Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Dossier Encuentro en LASA ❦ Miami, marzo de 2000 ]

Jesús Díaz

Dúplica

Quiero agradecer las palabras de mi amigo Aurelio Alonso, aunque no estoy de acuerdo con la mayor parte de lo que ha dicho; pero lo principal, me parece, es que los cubanos aprendamos a expresar nuestras discrepancias en paz y eso es lo que él ha hecho.

Aurelio me atribuye una frase que supuestamente dije hace nada menos que 29 años y llega incluso a ponerla entre comillas, lo que indica que se trata de una cita textual. Pero no lo es, desde luego. Aurelio lo sabe e intenta validar la evidente fragilidad de su método afirmando: «Seguramente esto no es literal, pero casi lo es». Ese proceder no me parece riguroso e invito al propio Aurelio a preguntarse si es honesto.

Nunca he negado que apoyé la revolución cubana, y en el mismo texto que discutimos lo subrayo. Pero a Aurelio le consta que ese apoyo fue muchas veces crítico, como me consta a mí que lo fue también el suyo. No por casualidad sufrimos juntos la clausura de Pensamiento Crítico y la demolición del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Y en lo que a mí respecta, no por casualidad me echaron de El Caimán Barbudo, mantuvieron prohibida durante doce años mi novela Las iniciales de la tierra, se incautaron del manuscrito de otra de mis novelas, Las palabras perdidas, que nunca pudo publicarse en Cuba, fui colaborador del filme Alicia en el pueblo de las maravillas, la película más crítica de la historia del cine cubano, y el señor Armando Hart, en su época de miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba y Ministro de Cultura, me dirigió una carta que Aurelio conoce en la cual, además de acusarme literalmente de «resentido», «rencoroso», «insensible», «buey manso», «falto de corazón», «iconoclasta», «vendido», «traidor», «criminal» y «apóstata», me decía: «Tu crimen es peor que el de los bárbaros ignorantes que asesinaron a cuatro hombres amarrados. Ellos no merecieron el perdón pero tú lo mereces menos (…) Las leyes no contemplan la pena de muerte por tu infamia, pero la ética y la cultura cubanas te castigarán más duramente».

Son sólo algunos ejemplos de los muchos que me hicieron comprender, en carne propia, que el apoyo al castrismo es incompatible con el ejercicio de la libertad. Sin embargo Aurelio, que también ha sufrido lo suyo, piensa de manera totalmente distinta de la mía. Es su derecho y su responsabilidad.

En ningún momento me referí a las «grandezas y miserias de la Revolución» sino a las de Pensamiento Crítico; quizá la confusión de Aurelio en este punto se deba a que sólo estaba escuchando los fragmentos del texto a los que di lectura y tuvo que citar de memoria.

Dejemos en paz a Sartre. Lo que propugno es el establecimiento de un estado de derecho en Cuba en el que puedan expresarse no sólo los intelectuales sino todos los ciudadanos, tanto los que estén a favor como los que estén en contra. Lo que existe hoy en nuestro país es absolutamente lo opuesto, un estado de arbitrariedad en el que una persona concentra todo el poder. En español eso se llama dictadura. Y todos sabemos perfectamente cómo se llama el dictador.

Aurelio tiene razón cuando afirma: «…tampoco creo que sea exacto reducir el cierre de Pensamiento Crítico a una exigencia de los soviéticos, pues fue sobre todo una victoria interior para una posición dentro de la Revolución». Es cierto; sólo habría que añadir que la «posición» que en 1971 clausuró Pensamiento Crítico ha conservado el poder dictatorialmente hasta hoy, 30 años después. Y como la dictadura es incompatible con la libertad la tragedia de Pensamiento Crítico se reprodujo en 1996 en el Centro de Estudios de América.

Aurelio sufrió esas dos experiencias terribles y las aceptó con resignación y dolor. De ahí que ahora diga: «Esa infelicidad puede hacer parte, sin embargo, de otra felicidad, creo, porque aumenta el mérito del intelectual comprometido de mantener su compromiso cuando siente que su compromiso es rechazado». Que quien pudo haber sido uno de los intelectuales más brillantes de nuestra generación, Aurelio Alonso, nada menos, haya llegado a escribir esa declaración que recuerda las confesiones ante el Tribunal del Santo Oficio, y que lo haya hecho en nombre de una pretendida «lealtad», me provoca una honda, insondable tristeza.

No obstante, me parece extraordinario que Encuentro publique esta polémica dura, dolorosa y necesaria, pero marcada siempre por la amistad y el respeto. No es lo que dijo Granma con respecto a ella, de modo que reproducimos también los fragmentos del artículo de ese periódico que se refieren al debate, así como la respuesta de Carlos Monsivais aparecida en la revista Milenio, para que nuestros lectores se formen una idea cabal de textos y contextos. Apreciaría muchísimo que, como me ha sugerido el propio Aurelio, la revista Temas publicara también esta polémica y así desbloqueáramos a la vez, justamente porque no estamos de acuerdo, el camino a otros debates imprescindibles para el futuro de nuestro país.

Fragmento del artículo aparecido en el periódico Granma el 24 de marzo de 2000

Únicamente un panel, el que discutió el tema de los intelectuales y la democracia en Cuba, trató de manipular tendenciosamente la realidad cubana. Era de esperar por la composición de una mesa integrada totalmente por intelectuales que desde fuera de Cuba, con diversos matices, pero con una irreductible orientación, han tratado vanamente de descalificar la política cultural de la Revolución y cuestionar incluso la existencia de ésta última.

El profesor español Ignacio Sotelo pintó de gris las relaciones de los intelectuales de izquierda europeos con nuestro país, ignorando las reiteradas y recientes muestras de solidaridad con destacados escritores y artistas del Viejo Continente. El filósofo cubano radicado en México, Rafael Rojas, fiel a su discurso de muchos años, se desgastó en probar cómo un supuesto «legado nihilista pesa sobre la percepción acrítica que en muchos momentos ha tenido el intelectual cubano de la Revolución», opinión que se da de bruces con clara e inequívoca participación de la intelectualidad cubana no sólo en la formulación de la política cultural, sino del mismo proyecto social revolucionario. El mexicano Carlos Monsivais, para quien el mejor de los mundos posibles es el de hoy, repitió sus invectivas contra la Casa de las Américas y se perdió en un laberinto de imaginados distanciamientos de Cuba por parte de los intelectuales de América Latina y de su propio país.

Llegó entonces el turno a Jesús Díaz. No hace falta presentarlo. Es bien recordado tanto por los promisorios cuentos de Los años duros como por haber compartido hace pocos años un asiento en la avioneta de José Basulto. Pareció seguir volando junto al cabecilla de Hermanos al Rescate cuando dijo que en la Cuba de hoy «la esperanza se trocó en infierno», que «todo intento de modificar el castrismo desde dentro estaba condenado al fracaso», y al calificarse como miembro de «la generación del silencio que no fue capaz de pensar la Revolución cubana críticamente desde el comienzo».

Desde el público, de una manera vertical, diametralmente opuesto a la retórica apocalíptica que suele emplear Díaz para impresionar al auditorio, el investigador Aurelio Alonso desmontó la «lectura» que el narrador emigrado hizo de la más reciente historia intelectual cubana. No ocultó errores puntuales ni transitorias incomprensiones, pero destacó el enorme espacio de libertad, participación y creatividad de que gozan los intelectuales en la Cuba revolucionaria. «Esa generación que se alude –afirmó– no fue la del silencio, sino de la lealtad», y argumentó con pruebas irrefutables cómo el compromiso intelectual con la Revolución, muy lejos de significar servilismo, se basa en una participación real, consciente, necesariamente crítica y éticamente constructiva.

Pedro de la Hoz

Carlos Monsiváis, Carta al director de Milenio

Señor Director:

En Granma (24 de marzo de 2000), el periodista Pedro de la Hoz, como ya notificó Milenio en el número anterior, informa –digo es un decir– del congreso de LASA (Latin American Studies Association) realizado en marzo en Miami, y al hacerlo se atiene, con las cenizas retóricas a su disposición, al lenguaje triunfalista de la Revolución Cubana en sus años de auge, cuando tenía en su catálogo la credulidad y el apoyo ferviente de decenas de miles de convencidos en el mundo entero. Eso fue hace mucho, antes de la santificación absoluta del necesariato (Fidel Castro, el «único» gobernante posible). Ahora, con la credibilidad muy desgastada, el gobierno de Castro, sus excomuniones, convertidas en avisos de ocasión.

Todo en el artículo de De la Hoz es distorsión de los hechos, desde una prosa partidista que si se lo propone descalabra físicamente al adversario. ¿De dónde saca De la Hoz que «la inmensa mayoría» de los 5.000 participantes en el foro «reconoció la elevada calificación de los académicos cubanos y la solidez y pertinencia de sus argumentos»? No discrepo de la «elevada calificación», pero sí sé que nunca hubo tal evaluación, ni de los cubanos ni de nadie. Sin rubor, se inventa la apoteosis a sabiendas que en Granma no se publicará rectificación alguna.

Prosigue De la Hoz en su lucha por no dejar morir el idioma de las descalificaciones desde la Historia, esa súbdita de la Revolución. «Únicamente un panel, el que discutió el tema de los intelectuales y la democracia en Cuba trató de manipular tendenciosamente la realidad cubana». Como participé en el panel junto al escritor cubano Jesús Díaz, el historiador cubano Rafael Rojas y el académico español Ignacio Sotelo, entrego mi versión de los hechos. La mesa redonda no fue otro intento de arraigar a Eliancito en Miami, sino una discusión seria y crítica de un proceso tan importante para los latinoamericanos. En cambio, De la Hoz se permite las siguientes Verdades Universales:

«El profesor Sotelo pintó de gris las relaciones de los intelectuales de izquierda europeos con nuestro país, ignorando las reiteradas y crecientes muestras de solidaridad de destacados escritores y artistas del Viejo Continente» Fidel, amigo, el pueblo está nada más contigo.

La opinión de Rafael Rojas sobre «el legado nihilista» de Cuba es, según el fiscal, una «opinión que se da de bruces con la clara e inequívoca participación de la intelectualidad cubana no sólo en la formulación de la política cultural, sino del mismo proyecto social revolucionario». Así que la intelectualidad cubana participa de modo claro e inequívoco en la elaboración del «proyecto social revolucionario». Recordamos, por si hiciera falta, la frase del comandante Fidel Castro: «Lo ideal en política es la unidad de opinión, unidad de doctrina, unidad de fuerzas y unidad de mando como en la guerra».

Dice De la Hoz: «El mexicano Carlos Monsiváis, para quien el mejor de los mundos posibles es el de hoy, repitió sus invectivas contra Casa de las Américas y se perdió en un laberinto de imaginados distanciamientos de Cuba por parte de los intelectuales de América Latina y de su propio país». Agradezco que se me quiera incorporar al optimismo imbatible de los redactores de Granma, pero no creo que el de hoy sea el mejor de los mundos posibles. Tampoco lancé invectivas contra la Casa de las Américas y el lector puede consultar en el Milenio anterior lo que dije. Sí, y lo sé demostrable, me referí al distanciamiento del castrismo evidente en la gran mayoría de los intelectuales, que por razones diversas no simpatizan con la dictadura.

De la Hoz ataca a Jesús Díaz y elogia por oposición al investigador Aurelio Alonso, que «no ocultó errores puntuales ni transitorias incomprensiones, pero destacó el enorme espacio de libertad, participación y creatividad de que gozan los intelectuales en la Cuba revolucionaria». Ni Alonso ni nadie podría destacar ese «enorme espacio de libertad, participación y creatividad de los intelectuales». En mi ponencia me referí a ese juicio ridículo, las «confesiones» de Heberto Padilla. Pude haber dado muchísimos otros ejemplos. Pedro de la Hoz elogia lo que nunca ha sucedido con el lenguaje de lo que alguna vez fue ánimo combativo. Ni modo. Sería demasiado pedir un discurso renovado para defender una dictadura pétrea.

Atentamente

Carlos Monsiváis

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→ Jesús Díaz Rodríguez, El fin de otra ilusión. El Caimán Barbudo y Pensamiento Crítico
→ Aurelio Alonso Tejada, Réplica
→ Jesús Díaz Rodríguez, Dúplica