporaciones, que expresan la universalidad alcanzada por la Virgen del Pilar a raíz de la Reconquista.

Lleve la primacía el privilegio que el Notario de los Jurados de Zaragoza concede a todos los peregrinos que lleguen al Pilar. Dice así este documento:

“A todos los cuales las presentes benrran. De nos los jurados prohomes et la Universidat de Zaragoza. Muytas saludes et buen amor. Nom solament en el Reyno de Aragón, mas ante por toda Espagna et en muytas otras partidas del mundo, crehemos ser manifiestos los muyto e innumerables miraglos quel Nuestro Senyor Jhesu Cristo feitos e cada día facer non cesa en los ovientes devoción en la gloriosa et bienaventurada Virgen Madre suya, SANTA MARÍA DEL PILAR, en la iglesia de Santa María la Mayor de la ciudat sobredita. Ond como de parte de los honrados Prior et el Capitol de la dita glesa ayamos entendido que algunos, ovientes devoción, en aquel santo lugar, no osan venir en los peregrinajes ho romerías por ellos en aquel prometidos, dubdantes ser peynados he marchados en la dita ciudat por algunos, demandaron con gran instancia que sobre aquesto deviesemos la dita Iglesa de algún remedio provehir. Nos empero atendientes que la devoción de los fieles no conviene por alguna ocasión ser embargada; por esto por las presentes, aseguramos toda et cada unas personas venientes en romería ho peregrinaje a la dicta iglesa de Santa María et portantes señal de aquel”{22}. Que este continuo refluir de gentes a la Iglesia del Pilar es cierto, nos lo dicen las palabras extensas y expresivas que trascribimos a continuación, tomadas de la obra del P. Nazario, y que tienen aquí sabor especial, por el conjunto de acontecimientos que evocan: “De 1294, dice, tenemos un documento en el que el Obispo D. Hugo de Mataplana, quejándose de las negligencias que había habido en restaurar el templo, dicta para ello las convenientes disposiciones y encomienda la inspección y administración de las obras a un consejo compuesto de dos capitulares y dos vecinos de la parroquia”.

“Con el objeto de llevar adelante estas obras de reparación, según piensa el P. Fita, D. Hugo de Mataplana alcanzó también un privilegio del Papa Bonifacio VIII en Anagni, fechado el 12 de junio de 1290, en que concede un año y cincuenta días de indulgencia a los que visitaren el Templo del Pilar en las fiestas o dieren alguna limosna para el culto o para las obras de la Iglesia de Santa María, que por su excesiva vetustez y antigüedad (nimia vetustate et antiquitate) amenazaba ruina. Ponían por condición que confirmara esta concesión (como en efecto lo hizo) D. Gimeno de Luna, que ya para entonces había sucedido a D. Hugo en la Silla de Zaragoza. Y es notable este documento para confirmar la universalidad de la tradición en aquel tiempo, pues afirman la nimia vetustez del Santuario tantos obispos extranjeros y de distintas naciones (italianos, franceses, alemanes, griegos) como eran Nicolás de Teano, Ventura de Gubbio, Guillermo de Urgel, Adenar de Huesca, Fernando de Oviedo, Gerardo de Arrás, Fray Bartolomé de Orta, Leonardo de Mothon, Fray Bartolomé de Foligno, Fray Lamberto de Veglia, Adán de Aversa, Voirado de Brandeburgo y Sabas de Mileto”.

“Prosigue el P. Fita: De todas las naciones cristianas debieron aprontarse recursos y venir peregrinaciones a la Iglesia del Pilar. El Rey Don Jaime II se cubrió entonces de gloria sosteniendo la causa de Bonifacio VIII contra su propio hermano Fadrique, Rey de Sicilia. Casado con Blanca de Anjou, hija del Rey de Nápoles, y distinguido con favores extraordinarios por el Jerarca supremo, tendió a la consolidación y abrillantamiento de su poder, dentro de sus estados hereditarios de la península, obteniendo del Papa (1 abril de 1297) facultad para crear una Universidad literaria que gozase de los privilegios que tenía la de Tolosa, con lo cual evitaba la expatriación de la juventud estudiosa y atraía la de otros reinos. A este plan político y religioso a la vez, parece que obedeció el auge que por su parte prestó al esplendor y celebridad del templo y Cabildo del Pilar, como en cuatro de sus diplomas (17 de octubre de 1295; 23 de mayo de 1298; 19 de mayo de 1302; 28 de mayo de 1299) que he visto y manejado se manifiesta”{23}.

Siguen a estos documentos otros de índole capitular y particular.

A la concesión hecha por el Rey Jaime II el Cabildo responde con un plácet benévolo y se obliga a mantener un Capellán Real al que darán la porción canonical correspondiente{24}.

En 1147 el Cabildo del Pilar admitió como hermano a Ramón de Embredún por haber donado al Obispo Bernardo y a los canónigos una viña con huerto y casa{25}. En diciembre de 1177 el Cabildo acordó la hermandad espiritual con Edmunda y María, señalándoles porción canonical en ciertas festividades por la donación que hicieron al Obispo y a los canónigos de una viña en Arcanellas y una heredad en Alfindén para el Hospital de Peregrinos.

En marzo de 1169, se vendió una viña a García de Borboles, Sacristán del Pilar, con la obligación de dar 120 azumbres de aceite para la lámpara que legaron D. Falchet y su mujer con el fin de que ardiera ante la Virgen{26}.

El Obispo de Zaragoza, Pedro Torroja, concede los réditos de la iglesia de Híjar para la fábrica y culto de Santa María la Mayor de aquella ciudad, en sufragio de su alma y para que perpetuamente arda una lamparilla ante el altar de Nuestra Señora; donó también la décima y provincia de Garcallo y confirmó la donación de las iglesias de Magallón, Bureta y Peramán, donaciones éstas confirmadas por el Obispo sucesor, Raimundo de Castillarcalo.

El 17 de septiembre de 1190, el Obispo Raimundo donó la iglesia de Híjar con sus pertenencias, la mitad de la primicia y el cuarto de las fianzas con el fin de restaurar la iglesia y claustro del Pilar y asimismo una torre, casas y cárcel, bajo la condición de que el obrero dé a los canónigos el día de la Purificación “pigmentum y nébulas”.

Más conocido e importante que los documentos citados, por su fecha de anterioridad, es el testamento de Moción, hijo de Fruya fallecido en Zaragoza en febrero del año 986, por el que lega una manda de cien sueldos a los templos de Santa María y Santas Masas de Zaragoza, sito extramuros{27}.

En 1134 López Arcaz va peregrino a Zaragoza y manda que, muerta su mujer, se divida su hacienda en dos partes: la primera la dona “ad Santa María de Zaragoza et ad Episcopo, et sucesoribus ejus que ibi fuerint”, y la segunda, al Hospital del Santo Sepulcro{28}.

Sancho López de Romeu Sanz, vecino de Sos da para ayuda de la obra del Templo del Pilar dos cuartales de trigo anuales.

Pelagio Cueca y su mujer dejan para la obra del Pilar cinco maravedises y el tercio de las ovejas. Fallecidos los cónyuges, toda la hacienda pasará a poder del Templo, excepto la bodega y trujal que se destinan al Hospital de Santa María; en febrero de 1187 Pedro de Pino donó una heredad en Monzalbarba a la iglesia de Santa María y a los canónigos con tal que le admitan como uno más entre ellos; en octubre de 1192 el canónigo Vabro renunció a favor del Prior y canónigos los réditos de Híjar; en 1193 testó Bartolomé Sesa, disponiendo que por virtud de los 3.000 sueldos que deja por su alma, admitan a su hijo Petrixalo por canónigo honorario del Pilar o en San Salvador o La Seo, y se digan por su alma cuatro mil misas y se den a Nuestra Señora 40 sueldos; en este mismo año, Guillén, esclavo que había sido de Sebastián de la Cruz, dio al Hospital de Santa María dos campos sitos en Alfindén… y a este tenor encontramos hasta cuarenta y más testamentos redactados en los mismos términos dentro de este mismo siglo.

Continúan los testimonios en el siglo siguiente:

En noviembre de 1204, Juan de Blanca y su mujer, Vidaglia, dan a la Virgen del Pilar una huerta en Magallón con cuanto tienen y tendrán,  en manos del Prior Fortuno y los canónigos del Pilar, los cuales los reciben por hermanos.

En octubre de 1206, doña Cristina, mujer de Guillermo de Larache, deja en testamento quince sueldos a la tabla de Santa María la Mayor y una viña en Corbeta para mantener una lámpara ante la Virgen de Zaragoza.

En 1 de octubre de 1220, Sancho de Alcones dictó sentencia arbitral sobre las preeminencias, distrito y décimas del Pilar.

El carnicero Benedicto, yendo en el ejército contra los moros, deja en testamento para la obra de Santa María 20 sueldos, fechando en 6 de julio de 1238.

Por este tiempo el Zalmedina de Zaragoza tenía su corte y audiencia en las casas de la Cofradía de Santa María. El Concejo se juntaba en el Cementerio del mismo templo, como indica Zurita: “Fue ajuntado el Concejo de la ciudad de Zaragoza en el Cementerio de Nuestra Señora del Pilar, a donde por la devoción que se tenía universalmente a aquel templo, que era muy venerado de toda la cristiandad, por la religión de aquel sagrado lugar, solía ordinariamente concurrir el pueblo y era costumbre juntarse allí los Jurados y Concejo de la ciudad para sus deliberaciones públicas y de gobierno.”{29}.

De este tiempo –1279– data un instrumento de la hermandad entre los canónigos del Pilar y Roncesvalles combinado en esta Abadía; más el inventario de las ropas y alhajas del Pilar hecho en noviembre de 1255 y publicado por Gabriel Llabrés en la “Revista de Aragón”, 1905, con el título “Dos inventarios de la Iglesia de Santa María la Mayor en Zaragoza”, según dio cuenta “El Pilar”{30}.

De estos siglos data el comienzo u origen de algunas imágenes similares a la del Pilar de Zaragoza, que abonan no poco valor al mérito y universalidad de la Patrona de Aragón.

D. Ricardo del Arco, tan especializado en la Arqueología aragonesa, nos habla en un reciente artículo de “Lugares de devoción a la Virgen del Pilar” y entre ellos recuerda la capilla de la catedral de Jaca, que es del siglo XIII y la humilde ermita de Burgo de Ebro que, según tradición, fue fundada por los cristianos que huían de la matanza de Daciano”{31}. Todavía más antigua es la que se venera en Arenas de San Pedro (Ávila), encontrada a fines del siglo XI, afamada por sus milagros y enriquecida en el siglo XIV con ricas fundaciones{32}. El día que se haga la verdadera iconografía pilarista, será sorprendente el índice de imágenes de la Virgen del Pilar extendidas ya en estos siglos, muchas con nombre distinto, pero con figura idéntica o muy semejante a la de Zaragoza. Yo mismo puedo dar testimonio de una imagen venerada en un pueblecillo de la provincia de Soria, diócesis de Calahorra, llamado La Laguna, donde se venera la Virgen con el nombre de Nuestra Señora de la Estrella, y que está colocada sobre un Pilar.

Si quisiéramos finalizar nuestro capítulo estampando unas líneas sobre los milagros de nuestra Virgen en estos sigilos, deberíamos recurrir a la relación que hace el P. Fita, cuando, al reproducir en el “Boletín de la Real Academia de la Historia” un documento de milagros obrado por San Braulio, se fija en las primeras palabras de dicha relación y dice: “La relación a que ésta seguía (de San Braulio) fue probablemente la de los milagros de la Virgen del Pilar, escrita o ampliada por el mismo autor, que no comparece en el archivo”{33}. A estos milagros siguen otros como el obrado con Doña Blanca de Navarra, más los ejecutados por otras imágenes de la Virgen del Pilar fuera de Zaragoza.

Dos palabras finales como comentario a toda esta serie de documentos heterogéneos. El “Templo de Santa María” o de “Santa María la Mayor” de Zaragoza, o de “Santa María del Pilar” –que bajo todas estas denominaciones es nombrado– gozaba en estos siglos de una preponderancia universal. Papas, Reyes, Cabildos, corporaciones e individuos hablan de él como de una cosa conocidísima. Los peregrinos lo frecuentan, si hacemos caso a los documentos. Y hasta se menciona repetidas veces algún hospital, que nada de extraño tiene se hubiera levantado con miras a dichas peregrinaciones, a semejanza de los construidos en las calzadas europeas rumbo a Santiago de Compostela. Todos estos documentos constituyen ya un apoyo firme, durante estos siglos, en pro de la universalidad de la Virgen del Pilar.




{1} C. Cantú. “H. U.”, t. 4.º, p. 18.

{2} Nougués, “H. C. A. P.” Apéndices; Arruego, “C. E. Z.”, cap. I., p. 35; Villanuño, “S. C. H.”, t. 2, ps. 426-427.

{3} Aina. “E. P.”, c. IV, p. 38.

{4} Ls. cs. en nota 2.ª Pueden leerse en latín.

{5} Ibi.

{6} P. Corro. “T. P.”, c. v., p. 49.

{7} Ibi. p. 47.

{8} Ibi.

{9} X. Pérez. “A. H. D. P.”, t. V, p. 28.

{10} Ibi.

{11} Archivo del Pilar.

{12} Ibi. Cajón 2 leg. 1. Fita, “B. R. A. H.”, t. 44, p. 446.

{13} D. Gelmírez, “H.ª C.ª”, I, II, cap. 37.

{14} Fita dio relación de casi todos ellos. “B. R. A. H.”, t. 44, ps. 446.

{15} Arch. Corona de Aragón. Perg. 425.

{16} Ibi. Rgtro. 428. f. 175.

{17} Fita 1 c., fol. 220.

{18} Tomados de los Arch. del Pilar y Corona de Aragón.

{19} Ibi. R. 2194, f. 63.

{20} Ibi. R. 3368, f. 84.

{21} Ibi.

{22} Fita. 1, c. p. 462.

{23} Ibi.

{24} Arch. C. A. Perg. 429.

{25} Arch. del Pilar.

{26} Ibi. Obras. Documentos y escritos.

{27} Fita, l. c. Lo aducen cuantos tratan sobre la Tradición.

{28} Murillo. “F. M.”, p. 57.

{29} Zurita. "A. H.” 1.ª parte, cap. 91, p. 314.

{30} “E. P." Ns. 1255-1312.

{31} R. del Arco. “H. A.” 2 enero de 1940.

{32} N. Pérez. “A. H. V. P.” C. V., p. 33 y sigs.

{33} “B. R. A. H.”, t. 44, pág. 455.