Filosofía en español 
Filosofía en español

Francisco Gutiérrez LasantaLa Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad, Zaragoza 1943


Capítulo I
La Hispanidad

Sumario: Hispanidad: Su uso primitivo.– Z. de Vizcarra.– R. de Maeztu.– Cardenal Goma.– Forma sustancial.– Filosofía de la Hispanidad.– Citas. Hispanidad y Catolicismo.–  Epílogo de “Los heterodoxos”.– Concepto sobrehumano de la Hispanidad.– Pemán.– Nicolás del Techo y la Historia paraguaya.– F. Lummis y la exploración de las Américas.– J. de Castellanos y los Varones ilustres de Indias.– Extensión de la Hispanidad.–  Portugal: Es parte integrante de la Hispanidad.– Su Historia. Descubrimientos.– Literatura.– Paralelismo con España.– El P. Merizalde y el proyecto de Unión Hispano-Americana.– Estados Unidos de España y América.– La Virgen del Pilar...


Antes de esculpir la estatua es preciso conformar el molde. Tratamos nosotros de proyectar la imagen viviente de la Virgen del Pilar sobre el molde de la Hispanidad, y es preciso conformar su esencia, fijar sus límites, deslindar su campo.

La palabra “hispanidad” fue creada felizmente por el docto sacerdote español D. Zacarías de Vizcarra, precisamente en tierras americanas{1}.

Nace, pues, el concepto de la hispanidad, como los grandes y fecundos movimientos, de abajo hacia arriba y con un marcadísimo carácter nacional, americanista e hispano.

Pero la difusión del concepto y vocablo de la hispanidad va unida indisolublemente al nombre y obra de un mártir de la Patria, don Ramiro de Maeztu{2}.

Su libro “Defensa de la Hispanidad” es el clarín que convoca a rectificar criterios y fijar conceptos. Y en realidad, “si el concepto de cristiandad comprende y, a la vez, caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta de la hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?”{3}.

La palabra está ya acuñada. Y no sólo como moneda corriente, expuesta un día a pasar de moda y entrar en el terreno de los arcaísmos, sino también incrustada en obras o, mejor dicho, personificada en obras literarias, filosóficas e históricas, algunas verdaderos monumentos perennes{4}.

Precisamente, como apostilla o explanación al libro de Ramiro de Maeztu se publica en sucesivas ediciones el discurso de otro gran hispanista. Nos referimos al pronunciado en Buenos Aires el año 1934 por el inolvidable Cardenal Gomá, con motivo y ocasión de la velada conmemorativa celebrada en esta ciudad del Plata el 12 de octubre, Día de la Virgen del Pilar y Fiesta de la Hispanidad{5}.

Este discurso, magnífico bajo todos los aspectos, no sólo por su contenido filosófico y su imponderable valor apologético, sino por su transcendencia histórica –nacida de la coyuntura de su pronunciación y heterogeneidad de circunstancias que lo rodearon– marca una fecha memorable en los anales americanos y españoles.

Si de instituciones hablamos, años hace que se fundó, con un marcadísimo carácter hispano-americano, que, en resumen, no venía a ser ya sino una acción combinada de hispanidad, la “Acción Española”, con su revista propia del mismo nombre y un armónico sentido de colaboración hispánica{6}.

De moderna creación es también el “Consejo de la Hispanidad”, organismo formado por personalidades seleccionadas entre todos los países hispánicos, y encargado de mantener, vivificar y realzar cuanto se relacione con la Hispanidad en las diversas naciones{7}.

Y acaso tan pujante y eficaz como las instituciones mencionadas, por incrustarse en la misma Jerarquía Eclesiástica y participar en algún modo de la permanencia de la Iglesia, es la organización de la “Acción Católica” tan esencialmente eclesiástica como eminentemente española. Institución, que ha tomado a pecho el hacer de la hispanidad vanguardia del Cristianismo, en la misión insaciable de salvar al mundo profundamente enfermo.

Realidades halagüeñas de la labor de todas estas organizaciones es, entre otras, la celebración del 12 de octubre como Día de la Hispanidad, aniversario del Descubrimiento del Nuevo Mundo y Fiesta de la Virgen del Pilar. Y esto, no sólo con carácter aragonesista, como hasta hace un lustro, ni siquiera con modalidad exclusivamente española, sino con verdadera tonalidad hispánica, cosmopolita y universal.

Supuestos estos ligeros antecedentes, procedamos por partes, planteando la diversidad de cuestiones que se ofrecen:

Primeramente, ¿qué es la Hispanidad?

En segundo lugar, y haciéndonos la interrogación que hace años se hacía el Cardenal Gomá, ¿cuál es la forma substancial de la Hispanidad?

Después de esto, parodiando a Ramiro de Maeztu, ¿qué extensiones, partes y límites comprende la Hispanidad?

Y, por último, ¿en qué sentido la Virgen del Pilar puede y debe ser proclamada Reina de la Hispanidad?

Por lo que a la primera cuestión respecta, hallamos apropiados los conceptos de un filósofo moderno, felizmente convertido. “La palabra Hispanidad, dice García Morente, puede tomarse en dos sentidos: uno concreto y otro abstracto. Hispanidad, en su sentido concreto, quiere decir el conjunto de los pueblos o naciones que han brotado de la raíz española. En el mundo existen numerosos lugares en los cuales viven pueblos independientes o casi independientes que proceden de un común origen español. Hablan español, piensan en español, sienten a la española, son católicos y no necesitan remontarse mucho en su historia para descubrir el punto en que su propia trayectoria temporal se desgaja del gran tronco hispánico. Estas naciones hispánicas, esparcidas por todo el globo, forman, juntamente con la madre España, una singularísima colectividad. No las ata unas a otras ningún vínculo legal. Ninguna traba pone el más mínimo límite a su absoluta soberanía política. Y sin embargo, por ser todas ellas hispánicas, siéntense unidas en una intensa similitud.

Cada una es independiente y propiamente señera. Mas ninguna quiere ni puede negar la fraternidad que las une a todas entre sí y la filialidad que las une a todas con España. Si alguien intentara interpretar esa relación en sentido limitativo de la soberanía absoluta de cada una, protestarían airadamente. Y aun a veces se complacen en subrayar el propio y no derivado derecho con que usan de la sensibilidad, del pensamiento y de la lengua española –“tan nuestra, dicen, como vuestra”–. Así los hijos cuando llegan a la mayoría de edad, suelen vindicar, con la alegre energía del neófito, los derechos sustantivos que la ley y la naturaleza les otorgan.

No hay en el planeta nada que se parezca a esa colectividad de las naciones hispánicas, a este mundo común de la hispanidad”. Hasta aquí, G. Morente, en sus “Ideas para una Filosofía de la Historia de España”{8}.

Y hasta aquí también la Hispanidad en su sentido concreto. El sentido abstracto de la comunidad hispánica lo pone el ilustre filósofo en “ese vínculo impalpable, invisible, inmaterial, intemporal, que reúne de modo tan singular a todas las naciones hispánicas sobre la tierra; ese vínculo puramente espiritual, es la Hispanidad en su sentido abstracto”. Este vínculo creemos que no se diferencia de la forma substancial de la Hispanidad, y por eso, nos conduce de la mano a la segunda cuestión. ¿Cuál es la forma substancial de la Hispanidad?

Respondemos filosofando, un poco, porque el asunto lo requiere. Si hablamos de forma, es porque existe también materia a la que la forma viene a informar.

La materia de la Hispanidad creemos queda ya expresada en el sentido concreto que acabamos de exponer. Es el conjunto de las naciones hispánicas que con la madre Patria forman esa “colectividad de pueblos hispánicos” con los que nada hay semejante en el mundo. Si aún queremos una respuesta más precisa, atendamos a nuestro antiguo filósofo Séneca, que nos va a responder, pero ¡cosa rara! no como filósofo, sino como adivinador y profeta:

“Pasarán los años, se sucederán los siglos y el Océano abrirá sus arcanos, apareciendo una vasta comarca, un Nuevo Mundo allende los Mares, dejando de ser Thule el fin de la tierra...”{9}

He aquí lo que ya existía, la materia de la Hispanidad –España y un Mundo nuevo en visión– que ha de desposarse con la forma substancial. Por decirlo de una vez, he aquí las tierras vírgenes indígenas de Iberia y otros continentes, que esperan un beso de redención.

O, expresándolo en lenguaje providencial, que no es usurpación, pues a Dios corresponde la primera y principal gloria de nuestra obra redencionista, he aquí el mundo sumido en tinieblas y sombras de muerte, esperando la luz y redención venidas de España, que eso es, en definitiva, la Hispanidad; la redención de medio mundo verificada y completada por España.

Esta doctrina redentora, entraña, además de su plan de realización un acervo fecundo de doctrina salvadora y misionera que plasma dondequiera que pone sus manos España. De ahí el número de enemigos que su obra suscita. No aludimos a los consabidos forjadores de leyendas ya juzgadas... De hoy son y sus planes se nos han descubierto: a las logias masónicas de Estados Unidos les son nocivas la doctrina y fines de la Hispanidad, y con todas sus fuerzas trabajan por sofocarla... No nos extrañe, estando revestida nuestra obra de prerrogativas salvadoras y espirituales con apetencia de renovación sobre el mundo entero.

Pero no adelantemos conceptos. Sigamos nuestra filosofía histórica y serena. Existía, pues, la materia de la Hispanidad, que profetizó y vislumbró nuestro filósofo cordobés. ¿Qué requería para su ser y perfección? La forma substancial. Y ¿cuál es la forma substancial de la Hispanidad? Dada ya la respuesta filosófica, a tenor con la enseñanza de la Filosofía Perenne, atendamos ahora a la respuesta histórica. De los mismos labios que escuchamos la pregunta hemos de recoger la respuesta. Dice así el ya citado Cardenal Gomá: “La raza, la Hispanidad, es algo espiritual que trasciende sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria. Si la noción de catolicidad pudiese reducirse en su ámbito y aplicarse sin peligro a una institución histórica que no fuera el catolicismo, diríamos que la Hispanidad importa cierta catolicidad dentro de los grandes límites de una agrupación de naciones y de razas. Es algo espiritual, de orden divino y humano, a la vez, porque comprende el factor religioso, el catolicismo en nuestro caso, por el que entroncamos con el catolicismo “católico”, si así puede decirse, y los otros factores meramente humanos, la tradición, la cultura, el temperamento colectivo, la historia, calificados y matizados por el elemento religioso como factor principal; de donde resulta una civilización específica, con un origen, una forma histórica y unas tendencias que la clasifican dentro de la Historia universal.

Entendida así la Hispanidad, diríamos que es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran la Hispanidad. “Es el temperamento español, no el temperamento fisiológico, sino el moral e histórico, que se ha transfundido a otras razas y a otras naciones y a otras tierras y las ha marcado con el sello del alma española de la vida y de la acción españolas. Es el genio de España, que ha incubado el genio de otras tierras y razas, y sin desnaturalizarlo, lo ha elevado y depurado y lo ha hecho semejante a sí. Así entendemos la raza y la Hispanidad”.{10}

Larga es la cita, mas necesaria e imprescindible. Nosotros no sabemos de otra definición más clara, densa y concisa sobre la Hispanidad, que la que acabamos de transcribir. Creemos que responde a un sentido objetivo e histórico, que es el carácter de la Hispanidad y la exigencia de nuestra obra. Y respecto de su matiz sobrehumano y providencial, es marcadísimo, hasta el punto de acusar un paralelismo, que ya habíamos mencionado, pero que es preciso resaltar por la autoridad teocrática del ilustre purpurado que la supone.

La Hispanidad es, ni más ni menos, que la Cristiandad proyectada sobre toda la Historia de España, en especial sobre sus instituciones, personajes, conquistas, descubrimientos y apostolados. Por eso adquiere efectiva realidad la conclusión, de antemano extractada por el ilustre Prelado: “América es obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de Catolicismo. Luego hay relación de igualdad entre España y Catolicismo, y es locura todo intento de hispanización que lo repudie”.{11}

Esta relación de igualdad entre Hispanidad y Catolicismo nos hace buscar la génesis de aquella en los orígenes mismos del Cristianismo español, y elude, como consecuencia, ese otro concepto que pretende identificar la Hispanidad von el Descubrimiento de América. No hay tal. El Descubrimiento de América –lo hemos de expresar después– es la floración más fecunda de la Hispanidad; es el acontecimiento que abre a la Hispanidad o al Catolicismo español la más hermosa perspectiva, pero está muy lejos de absorber por entero a la Hispanidad. Quince siglos antes de realizarse este hecho, germinaba y rendía frutos exquisitos la Hispanidad, nacida en las mismas fuentes del Cristianismo español.

Volvamos al creador de este concepto, Mons. Zacarías de Vizcarra, que con ocasión del XIX Centenario del Pilar “en que la Virgen visita a Santiago y al primer grupo de fieles de la naciente Hispanidad, sienta la naturaleza de ésta, en unas premisas imprescindibles en este libro:

“Sea ésta la primera: La Hispanidad no existió hasta que nuestro apóstol Santiago plantó, en la Hispania romana la iglesia hispana.

Antes de la conquista romana, España era un término geográfico que no significaba ninguna unidad social, política, religiosa, cultural, racial ni moral. Era un conjunto de pueblos, tribus y razas diversas, agrupados en comunidades independientes, frecuentemente hostiles entre sí que ni siquiera se unían establemente para rechazar a enemigos comunes... Aquella España era un cuerpo sin alma unitiva, sin ideal común, sin destino propio.

La Hispanidad nació virtualmente con la predicación del Apóstol Santiago y la fundación de la Iglesia hispana. Los primeros hechos históricos en que aparece España con alma y personalidad propias, son hechos eclesiásticos. El más brillante de ellos es el primer Concilio Nacional de España en las sangrientas persecuciones romanas contra el Cristianismo, el Concilio de Iliberis (cerca de la actual Granada), el primero de todos los concilios del mundo cuyos cánones y textos se conservan. Entre los firmantes de este Concilio, aparece la firma de un gran Obispo de Córdoba, a quien cupo la gloria de catequizar más tarde al primer Emperador.

Bajo la corteza endeble de una provincia romana habían formado nuestros grandes Obispos una alma nacional, con órganos nacionales de gobierno eclesiástico, con leyes propias que trasuntaban el regio carácter del catolicismo español, con ideales que se habían de convertir en espíritu característico de la Hispanidad.

Cuando ocuparon el imperio romano los bárbaros del Norte y se establecieron en España los godos arrianos, fueron éstos, durante mucho tiempo, elementos extraños en el cuerpo social de la Hispanidad católica, hasta que vino la fusión de los demás pueblos en el Concilio III de Toledo, bajo la presidencia de otro gran Obispo, San Leandro de Sevilla, y los dos pueblos de razas distintas, con la unidad de la fe católica, comenzaron a formar una única Hispanidad. Más tarde, los árabes implantaron su dominio en España, durante más de siete siglos. Pero nunca asimilaron el espíritu de la Hispanidad, ni nadie les ha considerado jamás como parte integrante de la Hispanidad; porque el alma de la Hispanidad es inseparable del espíritu católico que le infundió la Iglesia Madre.

La Hispanidad es hija de la Jerarquía eclesiástica hispana, hija ella a su vez del Apóstol Santiago y de la Virgen Santísima, que abandonó por breve tiempo la casa del Discípulo amado San Juan Evangelista, para venir a visitar en el confín del mundo antiguo al hermano de éste, a Santiago el Mayor y tomar posesión de España para siempre, con el símbolo visible de la propiedad territorial, que es el mojón de piedra, dejando clavado en nuestro suelo hasta el fin del mundo el Pilar marmóreo de Zaragoza.

La Hispanidad, en último análisis, se confunde con el espíritu católico sembrado por Santiago, confirmado por la Virgen del Pilar e incrustado en el alma nacional desde su nacimiento por la Jerarquía eclesiástica hispana. La Hispanidad es un Catolicismo recio con Padre y Madre, con Padre fuerte que sabe montar a caballo y blandir espada y con Madre tierna que viene de muy lejos a visitar a sus hijos, traída en brazos de espíritus celestiales”.

Hasta aquí el creador del concepto de Hispanidad, Mons. Zacarías de Vizcarra, en la primera de sus premisas. Antes de consignar las siguientes, hagamos unos comentarios.

La Hispanidad no nace hasta que el Apóstol Santiago planta en la Iberia Romana la Iglesia española. Cierto. La Hispanidad, pues, no existe, hasta que el Hijo del Trueno recibe la visita de María, “que alienta al primer grupo de fieles de la naciente Hispanidad”. ¡Así es! Pero, ¡tampoco nace después! Quede así consignado este hecho como punto capital de nuestra tesis. De intento lo proclamamos con palabras ajenas. Y en nuestro concepto, con la máxima autoridad en materia de Hispanidad. Mas, por si acaso no bastara, reforcemos esta afirmación con otro testimonio de indiscutible valor histórico. Nos referimos a una página, que es a la vez epílogo y que se ha titulado "la voz de todo un pueblo”.

Bien se comprende que hablamos del resumen a la Historia de los Heterodoxos, de Menéndez Pelayo.{12}

Es este epílogo como el tronco recio y vetusto de la unidad y nacionalidad españolas, que, al llegar a granazón, se desparrama en frondosas manifestaciones, dando lugar a la Hispanidad. “La unidad de la creencia... Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime; sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones; sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debemos? Si en la Edad Media nunca dejamos de consideramos unos, fue por el sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba.” Hasta aquí M. Pelayo ha escrito, en páginas que es preciso releer sin atenuaciones para colmar nuestras líneas, lo que constituye algo así como el capullo de la Hispanidad, pronto a reventarse y trocarse en flor. Ha, como creado, digámoslo así, la redondez de la almendra, dentro de su cáscara olorosa. Ahora es preciso abrir el capullo y que brote la flor, romper la cáscara y que exhale el perfume. “Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la Historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el Cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceylán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la Aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares, y los montes veneros de plata y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco... La fe de aquellos hombres era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades... ¡España evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio! esa es nuestra grandeza y nuestra unidad”. ¡¡¡Esa es, diríamos nosotros, ¡la Hispanidad!; pero la Hispanidad en flor; la forma substancial de la Hispanidad!!!

Todo este capítulo y epílogo es el Catolicismo español, lo que España proyecta en el mundo hispano al alumbrar la Hispanidad, la Cristiandad hispanizada. En resumen, ese concepto que, más que humano es divino, por tener su raíz en el cielo, ya que la Hispanidad ante todo es Redención, vocablo ecuménico que susurra acentos de Cristiandad, disuelve diferencias, razas y fronteras y aspira a encamarse en la Humanidad; ese hermoso concepto cuajado de realidades, que parece va envuelto entre los pliegues veleros de Santa María” y es depositado, como un beso, en tierras de Nueva España... Eso y nada más que eso es la Hispanidad. Por decirlo con sabor escriturístico: Que en Oriente y en Occidente, en el Septentrión y el Mediodía se llegue a alabar a Dios con la dulce lengua de Fray Luis... ¡Eso es la Hispanidad!

La Hispanidad es, pues, el Catolicismo proyectado por Estaña en sus legítimas posesiones de conquista y apostolado. Y esta proyección de España sobre los continentes, muy especial y muy suya, ¿da al Catolicismo sello característico? Sí, un sello característico matizado por lo hispánico.

En términos absolutos, la obra de España pudo haberla hecho cualquiera otra nación. En términos concretos, la Hispanidad –llamémosla ahora Historia de España, Evangelización, Colonización, Civilización de América– sólo pudo hacerla España. La razón es obvia. Nadie puede dar lo que no tiene. Y en el siglo XV, atendidas todas las circunstancias, sólo España estaba en trance y disposición, por designios providenciales, de dar lo que dio, de realizar su obra, de hispanizar medio mundo. Figurémonos si no –y ello no es necesario porque lo vemos patente– una colonización, civilización o como queramos llamarla, realizada por otra nación cualquiera que no sea España, por la más apta para ello, por Inglaterra. ¿Hubiera sido su resultado una obra como la de España en el sentido que la venimos estudiando, sirviéndole de centro móvil el Catolicismo? Creemos que no. Traslademos la hipótesis a Francia, Holanda, &c. ¿Hicieron lo que hizo España? No. ¿Por qué? –Porque no podían; en vano iban a dar lo que no tenían. Dieron lo que tuvieron e imprimieron a su obra el carácter propio, y sus resultados los ha juzgado ya la Historia... Estamparon su propia forma pero esta no era la del Catolicismo.

¿Y no había otras naciones capaces de hacer lo que hizo España? No; y si las había, no lo hicieron.

Luego la obra de España, impresa en su Historia, transmitida a América y plasmada en la Hispanidad, es algo suyo, muy suyo, que sin diferenciarse de la obra del Catolicismo de Roma, del Cristianismo, de la Cristiandad, lo perfila con ese sello característico que es la hispanización de lo católico. Y así, hispanizado el Catolicismo con nuestra sangre, nuestro lenguaje, nuestro espíritu, nuestras costumbres, lo transfundimos a nuestra obra, a nuestra Historia, a América, Filipinas, África... y esa es la Hispanidad.

Lo decía hermosamente Zacarías de Vizcarra y constituye otra de sus premisas: “Las nuevas naciones hispánicas fueron plasmadas por España y Portugal, no con el criterio económico y materialista de las colonias modernas, sino con el designio materno de formar, a su imagen y semejanza, prolongaciones consubstanciales de sus metrópolis, con la misma estructura social de ellas, con las mismas costumbres, la misma religión, la misma moral, el mismo derecho, el mismo concepto de la vida, la misma lengua, la misma cultura. Por eso las colonias de España y Portugal se convierten muy pronto en naciones hechas y derechas, con las mismas características fundamentales de sus metrópolis.

El tipo moral de todas las naciones hispánicas, el espécimen de Humanidad que representan, el modo de reaccionar ante los valores espirituales son substancialmente los mismos. Existen sarmientos diferentes que han brotado de una sola cepa espiritual. La Hispanidad es única, encarnada en veinte naciones soberanas... Saquemos ahora las consecuencias de la doctrina expuesta.

Las veinte naciones soberanas, que integran la Hispanidad, poseen un tesoro común, que es la base y fundamento de su unidad espiritual y la razón indeleble de su hermandad: el tesoro de Santiago y María Santísima del Pilar, el radical y combativo catolicismo hispánico, celosamente guardado y heroicamente defendido contra toda clase de enemigos en las Edades Antigua y Media por España y Portugal, y transmitido por ellas en la Edad Moderna a la gran familia de naciones hispánicas del Nuevo Mundo, sin distinción de razas, colores ni latitudes.

Este común tesoro y la suma de tradiciones históricas, modalidades éticas y caracteres culturales por él determinados y con él compenetrados, constituyen el patrimonio conjunto de toda la Hispanidad. Cada una de las naciones hispánicas debe defenderlo separadamente como propio, como nacional. Pero esto no impide que todas ellas se ayuden mutuamente en la defensa del patrimonio común.” Todo este largo párrafo lo condensa el director de la revista “Ecclesia” en la siguiente premisa: “Las jóvenes naciones de habla española y portuguesa del Nuevo Mundo, lo mismo que España y Portugal, son partes integrantes de una Hispanidad única” (ibi n.º 1.º).

Hemos alcanzado pues el momento solemne de la floración de España en los campos de América, que van a dar dimensiones amplias a la Hispanidad. Pero antes precisa la exactitud histórica, enhebrada en la trascendencia del asunto, ensalzar y encarecer el gran descubrimiento.

José María Pemán ha escrito en su poema sobre “La Bestia y el Ángel” este verso que debe servir de epígrafe a nuestro acontecimiento:

“Cuando hay que consumar la maravilla
de alguna nueva hazaña,
los ángeles que están junto a su silla
miran a Dios, y piensan en España.”

Nueva y prodigiosa hazaña había de ser la del Descubrimiento de un nuevo Mundo. G. López Gomara escribía al emperador Carlos V que después de la creación de la tierra, sacada la Encarnación y muerte de quien la creó, ninguna maravilla mayor que el Descubrimiento de las Indias.”{13}

El P. Nicolás del Techo, en su “Historia Paraguaya”, añadía “que Dios creó el mundo y se lo dio a los españoles para poblarlo, pulirlo y polizarlo... Jesucristo redimió con su preciosísima sangre a los habitantes de aquel nuevo Mundo y les dio a los españoles el precio de ella para distribuirlo entre aquellas gentes, y los españoles cumplieron en un siglo con uno y otro encargo, mejor que lo han hecho tantas naciones en este viejo mundo después de tantos y tantos siglos.”{14}

Y en realidad, la Historia permanece en suspenso y como a la espera de un nuevo hecho que supere el ciclo de los realizados con motivo de esta empresa, única en su género y primera en los tiempos, después de la Redención.

Hasta tanto que ese compás se cierre, tenemos derecho a gozarnos los hijos y nietos de sus autores, como de la última sonrisa épica de la Historia. Así nos lo certifican historiadores y escritores y no todos precisamente de nuestra tierra, región y lengua.

Para F. Lummis “la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la Historia”.{15}

Según Carlos Bratli, la nación española, con la conquista de América, alcanzaba la cumbre de la grandeza entre todas las naciones del mundo.{16}

El ímpetu de aquella empresa supone para César Cantú una especie de desprecio en los españoles por la estrechez del mundo conocido{17}. En definitiva y, por no multiplicar hasta lo indefinido los testimonios laudatorios en pro del Descubrimiento de América, con su conquista y civilización, preferimos resumirlos, remitiendo al lector a la nota donde puede examinar obras y autores{18}. Nosotros, en gracia a la brevedad y concisión, preferimos seguir adelante.

A tenor con las historias y relaciones de los viajes y descubrimientos, se cebó en estos hechos también la poesía. Una poesía virgen, impregnada del gracejo y prosa de los conquistadores y misioneros, que rima admirablemente con las cartas y relatos llegados de aquel mundo. Y así Juan de Castellanos derretía sus elogios en “Los varones ilustres de Indias”, de donde son estos versos:

“Pues porque nuestro mundo poseyese
un mundo tan remoto y escondido
y el Sumo Hacedor se conociese
en mundo donde no fue conocido,
levantó Dios un hombre que lo diese
a rey que lo tenía merecido:
y ansí los dos y sus distantes gentes
vinieron a ser deudos y parientes.”{19}

Más adelante pone el mismo escritor estas palabras en boca del descubridor:

“La Fe del Redentor y su morada
aquí tiene que ser muy ampliada.”{20}

Conceptos modernizados por un poeta más cercano a nosotros, que se expresa con el mismo acento providencial:

“Plugóle a Dios de la ciega idolatría
redimir al antípoda hemisferio;
plugo a su divinal sabiduría
iniciarle en el próvido misterio
del santo Verbo que encarnó en María,
y la alta empresa encomendó al hesperio
de llevar con esfuerzo sin segundo
la salvadora Cruz al fin del mundo.”{21}

En resumen: el descubrimiento, conquista y civilización de América ha sido la última palabra heroica y valiente del hombre, que dejará muy bajos todos los acontecimientos, hasta tanto aparezca el descubridor, conquistador y civilizador de una estrella. Y aun aparecido el gigante, que escalando, como los de la fábula, monte sobre monte, Osa sobre Pelión, Pelión sobre Osa, lograra poner su mano en el cielo, deberíamos esperar el resultado de su misión. Convendría conocer entonces si esa nueva conquista y descubrimiento daban cuerpo a una expansión cristiana, ecuménica y universal como esta de la Hispanidad.

II
Extensión y alcance de la Hispanidad

La segunda de las cuestiones se nos ofrece así: ¿Qué extensión debiera comprender la Hispanidad? R. de Maeztu planteó ya este asunto, si bien orillándolo exclusiva y unilateralmente. Para él, de cuantos territorios comprenden países hispanos o están encuadrados dentro de la órbita geográfica o moral de la Hispanidad, el único capaz de ofrecer alguna duda sería Portugal{22}. Para nosotros tal duda no existe. Ni por la geografía, ni por la historia, ni por la política, ni por las relaciones, y mucho menos por la religión, ha sido nunca Portugal obstáculo a las grandes empresas peninsulares. Lejos de serlo hoy, es por el contrario, cooperación y apoyo.

La unión territorial que Donoso Cortés{23} exigía como base de todas las uniones, es entre Portugal y España absoluta y completa. La historia ha marcado ambas naciones con caracteres tan idénticos que las glorias de la una han sido glorias de la otra y las vicisitudes adversas de ésta se han conceptuado derrotas de aquélla. Por eso los escritores han medido los hechos con el mismo tamiz{24}. Significativas son estas palabras de Menéndez Pelayo al tratar en su Historia de los Heterodoxos de fijar la patria de M. Pascual: “Unos lo llaman, dice, español; otros, portugués. Para nosotros todo es uno”{25}.

El escritor hispanista tantas veces citado Z. de Vizcarra, sienta su nueva premisa en estos términos:

“La Hispanidad originaria estaba integrada por España y Portugal”. Y continúa: “Santiago el Mayor fue el apóstol de toda la Hispania de su tiempo, que comprendía todo lo que hoy llamamos España y Portugal. La Virgen María del Pilar, al fijar en el suelo hispano su estela posesoria, no excluyó de su heredad a Portugal, que entonces no existía separadamente del resto de España. En los Concilios nacionales de Ilíberis y Toledo, así como en todos los demás sínodos generales en que la Jerarquía eclesiástica plasmó el alma de la Hispanidad, estaban presentes sin distinción los obispos de España y Portugal. Durante los siglos de la Reconquista antimuslímica, en que se organizaron los estados cristianos independientes y soberanos de Asturias, Navarra, León, Castilla, Aragón, Cataluña y Portugal, no dejaron por eso de formar todos ellos una Cristiandad hispana, una sola Hispanidad.

Cuando en la Edad Moderna se unieron, por el matrimonio de los Reyes Católicos, los reinos del Este, Centro y Norte, adoptando el nombre general de España, no por eso perdió Portugal su puesto nativo en la Historia geográfica y en la Hispanidad espiritual, adquirido por ella tan legítimamente como por el resto de la Península. Tenía, pues, razón el poeta máximo de Portugal, Camoens, cuando llamaba a los portugueses “una gente fortísima de España”, lo mismo que su ilustre compatriota Almeida Garret, cuando escribía: “somos hispan nos y debemos llamar hispanos a cuantos habitamos la península hispánica”. (Citados por Maeztu, Defensa de la Hispanidad. Madrid 1934, páginas 19-20). Cita íntegra de Mons. Vizcarra.

Sigamos adelante en la enumeración de nuevos testimonios de fraternidad hispano-portuguesa. En el orden político, reciente es el tratado de amistad firmado por las dos naciones{26}. Que este tratado no viene a aumentar en uno más el número de los pactos internacionales, sino que expresa algo más hondamente profundo lo pone de manifiesto la adición protocolaria añadida al tratado. En virtud de ella España y Portugal se comprometen a defender mutuamente sus territorios contra toda potencia extraña, como si se tratara del terreno propio{27}.

Relaciones de afecto pusiéronse de manifiesto en nuestra Cruzada, al secundar la nación hermana el glorioso Movimiento con entusiasmo insuperable en causa propia. Esto inspiró a una pluma ilustre de España la gratitud. Era el momento de los desfiles y nuestras ciudades festejaban ufanamente la presencia de voluntarios italianos y alemanes entre nosotros. Y como el portugués pasase inadvertido por su modestia, Pemán salió a defenderlos desde La Gaceta del Norte con un artículo en el que escribía estas palabras: “Hermano Portugal. Sí: conviene recordar que esta bella palabra no debe estar nunca ausente de nuestra enumeración de gratitudes. Ni el himno portugués debe faltar nunca al lado de los otros españoles, dado que por razones de todos conocidas la colaboración portuguesa tuvo que ser en nuestra Cruzada menos espectacular que la de los otros países. Italia o Alemania hacían acto de presencia en España con todo el empuje ruidoso de sus Estados totalitarios. Tenían incluso interés en dejarse ver, como advertencia y coacción a las democracias. Portugal no tenía que servir estos imperativos. Por eso era siempre fácil localizar a la legión Cóndor o a los Flechas Negras... pero no era tan fácil localizar al Ramalho o al Pereira que caía en el asalto envuelto en el pelotón gris del Tercio”.

Recuerda a continuación los servicios de Radio Club-Portugués; el servicio negativo de ahorrarnos una frontera extremeña; el campo preciso para las negociaciones con las demás potencias amigas. Y acaba con estas palabras: “Decir, pues, Portugal, Italia y Alemania, es en todo momento defender una palabra de justicia y gratitud. Pero es además proclamar una política altísima de defensa de la Paz y del Espíritu”{28}.

Documentos poseemos de nuevas y más profundas pruebas de afecto entre España y Portugal, mas, por estar íntimamente relacionadas con la Virgen del Pilar, las retrasamos a su propio lugar. Únicamente nos tienta el irresistible impulso de transcribir unos versos del ya citado poeta, que parecen escritos propiamente para este capítulo de la Hispanidad. Por lo menos de su efectiva realización tratan, y en ellos se afirma con toda la majestad serena y digna de la empresa:

“En la redondez mundial – ya no hay tiniebla ni engaño
Por Castilla y Portugal – sabe el mundo su tamaño”.

Establece el poeta una especie de disputa entre los personajes para resaltar más y más la labor recíproca de arribas partes y dice:

“¡Sobre todo por Castilla!
–¡Por Portugal sobre todo!
–¡Qué vana es esa rencilla
tan ancha es la maravilla
que caben del mismo modo
el de casa y el hermano.”

Y al querer concluir con un remate digno de la empresa y de la rivalidad, Pemán, haciendo alarde una vez más de su brillante fantasía incrustada en la realidad histórica, añade:

“Porque aunque parecen dos –una sola interna voz
les dice un mismo ideal: y así con impulso igual,
invocando a un mismo Dios, –trazada sobre la frente
la misma Cruz al partir–, Portugal por el Oriente
Castilla por Occidente, –se buscan, y al coincidir,
las cinco Molucas son –cinco broches de coral
que abrochan el cinturón– de la idéntica ambición
de Castilla y Portugal”{29}.

Todo esto, respecto de España con Portugal. ¿Corresponde de igual manera Portugal con España? Creemos que sí. Ramiro de Maeztu trae unas citas que pudieran ampliarse. Camoens, como Resende y Almeida, y Ricardo Jorge, se han llamado españoles. Y españoles seguirán denominándose en la historia cuantos habiten la península ibérica, a no estar dementados por corrientes extrañas peligrosas a una y otra parte. Entra, pues, Portugal con patente real en el concierto de la Hispanidad.

Y con Portugal el Brasil y las veinte naciones hispanoamericanas. Sobre ellas no cabe cuestión. No la admitió R. de Maeztu, no se ha atrevido a plantearla ningún español ni americano. Mal hiciéramos nosotros en proponerla. En cambio, gustosos podemos ofrecer pruebas de este deseo y plasmación de unión y relaciones mutuas. Dejando para más adelante hechos relacionados con la Virgen del Pilar, aduciremos aquí uno tan sólo que vale por mil. Recordemos fechas. Es el año 1929. España, “disfrutando de la más robusta suma de posibilidades de tres siglos a esta parte” parecía disponerse a exteriorizarse en el mundo. Ocasión para ello fue la celebración de la Exposición. Barcelona y Sevilla se ofrecían como dos centros de cosmopolitismo y progreso envidiables al mundo. Entre las más célebres asambleas celebradas en la primera ciudad, sobresale el célebre congreso de Misiones. En él tomaron parte ilustres personalidades españolas y del mundo entero. Pero, sobre todo, americanas, que es lo que a nosotros interesa. Entre éstas descolló como gigante entre pigmeos el Ilustrísimo Prefecto apostólico de Tumaco en Colombia. Disertó ampliamente sobre la “Hegemonía en el mundo de las Religiones”. Al final de su discurso propuso un plan práctico de combate contra el protestantismo, que amenaza sofocar la Iglesia de América, apoyado en el oro yanqui. “¿Y sabéis, dijo, lo que salvaría la lengua, la raza y principalmente la Religión, que es lo que a todos nos interesa? La verdadera unión hispanoamericana; no ideal y sólo de discursos, como hasta ahora, sino real y firme, con la debida libertad para gobernarse cada nación, y todas unidas para el mutuo desarrollo y defensa: algo así como los Estados Unidos de España y América. ¿Quién podría entonces contra nosotros? Volvería a realizarse el milagro de que el sol de la raza española no se pondría en la tierra; la religión brillaría en una apoteosis de gloria. No olvidéis lo que lograron las Cruzadas en la Edad Media; ni lo que fue la unión de Castilla y Aragón para humillar al moro en Granada; ni la Triple Alianza que detuvo el paso de la media luna en Lepanto... Yo os propongo, señores, con el único fin propio nuestro, de evitarle días de luto a la Iglesia de Dios en la América española y poner un valladar a la propagación del protestantismo lo siguiente: “Dirigirse a Su Majestad el Rey y al señor Marqués de Estella, los señores obispos, misioneros, sacerdotes y seglares, españoles y americanos, reunidos en el congreso de misiones, manifestándoles la complacencia con que verían la reunión de un congreso de delegados de España y de todas las naciones hispanoamericanas con el objeto de llegar a la verdadera unión de España y los países americanos”.{30}

Hasta aquí el discurso del P. Merizalde. Sigue a continuación en el texto una apostilla que indica la trascendencia de este discurso y que presenta como el colofón de la obra. “Esta proposición, se dice, fue aprobada por unanimidad y en la sesión de clausura, a la que asistieron el Rey, la Reina, las Infantas, altas personalidades del Gobierno, numerosos prelados, sacerdotes y alrededor de veinte mil personas, el Obispo de Vitoria invitó en su discurso al Rvmo. Prefecto Apostólico de Tumaco a exponer públicamente al Rey la proposición que había formulado en la sesión del día 25. Fue un momento de solemnidad indescriptible, cuando el Rvdmo. P. Merizalde se acercó al estrado y en voz alta repitió el final de su discurso, que fue aplaudido por el Rey y la multitud. Y añade la apostilla: “Sabemos que algunos señores obispos han dado pasos de acuerdo con el P. Merizalde, para ver de dar cima a los grandiosos ideales por él expuestos de la unión hispanoamericana”{31}.

Creemos que ante los anhelos ofrecidos en este discurso por tan ilustre americano, expresión fiel de otros mil y mil más, huelgan los comentarios. De entonces acá ha pasado tiempo. Han cambiado muchas cosas. Pero gracias a Dios, las circunstancias de España no son hoy desfavorables. Participan, si se quiere, de las elevadas coyunturas para esta unión, gracias a la sangre derramada por los mejores en nuestra Cruzada. Y aunque la perspectiva del mundo es muy otra, a causa de la guerra, esta anormalidad pasará y la proposición del ilustre Prefecto recobrará actualidad. El Congreso de delegados hispanoamericanos que él propugnaba, tiene, a mi ver cuerpo en el Consejo permanente de la Hispanidad, del que ya hemos hablado. ¿Qué resta, pues? Esperar una coyuntura favorable.

Avanzadilla de América es la isla de Cuba, sobre la que tampoco se ofrece cuestión. Y ¿de nuestras islas Filipinas? Sigue adorándose en ellas la Cruz del Redentor y la lengua de Castilla vive y predomina en las clases mejores. Debe ser, pues, porción escogida de la Hispanidad. Precisamente, cuando estas líneas escribimos, el nombre de Manila pasa al plano de la actualidad. Fuerzas japonesas caen sobre la capital del Archipiélago. El mundo superficial fija su atención en el retazo brillante que a los Estados Unidos se arrebata. El mundo concienzudo y juicioso sabe que esas islas son patrimonio espiritual del Cristianismo y de España. Y por eso se interesa. La anexión de esta joya del Oriente a un nuevo imperio ¿será una ventaja o más bien inconveniente para la Hispanidad? ¡Quién lo sabe! La Providencia de Dios nos lo ha de decir. Mientras otras razones no haya, nosotros creemos en la caballerosidad de unos hombres que fueron en nuestra Cruzada los terceros amigos y nos hicieron un día batir palmas.

¡Portugal, América, Filipinas! ¿Qué queda ya? ¿Queda en la redondez del mundo algún punto donde se reza en español? ¡Ah, pues eso también ha de incorporarse a la Hispanidad! Que sea en California, que sea en Canadá, que sea en China o en Centro-europa ¿qué importa? “La Hispanidad, que viene a sustituir un mal dicho vocablo de raza, en tanto se admite en cuanto por este nombre no se da importancia a la sangre ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que pueden transmitirse al través de las obscuridades protoplásmicas sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla y el credo”{32}.

Y ¿no queda nada más? Sí; queda esa África “tostada por los rayos del sol, que es esclava del francés y que debiera ser nuestra esposa”{33}. Y ¿también ella debe formar parte de la Hispanidad? Desenvolvamos este asunto.

Del África, una parte mínima pertenece a España. Sobre este territorio no hay cuestión. Respecto de lo restante, no es de nuestra incumbencia lanzar aventuras. El porvenir del África, como el de muchas partes del mundo, es en la actualidad patrimonio exclusivo de la Providencia. Mas, si se nos permitiera, por vía de pura teoría, exponer un juicio, trasladaríamos a este capítulo unas líneas de un artículo nuestro publicado en Nueva Rioja, el año 1939, con miras al premio “Francisco Franco”. En él decíamos: “Esa zona africana, que denominamos Marruecos, ha sido escenario de un gesto heroico. Un puñado de hombres forjados en sus breñas, curtidos por su sol, tuvo el arranque de atravesar el Estrecho y reconquistar la Península, desde Algeciras hasta los Pirineos. Consumado el hecho, urge la compensación. Quizá no ha llegado ya, porque la grandiosidad del caso exige dimensiones proporcionadas.

Navarra luce su laureada. Lo mismo Valladolid. Una y otra son eco, no grito; ambas responden, no llaman; secundan, no inician. La que grita y llama es África; quien inicia y se lanza es Marruecos. El 18 de julio es “Día Peninsular”; el 17, “Día de África”. ¿Qué compensación se impone?

Séneca dijo que “jamás España se dejaba llevar por algo ajeno a su espíritu”. “Nuestro mayor orgullo –añade R. de Maeztu–es haber identificado nuestro ser con nuestro ideal”. Lope de Vega pone en labios de un tercero estas palabras: “Sólo temo a un español, que pone en el alma todo”... Ahí está. Ser, alma y espíritu al servicio del ideal. Y el ideal ¿cuál es?

Admitida la concepción moral del género humano, a tenor con nuestros teólogos de Trento, y concebido el hombre como envoltura corporal de un alma, portadora de valores eternos, el paso está dado. ¿Que hay un Estrecho de por medio? “Nunca fueron motivo de separación sino de unión, el Mediterráneo y el Estrecho”, dijo S. Suñer en Ceuta. Pero si acaso acobarda, recordemos que un día salvamos el Océano. Las columnas de Hércules no son sino jalones de nuestra unidad, el trampolín de nuestros anhelos.

Y dado el paso ¿qué resta? Caracterizar esta unión, porque efectiva ya es. En efecto: “Nada más halagüeño para nosotros que ver cómo los hombres de mi tierra son una misma sangre y una misma virtud que los de España”, dijo el gran Visir. Pero si razones de actualidad no bastasen, abramos el pétalo de las rosas africanas y estrujemos su esencia. Un Califato cordobés, que es luz y emporio del saber en siglos de tinieblas universales: Moisés-ben-Hanoch funda en la misma ciudad una escuela talmúdica “superior a sus correligionarias de Europa y Asia”; gracias a Maimónides en su “Guía de los que dudan”, nos adelantamos en originalidad a Espinosa. Abú-Mohamed-A, ofrece en su “Colección de Medicamentos” el mejor trabajo botánico de la Edad Media. Tofail se adelanta a Rousseau en la imaginación de su “Emilio” y resta fama a Cousin y Hegel. Averroes comenta las obras de Aristóteles, dando pie a escritos de Santo Tomás y Alberto Magno. Avicebrón en su “Fons vitae” disminuye la celebridad de Scoto en sus peregrinas teorías. Y el “Maestro León”, Judá-Abrabanel, Aben-ob, Abdelaciz, Judah-Leví y otros muchos forman esa escuela arábigo-española, cuya magnificencia canta Menéndez Pelayo{34}.

Hablan de nuestra comunidad de cultura artística la Alhambra y la Aljafería, los alcázares sevillanos y las torres mudéjares de nuestras iglesias. Testifican la acción musulmana en España nombres como Almonacid, Alcober, Alfambra, Guadalaviar; y sella nuestra alianza esa comunidad de ideas, costumbres y virtudes que enunciaba S. Suñer al decir: “El Islam es espiritualista, defiende un más allá, es monoteísta y rinde tributo a la cortesía como forma la más delicada de la hermandad...” “Y por eso, porque sabe que la misma horda que arrasó las agujas de nuestras catedrales hubiera derribado los minaretes de sus mezquitas, es por lo que ha venido hasta nosotros”{35}.

Pero no se llevó, como puede ser uncido el indígena de las Indias –es un ejemplo– a una guerra en favor de la Gran Bretaña; ni siquiera como es llevado el súbdito del Marruecos francés al servicio de la metrópoli, ¡no!

El musulmán español ha venido a nuestra guerra adelantándose, tomando la iniciativa, sentando el jalón de su decisivo heroísmo como acicate, estímulo y consigna para la Península.

Y es ahora, en el momento de la recompensa, cuando vueltas las banderas victoriosas y “florecientes los rosales de la paz”, el Caudillo se dispone a cumplir la promesa donándoles las mejores flores, es ahora cuando toca exponer: LA INCORPORACIÓN REAL Y EFECTIVA DEL MARRUECOS ESPAÑOL A LA PATRIA, NO POR COLONIAJE Y PROTECTORADO, COMO HASTA AHORA, SINO COMO REGIÓN ESPAÑOLA, COMO UNA PROVINCIA MÁS EN LA ORGANIZACIÓN GEOGRÁFICA Y POLÍTICA DE ESPAÑA, CON SU ADMINISTRACIÓN PECULIAR, EN ATENCIÓN A SUS USOS Y COSTUMBRES. ¿No sería el galardón más justo y digno de la postguerra?

Recordemos que este fue el sueño de Cisneros, que el espíritu de nuestra corriente histórica, el de Trento, el de los Padres Vitoria y Arintero, se cumple una vez más. Que la flecha de nuestro destino, desviada según algunos, hacia America, cuando su rumbo debió ser el África, por razones de geografía se endereza hoy certeramente. Pero sobre todo reflexionemos que en ello realizamos un ideal de superación, pues si nuestros reyes Católicos llamaban a los indígenas “sus amigos los indios”, nosotros haremos hermanos a nuestros moros de África. Y sobre todo sellaremos un deseo que es reclamo de justicia y gratitud: “Franco, elegido por Dios salvador de España, redentor del Mogreb español, ha hecho este milagro, nos ha dado este orgullo con su espada vencedora”. Así habló también el Gran Visir”{36}.

Aquí cortamos entonces, porque un artículo literario no nos daba para más. Pero esta no es más que la mitad de nuestro pensamiento. Aún vamos más adelante. Los servicios prestados por nuestros hermanos de África durante la Cruzada española no redundan únicamente en servicio de España. Traspasan las fronteras y se beneficia de ellos Europa entera. Ahora bien; mientras el África se acerca a nosotros con tan generosas pruebas de afecto, la nación más fuerte y también más bárbara del antiguo continente se disocia más y más de la civilización. En su frialdad natural, parece que repudiará también el calor de la Religión, de la cultura y de la convivencia social y acercándose hacia las estepas asiáticas, su aislamiento de Europa pudiera reputarse como una apostasía. Haberla abandonado hubiese equivalido a preparar una segunda irrupción bárbara, con nuestra aquiescencia pasiva. Incorporarla a Europa va a costar torrentes de sangre. Pero, aun ligada geográfica y políticamente ¿entrarán en vigor sus energías espirituales? Por eso, ante vacío tan inmenso en la antigua Europa, ¿no entrará en los planes de la Providencia cubrirlo con nuevas adhesiones de tierras y hombres más dignos, más aceptables? ¿Y no había de ser el África la que colmara tantos vacíos? Si en la primera reconquista Dios premió el esfuerzo perseverante dándonos un nuevo mundo, en esta de hoy ¿no abrirá sus arcas y derramará sobre España tesoros providenciales? Sea de ello lo que fuere, trabajaremos nosotros porque así sea. Y ante la trascendencia de los ideales, de las ambiciones del mundo, seguiremos haciendo de la Hispanidad ideal de nuestros ensueños.

III

Entramos en la tercera y última de las cuestiones sobre la Hispanidad. ¿En qué sentido la Virgen del Pilar puede y debe ser proclamada Reina de la Hispanidad? ¿Qué motivos sólidos se pueden alegar, qué razones apoyan su proclamación, qué derechos se ofrecen para esta prerrogativa? ¿Supera a las demás advocaciones e imágenes? ¿se iguala en derechos? ¿es inferior a alguna? Y esto, ¿respecto de España, de América, de la Hispanidad en conjunto?

He aquí deslindadas las cuestiones que pueden ofrecerse. O mejor, divididos los aspectos de la misma cuestión.

Como se ve, no esquivamos el bulto. Porque no es nuestro propósito extasiarnos en lirismos ni dejarnos llevar de lo simbólico y literario. Trataremos de ofrecer el documento vivo y presente, cuando lo haya. Emplearemos la razón, cuando sea preciso, y llamaremos en nuestro auxilio al buen sentido, si lo hemos menester. Mas, si algún caso se presenta en que nada de esto sea posible, confesaremos con sinceridad el fallo. Anticipados estos precedentes, penetramos con serenidad en el recinto sagrado de las relaciones entre la Virgen del Pilar y la Hispanidad.

De una consulta recientemente hecha al insigne pilarista P. Nazario Pérez, obtuvimos la siguiente contestación: El sentido más recto y conforme para comprobar que la Virgen del Pilar es Reina de la Hispanidad debe partir de la base de ser esta Señora Reina de España. Y en rigor, decimos nosotros, este es, por lo pronto, el sentido fundamental.

Expuestas ampliamente la esencia y característica de la Hispanidad y demostrada su autenticidad española, natural y lógico es que todo elemento llamado a influir eminentemente en este terreno sea necesariamente español. Si, pues, la Virgen del Pilar ha de tener derecho a ser proclamada Reina de la Hispanidad, debe ofrecer títulos fundamentales sobre España. Estos títulos y fundamentos los hemos de aducir en el decurso de la obra. Por el momento, basta enunciar el sentido de esta cuestión. Y ponderar también toda la fuerza de este fundamento, ya que estriba en el mismo quicio de la Hispanidad que es España.

Al exponer Jesucristo a sus apóstoles la parábola de la vid, les dice: Como el sarmiento separado de la cepa no puede dar fruto sino pegado a ella, de donde toma su fuerza, así vosotros, separados de mí, permaneceréis estériles y únicamente permaneciendo en mí daréis frutos{37}. Algo semejante decimos nosotros en este caso. Una imagen o advocación de María, surgida de un país que no fuese España, podía haber sido propuesta para Reina de la Hispanidad. Esto es muy cierto. Pero no hubiese recogido la savia de la raíz ni el atavismo multisecular de la Historia, para proyectarse, como nube de fecundo y universal rocío, sobre el campo inmenso de la Hispanidad. Hubiese sido, en una palabra, algo muy anormal. La Patrona de la Hispanidad, como el espíritu que vivifica la Hispanidad, como la Religión que mantiene a la Hispanidad, como la lengua, la sangre y las costumbres, debía nacer de la raíz misma, del tronco, del jugo, del corazón de España, que es, en definitiva, lo que fundamenta y sostiene a la Hispanidad.

Comentando San Agustín el anterior pasaje de Jesucristo, dice: “Como los sarmientos son de la misma naturaleza que la vid, así nosotros somos de la misma naturaleza de Jesucristo. Y no pudiendo serlo en cuanto Dios, se hizo hombre y, al asumir nuestro ser, se constituyó en cabeza de la Iglesia, de la cual nosotros somos los miembros”{38}. Pues así también, siendo los pueblos de la Hispanidad de la misma naturaleza que España, debían participar de ella, y constituyendo la Virgen del Pilar la cabeza y trono de nuestra Patria, tenía que animar sus miembros, que son los pueblos todos de la Hispanidad. Quede, pues, fijado y esclarecido el fundamento de las relaciones entre España y los pueblos hispánicos y el sentido de la realeza de la Virgen del Pilar sobre la Hispanidad. No es Patrona en el sentido que pudiera serlo la Virgen de Guadalupe, ni la Virgen de la Antigua, ni la Inmaculada. Estas advocaciones o nacieron ya en América o fueron importadas particularmente por marinos extremeños, andaluces o castellanos, o llevan un tinte puramente católico. Pero no son ninguna la Virgen de España, en el sentido histórico, tradicional y universal que hemos de comprobar; sino la Virgen de una región, de una provincia o la advocación de un Misterio. Circunstancias especiales de las regiones de España, de los viajes de descubridores y aventureros y de su naturaleza, darían más número de templos, más riqueza de documentos y aun mayor publicidad a algunas de éstas sobre la del Pilar, pero también estarían revestidas de más individualismo regional, de más achicamiento hispánico y, sobre todo, de menos sentido histórico y nacional. Los aragoneses, fervientes más que nadie del máximo incremento devocional a su Virgen, anduvieron descuidados en la era de las aventureras, o mejor dicho, no podían cruzar los mares. Sin embargo, como ha probado documentalmente el P. C. Bayle, a pesar de todo, la Virgen del Pilar se propagó por América lo suficiente en los primeros años, y muy mucho a partir del siglo XVII, sobre todo, habida razón de las circunstancias expuestas{39}. Hoy, abundan ya los monumentos, y de continuar este fervor pilarista que lleva camino de incrementarse en progresión geométrica, el esplendor del culto de la Virgen del Pilar superará los cálculos más optimistas. Sin embargo, el sentido aquí enunciado es el que hemos de exponer en nuestra obra. No se encolericen nuestros críticos, si creen que vamos a afirmar que las portadas con que hoy se orlan las enciclopedias de nuestros estudiantes datan ya del siglo XV y responden efectivamente a las carabelas de Colón. Ni teman tampoco los fervientes apasionados de la Virgen del Pilar, creyendo que, después de probar que la Reina hasta hace poco de Aragón y hoy de España es por derecho Reina de la Hispanidad por este último y exclusivo título, vamos a plegar las velas. La Virgen del Pilar es Reina de la Hispanidad por serlo de España, ciertamente. Pero también lo es por otros títulos y conceptos. El decurso de la obra nos lo irá demostrando.

Respecto de las razones, títulos y derechos que pueden alegarse en pro de la Virgen del Pilar, creemos no ofrezcan cuestión, una vez probada la tesis primera. La Virgen del Pilar es Reina de la Hispanidad, como España es raíz, centro y norte de la misma Hispanidad. Si todos somos hijos de María, mediante Jesucristo que es nuestra cabeza y nuestro hermano mayor; todos los pueblos hispánicos son vasallos de la Virgen del Pilar mediante España que es la cabeza y la madre de todos ellos. Creemos que huelgan los comentarios a estas razones. Y así, medidos en conjunto todos los títulos que acompañan a la Virgen del Pilar, dada la preferencia a éste de su realeza y maternidad sobre España, no pueden parangonársele los que adornan a otras imágenes y advocaciones. Respecto de España no cabe duda, ni puede discutirse. Respecto de América, creemos, hoy por hoy, que una región particular ganaría la prueba de su patrona con nuestra Virgen; todas en conjunto, no; una imagen o advocación tras otra, no. Recordemos el ofrecimiento de todas las banderas americanas hecho ya hace treinta y cinco años. De entonces acá han pasado muchas cosas. Dos guerras se han sucedido en España. Otras dos en Europa. Otra u otras dos en América. Mas la presente, que tiene en conflagración al mundo entero. Y en momentos críticos como éstos es cuando crece y se agiganta la devoción a la Virgen del Pilar. Porque no en vano se presenta ante las naciones como Capitana General de las tropas de Dios. Anticipemos, pues, la afirmación que coronará nuestra obra; la Virgen del Pilar goza de títulos y privilegios, lo mismo en España en particular que en América en general y en el resto de los países, para ser proclamada REINA DE LA HISPANIDAD.




{1} “Eco español”. Extraordinario del 12 de octubre de 1931. Buenos Aires.

{2} “Defensa de la Hispanidad”, por R. de Maeztu. Primera edición 1932.

{3} Obra citada. Edición 1938, p. 33.

{4} Bajo el título de “Hispanidad” podía formarse una verdadera antología, pues son muchos los libros, folletos y escritos que diariamente aparecen sobre este asunto, acrecentándose en fechas determinadas.

{5} “Apología de la Hispanidad”, por el Dr. Isidoro Gomá y Tomás, Cardenal y Arzobispo de Toledo, Primado de España. Discurso pronunciado en Buenos Aires, 1934.

{6} “Acción Española”. Año 1931. Con revista del mismo nombre.

{7} Decreto de 2 de noviembre de 1940. “Revista de Indias”, num. 2, p. 163-164.

{8} Obra citada. “Ideas para una Filosofía de la Historia...” 1.º “La Hispanidad”.

{9} “Venient anni; saecula sint, omnibus océanis vincula rerum lascet el ingens pateat Telhus; Telhysque novas detegat orbes; nec sit terris ultima Thule”. Séneca. Medea. Acto II, V. 376.

{10} Gomá. Obra citada, p. 334-335.

{11} Ibi, p. 313-314. 

{12} Menéndez P., “Historia Heterodoxos españoles”, t. 7, Epílogo. “Debate”, 2-2-1934. 

{13} G. López Gómara, “Híspanla Victrix” o “Historia de las Indias”.

{14} Nicolás del Techo. “Historia Paraguaya”, citado por Lafuente, “Ha. Eca”, t. 3, c. 1.

{15} F. Lummis. “Los exploradores españoles”, p. 133.

{16} C. Bratli. “Felipe II”, p. 47.

{17} C. Cantú, “Historia Universal”, t. XV, c. 1.

{18} A. Solís, “Conquista de Méjico”; Bernal Díaz, “Conquista de la Nueva Espina”; L. Gómara, o. c.; F. de Jerez, “Conquista del Perú”; Pedro de Ciesa, “Crónica del Perú”; Agustín de Zarate, “Historia del Perú”; Alonso de Zuazo, “Conquista de Jamaica”; Alvar Núñez, “Naufragios”; J. de Castellanos, “Varones ilustres de Indias”. 

{19} J. de Castellanos, “Elegía”, 8.ª, p. 37, núm. 22.

{20} Ibi.

{21} Bretón de los Herreros. “La obra de España”, o. c.

{22} Maeztu, o. c., p. 33.

{23} Donoso Cortés, O. C., t. 2.º, p. 235. Edc. Ortí y Lara.

{24} Balles, O. C., t. 33, vide: Portugal. Edic. Casanova.

{25} M. Pelayo. H. H., t. 6.º, p. 426. Edic. Artigas.

{26} Tratado de amistad y no agresión.– Protocolo adicional. 30-6-1940.

{27} Ibid.

{28} J. M. Pemán, “...Y Portugal”, Gaceta del Norte, 2-4-1939, y 30-II-1939.

{29} Ídem, “El Divino Impaciente”, p. 18-19.

{30} P. Merizalde. Folleto. 25-9-1929.

{31} Ibid.

{32} Maeztu, o. c., p. 34.

{33} D. Cortés. O. C., t. 2.º, p. 6.

{34} F. Gutiérrez Lasanta, “Marruecos provincia española”. 18-8-1939. Nueva Rioja. [En realidad se publicó en Nueva Rioja, de Logroño, el martes 12 de septiembre de 1939.]

{35} S. Súñer. Discurso Ceuta, 17-7-1938. Heraldo de Aragón, 18-7-1938.

{36} F. Gutiérrez Lasante, l. c.

{37} S. Juan, c. 15, v. 4.

{38} S. Agustín, Tractatus in Joannem.

{39} C. Bayle. Razón y Fe. Enero de 1941.