Filosofía en español 
Filosofía en español


Parte tercera Edad moderna

Libro IV Reinado de Felipe IV

Capítulo X
Caída del conde-duque de Olivares
1643

Situación interior de España.– Ineptitud del ministro.– Distracciones del rey.– Corrupción de la corte.– Bailes, toros, comedias, banquetes, disipación, desmoralización pública.– Miserables providencias del conde-duque.– Cúlpanle de todas las desgracias y calamidades de la nación.– Conjuración para derribarle del poder.– Cómo se preparó su caída.– La reina.– Doña Ana de Guevara.– Otros personajes que a ella ayudaron.– Caída del conde-duque.– Billete del rey.– Retírase el de Olivares a Loeches.– Júbilo del pueblo.– Muere el conde-duque de Olivares en Toro.– Cuán funesta fue a España su privanza.
 

Eran ya los males de España demasiado graves para ser con resignación sufridos, y el gobierno del ministro Olivares demasiado funesto para ser con paciencia tolerado.

La pérdida de Portugal y la humillación de las armas nacionales en Cataluña, estos dos sucesos calamitosos, ignominia el uno y bochorno el otro del gobierno que no había sabido ni prevenirlos ni enmendarlos, habrían podido parecer algo menos dolorosos, si las desgracias interiores de la monarquía hubieran estado, como en otros tiempos, compensadas con la gloria que allá en otras naciones ganaban las banderas españolas, alcanzando triunfos, conquistando provincias, abatiendo reinos, y levantando muy alto el nombre español y el predominio de la corona de Castilla. Pero allá se iba nublando también nuestra estrella, y si no tan opaca como en los dos extremos de España, tampoco nos lucía con el fulgor de la prosperidad.

En Italia nos abandonaban los que creíamos nuestros más firmes aliados y nuestros mejores y más útiles amigos, y hasta los pequeños príncipes que habían sido de antiguo vasallos nuestros desamparaban nuestra decaída causa y se unían a los franceses. En Flandes, donde se habían fijado los ojos y las esperanzas de los españoles, como que era donde se hallaban recogidos los restos de aquellos formidables tercios formados en la escuela del duque de Alba, de don Juan de Austria y de Alejandro Farnesio, si bien se sostenía aún, con más gloria que fortuna, el buen nombre de la bandera española, la pérdida del cardenal infante, que con tanta prudencia había gobernado aquellos países, fue una de las desdichas mayores que en aquellos años fatales experimentamos.

Parecía presagiarse ya el abatimiento que habían de sufrir nuestras armas en Rocroy; y de éste y de otros infelices sucesos, de que adelante habremos de dar cuenta, y que los desaciertos del gobierno habían producido o preparado, parecía ser fatídico anuncio el disgusto que se había ido apoderando de todos los corazones. Por lo menos se veía que en lugar de aquel prometido engrandecimiento que en el principio del reinado había hecho esperar el de Olivares, blasonando de que había de hacer señor al monarca y señora la nación del mundo entero, iban siendo muchas las calamidades y afrentas, muchos los infortunios y quebrantos que estaba sufriendo España.

Aun habría podido esperarse algún remedio a ellos, con un monarca que supiera ser rey, con un gobierno más prudente y enérgico, con un ministro más accesible y dócil a los consejos, menos orgulloso y menos aborrecido, y con una corte menos corrompida y menos disipada. Pero el alma se agobia cuando apartando la vista de los campos de batalla en que se perdían reinos y se recogían humillaciones, volvemos los ojos a ver lo que entretanto en la corte pasaba. Y la encontramos siempre como embriagada en banquetes y festines, dada a las galas y al lujo, a los toros, a las comedias, y a otros más deshonestos y repugnantes entretenimientos y espectáculos. Era sistema del ministro favorito tener constantemente distraído y como fascinado al rey con juegos y diversiones, frívolas por lo menos, cuando no eran inmorales. Cualquier pequeño triunfo, el rumor solo de un suceso próspero, servía de pretexto al conde-duque para disponer festejos con que entretener al soberano y hacerle olvidar los negocios y las desgracias. Faltaba dinero para la guerra, pero buscábase para levantar teatros como el del Buen Retiro, donde entre comedias, fiestas y bailes los reyes solían perder simultáneamente el tiempo y el decoro. Si de los pueblos no podía ya sacarse, porque estaban exhaustos, tomábase la mitad siquiera de lo que venía de Indias, aunque fuese de particulares, como se hizo con lo de la flota que arribó en 1639. Verdad es que había dado el ejemplo Felipe II, pero aquél al menos lo enviaba allá donde tenía soldados que le conquistaban países.

Cierto que, como dijimos ya en otra parte{1}, con esta afición al recreo escénico, había prosperado el arte dramático, florecían los poetas y los ingenios, y los antiguos y pobres corrales de comedias se iban convirtiendo en lujosos teatros. Pero mejor hubieran parecido las excelentes comedias de Calderón y de Moreto, si con ellas se hubieran podido celebrar los triunfos de nuestras banderas y no las derrotas de don Pedro de Aragón y del marqués de Leganés; bien las galerías llenas de engalanadas cortesanas en celebridad de conquistas, y no cuando se perdían ciudades y reinos. Nadie hubiera imaginado esto al ver representarse una comedia de magia sobre el estanque del Buen Retiro, con el aparato y los gastos que supone la tramoya de máquinas y decoraciones, fundadas, ya sobre el mismo lecho del estanque, ya sobre barcas que iban al mismo tiempo navegando. La misma reina Isabel de Borbón habíase dado a la afición de las comedias hasta el punto de degenerar ya sus gustos en verdaderos caprichos, que los cortesanos con degradante adulación se apresuraban a satisfacer. Si mostraba agradarle que se silbaran las comedias, una turba aduladora las silbaba todas, fuesen malas o buenas. Para que viera lo que pasaba en la localidad de los corrales que llamaban cazuela, donde iban mujeres de cierta clase del pueblo, llevábanselas al teatro del Buen Retiro, y hacían de modo que se insultasen y riñesen hasta arañarse el rostro y mesarse los cabellos; o bien soltaban entre ellas reptiles que las asustaran, para que se divirtiera la reina con los gritos y el desorden y la algazara que se movía{2}.

Y esta era la parte de costumbres que al fin tenían su principio y fundamento en un arte noble, de cuyos adelantos en este reinado cupo no poca gloria a España. Que otras, y eran las peores, ni nacían de ningún noble principio, ni podían traer sino desdoro y deshonra: y estas tenían contaminada, a ejemplo de la corte, la nación entera. Un escritor moderno describe el siguiente cuadro de la inmoralidad de aquella época, al cual, por exacto, nada añadiremos nosotros, aunque todavía podríamos ennegrecerle. «No había, especialmente en Madrid, ni decoro, ni moralidad alguna; quedaba la soberbia, quedaba el valor, quedaban los rasgos distintivos del antiguo carácter español, es cierto; pero no las virtudes. Pintó don Francisco de Quevedo con exactitud los vicios de aquella época nefanda; no hay ficción, no hay encarecimiento en sus descripciones. Tal franqueza no podía pasar entonces sin castigo, y así los tuvo el gran poeta con pretextos varios, entre los cuales hubo uno infame, que fue correr la voz de que mantenía inteligencias con los franceses. La verdad es que halló medio de poner ante los ojos del rey un memorial en verso, donde apuntaba las desdichas de la república, señalando como principal causa de ellas al conde-duque. Siguiole el aborrecimiento de éste hasta el último día de su privanza; y así estuvo Quevedo en San Marcos de León durante cerca de cuatro años, los dos de ellos metido en un subterráneo, cargado de cadenas y sin comunicación alguna. Aun fue merced que no le degollasen, como al principio se creyó en Madrid, porque todo lo podía y de todo era capaz el orgulloso privado. Pero mientras aquel temible censor pagaba sus justas libertades, la corte, los magistrados y los funcionarios de todo género acrecentaban sus desórdenes, y al compás de ellos hervía España, y principalmente Madrid, en riñas, robos y asesinatos. Pagábanse aquí muertes, y ejercitábase notoriamente el oficio de matador; violábanse los conventos, saqueábanse iglesias, galanteábanse en público monjas ni más ni menos que mujeres particulares; eran diarios los desafíos, y las riñas, y asesinatos y venganzas. Léense en los libros de la época continuas y horrendas tragedias… Tal caballero rezando a la puerta de una iglesia era acometido de asesinos, robado y muerto; tal otro llevaba a confesar su mujer para quitarle al día siguiente la vida y que no se perdiera el alma…; éste, acometido de facinerosos en la calle, se acogía debajo del palio del Santísimo, y allí mismo era muerto; el otro no despertaba de noche sin sentir puñaladas en su almohada; y era que su propio ayo le erraba golpes mortales disparados por leve reprensión u ofensa… En quince días hubo en Madrid solo ciento diez muertes de hombres y mujeres, muchas en personas principales…{3}»

No pueden ciertamente designarse como medios para corregir los vicios, pero los mencionamos por no hallar otros, una pragmática prohibiendo con graves penas los juramentos sino en los actos judiciales y para el valor de los contratos; otra para que ninguna mujer anduviera tapada, sino con el rostro descubierto, de modo que pudiera ser conocida; costumbre a cuyo abrigo se cometían no pocos excesos, y que costó mucho trabajo desarraigar en España; otra mandando que ninguna mujer, de cualquier calidad que fuese, pudiera traer guardainfante u otro traje parecido, excepto aquellas «que con licencia de las justicias eran malas de sus personas;» y un pregón prohibiendo a los hombres usar guedejas y copetes, y los rizos con que se componían el cabello, «que ha llegado a hacer, decía, el escándalo de estos reinos.{4}»

Difícilmente se comprenderán tan fútiles medidas como remedios para tan graves males, si no encontráramos para remediar la pública miseria tan pobres recursos como para corregir la pública moralidad. Para acallar los clamores suscitados por la escasez de numerario parecía no hallar otro expediente el conde-duque que el continuo cambio del valor de la moneda; y así a las que de años anteriores hemos citado, podemos añadir ahora la pragmática de 31 de agosto de 1642, mandando que la moneda de vellón que hasta aquella fecha había corrido por doce y por ocho maravedís valiera en adelante dos, y la de seis maravedís uno solo: medida que lejos de remediar nada, escandalizó mucho y causó la mayor confusión y desorden; y tanto que no vendiéndose ni aun los artículos de primera necesidad llegó a no encontrarse qué comer en Madrid{5}.

Tiempo hacía que no solamente los hombres pensadores como Quevedo, sino todo el que no carecía de común sentido señalaba como la causa de todos los males y desgracias de la nación al conde-duque de Olivares, por su ambición y su vanidad, por su ineptitud y sus desaciertos, y si se quiere no tanto por su maldad, que no podía decirse un hombre malvado, cuanto por su mala estrella para el gobierno, y por su obstinación en mandar siempre y disponerlo todo. Era el sentimiento y la convicción pública que la nación marchaba precipitadamente a su ruina por culpa del ministro favorito; hacía años que dominaba esta persuasión, y cuanto más se mantenía en el favor el privado, más aborrecible se hacía al pueblo. No había quien no ansiara su caída, sino un corto número de sus favorecidos: fuese formando contra él una tempestad terrible, aunque sorda, porque en tanto que se veía al rey completamente supeditado al ministro, nadie se atrevía a intentar de frente derribarle, toda vez que contaba por segura su perdición; y solo algún hombre del pueblo, cuando ya no le cabía en el pecho el encono, solía salir al encuentro al rey, y sin aprensión y con rústica franqueza le decía que el reino se arruinaba sin remedio, y que la causa de todo era el de Olivares, lo cual, como dicho de un rústico, no pasaba de servir de entretenida conversación por unos días en la corte.

Sin embargo ya en 1639 hubo quien tuvo valor para dar al rey un memorial que entonces se decía, en que se señalaban las causas del mal estado del reino y del descontento general, y entre ellas se designaban: la continua petición de donativos; la venta de oficios y de hábitos sin examen y por dinero; que las pagas consignadas en juros las cobraban los ministros, pero no las empleaban en servicio del reino; que el dinero que llegaba de Indias a los puertos se lo tomaban a los comerciantes a título de que era para S. M.; que S. M. no veía ni sabía lo que hacían sus ministros; la gran suma de ducados que se sacaban de Portugal para Castilla; los gastos enormes y superfluos que se habían hecho en la construcción del Buen Retiro; las haciendas que se quitaban a los vasallos, así seglares como religiosos; y otras varias por este orden, cuya responsabilidad recaía principalmente sobre el conde-duque de Olivares{6}.

Cuando ya los reveses de la monarquía fueron tantos y tan de bulto, que del mismo rey, indolente como era, no pudieron pasar desapercibidos; cuando ya observaron los cortesanos, muy linces siempre en esta clase de observaciones, que el rostro del monarca no se mostraba a la presencia del favorito tan risueño como le habían visto siempre por más de veinte años; cuando notaron algunos síntomas de tibieza en el rey, y como cortada la corriente del fluido con que parecía magnetizarle el favorito, entonces fue cuando comenzaron los que en su daño habían formado como una bandería, a ejecutar su plan de ataque contra el formidable coloso. A la cabeza de estos estaba la misma reina Isabel, que siempre había sobrellevado con disgusto y con poca paciencia el predominio del orgulloso magnate en el ánimo de su esposo, pero que se hallaba muy particularmente ofendida desde que el conde-duque había puesto tan cerca de ella a la duquesa su mujer, que más parecía un vigilante de todos sus pasos que una dama de honor; que le estorbaba hasta el trato familiar con el rey, y aquellas intimidades que en los palacios como en las cabañas son naturales en la vida conyugal; que la tenía como oprimida; y que tratando a la reina y a las princesas con menos etiqueta de la que prescribía la diferencia de clases, resentíalas en lo que hay para las señoras de más delicado. Acechaba pues la reina una ocasión en que tomar venganza del ídolo de su marido, y pareciole buena aquella en que los desastres del reino, y señaladamente la pérdida de Portugal, pusieron al rey un poco menos confiado de lo que acostumbraba en los consejos del conde-duque. Ella fue la que más influyó en que hiciera la jornada de Aragón para que viera por sí mismo el estado de las cosas, y con la esperanza de que allá le rodearían otras personas, y cobraría otros afectos; y como a su regreso a Madrid se mostrase Felipe más afectuoso que de costumbre con la reina, agradecido a la prudencia y tino con que en su ausencia había gobernado el reino, aprovechó Isabel astutamente aquellos momentos para hacerle presente el estado miserable de la monarquía y señalar como la causa de todas las desgracias el desgobierno del conde-duque.

Un día, tomando la reina en sus brazos al príncipe don Baltasar su primogénito, presentósele al rey y le dijo sollozando: «Aquí tenéis a vuestro hijo; si la monarquía ha de seguir gobernada por el ministro que la está perdiendo, pronto le veréis reducido a la condición más miserable.» Estas palabras dichas por una madre y acompañadas con la elocuencia de las lágrimas, hicieron profunda impresión en el rey, y aunque todavía no tuvo Felipe valor ni resolución suficiente para desprenderse del favorito, predispusiéronle lo bastante para que las damas y cortesanos que más trabajaban por su caída se animaran a ayudar a la reina en la obra que había comenzado. Los principales personajes que cooperaron más a este intento fueron, la duquesa viuda de Mantua, Margarita de Saboya, virreina de Portugal, que acababa de venir de aquel reino, y que mejor que nadie pudo informar al rey de las verdaderas causas de su revolución y de su pérdida. Doña Ana de Guevara, ama del rey que había sido y a la cual él tenía particular cariño: los informes de esta señora contra el de Olivares hicieron mucha impresión en el ánimo del monarca. El arzobispo de Granada fray Galcerán Álvarez; el conde de Castrillo, presidente del consejo de Hacienda; el marqués de Grana Carreto, embajador de Alemania; y en derredor de estos se agruparon otros grandes y nobles para derribar al privado, animado si se quiere cada uno por su particular interés{7}.

Penetrose al fin el conde-duque de que le era imposible resistir a tantos embates, y pidió al rey le permitiera retirarse de los negocios e irse a descansar a Loeches. Dos veces le negó Felipe este permiso; y cuando el privado comenzaba a abrigar nuevas esperanzas de conservarse, encontrose un día (17 de enero, 1643) con un billete que le dejó el rey escrito al tiempo de salir a caza, concebido en estos términos: «Muchas veces me habíais pedido licencia para retiraros, y no he venido en dárosla, y ahora os la doy para que lo hagáis luego a donde os pareciere, para que miréis por vuestra salud y por vuestro sosiego.{8}» Recibió el de Olivares con más entereza de lo que esperarse podía este golpe, y se retiró en efecto a Loeches, bien que al día siguiente volvió a palacio, y presentándose al rey en una actitud desusada para él por lo humilde trató de justificarse de los cargos que le hacían y de los males que le imputaban. Oyole el rey, y nada le respondió, con lo que partió otra vez abatido y mustio para Loeches. Sin embargo, aún lo llevó con menos resignación que él la condesa, la cual disimuló menos el enojo y la ira que la devoraba{9}.

Honró no obstante Felipe IV a su antiguo favorito hasta en su caída más de lo que merecía, pues que en la comunicación que pasó a los consejos les decía, que había concedido al ministro el permiso que tantas veces había solicitado de retirarse de los negocios por la falta de salud; que quedaba muy satisfecho del desinterés y celo con que le había servido, que en adelante quería tomar sobre sí mismo el peso del gobierno, y que así los papeles que aquel despachaba le fueran llevados derechamente a S. M.{10} Este último acto de debilidad disgustó a todos, e hizo sospechar a algunos si en aquella retirada habría algo de estratagema, y más cuando vieron a la condesa seguir asistiendo a palacio, y a muchos de los amigos y parientes del ministro caído conservar sus puestos, y aun recibir nuevas gracias. Fue no obstante su caída celebrada con universal regocijo por cortesanos y pueblo: en los salones de palacio, en la capilla, en las calles, en todas partes se veía alegría y animación; el rey era victoreado por el pueblo, y a las puertas de palacio se fijó un pasquín que decía: «Ahora serás Felipe el Grande, pues el conde-duque no te hará pequeño.{11}»

Entre los escritos que se publicaron contra el ministro caído, y con los cuales muchos desahogaban la saña que tenían depositada en sus corazones, imprimiose uno dirigido al rey, en que se hacía una serie de acusaciones y cargos al conde-duque. «Prometió a V. M. a su entrada (decía entre otras cosas) hacerle el monarca más rico del mundo, y después de haber sacado en estos reinos más de doscientos millones en veinte y dos años, le ha dejado en suma pobreza: mire V. M. qué bien cumplida palabra. Las pérdidas de flotas enteras con tanta riqueza en galeones anegados, su buena dicha y la mala de estos reinos la han padecido, de suerte que cuanto ha que se ganaron las Indias no se ha perdido tanto como en su solo tiempo… A V. M. le ha sucedido puntualmente lo que al señor rey don Enrique el tercero, que cuando los grandes estaban muy sobrados le servían una espalda de carnero, y aun no se dice de aquel tiempo que faltase la botica del palacio, como en éste, que está cerrada, y sin estrado las damas… En tiempo de su abuelo de V. M. ningún presidente tuvo más de un cuento de maravedís de salario, ni el consejero más de medio, y iban al consejo en unas mulas y un lacayo, teniendo en sus casas unos guadamecíes y lienzos de Flandes que costaban a seis reales; y ahora tienen las caballerizas más cumplidas que los grandes, y tantas telas de tapicerías ricas, que no son tales las de V. M., de suerte que ellos son los grandes del tiempo del rey don Enrique… &c.»

Contra estos papeles, y en defensa del conde, se publicó uno titulado: «Nicandro, o antídoto contra las calumnias que la ignorancia y envidia ha esparcido para deslucir y manchar las heroicas e inmortales acciones del conde-duque de Olivares después de su retiro.» El fiscal del consejo pidió contra los que imprimieron el Nicandro, cuyo autor se dice fue don Francisco de Rioja, y el rey puso término a tan odiosas polémicas, conminando con graves penas a los que en ellas tomasen parte o interviniesen{12}.

Refutábase en el Nicandro uno por uno, y no sin ingenio, los cargos que se le hacían al conde-duque. Decía por ejemplo en cuanto a la pobreza en que había dejado el reino habiendo sacado de él doscientos millones: «Si como propone el recibo, añadiera el gasto, se conocerá como no de doscientos millones, sino aun de mayor cantidad ha sido necesario. S. M. ha gastado millones en las guerras de Flandes, en la elección del papa, guerras de Italia, en la toma del Palatinado, en la ruina de Mansfelt y el obispo Habarstat, en las conquistas del Brasil, y otras armadas que malogró la mar: en las ayudas del emperador contra el Dinamarco, rey de Suecia, Bernardo de Beimar, en la elección de Emperador; hanse consumido en sustentar reinas peregrinas, príncipes despojados, en favorecer repúblicas de amigos, reinos infestados de herejes; y al fin son tantos y tan varios los sucesos, tantos los ejércitos que V. M. ha sustentado, seis y siete a un tiempo, que no doscientos millones, sino dos mil millones quizá no hubieran bastado…»

Niega que el de Olivares tuviese en su casa ricas tapicerías, ni pinturas de gran valor, ni joyas preciosas; y en cuanto a las riquezas y rentas que se decía haber acumulado, responde haciendo un paralelo, no infundado, entre el de Olivares y el cardenal de Richelieu, enumerando las inmensas riquezas del ministro francés, que había comprado cargos y títulos por valor de un millón de escudos; que reunía de renta, con los beneficios eclesiásticos, un millón y doscientos mil ducados de oro anuales; que dejó a sus sobrinos estados, gobiernos y generalatos con muchos miles de ducados de renta; al rey de Francia su palacio con alhajas que se estimaron en seiscientos mil escudos, un diamante que valía cien mil, la capilla que se valuaba en doscientos mil, dejando además millón y medio de contado, y que en vida sustentaba tres mil hombres para su guarda y servicio. Este argumento no salvaba los cargos hechos al de Olivares, pero demostraba que el propio enriquecimiento ni era exclusivo de los ministros favoritos de los reyes de España, ni llegaba al escándalo de los de otras naciones. Y como en este papel, por justificar al ministro acusado, se descubriesen muchas de las flaquezas del rey, y se irrogase ofensa al mismo pontífice pintando su elección como simoniaca, obró con prudencia el fiscal de S. M. en prohibir su circulación, y proceder contra los que le imprimieron y le difundían.

A los pocos días de estar el conde-duque en Loeches pidió permiso al rey, que le fue concedido, para pasar a Toro, donde debía permanecer hasta que otra cosa se dispusiere. Allí ejerció el modesto cargo de regidor aquel mismo a quien antes parecía venirle estrecho a su ambición el gobierno del mundo. Allí le persiguió todavía por más de dos años el encono de sus enemigos, que no descansaban hasta ver si lograban del rey que por vía de escarmiento a otros privados le destinara a un fin trágico semejante al de don Álvaro de Luna y de don Rodrigo Calderón. Y no parece estuvieron distantes ya de conseguirlo, si es cierto que recibió una carta del rey en que se leía el siguiente párrafo: «En fin, conde, yo he de reinar, y mi hijo se ha de coronar en Aragón, y no es esto muy fácil si no entrego vuestra cabeza a mis vasallos, que a una voz la piden todos, y es preciso no disgustarlos más.» Esta carta, dicen, le causó tal impresión que le trastornó el juicio; recobrole después en medio de una fiebre que a los diez días le llevó al sepulcro (22 de julio, 1645), muriendo muy cristianamente, al decir de los escritores más enemigos suyos.

Así cayó y murió el célebre conde-duque de Olivares, el gran privado de Felipe IV, que por espacio de veinte y dos años gobernó a su arbitrio la monarquía española, y a quien el escritor más agudo de su tiempo llamó, creemos que con más hiel que desapasionamiento, el Nerón hipócrita de España{13}. Que aunque fueron muchos los vicios con que manchó algunas de sus buenas prendas el de Olivares, no fue un malvado y un perverso como otros validos, que acaso siendo más protervos tuvieron maña para hacerse menos aborrecibles que él. Que no era hombre de cohecho, ni sus manos se mancharon con regalos, como las de su mismo antecesor en la privanza el duque de Lerma, confiésanlo sus mayores detractores. Pero él por otros medios enriqueció su casa y acrecentó su hacienda hasta un punto escandaloso, reuniendo mercedes y rentas que parecen fabulosas{14}. Tanta opulencia en medio de la penuria pública era en verdad un insulto perenne al infeliz pueblo. En lo de haber encumbrado a todos sus deudos y amigos, y monopolizado en ellos los cargos de honra y de lucro, cosa es en que no se diferenció de otros validos. Sin carecer el de Olivares de entendimiento, cometió más torpezas que si hubiera sido un imbécil. La soberbia y el orgullo le cegaban y teniendo una razón clara, obraba como un negado. Empeñose en llamar Grande a su rey, y dio lugar a que se dijera con sarcasmo de Felipe que era grande a semejanza del hoyo, que cuanta más tierra le quitan más grande es. Para dominar al monarca quiso distraerle de los negocios, y por tenerle distraído le hizo disipado, y corrompiendo al monarca desmoralizó la nación.

Hay quien hace subir a ciento diez y seis millones de doblones de oro lo que sacó de los pueblos en donativos e impuestos extraordinarios, de los cuales gran parte se disipó en fiestas, banquetes y saraos, y entre comediantes y toreros, parte se distribuyó entre los virreyes y gobernadores amigos, y parte se destinaba a mal pagar ejércitos que eran derrotados y navíos que se perdían, que solo de estos se calcula haberse perdido más de doscientos y ochenta entre el Océano y el Mediterráneo durante la funesta administración del conde-duque. Agregando a estas pérdidas las de las provincias y reinos, la del ducado de Mantua, la de casi toda la Borgoña, la del Rosellón, y la del reino de Portugal con sus inmensas posesiones de Oriente, con razón aplicaba la malicia a la grandeza de Felipe IV el símil de la grandeza del hoyo. Soñó el de Olivares en hacerle señor de otros reinos, y le faltó poco para hacerle perder todos los suyos.

Una de las mayores desgracias del de Olivares, menester es confesarlo, fue haber tenido por adversario al gran ministro de Francia el cardenal de Richelieu, y uno de los mayores yerros a que le arrastró su orgullo fue el de haberse querido medir con aquel gran político. Sin un Richelieu al frente, a no dudar el de Olivares habría parecido menos pequeño y habría sido menos desafortunado. Y su desgracia fue tal que la muerte de Richelieu precedió muy poco tiempo a su caída.




{1} Véase nuestro cap. IV.

{2} Fiestas memorables de Madrid. Soto y Aguilar: Relación de fiestas celebradas en Madrid: MS.– Descripción de varias fiestas, MM. SS. de la Biblioteca Nacional.

{3} Cánovas: Decadencia de España, Felipe IV, lib. VI.– Quevedo, en sus obras satíricas y festivas, y aun en las filosóficas y graves, dibuja a cada paso cuadros bien tristes y sombríos de las costumbres inmorales, no solo de la corte y de los cortesanos, sino de todas las clases de la sociedad; cuadros que no dejan menos amargura en el corazón porque los engalane a veces con los chistes y agudezas propias de su ingenio.

{4} Todas estas pragmáticas son de 12 de abril de 1639.

{5} Pragmáticas y otros documentos del reinado de Felipe IV: Colección de MM. SS. del Archivo de Salazar, tom. XXVII.

{6} Biblioteca Nacional, sala de Manuscritos, H. 72.

{7} «Caída de su privanza y muerte del conde-duque de Olivares, gran privado del señor rey don Felipe IV el Grande, con los motivos y no imaginada disposición de dicha caída, &c.»– Este opúsculo, que publicó Valladares y Sotomayor en el tomo III de su Semanario erudito, suponen unos que fue escrito por el marqués de Grana Carreto, embajador de Viena en nuestra corte, y uno de los que más trabajaron por la caída de Olivares. Otros creen fue obra del embajador de Venecia, y es cierto que se imprimió en Italia con notas críticas en italiano; pero otros, y entre ellos Valladares, le atribuyen a don Francisco de Quevedo, lo cual sería fuera de duda si fuesen auténticas las palabras del manuscrito: «como tengo dicho en mis Anales de quince días,» si bien el estilo y lenguaje del opúsculo no nos parecen del ingenioso autor de los Anales.

De quien quiera que fuese, es el documento en que se dan más noticias y se encuentran más pormenores acerca de las circunstancias que prepararon y acompañaron la caída de aquel famoso ministro. Pero el autor ni oculta, ni puede ocultar que era uno de los más irreconciliables enemigos del de Olivares, y en cada línea de su obra se ve la saña que contra él tenía.– El manuscrito, de letra al parecer de aquel tiempo, se halla en el archivo del duque de Berwick y Alba, conde- duque de Olivares.

{8} En un manuscrito de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, titulado: «Relación de lo subcedido desde el 17 de enero de 1643, que S. M. ordenó al conde-duque saliese de palacio, hasta 23 del mismo que con efecto salió,» se dice que el sábado 17 a las nueve de la mañana se halló con un papel que el rey le escribió desde la torre de la Parada, en que le decía: «Conde, muchas veces me habéis pedido licencia para iros a descansar, y yo os la he negado por causas que a ello me movían: hoy no solo os la doy, sino que os mando que os vayáis luego, y desembaracéis a palacio

{9} «Persona que se halló en Loeches, dice un escritor de aquel tiempo, y que lo vio por vista de ojos, dice que saliendo la condesa de visitar las monjas y sentándose a la mesa para comer, en la misma hora llegó un papel del conde, en que le daba cuenta de todo, y le decía la determinación del rey, y afirma este, que no solo los colores que tenía en la cara, pero los que se ponía, que eran muy grandes, como se usa en palacio, todos se le perdieron sin quedarle ninguno, y que parecía difunta.»– Vivanco, Historia de Felipe IV, lib. XI.

Si esto, como suponemos, es cierto, no es probable que su mujer afectara tanta constancia en la desgracia, y que fuese la que consolaba a su marido, como se lee en otros historiadores más modernos, representándole que la salida del ministerio era el mejor beneficio que podía haberle hecho el soberano, &c.

{10} He aquí la comunicación que el rey pasó a los consejos.

«Días ha que me hace continuas instancias el conde-duque para que le de licencia de retirarse, por hallarse con gran falta de salud, y juzgar él que no podía satisfacer conforme a sus deseos a la obligación de los negocios que le encomendaba: yo lo he ido dilatando cuanto he podido por la satisfacción grande que tengo de su persona, y la confianza que tan justamente hacía dél, nacida de las experiencias continuas que tengo del celo, amor, limpieza e incesante trabajo con que me ha servido tantos años. Pero viendo el aprieto con que estos últimos días me ha hecho viva instancia por esta licencia, he venido en dársela, dejando a su albedrío el usar della cuando quisiese: él ha partido ya, apretado de sus achaques, y quedo con esperanzas de que con la quietud y reposo recobrará la salud para volverla a emplear en lo que conviniese a mi servicio. Con esta ocasión me ha parecido advertir al consejo, que la falta de tan buen ministro no la ha de suplir otro sino yo mismo, pues los aprietos en que nos hallamos piden toda mi persona para su remedio, y con este fin he suplicado a Nuestro Señor me alumbre y ayude con sus auxilios para satisfacer a tan grande obligación, y cumplir enteramente con su santa voluntad y servicio, pues sabe que este es mi deseo único. Y juntamente ordeno y mando expresamente a ese consejo, que en lo que esté de su parte me ayude a llevar esta carga, como lo espero de su celo y atención, &c.» MS. de la Real Academia de la Historia, Archivo de Salazar, tomo XXXII, pág. 221.

{11} También se fijó otro papel con una redondilla que decía:

El día de San Antonio
se hicieron milagros dos,
pues empezó a reinar Dios,
y del rey se echó al demonio.

{12} Querella del fiscal de S. M. contra los que imprimieron el Nicandro.

{13} Quevedo en La Cueva de Mélito.

{14} Un escritor de su tiempo sacó la siguiente curiosa suma de lo que importaban al año las mercedes que logró el conde-duque.

Ducados
Las encomiendas de las tres órdenes militares42.000
Por camarero mayor18.000
Por caballerizo mayor28.000
Por gran canciller de las Indias48.000
Por sumiller de corps12.000
Por un navío cargado para Indias200.000
Por alcaide de los alcázares de Sevilla4.000
Por alguacil mayor de la casa de Contratación6.000
Por la villa de San Lucar50.000
Gajes de su mujer por camarera mayor y aya 44.000
Total… 452.000