Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Benito Amado Salazar + Antonio Manté + Ildefonso Martínez]

Más sobre el señor Núñez

Habiendo recibido de los Sres. D. Joaquín Hysern y D. Bartolomé Obrador el comunicado que copiamos en seguida, y creyendo que su inserción íntegra era altamente desfavorable a sus autores, teníamos preparada la respuesta que nuestros lectores hallarán a continuación. Pero habiéndose dirigido los Sres. comunicantes al Heraldo y al Eco del Comercio y teniendo la ninguna aprehensión de publicar tan honroso escrito en aquellos periódicos políticos, nos creemos dispensados de todo género de consideraciones, y nuestros lectores podrán comparar y decidir de parte de quien se hallan la razón y la modestia, y quienes son más ligeros en sus producciones, si los maestros o los discípulos.

Señores redactores del periódico titulado LA VERDAD.

Injustamente ofendidos y sin causa ni razón injuriados por uno de los artículos del número 5° de ese periódico, con mengua y en desprecio de su título; remitimos a Vds. la presente contestación, para que se sirvan publicarla en el mismo, con arreglo a las leyes vigentes.

Acusan Vds. públicamente de superchería y de fraude a los que confirieron los grados académicos al Sr. Núñez; les acusan de haber hollado la ley y no vacilan en declararles criminales; les acusan de haber insultado la moral pública; les acusan de perjuros; extrañan que no se les haya formado causa, y que no haya caído ya sobre ellos un ejemplar castigo; les llaman Vds. médicos sin conciencia; les hacen responsables de la vida de la Reina, y en fin por una alusión malévola, y aunque disfrazada bastante clara, concitan el odio público y las iras de la multitud sobre sus personas.

Nosotros, médicos y antiguos maestros públicos de la facultad, jueces en el tribunal que confirió al señor Núñez el grado de Bachiller en Medicina, aceptamos toda la responsabilidad que en la colación de este grado como en la de cualquiera otro que hayamos conferido, nos corresponde.

Si fuese cierto que hubiésemos cometido en este caso los abusos, las transgresiones y desprecio de la ley que Vds. tan gratuitamente, con tan poca consideración y respeto a la verdad, a la justicia, a la moral, a la profesión, a nuestras personas y aun a sí mismos, nos imputan; justo sería ciertamente que se nos hubiese formado causa, y que sufriésemos con resignación sus necesarias consecuencias.

Pero seguros estamos de la rectitud de nuestros procederes y descansamos tranquilamente en nuestra conciencia; y esas leyes, protectoras de la justicia y de la honra de los hombres, que han osado Vds. profanar, invocándolas contra nosotros, personas inofensivas que ni a Vds. ni a nadie han hecho daño; y que no pueden tener, ni aún para Vds. mismos, otro delito que el de usar de su libertad en la adopción de sus opiniones científicas y facultativas, respetando sin embargo las de sus compañeros; las invocaremos nosotros contra nuestros desatentados calumniadores y destructores. Seguros de la razón y de la justicia que nos asiste, no dudamos que la espada inflexible de estas leyes caerá sobre sus cabezas.

«Ustedes deben saber, pues que son médicos, que ninguna ley, ni disposición alguna de los planes ni de los reglamentos de estudios impone a los tribunales de examen el deber de inquirir la procedencia, el carácter, ni la legalidad de los cursos académicos de los laureandos, y que ninguna los autoriza a hacer por sí esta inquisición: en fin no deben Vds. ignorar tampoco, Vds. sobre todo que se consideran con derecho y suficiencia para erigirse en censores y jueces de los que fueran poco tiempo ha sus maestros y acaso también sus censores, que el oficio de estos tribunales se circunscribe estrictamente a examinar a los individuos que ante ellos se presentan en virtud de órdenes de las autoridades superiores, a calificarles, aprobarles o reprobarles según cual sea el resultado del examen, y a conferir los grados a los que obtengan aprobación.»

«En el caso presente pues, nuestra responsabilidad moral y científica se concreta exclusivamente al examen y a la colación del grado de Bachiller en Medicina; todo lo demás está fuera de nuestras atribuciones y es extraño a nuestros deberes.»

Ahora bien ¿quiénes son Vds., hombres intolerantes, hombres esclavos de sus opiniones científicas o más bien de las que aprendieron de otros, hasta el extremo de tratar como enemigos a los que nos consideramos en el deber de profesar otras diversas, cediendo a la fuerza de la razón y acatando los designios de la naturaleza, y siguiendo los preceptos y las leyes de la observación de la experiencia; quienes son Vds., ¿cuál es su competencia para decidir de la rectitud o de la injusticia de nuestros actos como jueces? ¿Con qué autoridad, con qué derecho, con que datos y fundamentos se atreven Vds. a aseverar magistralmente que el tribunal ha conferido un grado de Bachiller en Medicina a un hombre ignorante hasta de los primeros rudimentos de la ciencia?

Cualquiera que sea el juicio de Vds. sobre nuestra conducta en este asunto, favorable o contrario a nuestras personas, lo desestimamos igualmente. Nunca podrá pasar de una manifestación infundada, arrogante y ridícula que los hombres pensadores y sensatos sabrán estimar en lo que vale.

En cuanto a las acusaciones de fraude y superchería de insulto a la profesión y a la moral, de transgresión y desprecio de la ley, y finalmente de perjurio; por lo que a nosotros toca, las rechazamos solemnemente; las declaramos a la faz del mundo y bajo nuestra  responsabilidad, falsas y calumniosas; encomendamos nuestra causa a la protección y amparo de las leyes, y pedimos a éstas justicia recta y severa contra nuestros detractores.

Conocidos son lo bastante de los hombres honrados de todas opiniones y partidos, nuestros procederes así privados como públicos en el ejercicio de la profesión y del magisterio, para que temamos ni remotamente que semejantes imputaciones puedan mancillar en lo más mínimo una reputación que hemos adquirido a costa de trabajo, de vigilias y de sacrificios en una larga y honrosa carrera: y no dudamos un momento, que los tribunales competentes, a cuya decisión confiamos la defensa de nuestra honra ofendida, la vindicación de nuestra conducta calumniada, pondrán en su imparcialidad y justificación a Vds. y a nosotros en el lugar que a cada uno corresponda, ante la ley y ante la opinión pública.

Entre tanto esperamos que los hombres sensatos, ilustrados, imparciales y amantes de la verdad, de la justicia y de la moral, a quienes únicamente nos dirigimos, suspenderán el juicio sobre nuestra conducta en este asunto. Madrid 31 de octubre de 1847. Joaquín Hysern. = Bartolomé Obrador.

He aquí ahora el artículo que ya teníamos compuesto y que hemos creído oportuno no variar, a pesar de tener que insertar íntegro el anterior comunicado.

Los señores D. Joaquín Hysern y D. Bartolomé Obrador, jueces en el tribunal que ha conferido al señor Núñez el grado de bachiller en medicina, nos han remitido un largo escrito, que sentimos que su extensión nos impida insertarlo íntegro: pues aun cuando la ley no nos obliga a dar cabida en el periódico a más del doble de líneas que ocupaba la que ellos suponen ofensa, tendríamos un placer en que el público viese un documento curioso por más de un concepto, y que nos evitaría el detenernos en los comentarios y consideraciones, en que tenemos que entrar necesariamente. Vamos pues a hacer un extracto de lo más esencial de la carta a que nos referimos, procurando que sus autores no tengan que quejarse de la falta de una sola idea que pueda ser favorable a su defensa.

Los señores Hysern y Obrador nos acusan entre una multitud de epítetos gratuitos y dicterios que a nada conducen, como no sea a exaltar nuestras pasiones, para por este medio mejorar la crítica posición en que voluntariamente se han colocado, nos acusan, repetimos, de insultar el título de nuestro periódico al dirigir a los médicos que han graduado al Señor Núñez los cargos que ya saben nuestros lectores; dicen que sin habernos ofendido jamás, nos ensañamos con ellos solo porque profesan distintas doctrinas; nos niegan el derecho de juzgar sus actos, fundándose en que han sido no ha mucho nuestros maestros y aun censores; nos llaman intolerantes y calumniadores: suponen que tratamos de concitar contra ellos el odio público y las iras de la multitud; nos amenazan con la justicia de los tribunales, ante los que van a demandar su vindicación; alegan sus antiguos servicios como médicos y como catedráticos y concluyen dirigiéndose únicamente a los hombres sensatos, ilustrados, imparciales y amantes de la verdad, de la justicia y de la moral, esperando que suspenderán el juicio sobre su conducta en este asunto.

Como se nota por lo que dejamos indicado, todo cuanto hasta ahora dicen estos señores no es en su defensa, ni hay en ello una sola razón que destruya nuestras aserciones. Solo encontramos en su larga carta un párrafo corto, único en que podrían apoyarse al desmentir con tanta ligereza los hechos que nadie ignora, y este párrafo, como prueba de nuestra imparcialidad, vamos a insertarlo íntegro, advirtiendo que al no hacer otro tanto con lo restante del escrito, damos también una prueba de tomarnos más interés por el buen nombre de los que nos llaman sus enemigos, del que ellos mismos han manifestado (1. Es el párrafo que va entrecomado).

Convenimos con los señores Hysern y Obrador en que ningún motivo particular de resentimiento tenemos hacia sus personas. Mas aun: ya hemos dicho en el artículo que motiva estos altercados, que prescindíamos de consideraciones de amistad y gratitud ante otras más altas, más solemnes y a las que no hemos faltado, ni faltaremos jamás. Sí, el decoro médico nos mandó denunciar tales hechos y el de los mismos señores Hysern y Obrador nos obliga a decirles hoy que deseamos otro escrito suyo, en que sin insultos, ni personalidades, que nada dicen en su favor, se defiendan de la acusación que la opinión pública ha lanzado contra ellos y de la que hemos sido tan solo órganos al ocuparnos de este triste asunto. No, nosotros no queremos concitar en su daño las iras de la multitud, porque muchos meses antes de nacer nuestro periódico, ya el público había fallado, y su fallo es el que nosotros hemos publicado. Nosotros sentimos que nombres como el del Señor Hysern tengan que ser juzgados con tanta severidad. ¿Pero es nuestra la culpa? ¿Escribíamos por ventura cuando se han conferido los grados al Señor Núñez? Vean pues los señores Hysern y Obrador como se equivocan al decir que hemos prevenido la opinión en contra de sus personas. Si del juicio del público desean salvarse estos señores, sepan que difícilmente podrán lograrlo ni por la carta que nos han remitido, ni en los tribunales adonde piensan acudir. Acudan en buen hora: allá iremos, allí aduciremos pruebas, unas que hoy decimos, otras que aun callamos y tengan presente los jueces del Señor Núñez que aunque, lo que no es de esperar, fuésemos injustamente condenados, la opinión pública nos tiene de antemano absueltos, y ellos no conseguirán en cambio lavarse de la mancha que sobre sí han echado.

¿Han podido creer por ventura los señores Hysern y Obrador, que obrábamos por una pasión mezquina o un resentimiento villano? Esto prueba lo poco que nos conocen; quizá si fuesen nuestros enemigos se hubiesen sellado nuestros labios. Nosotros deseamos su vindicación como ellos mismos, porque no es a D. Joaquín Hysern, ni a D. Bartolomé Obrador, ni al secretario Soler, ni a D. Félix Janer decano de la facultad de Barcelona, a quienes elegimos por blanco de nuestros tiros, sino a los culpables del desacato hecho a la ciencia al graduar al curandero Núñez. Dígannos, pruébennos que son otros estos culpables, y nosotros nos felicitaremos de ello, porque amamos demasiado el buen nombre de la medicina española y el lustre de las escuelas donde hemos estudiado, para que podamos ver con frialdad cuanto padece su reputación en este negocio.

Nosotros no ignoramos, que en el estado ordinario, los jueces de un tribunal solo están facultados para dar su voto sobre la aptitud o ineptitud del que se presenta a recibirse, y en este concepto, y fundados en esta razón, hemos exceptuado de nuestra censura al Señor Mata. ¿Pero están los señores Hysern y Obrador en las mismas circunstancias? Nosotros los desearíamos, pero la voz pública dice lo contrario. ¿Ignoraban estos señores quien era Núñez? ¿Es cierto o no que le trataban con intimidad, y especialmente el Señor Obrador, que lo conoció en el campo de D. Carlos y que tomaba de él lecciones de homeopatía, según confesó en el Instituto médico? ¿Se puso en lista de exámenes, como se hace con todos los demás? ¿Supo el Señor Decano que había una Real orden mandando graduar a Núñez, y acordó que se la diese cumplimiento? ¿Qué papel jugó el secretario Soler en este asunto? Si, como se dice, no estaba Núñez en lista, si el Decano no sabía nada ¿quién enteró al tribunal de que aquel hombre esperaba a la puerta para recibirse? ¿Por qué se protestó de este acto ante la facultad reunida y esta acordó negar el certificado de bachiller, tratando de salvar con este acuerdo una falta comceida por parte de sus individuos? ¿Por qué se le recibió de licenciado en Barcelona sin presentar aquel documento?

Nosotros deseamos una contestación satisfactoria a estas preguntas, y los señores Hysern y Obrador nos verán a su lado, defendiendo su justicia. Pero entre tanto no se nos dé, estamos en nuestro derecho al mantenernos firmes en nuestra opinión. No crean, no, que incautos y ligeros, aventuramos cargos, que no podamos probar, porque si así fuese, podríamos decir lo que moralmente nadie ignora respecto a protección dispensada fuera de la facultad, y sobre todo en el acto del examen.

Vamos ahora a contestar a la pregunta que se nos hace de los títulos y suficiencia que tenemos para juzgar de los actos de quienes han sido nuestros maestros. Nosotros no hemos puesto en duda los conocimientos, que envidiamos, de los señores comunicantes, y confesamos, sin que se crea que es modestia ni hipocresía, que no nos creeríamos bastantes para fallar acerca de su ilustración. Pero sí nos creemos con derechos sobrados para juzgar de su conducta pública, y a ella tan solo nos referíamos. Nosotros, que aunque jóvenes, hemos atravesado ya por más de una prueba, y que tenemos la gloria de no haber deshonrado jamás el título de nuestra profesión, ni el buen nombre de nuestras familias, nos creemos autorizados para censurar los hechos vituperables, por alta y condecorada que sea la persona que los haya cometido. Que estos no han tenido lugar, es lo que los señores Hysern y Obrador debieran habernos probado, lo demás es no decir nada, si no es empeorar su causa ya bastante comprometida.

Creemos innecesario dar contestación a lo de suponernos enemigos suyos porque profesan distintas doctrinas, cuando nuestros escritos publicados hasta ahora han proclamado y defendido siempre la tolerancia científica, cuando damos cabida en nuestras columnas a teorías contrarías a nuestras creencias y cuando los periódicos homeopáticos nos felicitan por nuestra moderación al discutir sus opiniones. Nosotros solo somos fuertes e inflexibles con los abusos, con las arbitrariedades, con los escándalos y el médico que los cometa, ese es nuestro común enemigo y contra él escribiremos, cualesquiera que sea la bandera en que se halle filiado.

Decirnos que hemos hecho mengua y desprecio del título de nuestro periódico, es una calumnia, que les perdonamos generosamente, porque conocemos que algún desahogo debe concederse al que en tan críticas circunstancias se halla colocado: pero sí, debemos manifestarles, que en el poco tiempo que llevamos de publicación, hemos denunciado ya algunos hechos dignos de censura, que nadie se ha atrevido a probarnos que eran falsos, y que aun cuando desearíamos de corazón que ellos diesen el primer ejemplo, quizá nos tengamos que quedar con el disgusto de que no lleguen a conseguirlo.

Finalmente, ya que se nos amenaza con los tribunales, ante ellos acudiremos: allí, como ahora, nos hallarán los Sres. Hysern y Obrador serenos y tranquilos defendiendo y probando la verdad de nuestras aserciones. Mas: creemos hacerles un favor en repetirles que hay otro tribunal que ha fallado hace ya mucho tiempo, y que de su sentencia no hallarán apelación, sobre todo por los medios en que la intentan. Volvemos tambien a asegurarles, que no somos, ni hemos sido jamás sus enemigos: al contrario, que como médicos, como maestros, y hasta como amigos de alguno de ellos; deseamos que su nombre quede en el buen lugar que siempre debió ocupar. Pero que ni estas consideraciones, ni cuantos ruegos, influencias o amenazas se nos dirijan, harán callar nuestra voz, ni ahogarán el grito de nuestra conciencia. Lo decimos muy alto y muy claro. Cuanto hemos asegurado es la verdad, en ello nuevamente nos ratificamos y por primera vez damos al público nuestros nombres, para que se conozca que no eludimos ningún género de responsabilidad, sea la que se quiera, ni tememos arrostrar las consecuencias que nuestro celo por el decoro de la profesión pudiera acarrearnos.

Madrid 2 noviembre 1847.

Benito Amado Salazar.   Antonio Manté.   Ildefonso Martínez.