| Patricio de Azcárate Corral 1800-1886 |
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«Muy ajeno, lector, estaba, y he estado toda mi vida, de darme a conocer en el sentido en que aparezco en esta obra; pero una porción de circunstancias han creado esta necesidad, y llamo necesidad por lo mismo que la voluntad ha tenido la menor parte... Cuando seguí mi carrera literaria de jurisprudencia tuve ocasión de entregarme a una variada y vasta lectura en la biblioteca del Sr. Jovellanos, en la villa de Gijón, vecindad de mis padres, venciendo antes el obstáculo de las lenguas vivas de naciones que van delante de nosotros; y estaba en el lleno de mis [218] estudios cuando tuve que abandonar, por el estado de mi salud, aquel pueblo de grato recuerdo para mí, y establecerme en León, mi país natal. El cúmulo de negocios que me rodearon en el momento que abrí mi bufete, y la circunstancia de haber comenzado a muy luego la guerra civil, en la que tomé parte en defensa de la Reina, símbolo del principio de libertad, sirviéndola con mi entendimiento, hicieron que en diez años se vieran interrumpidos mis estudios absolutamente, pues en todo este período apenas tuve el tiempo necesario para el descanso ordinario. Separado de la vida pública en fines de 1843, con la renuncia que hice del gobierno de una provincia, pude, sin perjuicio de mi profesión, consagrar horas y reanudar mis estudios, como compensación a un alma que no conocía solaz en tantos años. Los que sepan lo que son los placeres del entendimiento advertirán con qué gusto renové mis antiguas ideas, y adquirí otras nuevas después de diez años de interrupción.» (Patricio de Azcárate, Prólogo a Veladas sobre la filosofía moderna, 1853.) |
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Activo liberal (perteneció y luchó en la Milicia Nacional), establecido de nuevo en su León natal, participó en las iniciativas progresistas del momento: Comisión de Monumentos, Biblioteca Provincial, Sociedad Económica de Amigos del País, desempeñando durante muchos años la Secretaría de la Diputación Provincial de León. En 1841 fue elegido Diputado a Cortes por León. En 1843 fue nombrado jefe político de León. Pero algunos integristas leoneses, que parecen añorantes de la pureza de sangre, de la selección racial y del racismo étnico, todavía dos siglos después son premiados por atreverse a escribir párrafos como el siguiente, en el que se desenmascara a los recién llegados: |
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«La familia Azcárate, que a la hora de escribir este trabajo pasa por ser una de las clásicas, de las tradicionales y consagradas en la vida leonesa, tiene raíces foráneas y no aparece [por] León hasta el año 1770. En esta fecha Juan Lorenzo de Azcárate abandona su hogar navarro y se instala en León como Contador de Cuentas Reales. Le acompaña su sobrino Tomás. Uno y otro procedían de Azcárate, un pueblo que se levanta al pie del monte Aralar, a unos cuarenta kilómetros de Pamplona. Fue precisamente Tomás de Azcárate quien se casó en la vieja capital leonesa con doña Clara del Corral, originaria de Bedoya (Santander). Del matrimonio Azcárate-Corral nacería Patricio, en el año 1800. Después de pasar su infancia en León, Patricio se trasladó a Oviedo para cursar estudios universitarios. Allí debió de conocer a una joven de antigua familia asturiana, doña Justa Menéndez Morán, con la que contrajo matrimonio. Así se constituiría una familia larga y feliz que vivió en armonía alrededor de cincuenta años, en la que nacieron y se educaron cinco hijos: Gumersindo, Tomás, Cayo, Jesusa y Manuela. Don Patricio dedicó su vida a la atención familiar, al cultivo de la filosofía, que sería para él una afición y una pasión, y a la función pública. Fue un hombre laborioso, hábil, prudente y de un extraordinario prestigio. Doña Justa, una dama dotada de buen sentido y de fortaleza moral.» (Alfredo Marcos Oteruelo, El pensamiento de Gumersindo de Azcárate, Premio de la Institución Fray Bernardino de Sahagún, León 1981, pág. 23. [Alfredo Marcos Oteruelo, nacido en 1932, falleció el 14 de febrero de 2004, según figura en 'Fieles del Opus Dei fallecidos en el primer semestre del año 2004', boletín Romana, nº 38, pág. 98.]) |
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Casado con Justa Menéndez-Morán Palacio, natural de Gijón (hija del coronel Luis Menéndez Morán y de Carmen Palacio, ambos de Gijón), decidió escribir sobre asuntos de filosofía para poder administrar a su hijo Gumersindo de Azcárate (León 1840-1917) la formación que no encontraba en los planes de estudio oficiales. Ocurría esto en 1852: al año siguiente publicaba unas Veladas sobre la filosofía moderna (Rivadeneyra, Madrid 1853, 474 págs.). En 1849 había nacido su segundo hijo, Tomás de Azcárate Menéndez (León 1849-1921), que sería Contralmirante. |
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«Así las cosas, llega el curso literario de 1852 a 1853, en ocasión que un hijo mío entraba a estudiar cuarto año de Instituto, o lo que es lo mismo, primer año de filosofía elemental, y con este motivo me movió la curiosidad de examinar el plan vigente de estudios, que es de 10 de setiembre de 1852, y saber qué clase de enseñanza iba a recibir, como preparación para cursar facultad mayor en universidad. Tristes reflexiones se me ofrecieron a la vista de este documento, del que sólo hablaré como el artista que critica una imagen sin faltarla al respeto. {(1) Lo que decíamos entonces del plan de 1852, podemos decir hoy del vigente, porque la filosofía no ha ganado con él nada, absolutamente nada. [Nota de 1861]}.» (Patricio de Azcárate, Prólogo a Veladas sobre la filosofía moderna, 1853.) |
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Más tarde nacieron Cayo, Jesusa y Manuela, que llegaron a adultos (aunque tuvieron más hijos, que no pasaron de mortichuelos). Después del alzamiento de 1854 los gobiernos progresistas le nombraron gobernador civil, cargo que desempeñó hasta 1863 en León, Valladolid, Vizcaya, Santander, Murcia y Toledo. En 1861 publicó su segunda obra filosófica, ampliación de las Veladas, la importante Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia (Francisco Mellado, Madrid 1861, 4 vols., reproducida en microficha por Pentalfa Ediciones, Oviedo 1982). El capitán de Artillería Luis Vidart Schuch celebró de esta manera tal publicación: |
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«El Sr. López Uribe en la Gaceta de Madrid, D. José Joaquín de Mora en la América, el Sr. Llana en La Iberia, el catedrático D. Federico de Castro en la Revista Ibérica, y el Sr. D. Juan Uña y Gómez en dos artículos publicados en La Democracia, han juzgado según sus distintos puntos de vista la Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos príncipes de la ciencia (1861) del Sr. D. Patricio de Azcárate; señaladísima cuanto merecida honra, que alcanzan muy pocas obras filosóficas en esta España del siglo XIX, donde la indiferencia del vulgo se halla admirablemente secundada por el desdén [194] de algunos doctos; capaces de jurar por Cousin, Hegel o Krause, que los más altos pensamientos nacidos a orillas del Manzanares, son pobres y raquíticos engendros si se comparan con las magníficas lucubraciones que produce la ciencia en todo el resto de la civilizada Europa. Dejando el juicio de la parte histórica del libro del Sr. Azcárate para otro lugar de este ligero estudio, diremos ahora algunas palabras sobre el sistema científico expuesto bajo el nombre de Verdaderos principios de la ciencia. Considera el Sr. Azcárate que el principio de la ciencia es el análisis psicológico, pero termina admitiendo la esfera de actividad propia de la razón pura: y así se ha dicho, con gran fundamento, que el sistema expuesto en los Verdaderos principios de la ciencia, apoya el pie en la escuela escocesa y llega con su cabeza a las teorías alemanas. Acompaña a la obra del Sr. Azcárate un árbol genealógico de los conocimientos humanos, que presenta gran claridad y acierto en sus divisiones aun cuando, conforme a las teorías psicológicas de su autor, parte de la concepción humana, y en nuestro sentir, la división de las ciencias, debe fundarse en la categoría primera y superior del ser absoluto y sus tres manifestaciones [195] eternas, la sobrenatural, la espiritual y la material.» (Luis Vidart Schuch, La filosofía española, indicaciones bibliográficas, 1866, págs. 193-195.) «D. Patricio de Azcárate. Los continuados trabajos históricos y críticos de Cousin, Damiron, De-Gerando, Foucher de Careil, Barchou de Penhoen, Willm, Dollfus y Luis de Peisse, han llegado a conseguir que las teorías filosóficas de la escuela escocesa y de la moderna Alemania sean conocidas en Francia, y de esta suerte pueden ser avalorados sus méritos, condenados sus extravíos, según resulte en justicia de razonada y científica controversia. Poco o nada se había hecho en España para realizar un fin semejante, hasta que el Sr. D. Patricio de Azcárate publicó en 1854 el primer tomo de sus Veladas sobre la filosofía moderna, que más tarde ha venido a formar parte de su Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos (1861), de cuya obra vamos a dar algunas noticias, aun cuando no tan extensas como merecería su importancia y el gran vacío que ha venido a llenar en el cuadro de la ciencia española del siglo XIX. Comprende la Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos una concienzuda reseña del desenvolvimiento intelectual de Europa [222] desde el renacimiento hasta nuestros días. Condenando severamente el Sr. Azcárate el empirismo baconiano y el idealismo cartesiano, ensalza la prudente mesura de la escuela escocesa y el profundo transcendentalismo de la crítica kantiana. En nombre de una idea superior donde se armonicen los contrarios, y aun los contradictorios, que se presenta ante nuestra razón, rechaza el eclecticismo francés como impotente para realizar esta gran idea y escribe las siguiente apreciaciones, cuya severidad acaso debiera templarse por algunas consideraciones que después apuntaremos (...).» (Luis Vidart Schuch, La filosofía española, indicaciones bibliográficas, 1866, págs. 221-226.) |
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En su célebre escrito programático de 1856 (diez años antes, en 1846, Manuel Rivadeneira había proyectado y puesto en marcha su Biblioteca de autores españoles), Gumersindo Laverde había lanzado el proyecto de una Biblioteca de filósofos españoles: «...la formación de una Academia que tenga por principal objeto fomentar en España los estudios filosóficos (...) publicar una 'Biblioteca de filósofos españoles' en lengua vulgar, con noticias biográficas y bibliográficas, anotaciones y comentarios, facilitando así la adquisición y estudio de sus obras a los amantes de esta suerte de conocimientos...» Es bien sabido que Laverde procuró durante años que otros ejecutasen sus planes (ver «Gumersindo Laverde y la Historia de la Filosofía Española»). En 1859 ha renovado Gumersindo Laverde este proyecto, ahora denominado Biblioteca de filósofos ibéricos, y ofrece una relación de quince «escritores distinguidos» que podrían colaborar en él (personas con las que mantiene correspondencia, algunas de cuyas cartas se conservan), entre ellos: Patricio de Azcárate, Manuel A. Berzosa, Ramón de Campoamor, Francisco Fernández González, Nicomedes Martín Mateos, José Moreno Nieto, Nicolás Salmerón Alonso o Julián Sanz del Río (dos años después, uno de estos, Francisco Fernández y González, publicaba su Plan de una Biblioteca de autores árabes españoles, Madrid 1861, reeditado en microficha por Pentalfa en 1983). Por su parte en 1864 Patricio de Azcárate, en este ambiente impulsor de publicaciones reivindicativas y regeneradoras, sin limitar el patriotismo español a lo supuestamente autóctono, tenía ya formado el proyecto de traducir a la lengua, para facilitar su lectura y conocimiento, los clásicos de la filosofía, en una Biblioteca Filosófica, universal y no particular, que debía comenzar por el principio, por Platón. Tras el revolucionario 1868 muchos, sobre todo desde la iglesia católica, volvieron a alarmarse ante la realidad de los nuevos y peligrosos planes de la Filosofía (que hubiera dicho Vélez). La respuesta más interesante e inteligente a estos planes y programas que buscaban el fomento de la filosofía la protagonizó en 1869 el fraile dominico Zeferino González, al publicar su opúsculo, Sobre una Biblioteca de Teólogos Españoles. Sin dejar de ensalzar el carácter patriótico, digno y elevado del proyecto de realizar una Biblioteca de filósofos españoles, «capaz de servir de lenitivo, siquiera escaso e incompleto, a la acerba pena que nos causan la universal postración, el abatimiento y ruinas que oscurecen el brillo y arrebatan las glorias de España», se pregunta inmediatamente «si no sería mas conveniente, más útil y hasta más patriótico por de pronto, el publicar una Biblioteca de teólogos españoles. (...) Porque la verdad es que si España puede presentar algunos filósofos más o menos recomendables y distinguidos, no puede presentar escritores que rayen tan alto en filosofía, como rayaron en teología Torquemada, los dos Sotos, Cano, Carranza, Molina, Suárez, Vázquez, Alfonso de Castro, Pérez de Ayala, Báñez, Lemos, Valencia, con tantos otros que dieron gloria inmortal a nuestra patria.» Pero dos años después, en 1871, la Biblioteca filosófica de Patricio de Azcárate ya era una realidad. En la Introducción al tomo primero de las Obras completas de Platón, puestas en lengua castellana por primera vez..., ya podía Azcárate explicar el móvil que le había llevado a iniciar la edición de Platón y ofrecer algunos de los nombres de quienes estaban dispuesto a colaborar en su proyecto: |
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«...limitando esta introducción a explicar el móvil que nos impulsa a publicar la Biblioteca Filosófica y la razón que hemos tenido para comenzar por las obras de aquel filósofo. Deseando asociar a la patriótica empresa que emprendemos las personas que en nuestro país han consagrado, más o menos, su actividad al cultivo de los estudios filosóficos, hemos rogado a algunas de aquellas que tomaran a su cargo el escribir un Juicio crítico de cada uno de los filósofos, cuyas obras formaran parte de la Biblioteca, a fin de que de este modo nos ayudaran eficazmente en este trabajo superior a nuestras escasas fuerzas. Pues bien, tenemos la indecible satisfacción de decir, que este ruego ha sido atendido del modo que era de esperar de quienes tantas muestras tienen dadas de su amor a la ciencia y a su país. Reciban todos el sincero testimonio de nuestra profunda gratitud. En su virtud, el conocido profesor de Metafísica de la Universidad de Madrid, D. Nicolás Salmerón y Alonso, se ha encargado de escribir el Juicio crítico de Platón, con el cual se cerrará la publicación de las obras de este filósofo. De la crítica de los demás se ocuparán a su tiempo los señores D. Manuel A. Berzosa, D. Ramón de Campoamor, D. Francisco de Paula Canalejas, D. Federico de Castro, D. Francisco Giner de los Ríos, D. Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martín Mateos, D. José Moreno Nieto, D. Juan Valera y Don Luis Vidart. Por este motivo, la sección correspondiente a cada filósofo comenzará con la biografía, que siempre facilita la inteligencia de los escritos de un autor, y concluirá con el Juicio crítico de su doctrina.» |
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Obsérvese que Nicolás Salmerón Alonso, Manuel A. Berzosa, Ramón de Campoamor, Nicomedes Martín Mateos y José Moreno Nieto figuraban también entre los nombres propuestos, doce años antes, por Gumersindo Laverde (y que, por supuesto, entonces Laverde contaba con Azcárate, y ahora Azcárate contaba también con Laverde). Pero a medida que el sexenio revolucionario (1868-1874) fue avanzando, las diferentes posiciones ideológicas, políticas y religiosas irán marcando sus diferencias. Precisamente en plena I República (1873-1874) la Biblioteca de autores españoles iniciada por Rivadeneira en 1846 publicaba su volumen 65, dedicado a Obras escogidas de filósofos (preparado por Adolfo de Castro Rossi), y es bien sabido cómo la prepotencia de Nicolás Salmerón (que en el verano de 1873 había sido presidente de la República durante dos meses escasos) determinó que el jovencísimo Marcelino Ménendez Pelayo, buscando aprobar la asignatura de Metafísica para terminar su carrera, tuviera que hacer escala en Valladolid, en septiembre de 1874, produciéndose el fecundísimo encuentro con Gumersindo Laverde. A finales de ese año, cuando la efímera república daba paso a la restauración borbónica, Azcárate podía ya estar orgulloso de la publicación, en sólo cuatro años, de los primeros 21 volúmenes de su Biblioteca Filosófica (los 11 tomos de las obras de Platón y los 10 tomos de las obras de Aristóteles). Y en noviembre de 1877 podía ya firmar, al frente del primer tomo de su edición de Leibniz: «De las obras filosóficas cuya traducción anunciamos en 1864, han visto la luz pública las de Platón y Aristóteles; después de éstas, deben venir las del gran Leibnitz.» En efecto, diez años más tarde de la publicación de los cuatro tomos de la Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos, cumplidos ya los setenta años de edad, podía conocer el público su tercera aportación a la filosofía nacional. Con estas palabras abre el primer tomo de su edición de las Obras completas de Platón: «Al aparecer por tercera vez nuestro nombre al frente de una obra de Filosofía, debemos recordar lo que en trabajos anteriores dijimos acerca del patriótico fin, a cuya realización nos proponíamos contribuir, consagrando nuestra actividad a esta clase de trabajos.» Si hacemos caso a Gumersindo Laverde (carta a Marcelino Menéndez Pelayo de 22 de agosto de 1877), Patricio de Azcárate incluso habría cobrado por cumplir su ansiado proyecto traductor: «Me complace mucho el saber que Navarro le pide á V. su colaboración para la Biblioteca clásica. Respecto á precio, diré á V. que á Azcárate le pagaron 2.000 rs. por cada tomo de sus traducciones de Platón y Aristóteles.» El 1º de diciembre del mismo año le repite Laverde al joven Marcelino: «Debes aceptar desde luego la proposición de Navarro respecto á la traducción de las obras de Marco Tulio, de las cuales se echa de menos una versión castellana completa. Para ti no es esta tarea muy difícil, y además puedes aprovechar algunos de los trabajos ya existentes. A Azcárate le pagó 2.000 rs. por cada uno de los tomos de Platón y Aristóteles», y cuatro días más tarde, el 5 de diciembre de 1877, le informa Laverde: «El propio Medina acaba de anunciar la continuación de la Biblioteca filosófica dando á luz, desde luego, en 4 tomos las obras de Leibnitz, traducidas por D. Patricio Azcárate. Creo que no te será difícil entenderte con Medina para que publique después las de Vives ó Foxo.» La edición de los once volúmenes de las obras de Platón fue posible gracias a los 500 suscriptores que se comprometieron a adquirir la obra, cuyos nombres figuran en la relación que figura al final del tomo tercero. (Véase esa relación y algunos comentarios sobre la misma, así como la lista de los suscriptores por provincias y un mapa elaborado a partir de tales datos.) Entre los suscriptores encontramos las personalidades más prominentes del momento: Antonio Cánovas del Castillo, Manuel María del Valle, Gumersindo Laverde, Nilo María Fabra, Romualdo Alvarez Espino, Manuel Cañete, Francisco María Tubino, Francisco Franco [Vietti, abuelo de...], Pedro Antonio de Alarcón, Urbano González Serrano, Nicolás Salmerón, Rafael María de Labra, Gaspar Nuñez de Arce, Manuel Pedregal y Cañedo, Tomás Tapia, Antonio María Fabié, Miguel Rodríguez Ferrer, Fernando de Castro, Federico de Castro, Francisco Giner de los Ríos, Vicente Innerárity, Francisco de Paula Canalejas, Ramón de Campoamor, Alejo García Moreno, Luis Vidart, Francisco Fernández y González, Francisco Pí y Margall, Antonio Benítez de Lugo, José Canalejas y Méndez, Adelardo López de Ayala, Segismundo Moret y Prendergast, Nicolás María Rivero, Nemesio Fernández Cuesta, &c. Pero no puede dejar de sorprender que en esa relación de quinientos suscriptores de la primera edición española de las obras de Platón, donde aparecen nobles, militares, políticos, catedráticos, escritores, abogados, se advierta la ausencia absoluta de personajes vinculados a la iglesia católica. Parece que la edición de Platón no fue recibida con especial interés por los clérigos. Incluso se advierte un bajo número de suscriptores en las provincias más católicas: en las provincias vascongadas, en Cataluña, incluso ninguna en Navarra. (Ver mapa.) En 1878 la primera edición de la Historia de la Filosofía del dominico fray Zeferino González no menciona entre sus fuentes las recientes ediciones de Azcárate en español de Platón y de Aristóteles (cita de Platón la Opera, Marsilio Ficino interprete, 1556; y de Aristóteles, Opera, 1608), aunque sí le menciona en una línea (por el apellido, sin llegar siquiera a escribir su nombre): |
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«Para comprender y apreciar el movimiento y condiciones de la filosofía cristiana en nuestra patria, conviene no olvidar que en la misma se ha verificado y verifica un movimiento filosófico-racionalista al lado del movimiento cristiano. [...] Las principales direcciones racionalistas son la dirección hegeliana y la dirección krausista. [...] Hasta la hora presente (1877), los discípulos de Krause y Sanz del Río en España no han publicado trabajos de especial importancia [...]. Al lado de la dirección hegeliana y de la escuela krausista, fase la más importante del racionalismo español por el número de sus adeptos, no faltan escritores y escritos que responden a otras fases del racionalismo. Así, por ejemplo, la fase o dirección espiritualista se halla representada por la Exposición histórica-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia, de Azcárate, al paso que la dirección positivo-materialista, la darwinista, la crítico-positivista y neokantiana se hallan representadas respectivamente con mayor o menor perfección por Tubino, por García Alvarez, por Revilla, Simarro, Heredia, Perojo y algunos otros. Milita hoy también en las filas racionalistas Vidart, el mismo que en años anteriores militó en el campo católico, y que debe a la inspiración cristiana la más importante de sus producciones, o sea La filosofía española.» (Zeferino González, Historia de la Filosofía, Madrid 1879, tomo tercero, págs. 487-492.) |
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En general, quienes se enfrentan a la filosofía española desde las posiciones de la iglesia católica o con las orejeras cristianas puestas (y abundan bastante, aunque a veces ni ellos mismos son conscientes), tienden a ningunear las obras y traducciones de Patricio de Azcárate, pues al fin y al cabo fue el malvado que permitió a los hispanos tanto conocer los sistemas filosóficos modernos como leer directamente a Platón, a Aristóteles y a Leibniz: así el dominico Fray Guillermo Fraile, en los dos tomos de su Historia de la filosofía española, sólo le menciona una vez, y para decir que fue padre de Gumersindo; y José Luis Abellán, en su voluminosa (siete volúmenes) Historia crítica del pensamiento español, sólo le menciona dos veces: una al hablar del Quijote (tomo 3, pág. 138) para decir que Patricio de Azcárate en su Exposición... considera a Cervantes iniciador del método racional que después proclamará Descartes, y la otra (tomo 4, pág. 490) cuando presenta a Gumersindo como «discípulo de Sanz del Río e hijo de Patricio de Azcárate». Sin comentarios. Como contraste, un autor menos sectario, como Mario Méndez Bejarano, reconoce el mérito de Patricio de Azcárate: |
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«D. Patricio de Azcárate (1800-86) llegó hasta el límite [498] de su longevidad trabajando en filosofía, mas su labor reviste carácter histórico y crítico. Ni inventó ni profesó sistema determinado, trató de todos con imparcialidad, y su obra principal, la Biblioteca Filosófica, de que sacó a la luz 26 volúmenes, prestó gran servicio a la difusión de los estudios y acreditó las excelentes condiciones a que me he referido por sus discretas anotaciones a las obras de Platón. Aristóteles y Leibniz, traducidas por él mismo. Sus escritos originales se titulan: Veladas sobre la Filosofía moderna (1854), Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos (1861), Del materialismo y positivismo contemporáneos. La Filosofía y la civilización moderna en España (1886).» (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX, [1927], págs. 497-498.) |
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Son muchos quienes, desde cierta pedantería que sólo en parte puede disculparse por lo anacrónico y descontextualizado de la crítica, desprecian las ediciones de Azcárate, pues ofrecen textos clásicos a partir de otras lenguas modernas y, como es natural, no resisten siempre la crítica filológica actual. Pero las traducciones de Platón, Aristóteles y Leibniz que dispuso don Patricio de Azcárate han sido reeditadas sin cesar durante más de un siglo, y siguen sirviendo de base para la mayor parte de las ediciones que de esos autores circulan de hecho por los países de lengua española. Dejó realizadas Patricio de Azcárate, en manuscrito, traducciones de Bacon y Descartes, que no llegó a publicar. Fue miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Real Academia de la Historia. Falleció don Patricio el 20 de febrero de 1886, poco antes de que su hijo Gumersindo obtuviese por primera vez en las Cortes el escaño de diputado por el distrito de León, en el que pudo mantenerse sentado durante los siguientes treinta años. |
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«4. Azcárate, traductor. 4.1. La Biblioteca Filosófica. "Se traducía servilmente, diciéndolo o sin decirlo; y ni siquiera se traducían las obras maestras, sino los más flacos y desacreditados manuales." Esta cita de Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles es bien significativa del olvido en que ha quedado la labor de traducción que realizó don Patricio de Azcárate –no precisamente sobre «manuales desacreditados»– desde su oscuro rincón leonés. A lo largo y ancho de las 335 páginas de la obra del P. Fraile, donde el texto se comprime al máximo para dar cabida a multitud de nombres de españoles relacionados de alguna manera con la filosofía, «desde la Ilustración» sólo encontramos el de Patricio de Azcárate una sola vez, en la página 144, para decir que era el padre de Gumersindo. En una historia de este tipo pensamos que merecía más amplia referencia quien puso en lengua castellana, por primera vez, las obras completas de Platón, máxime si esto se hace en una época que suscita tantas quejas y lamentaciones de unos y de otros sobre nuestra miseria y nuestro mimetismo con respecto a franceses y alemanes y, en general, ante cualquier «novedad». Quizá haya que volver a traer la conocida sentencia de Revilla sobre el exclusivo dominio que ejercieron en las Universidades los manuales de Goudin, Jacquier y Guevara, durante toda la primera mitad del siglo, y poner al lado la repetida intención de Azcárate de que los jóvenes estudiantes pudiesen conocer las obras originales de los grandes filósofos. Porque Azcárate no se dirige en ninguno de sus escritos a la «clase filosófica» del país (supuesto que existiese; Terrón sitúa en las fechas posteriores a 1854 la existencia de verdaderos «profesionales» de la filosofía); es lo suficientemente humilde para reconocerse un simple aficionado a estas materias. Su preocupación fue siempre la formación filosófica de los jóvenes, convencido de que lo que servían las universidades e institutos no era adecuado a las necesidades del siglo. Más de una vez ha denunciado estas deficiencias, en cartas y escritos; e, igualmente, hemos conocido la más directa contribución de sus obras. Ahora, ya septuagenario, se impone la Ardua empresa de las traducciones de los clásicos. Más justos han sido con Azcárate otros historiadores de la filosofía, como Méndez Bejarano, cuando reconoce que, con sus traducciones, "prestó gran servicio a la difusión de los estudios".» (Nicolás Martín Sosa, Patricio de Azcárate (1800-1886), filósofo e historiador de la Filosofía, Salamanca 1979, págs. 123-124.) |
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[Un señor que firma Héctor J. Ayala, y que gusta de adornar su firma señalando su pertenencia al CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, de México) y al CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de España), al tratar de la suerte de Leibniz en México, ha puesto en circulación en 2002 las siguientes extravagancias: «Si bien Don Patricio Azcárate fue el primero, al parecer, en verter al castellano no pocos escritos de Leibniz (trabajo que por cierto realizó en Norteamérica, en Boston, para ser exactos, aunque publicó sus traducciones en Madrid) a finales del siglo XIX, no fue sino hasta 1940 –a no ser que algún ejemplar perdido de la primera edición de Azcárate llegara a nuestras costas casi de incógnito– que Leibniz apareció en Latinoamérica (...). Primeramente que Leibniz llega a América por influencia de emigrantes españoles (la familia de Azcárate); y en segundo lugar, que es en Argentina donde se editan sus obras por vez primera en Latinoamérica...» (Héctor J. Ayala, «Leibniz en México», Thémata, Revista de Filosofía, nº 29, Sevilla 2002, págs. 21-22.) ¿De donde saca el «investigador» mejicano Héctor J. Ayala que al casi octogenario don Patricio se le habría perdido algo por Boston? ¿Cree de verdad este novedoso historiador de la filosofía en el ridículo supuesto de la llegada a América de las obras de Leibniz de la mano de presuntos emigrantes españoles ¡precisamente! de la familia de Azcárate? ¡Ah!, por supuesto, en 1878 llegaron a Méjico ejemplares de la edición de Leibniz dispuesta por Patricio de Azcárate, pero no un fabulado «ejemplar perdido... [que] llegara a nuestras costas casi de incógnito», sino porque la librería del «Sr. D. J. F. Parrés y Compañía. Méjico» figura como suscriptor 197 de la edición, y la Casa Editorial de Medina, el editor español, era fiel cumplidora de sus compromisos. Pero raro sería que las fantasías del señor Ayala no encontrasen eco en algún atormentado hermeneuta leibniziano, por lo que no deben descartarse en el porvenir versiones aumentadas y mejoradas de estas fábulas.] |
| Obras de Patricio de Azcárate Corral
Sobre Patricio de Azcárate Corral
El público de las ediciones de Azcárate
Textos y versiones de Patricio de Azcárate en el Proyecto filosofía en español
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