Filosofía en español 
Filosofía en español

Francisco Gutiérrez LasantaLa Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad, Zaragoza 1943


Capítulo IX
La Virgen del Pilar en el descubrimiento y evangelización de América

Sumario: Realidad histórica del 12 de Octubre.– Trascendencia de esta determinación.– Los Reyes Católicos en Zaragoza por estos años.– La Virgen del Pilar en la primera época de los descubrimientos.– Causa de esta ausencia.– El P. Bayle: Su gran artículo.– Documentos del siglo XVI.– La Virgen del Pilar y los Marinos.– Segunda época y siglo XVII.– Imágenes del Pilar en América.– Relación de Iglesias.– Relación de lugares.– Relación de Colegios.– Copia de la Imagen auténtica del Pilar y traslado a América.– Más copias.– La Virgen del Pilar en California.– La Virgen del Pilar en Méjico, Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Costa Rica, Paraguay.– Otras Repúblicas.– Patrona de pueblos y ciudades.– Da nombre a poblados, ríos, ciudades, reducciones.– Palabras finales.


Al primer título que suele aducirse como nota providencial de la protección de la Virgen del Pilar sobre América es su descubrimiento el 12 de octubre. Error este prescrito por la literatura más que por la Historia, voluntariamente unas veces y otras con verdadera ingenuidad. Confírmanlo en sus escritos: Ramiro de Maeztu{1}, el Cardenal Gomá{2}, D. Pascual Galindo{3}, todos los literatos y periodistas en general y cuantos tratan o han tratado hasta ahora de este asunto. Y no sólo en el día de hoy, sino hace ya mucho tiempo. El año 1905, con motivo de la coronación de la Virgen del Pilar, tomaba el P. Nazario de la Prensa estas noticias: “Habíase fijado para la coronación el día 8 de mayo, aniversario del Concilio III de Toledo. De esta manera, los tres más grandes acontecimientos de nuestra Historia coincidirían con las fechas de la Virgen del Pilar: La Unidad Católica con la coronación; la rendición de Granada con la Venida (2 de enero), y el Descubrimiento de América (12 de octubre) con la Dedicación”{4}.

Los delegados o congresistas extranjeros que en 1908 acudieron a Zaragoza con motivo del IV Congreso Mariano Internacional confirmaron la inexactitud. Así Sthephen Caubé dice: “Nous avons vu que Grenade avait été prise le 2 janvier, jour de l’apparition de la Vierge del Pilar. Or, ce fut le 12 octobre de la même année, en la fête liturgique de la même Vierge del Pilar, que Colomb planta la croix et la baunière espagnole sur le sol du Noveau-Monde”{5}. Y, en fin, poetas y oradores se ceban con avidez en esta coincidencia{6}.

Lo históricamente cierto es que siglo y medio después del descubrimiento de América, o sea en 1642, “la ciudad de Zaragoza hace voto de guardar fiesta el 12 de octubre, en memoria de la venida de la Virgen y aparición del Apóstol Santiago”{7}. Tan bien cuajó esta disposición en todas las clases sociales, que fue recibida como una cosa natural, como si se hubiese celebrado toda la vida. El error histórico adquirió carta de naturaleza muy pronto entre cuantos trataron de este asunto. Pero, el que así fuera, ¿resta esplendor o gloria a la Virgen del Pilar? De ninguna manera; antes por el contrario, creo que le añade. Porque en efecto, trátase aquí de un caso semejante al acaecido con la batalla de Lepanto y la Virgen de las Victorias. Libróse la batalla y se obtuvo el triunfo el día 7 de octubre, y el Papa, San Pío V, para conmemorar esta fecha, trasladó a este día la festividad de la Virgen del Rosario o Nuestra Señora de las Victorias, precisamente por la protección acusada de la Virgen en este triunfo. Pues algo muy semejante sucedió en nuestro caso. Si la batalla de Lepanto se atribuyó a la Virgen en general, el descubrimiento de América era obra de la Virgen del Pilar, aunque España y los descubridores no encontrasen en esta advocación la Victoria, sino en Santa María, la Inmaculada o cualquier otro Misterio. Pero Zaragoza y Aragón, que no obstante hallarse ausentes en los descubrimientos, sentían como ninguna otra región las glorias de la Patria y atribuían a la Virgen del Pilar sus triunfos propios y los de España, se impusieron a la nación y consiguieron eternizar la gesta de América en la festividad de la Virgen del Pilar.

Ya vimos en el capítulo pasado las relaciones de los Reyes Católicos con Zaragoza y la Virgen del Pilar en torno al suceso de Granada: Su visita a la Capilla angélica para obtener protección, la rápida comunicación al Cabildo del Pilar de la victoria sobre el moro, los festejos celebrados para conmemorar la conquista. Pues bien, hojeando la Historia en estos años de descubrimientos y conquistas, encontramos que el año 1498, cuando más febril y estimulante se ofrecía el Nuevo Mundo, Zaragoza es teatro de reales festejos. Dormer nos dice que en este año asistieron a la festividad del Corpus en Zaragoza los Reyes Fernando e Isabel, los cuales llevaban las varas del palio en la procesión; los Infantes Hernando y Juan, los hijos de Muley Abulhacén y hermanos de Boabdil el Chico; Don Jorge, Don Álvaro y Dionís de Portugal; el Duque de Nájera, Condes de Aranda y Belchite, Don Blasco de Aragón y Don Jaime de Luna acompañados del gobernador de Aragón, del Justicia, Zalmedina y de los Jurados de Zaragoza.

Ahora bien; en tal concurrencia y solemnidad, ¿tratábase de algún festejo conmemorativo? Bien puede ser, ya que en aquel entonces la fiesta del Corpus sobresalía entre todo el calendario cristiano. Hoy hubiéramos elegido un día, además de cristiano, patriótico, el 12 de octubre por ejemplo; entonces nuestros Reyes, optaron por el más cristiano y español.

Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que la decisión de elegir el 12 de octubre para festejar a la Virgen del Pilar no fue equivocada, como han venido a confirmarlo los hechos. Cuantos acontecimientos se han realizado después, están marcados con este sello pilarista. Si posible fuera generalizar, celebraríamos la Virgen del Pilar juntamente con el 12 de octubre, el 2 de mayo, el 18 de julio y el 1 de abril. Porque todos estos son días de victoria, que equivale a decir días de protección y festejo para la Virgen del Pilar.

Después de estas observaciones, no literarias puramente como pudiera creerse, sino reales e históricas, por basarse en hechos que la Historia aún no ha podido recoger, penetramos en el campo vastísimo de América. Durante los primeros años y aun en toda la primera época de descubrimientos y evangelización, fuerza nos es confesar que no encontramos rasgos ni huellas de monumentos en honor de la Virgen del Pilar. Pero se explica muy lógicamente. Nos lo advertía el insigne pilarista P. Nazario Pérez en respuesta a una consulta particular. “Sobre la Virgen del Pilar pueden recogerse más o menos datos de su devoción en América, sobre todo en los últimos tiempos; pero siempre se hallarán relativamente pocos datos de la primera época de la dominación española. Y no es extraño, pues los conquistadores eran extremeños, andaluces, castellanos, &c., y no aragoneses… y la devoción en estos siglos a la Virgen del Pilar tenía un carácter muy marcadamente aragonés…”{8}. Esta misma tesis defiende el gran hispanista P. Constantino Bayle, del que tuvimos el honor de escuchar idéntica respuesta, remitiéndonos a su trabajo publicado en “Razón y Fe” (enero de 1941), que es lo más documentado en esta materia. Allí se dice:

“…Para Castilla (entiéndase políticamente el vocablo) lo de más allá de sus fronteras fue extranjero hasta la víspera de las navegaciones oceánicas; la vida entonces sin ferrocarriles, ni automóviles, ni telégrafo, ni periódicos, era muy de campanario, lo lejano se consideraba ajeno; las distancias, si no contenían la noticia, entibiaban los corazones; quiero decir, que si los eruditos sabían del Pilar y de su origen y se ufanaban intelectualmente del favor que Nuestra Señora hizo a los españoles, sentían más hondamente lo cercano. El vulgo acaso no recibió de la Virgen del Pilar más que rumores apagados; los centros de romerías cobraban auge a la luz de los milagros que los romeros –juglares y gacetas a un tiempo– difundían por mesones y aldeas, y a la sombra de los reyes, que escogieron, v. gr., a Guadalupe para retiro de sus afanes y blanco de sus magnificencias. Los Reyes sí tenían esa devoción: Felipe II, v. gr., cuando la herida del príncipe Don Carlos, pidió oraciones a Guadalupe, a Montserrat, al PILAR y a Valvanera. Pero los Reyes no fueron a Indias…”{9}.

Es cierto que esta abstención de los aragoneses en los descubrimientos y evangelización de América no fue absoluta o por lo menos fue burlada, según demuestra el mismo escritor con la “primera autoridad en achaque de interpretarse las leyes, Solórzano Pereyra”. Y como dice seguidamente en apoyo de esta misma infracción: “Si la curiosidad aragonesa se estimulase algún día a estudiar “Los Aragoneses en la Conquista y población de América”, tendríamos confirmada la palabra de Solórzano, que muchos pasaron desde el principio y seguían pasando en el siglo XVI. Pero siempre será cierto lo reconocido por este insigne hispanista, que los aragoneses “fueron menos, ciertamente, que extremeños, andaluces, castellanos y vizcaínos”. Y lo hace más patente en la nota: “Ni un solo aragonés,” dice, “aparece entre los “Fundadores de Bogotá” de Raimundo, aunque probablemente serían de Aragón o el Capitán Gaspar de Rodas o algunos de sus soldados, fundadores en 1581, de la ciudad de Zaragoza en el actual Estado de Antioquía (Colombia)…” Entre los “Conquistadores de Chile”, de Thayer Ojeda, tampoco se cita ningún aragonés{10}. Sea de ello lo que fuere, haremos de este documentadísimo estudio del P. Bayle capítulo especial, ya que es lo más docto y documentado que se ha escrito.

Titula el trabajo “LA VIRGEN DEL PILAR Y AMÉRICA”, y comienza con un preámbulo ameno, que hemos de trasladar aquí, ya que en este estudio no hay una tilde de menosprecio.

“El tema, dice, es sugestivo si los hay: asistir al nacimiento del manantial de la fe española, que alumbró junto al Pilar la mano de la Virgen; mirarlo crecer, engrosado al principio por la sangre de los mártires; contemplar su plenitud, cuando fundidas las coronas de España, trabados los escudos con el broche de Granada, enhiesta sobre la unidad religiosa el hilito aquel de agua regeneradora, hinche de su caudal los bordes de la península y rebasa por encima de montes y mares sobre el Nuevo Mundo, aquel mundo que las carabelas de Colón van rastreando y que la Virgen les pone ante las quillas en la aurora del día más español que vieron los siglos: POR DÍA DEL PILAR Y POR DÍA DE LA HISPANIDAD.

En las márgenes del Ebro nace, bajo el manto de María, el pueblo español católico; la misma Señora, allá lejos, ofrece América, recién nacida a los continuadores de nuestro Apóstol, con el encargo de ganarla para Cristo, y enciende el celo sin par de los que, en servicio de entrambas Majestades, dieron “al Rey infinitas tierras, y a Dios infinitas almas”.

Las tierras y almas que tejieron el imperio español, imperio perdurable, porque sobre los vaivenes políticos y tumbos de los Estados, flota y ha de flotar esa indestructible armazón de sangre, lengua y costumbres, robustecida y amalgamada por la fe.

El Pilar, aurora de la evangelización hispánica. América, su día esplendoroso, sin ocaso, principio y remate de la “Gesta Dei per hispanos”. En los designios de Dios van trabados, como la piedra fundamental y la clave en los cielos de bóveda. Y el aglutinante es la mano de Nuestra Señora, la que enderezaba los rumbos en las cartas de mar de nuestros descubridores, y amansaba las olas desde los estandartes prendidos en las mesanas de las naos y tomaba posesión de tierras y golfos en los pendones de los capitanes y vencía con Cortés en los adoratorios aztecas, y con Valdivia en las serranías araucanas, y fundaba ciudades con Pizarro “tomando por intercesora a la benditísima Nuestra Señora Santa María”, y van marcando por suyos continentes e islas con los títulos de sus advocaciones que se cuentan a miles en la geografía americana.

Eso testimonian las banderas de las veinte naciones hijas de España, que decoran, magníficos exvotos, las naves de la Basílica: independientes políticamente aquellas naciones, no lo son en la fe; se rinden a los pies de Nuestra Señora, se inclinan respetuosamente, agradecidas, ante la Madre que las engendró para Cristo, y se aúnan en lazo irrompible contra los embates de la impiedad.

Aquí en el Pilar, florecen aplicadas a la Virgen y a España las palabra del Salmo: Filii tui sicut novellae olivarum in circuito mensae tuae.”

Sobre esta intervención mariana en América y sobre su reconocimiento práctico, por parte de los españoles, “mucho deben los leones de Castilla a María Santísima por haberlos hecho señores de la principal parte del mundo que descubrió Colón”, dijo el inca Garcilaso, se han compuesto libros y se pueden componer muchos más: es tarea inagotable”…{11}.

A continuación lamenta el infatigable investigador la ausencia del nombre de la Virgen del Pilar en la primera época de los descubrimientos, dando las explicaciones ya referidas. Ofrece seguidamente el resultado de sus investigaciones, que es el siguiente:

Siglo XVI. “El 24 de julio de 1542, otorgó testamento en Lima el conquistador Domingo de Destre, natural de Samper de Calanda (Aragón), y entre las pías disposiciones dice: “Item mando a Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza veynte ducados para una corona de oro para Ntra. Sra. del Pilar de dicha ciudad; e si de ella no tuviese necesidad, se den los dichos veynte ducados de limosna como a mis albaceas pareciere que se debe dar a la dicha iglesia de Nuestra Señora del Pilar”{12}.

Siglo XVII. Este siglo se muestra más esplendoroso en el culto de la Virgen del Pilar, respecto a América. “La fama del Pilar, dice el Padre Bayle, y su consiguiente veneración por lo que a América atañe, comenzó o se acreció hasta salir a la luz esplendorosa en la segunda mitad del siglo XVII. Imagínome que por la resonancia de la curación del cojo de Calanda. El milagro, pocas veces visto, de restituirse un miembro amputado muy de atrás, conmovió a España que en la persona de Felipe IV postrose a venerarlo. La voz traspuso los mares y el Santuario quedó marcado como predilecto de la Virgen y, por lo mismo, encendió la piedad de los devotos, estimulada por la piedad de los Reyes.

Así en 1676 (16 de octubre) una Real Cédula extiende al Pilar el privilegio tan estimado y restringido de otras casas de devoción: el de solicitar allá limosnas para la construcción del templo y asentarse los que quisieren como cofrades del Pilar{13}.

Cunde su devoción entre los marinos y se ve objeto de plegarias y votos, como el de Don Fernando Carrillo, General de la Armada, que navegando de Cádiz a Galicia (15 de marzo de 1679), viéndose combatido y desarbolado con la tormenta, “sacando de su pecho a la Virgen del Pilar, dijo: “Hermosa Madre mía, ahora es tiempo de que me amparéis, ejercitando vuestras piedades, no sólo conmigo, sino con mi Rey y con tantos soldados como le sirven en estas naves. Mi navío, Señora, que es la “Capitana” es el que veo con más riesgo, pues le falta el árbol del timón. Amparadme Virgen pura.” Y la Virgen lo amparó y la armada entró salva en La Coruña, donde se celebraron fiestas en acción de gracias y el Rey mandó se repitiesen en la Iglesia del Pilar{14}.

La Virgen del Pilar entra por entonces en la categoría de las Vírgenes conquistadoras, las que presidían desde los estandartes las empresas de los capitanes. Poco quedaba ya por descubrir y someter: las alturas de Nuevo Méjico, las inextricables marañas de las selvas amazónicas, algunos rincones de salvajes indómitos, que sacudían el yugo español y se refugiaban en los arcabucos y barrancos de sus sierras.

Pues allá fue Nuestra Señora del Pilar a buscar los hijos bárbaros, a ponerlos donde los alumbrase el sol de la fe y el sol de España.

“En el año 1643 –escribe el capitán Mange– la majestad de nuestro Rey señor Felipe IV despachó al almirante Don Pedro Portel Casanate, aragonés y zaragozano… para que de una vez, sin reparar en gastos, descubriese, poblase y se diese principio a la conversión de todos los indios gentiles de California.

Llegado a Méjico, lo avió el Señor Virrey, Conde de Salvatierra, con los navíos, lucida gente de mar y guerra, armas y municiones, y con los RR. PP. Jacinto Cortés y Andrés Bars, jesuítas. Y llevó por fundadora y pobladora a nuestra señora de la Defensa puesta por trono sobre una tersa columna de bruñida plata.”

Adviértase la columna sobre que iba la Imagen: no nos perturbe el llamarse de la Defensa; ese título dio a su Virgen el Almirante zaragozano, porque le encomendó amparase su jornada: como se llamaron conquistadoras, por ir en las conquistas, la Inmaculada, la del Rosario, &c.

La conquista de California fracasó; hubo de interrumpirse por acudir Portel al encuentro de piratas ingleses que acechaban las barras del Potosí en las costas del Perú.

La imagen llevósela consigo, y al morir en la expedición, la mandó a la Catedral de Puebla, con diez mil pesos para que le erigiesen una capilla{15}.

Otro ejemplo: A fines del siglo XVII se establecieron franceses en el seno mejicano, y desde allí, poco a poco, iban penetrando en tierras de España, en la Luisiana, y Tejas; el Virrey Marqués de Valero quiso echar fuera la cuña que amenazaba rajar el imperio y comisionó al marqués de San Miguel de Aguayo para que expulsase a los intrusos. La tropa fuerte de 500 hombres y 900 acémilas de bagaje, repartida en diversas compañías, y la primera con el estandarte de la Virgen del Pilar y el lema “pugnate pro fide et rege…”{16}.

Ya entonces el 12 de octubre decía a frailes y soldados más de lo que dijo a los aventureros de Colón. Cuando el P. Juan Crespi y el Capitán Portolá caminaban en busca de la bahía de San Francisco (California Alta), llevaban la gente carcomida de escorbuto y otros achaques: dos soldados tan dolientes que ni en las mulas reposadas se tenían, conducíanlos en angarillas. Pues el 12 de octubre “los enfermos parecían haber mejorado un poco; los encomendamos a Nuestra Señora del Pilar, en cuya honra nombramos al sitio de Nuestra Señora del Pilar; tomé la latitud y allé 36 grados y 45 minutos”{17}. El gran descubridor de los indios campas, P. Agustín Sobreviela, bautiza una hija de unos bárbaros que le salieron al camino; la puso María del Pilar; era el 12 de octubre de 1790{18}.

Las familias aragonesas pasadas a Indias, no pocas en el siglo XVIII, conservaban la devoción y la infundían a sus descendientes. Ejemplo palpable es el que sigue: De Nuestra Señora del Pilar se llamó el primer Colegio de Religiosas que se abrió en Nueva España (1754), el de la Enseñanza.

Su fundadora, doña Ignacia de Azlor de Echeverz, vino de allá en peregrinación y a pie anduvo la última legua; dejó al santuario 10.000 pesos de limosna, tomó el hábito en Tudela y volvió a su Patria a levantar allí un monumento a la cultura femenina y a la devoción a nuestra Virgen. Y no sólo con el título sino con dos imágenes suyas: una de marfil tallada en China, regalo de la dama aragonesa doña María Sanz; otra heredada de su madre, que la había tenido nueve días en la Santa Capilla y tocado al original. (Marroquí, “La Ciudad de Méjico”, tomo II, págs. 168, 173). Y entonces comienzan, asimismo, a edificarse capillas y altares a la Virgen del Ebro en número copioso, con magnificencia y en sitios de honor; tienen altares suyos la catedral de Méjico, capilla de San Pedro, junto al sepulcro del gran obispo Zumárraga{19}; la de Puebla, fundación de Portel y Casanate, según vimos; la de Quito de que soy testigo; la de Caracas{20}; la de la Paz, regalo, según la tradición, de Carlos V{21}. Por tierras de Nueva Granada debió de florecer la devoción; no se entiende de otro modo que la ciudad de Tunja la eligiera por Patrona. “Existe –narra un historiador– en este templo (el de Santa Bárbara, edificado en 1599) una bella estatuita, llamada generalmente de la Pilarica, que es copia en miniatura de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza en España. En la colonia, esta Imagen fue consagrada como Patrona de la ciudad de Tunja, y en 1686, don Antonio de Ossa Guervillano, Vicario de la ciudad y del convento de Santa Clara, fundó la Hermandad de Nuestra Señora del Pilar y dictó las Constituciones y estatutos correspondientes. Los libros respectivos se guardan en el archivo parroquial”{22}.

Pues en los territorios de la presidencia de Quito no se quedaron atrás: son muchas las iglesias en que su imagen recibe las plegarias del pueblo, indios y blancos, entre los cuales el célebre santuario de la Virgen de Guadalupe, en las cercanías de Quito, luce un precioso lienzo de la aparición de Santiago, debido al pincel de Goribar, el primer pintor ecuatoriano del siglo XVII. En la capital, aparte del altar en el templo metropolitano, la Virgen del Pilar campeaba en el centro alto del retablo principal de la célebre iglesia de la Compañía, entre Santiago y San Fernando; devoción y ofrenda del fundador, el aragonés don Juan de Clavería{23}.

“…Mejor fortuna, aunque hoy amortiguada, logra otra imagen, que aún se venera en el maravilloso templo de San Francisco de la propia ciudad. Su origen es tan singular, que hubieron de certificarlo con juramento “in verbo sacerdotis” el donante y los testigos:

“A nuestro Rdmo. P. Fr. Joseph Maldonado, Padre de la Orden y Comisario General de las Indias, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo. Habiéndonos V. P. Rdma. informado que la copia y trasunto que en vuestra presencia le dieron en la imperial ciudad de Zaragoza de la Virgen Santísima del Pilar la enviaba a las Indias a su provincia, para que entendiendo los religiosos y los fieles de aquellos reynos las prerrogativas de esta santa Imagen, se moviesen a mayor devoción y culto de la Virgen Nuestra Señora, debajo la invocación y título del Pilar de Zaragoza, y porque lo singular que tiene la Imagen que V. P. Rdma. envía, es justo que todos lo entiendan para que con mayor veneración le den culto y reverencia; y nos habiendo estado presente cuando V. P. Rdma. la recibió, no podemos negar el presente testimonio que V. P. Rvdma. nos pidió para que a todos nos conste de la verdad de que, habiendo llegado vuestra P. Rvdma. a la ciudad de Zaragoza del reino de Aragón y habiendo visitado la capilla Angélica y Apostólica de Santa María la Mayor de aquella ciudad acompañado de algunos PP. de aquella provincia y de algunos señores prebendados de aquella Santa Iglesia, atendiendo con especial cuidado al afecto y devoción con que V. P. Rvdma. veneraba aquel santuario de la Virgen que María Santísima viviendo en este mundo santificó con su presencia y consagró con sus plantas, el M. I. Sr. Dr. D. Pedro Gerónimo Hernández Sedeño, Consultor del Santo Oficio y Canónigo Camarero, Dignidad de aquella santa Iglesia, y a cuyo cargo y cuenta está el gobierno de ella y especialmente el de la Santa Capilla, dijo a V. P. Rvdma. que por el singular afecto y devoción que tenía a nuestra Religión y la veneración a los Prelados Generales de ella y por la íntima amistad que a V. P. Rvdma. profesaba, le había de dar por prenda para memoria una Imagen de la Virgen Santísima del Pilar que fuese verdadero trasunto de aquella Santa Imagen y habiendo enviado al convento de San Francisco de Zaragoza esta Santa Imagen que V. P. Rvdma. envía a Indias, dijo en mi presencia y de otros muchos religiosos que se hallaron presentes en dicha ocasión, y Nos en compañía de ellos también:

“Doy fe, como sacerdote, que el año pasado, S. M. (que Dios guarde) manifestó a la Iglesia el gusto que tendría y que sería de su Real servicio que se desnudase la Santísima Virgen y la Columna o Pilar para que un oficial y maestro insigne en escultura la copiase con toda propiedad, por el consuelo que tendría la Reina Ntra. Señora (que goce de gloria) de tener en su capilla una verdadera copia de aquella santa Imagen, de quien era singular devota. Todo lo cual se ejecutó en la conformidad que el Rey nuestro Señor fue servido mandar a esta su Iglesia. Y habiendo corrido por mi cuenta que la obra se hiciese con la propiedad que requiere el servicio de su Majestad, me hallé presente al tomar la medida del Pilar en la longitud, latitud, y rotundidad, y así mismo de la Santa Imagen que está en la Columna y del dibujo que se sacó del rostro de la Virgen y de su Santísimo Hijo. Y viendo que esta era una ocasión tan singular que no hay memoria en los papeles de la Iglesia que se haya permitido otra vez sacar copia semejante y que la Iglesia no dará permiso que se haga, si no es a petición e instancia del Rey nuestro Señor, u obedeciendo algún mandato del Sumo Pontífice, me quise valer de la ocasión, y con ruegos e instancias solicité al Maestro de la obra para que con todo secreto y silencio hiciese para mí un tanto como el que sacaba para su Majestad: lo cual conseguí, y mucho consuelo de hallarme con él en la ocasión presente para servir a V. P. Rdma. con la joya de mi devoción que más estimo, y la doy por bien empleada, porque me persuade la devoción que V. P. Rdma. ha mostrado siempre a este Santuario que logrará la presencia del verdadero retrato, y que otro como él no tiene su Majestad.”

El acta, a manera de notario presente, y a petición del Comisario de Indias, según se ve en el texto, la firma Fr. Pedro Moreno, Vice-Comisario General, en San Francisco de Madrid el 11 de abril de 1650.

No salió defraudada la esperanza del pío canónigo Hernández Sedeño: la Imagen llevada a Quito se convirtió en foco de piedad; bajo su advocación fundóse una cofradía de hombres y mujeres, que ejercitaba obras de devoción y misericordia. Para estímulo de los cofrades, los franciscanos obtuvieron de Inocencio XI un breve laudatorio e indulgencia plenaria (aparte de otras muchas parciales) para el día del ingreso y para la hora de la muerte{24}. La cofradía duró hasta el siglo pasado; hoy está muerta”.

Véase lo que dice el P. Bayle: “Con las medidas propias de la original, como la de Quito, se labró la imagen de Nuestra Señora del Pilar, que los Jesuitas, poco antes de su expulsión, llevaron a la Iglesia de Santa Cruz, aneja a su Colegio de San Ildefonso de Manila”.

“En el Perú no tenían en olvido a la Virgen zaragozana; antes era de las imágenes de su predilección; argumento es que en la terrible catástrofe del 20 de octubre de 1687, cuando los edificios se venían abajo y los vecinos de Lima, huyendo de tejados, armaban sus toldos en huertas y plazas, en la principal levantaron cuatro capillas de tablas y lona; una para el Santísimo, otra para la Virgen del Rosario, la tercera para la Virgen de la Merced y la cuarta para Nuestra Señora del Pilar.

No he averiguado, quizá por no haber podido consultar una descripción amplia, si en la Catedral o en las parroquias y conventos dejaron los españoles la Imagen nuestra. Las había ciertamente en la ciudad, porque cuando el piadoso Virrey Conde de Lemos levantó con magnificencia real la Iglesia de los Desamparados, el impulsor y director de la obra, Ven. Padre Francisco del Castillo, aprovechó para figurar la estatua de la Virgen valenciana, otra de la Virgen del Pilar. Gusto artístico dudoso, y para Aragón resueltamente malo.

El feo, hablemos a nuestra manera, que se le hizo a Nuestra Señora del Pilar lo remedió poco después otro Virrey, y allí mismo donde se cometió el atentado artístico; va describiendo el Padre Buendía la Iglesia de la Virgen de los Desamparados y dice:

“Las dos colaterales capillas del crucero se consagran a las celebérrimas imágenes de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y de Nuestra Señora de Montserrat, que la piedad y magnificencia del Excelentísimo Señor Virrey Duque de la Palata colocó en dos hermosos retablos, de airosa y valiente escultura que en lo brillante del oro dicen el incendio sagrado de su devoción. Los altares ricamente vestidos de preciosas telas: y el manto de la Virgen del Pilar en muy ricas joyas, reverberan memorias de la Excelentísima Señora Duquesa, que todos los años para el día de su fiesta asistía a vestirla y enriquecerla, donando a la Compañía de Jesús (cuyo era el templo) su Excelencia estas dos Imágenes de María, las mejores reliquias de su amor y en nosotros dos finas pruebas de nuestra gratitud”{25}.

“En tierras más antárticas, prosigue el P. Bayle, de cierto hubo igual devoción que por igual pasaron costumbres, así en lo humano como en lo divino, pero he hallado pocas noticias: las capillas a la Virgen del Pilar consagradas, que el Ilmo. Muñoz Olave dice haber en la diócesis de la Concepción (Chile){26}, no especifica si representan herencia de España o fundaciones recientes. De otras, sí consta concretamente; verbigracia las capillas que cita Fr. Pedro de Parras, una a seis leguas de Córdoba (Tucumán), fundada por aragoneses descendientes del conde de Sobreviela; otra cerca del río Luján. El buen fraile, aragonés de alma, cuerpo y hablar, escribe del convento a que fue destinado no bien desembarcó en Buenos Aires: “Infinitas gracias debo al Señor por favor tan grande de haberme destinado a este convento (la Recolección franciscana de Buenos Aires) y contento viviré en el…, ya por ser tan regular la vida común ya por ser casa de María Santísima del Pilar”. Y no debieron ser éstas las únicas casas o iglesias de dicha titular; por entonces y por allá eran muchos los misioneros aragoneses; aparte de los franciscanos, en el colegio de la Asunción, tres jesuitas y en el de Córdoba, cinco…

De seguro que la devoción a la Virgen aragonesa (dos veces por ello española, según Costa), los impulsó a levantarle monumentos, que acaso han desaparecido, como la población Nuestra Señora del Pilar, que el propio Padre Parras estableció a orillas del Tebycuary, tierras de Caazapá (Diario del Derrotero, de Fr. Pedro José de Parras, en la Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, tomo IV). Hay además otra prueba, la que vamos a examinar inmediatamente.

“El indicio más singular, más típicamente español, que sentía la piedad connaturalizada y la dejaba salir de suyo a la superficie de los hechos, sin mojigaterías y sin empacho, como brota de la lengua el habla, es, según indiqué arriba, la siembra de festividades y advocaciones de la Virgen con que fueron descubridores y conquistadores bautizando mares, ríos, islas, golfos, montes, plantas; lo que en su azaroso vaguear les ofrecía un alto o una maravilla; las ciudades y pueblos que por encantamiento brotaban. La geografía de América es geografía mariana, y basta ver lo que aún queda para entender: por aquí pasaron españoles. Más de seiscientos nombres anota el “Diccionario geográfico de Alcedo” y se habían perdido o se le trascajonaron al autor más del doble; quien haya leído relaciones primitivas estará de ello seguro.

El “Diccionario” es la primera fuente lógica de tanteo para investigar si en esa nomenclatura, tan espléndida, hay sitio para Nuestra Señora del Pilar. El autor no se halla satisfecho con el resultado de sus investigaciones y le parece –con mucha razón– menguado el porcentaje de estos recuentos onomásticos. Es verdad; tan arraigado llevamos hoy el amor a la Virgen del Pilar, tan profundo el espíritu hispánico, que si la ubicuidad pudiera ser propiedad de nuestra Virgen, sin perjuicio del Criador, presurosos se la concederíamos. Por eso nos parece todo poco, y de este mismo achaque participa el autor que tan larga y extensamente comentamos y transcribimos. Sigue, pues, diciendo el P. Bayle:

“Seis poblaciones, todas entre indios, de reciente fundación, esto es posterior, a la segunda mitad de siglo XVII: “Nuestra Señora del Pilar, pueblo de las Misiones que tenían los Regulares de la extinguida Compañía en el nuevo Reyno de Granada, fundado en el año 1661 a la falda de Sierra Nevada… Otro del mismo nombre en la provincia de Barcelona y Gobernación de Cunamá… Otro de las Misiones que tienen los religiosos de San Francisco en la Provincia y Gobierno de Texas… Otro en la Provincia y Gobierno de Buenos Aires, situado en la costa que media entre el río de la Plata y el Estrecho de Magallanes… Otro en la Provincia y Gobierno de Tucumán, en el Perú… Otro en la Provincia y Gobierno de Cunamá, distinto del que hemos referido arriba…{27}.

En el recuento felizmente caben ampliaciones, unas que se le pasaron por alto al geógrafo rebuscador, otras nacidas más tarde. Veamos por orden de arriba a abajo lo que hay, quiero decir lo que me dan mis espigueos por crónicas y viajes:

1.º El sitio aquel, situado por el Padre Crespi en 36º y 45’ de latitud, donde mejoraron los enfermos el 12 de octubre de 1790

2.º Rancherías indígenas, dos leguas al norte de San Diego (California){28}.

3.º Otra ranchería o sitio llamado Cucamonga o Nuestra Señora del Pilar, en la expedición franciscana salida de Santa Bárbara hacia el río Colorado en noviembre de 1819{29}.

4.º Nuestra Señora del Pilar o Santiago de Gocospera, en la Pimeria, reducción muy estimada del célebre descubridor de California, Padre Francisco Eusebio Kino.

5.º El presidio y misión de Nuestra Señora del Pilar de Adais, fundado en 1721 por el apostólico varón Fr. Antonio de Margil de Jesús y el Marqués de San Miguel de Aguayo, a 600 leguas de Méjico y siete del presidio francés de San Juan Bautista de Machitoiz, en Texas. Fue capital de la provincia y su guarnición de 100 hombres. Más tarde se llamó el pueblo nuevo de Nuestra Señora del Pilar de Bucarelli{30}.

6.º Nuestra Señora del Pilar de los Tres Ríos, hoy villa de los Tres Ríos, Cantón de la Unión, provincia de Cartago, en Costa Rica. Fundó el pueblo con 45 indios en 1749 Fr. Antonio Murga. Hoy cuenta 6.000 almas{31}.

7.º El pueblo del Pilar o Vereda Nueva, en Vuelta Abajo, isla de Cuba{32}.

8.º Nuestra Señora del Pilar de Pauto, en los llanos de Casanare; la fundaron los primeros jesuitas que allá fueron, Padres Alonso Neira, Ignacio Cano y Juan Fernández Pedroche, 1661. Este último fue quien echó los cimientos de la reducción entre los indios tunebos. “Fuéronse agregando después otras muchas familias y fabricando muchas casas, con una Iglesia bien capaz y adornada de pinturas curiosas, y se le dio por título el pueblo de Petate de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, de quien fue siempre devotísimo el Padre Juan Fernández, recibiendo singulares favores de esta celestial Señora y no el menor de ellos el haber recibido en su capilla del Pilar los deseos y vocación a la Compañía de Jesús”{33}.

9.º Nuestra Señora del Pilar, reducción de Cunamá, fundada el primero de mayo de 1662 por los Padres Capuchinos; la quemaron los indios con ayuda de los franceses en 1674 y al año siguiente se restauró, trasladándose al valle de Chicauntur{34}. Su fundador fue el Padre Felipe de Híjar, aragonés, como lo proclama su nombre.

10. Otra misión de Nuestra Señora del Pilar se menciona entre los caribes de Cunamá, establecida en el propio año y día que la anterior, lo que hace creer sea la misma, aunque los fundadores se señalan distintos: los Padres José de Nájera y Agustín de Villabáñez; floreció hasta contar 600 almas{35}.

11. Nuestra Señora del Pilar de Motilones, en la provincia de Maracaibo, cerca de las serranías de Ocaña; fundación en 1792{36}.

12. El Capuchino Fr. Ildefonso de Zaragoza, funda la Villa de la Virgen del Pilar de Ataure. Escogido el sitio, escribe, y señalados los vecinos, “hice levantar una Cruz grande de madera, que se fijó y quedó puesta en el dicho sitio elegido para fundar, aclamando todos el dulce nombre de la Virgen María del Pilar de Zaragoza, manifestando todos su deseo de que sea Patrona y titular de dicha Villa y de que se le dedique la Iglesia que se le hiciere, para lo cual suplican al Excelentísimo Señor General y Gobernador de Caracas y al Ilmo. Señor Obispo que aprueben todo lo hecho”. El acta de fundación está firmada en San Antonio de Araure{37}.

13. Nuestra Señora del Pilar en Guaymacuar, en el Piritú (Venezuela), fundada en 1673, también por los capuchinos{38}.

14. Una reducción, encomienda de Diego Vaca de Sotomayor, en el Corregimiento de Cajamarca (Perú): Tiene 237 indios tributarios y 698 personas reducidas en un pueblo llamado Nuestra Señora del Pilar. Es la excepción que arriba apunté a toponimia pilariana anterior al siglo XVII. Está en la relación hecha por el Virrey don Martín Enriques de los reinos del Perú en 1583{39}.

15. Otro pueblo donde el célebre misionero y explorador franciscano Padre Narciso Girbal reunió grupos de indios combos y panos, en las márgenes de Ucayali (1793). Al pueblo y río llamó Virgen del Pilar{40}.

16. En el Paraguay y sus aledaños tampoco falta esta advocación. En las cercanías del río Piray se la da a una Reducción el lego franciscano Francisco del Pilar (noviembre de 1781){41}.

17. En el año 1752 entraron dos religiosos de San Francisco a los montes y con 31 almas que sacaron dieron principio a la reducción de Nuestra Señora del Pilar{42}.

18. Otra reducción en la provincia de Tucumán, llamada Nuestra Señora del Pilar de Mecapillo{43}.

19. Otro curato de Indios en la provincia de Buenos Aires{44}.

20. Misión de Nuestra Señora del Pilar de Baribihuevo o Rarinnelo, entre los palmenches, en el centro de la cordillera, fundada por los franciscanos del Colegio de Chillán (Chile) en 1758{45}.

Hasta aquí la lista del P. Bayle. Como ha hecho al principio de su trabajo, pone ahora un epílogo sustancioso de razonados y encomiásticos juicios con frases laudatorias y esperanzadoras sobre la Virgen del Pilar, que en tan insigne y rebuscador hispanista reviste caracteres de trascendental y sublime. Consecuente con su fervor mariano y pilarista, cree menguados los guarismos y series de datos y documentos sobre la Virgen del Pilar. Continúa, pues, escribiendo:

“No es mucho, ciertamente; más adviértase primero que lo citado es la floración externa, oficial, de la savia que de seguro en mayor cuantía vivificó la piedad privada y familiar, difícil de averiguarse sino a costa de lenta y costosísima rebusca por relatos o documentos de carácter casero. Segundo y secuela de lo anterior, que sin duda puede mano más diligente o afortunada dar con noticias ampliadoras de lo por mí recogido.

“Lo cual, sin embargo, basta para certificar que el culto a Ntra. Sra. del Pilar en la España ultramarina tuvo arraigo y, si se atiende a las fechas de la fundación de pueblos y reducciones, que cada día ganaba terreno, cundía por los infinitos continentes, plantábanlo los misioneros en las selvas como base de la fe naciente en los neófitos, y se mostraba en los esplendorosos retablos de iglesias y catedrales para recordar a los fieles españoles o españolados (sabido es que españoles se llamaban cuantos directa o trasversalmente procedían de España) el origen de la Cristiandad, que fundía las razas aborígenes y la conquistadora en la hermandad de Cristo”.

Unas palabras finales del P. Bayle, llenas de actualidad y de esperanza: “Hoy en España la devoción a la Virgen del Pilar cobra auge y aureola de culto nacional. Aparece en la cúspide del imperialismo católico nuestro, cabalmente porque es espiritual y católico y quiere abrevar sus raíces en los veneros de la fe donde la tradición multisecular bebió sus energías, veneros que brotan al pie del Pilar santificados, vivificados por la sombra de la Santísima Virgen.

Y como la fuerza expansiva de este imperialismo católico o catolicismo imperial tiende a correrse por los cauces áureos de los siglos por donde corrió la sangre hispana y se difundió la lengua de Cervantes y de Santa Teresa y la fe que nos trajo el apóstol y regó la mano virginal de María, como el imperio ancho sobre las fronteras políticas que no pretende borrar, hondo hasta las almas que intenta asimilarse con el fundente de unos valores espirituales, por necesidad se encamina hacia América, hacia las Españas que al otro lado del mar son carne de nuestra carne y alma de nuestra alma, bien podemos esperar que la Virgen de Zaragoza, el Pilar de nuestros amores ha de ser igualmente la Virgen de América, la que más templos y más corazones conquiste allá, la que enseñe como ningún otro símbolo a las generaciones venturosas que América es y será la continuación de España”{46}.

Hasta aquí el enjundioso artículo del P. Bayle. Difícil encontrar en toda la historia y literatura pilarista en relación con América algo más cabal y completo. Él sólo vale más que cuanto hasta el presente se ha escrito sobre la Virgen del Pilar y su devoción y culto. Porque no es sólo su contenido histórico respecto de la veneración de la Virgen del Pilar en América; es el rebase substancial de datos y documentos que dan muestra del arsenal histórico encerrado en crónicas y archivos de Órdenes religiosas, sobre todo de la Compañía y de los Franciscanos y Capuchinos de San Francisco; la puerta que abre a estudiosos para acabar de completar las investigaciones en esta materia en los documentos que menciona y que no han podido llegar a sus manos o no están en estado de revisión, y en otros similares, no precisamente de América –campo abarcado casi en su totalidad por el insigne miembro del Consejo de la Hispanidad– sino de otros países, África, Filipinas… y, sobre todo, la gran lección, una vez más demostrada evidentemente, de que la Virgen del Pilar, con más o menos satisfacción se asienta en firmamentos históricos, macizos y fundamentales, y su devoción y arraigo es algo más que admirativos y cacareados lirismos.

Después de él nadie ha aumentado el arsenal de la Historia pilarista americana con un nuevo documento vivo y fehaciente. Nosotros mismos, en consulta privada hecha a tan insigne investigador, tuvimos el honor de escuchar y leer, escrito por su mismo puño, el relego a este trabajo, como la última palabra en esta materia, y donde el mismo autor vació sus conocimientos.

Por eso hemos estampado literalmente el artículo, y confesamos que son las páginas que más nos honran en este humilde intento de Pilarismo e Hispanidad.




{1} R. Maeztu, “D. H.”, p. 23.

{2} Gomá, “A. H.”, p. 318.

{3} Galindo Romeo, “L. V. P. E.”, p. 39.

{4} N. Pérez, “A. H. V. P.”, p. 226.

{5} Coubé, “A. IV. C. I. M.”, p. 455. [Stéphen Coubé, Gloires et bienfatis de La Sainte Vierge, París 1911, págs. 120-121.]

{6} Galindo, o. c., p. 39. Trae unos versos de Mullé de la Cerda:

A esa Virgen debe España
entre mil días de gloria.
Dos días cuya memoria
no se borrará jamás.
Engarzar logró en el uno
en su diadema Granada.
Vió en el otro dilatada
la grandeza a un mundo más.

{7} Aina, Efemérides, p. 193. “Noticiero”, junio de 1941, núm. 12, 409.

{8} N. Pérez, Respuesta a una consulta privada.

{9} C. Bayle, “La Virgen del Pilar y América”, Razón y Fe, Enero de 1941, núm. 516, p. 10 y 11.

{10} Ibi., p. 9

{11} Ibi., ps. 5-6-7.

{12} “Revista del Archivo Nacional del Perú”, T. VIII, entrega primera. Enero-junio de 1930, p. 32. Citado por id.

{13} Archivo de Indias 139-1-16 (Inventario general de Registros Cedularios del Archivo de Indias), p. 100. Colección de Documentos inéditos para la Historia de Hispanoamérica, tomo V.

{14} Fernández Duro, “Disquisiciones Náuticas”, libro tercero, p. 163.

{15} Mateo Mange, “Luz de tierra incógnita”, libro I, cap. 21.

{16} Fernando Ocaranza, “Crónica de las Provincias internas de la Nueva España”, cap. 9.

{17} Diario del P. Crespi, citado por Fr. Zeph. Engelhardt, The Missions and missionaires of California, segunda edición, vol. II, p. 72. Probablemente el lugar medido y bautizado por Crespi es el Lago Pinto o Anesti.

{18} Fr. Bernardo Izaguirre, “Historia de los Misioneros franciscanos en el Perú”, Tomo VI, página 325.

{19} Pablo de Jesús Sandoval. “La Catedral Metropolitana de Méjico”, p. 43.

{20} Nicolás Navarro. “La Catedral de Caracas”, p. 58. “Otro altar a Nuestra Señora del Pilar, en su Capilla de que es Patrona la dignidad de Deán, y está dotado con el capital de tres mil pesos”. “Relación de la visita que en la Diócesis de Caracas y Venezuela hizo el Ilmo. Sr. Dr. D. Mariano Martí”, tomo I, p. 10.

{21} Odriozola, Documentos literarios del Perú, T. IV, p. 126.

{22} Ulises Rosas. “Escudos, armas e inscripciones de la ciudad de Tunja”, p. 746.

{23} C. Recio, S. J. “Compendiosa relación del Reino de Quito”, t. II, cap. 4.º

{24} Fr. Francisco María Comple, “Varones ilustres de la Orden seráfica en el Ecuador”, t. II, páginas 330-334.

{25} P. Joseph de Buendía, “Vida del Ven. P. Francisco del Castillo”, lib. V, cap. 18.

{26} Ilmo. R. Muñoz Olave, “La Virgen María en la Diócesis de la Concepción durante la dominación española”, cap. 8.º

{27} Antonio de Alcedo, “Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales”, t. IV, página 212.

{28} Fr. Z. Engelhardt, “The Misions and misionaires of California”, vol. II, p. 150.

{29} Idem. Ibid., vol. III, p. 37.

{30} Fernando Ocaranza, “Crónica de las Provincias internas de la Nueva España", páginas 46, 117, 235. Nicolás de Lafora, “Relación del viaje a los Presidios internos”, páginas 88, 164, 216.

{31} Eladio Prado, “La Orden Franciscana en Costa Rica”, p. 64.

{32} Jacobo de la Pezuda, “Diccionario geográfico, estadístico e histórico de la isla de Cuba”, t. IV, p. 202.

{33} P. Juan Ridero, S. J. “Historia de las Misiones de los Llanos de Casanare y los Ríos Orinoco y Meta”. lib. II, cap. II, p. 113.

{34} Fr. Baltasar de Lodares, “Los Franciscanos Capuchinos en Venezuela”, T. II, cap. 8.º

{35} Idem. ibid., cap. 2.º, p. 431.

{36} Idem. ibid., p. 410.

{37} Idem. ibid., t. I, p. 113.

{38} Idem. ibid., t. III, p. 221.

{39} Levilier, “Gobernantes del Perú”, t. IX, p. 212.

{40} Raimondi, “Historia de la Geografía del Perú”, t. II, p. 443.

{41} Fr. Bernardo Izaguirre, “Historia de las Misiones franciscanas en el Perú”, t. III, p. 244.

{42} Descripción de las Provincias pertenecientes al Obispado de la Asunción del Paraguay (Odriozoia). Documentos literarios del Perú.

{43} Ibid., p. 190.

{44} Ibid., p. 213.

{45} Roberto Lagos, O. F. M. “Historia de las Misiones del Colegio de Chillán”, t. I, cap. 3.º, página 130.

{46} Artículo del que tomamos todo esto, P. Bayle, págs. 21-22.