Filosofía en español 
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Congreso Continental de la Cultura

Santiago de Chile, 26 abril-3 mayo 1953

El Congreso Continental de la Cultura se comienza a esbozar mediado 1952 y su motor fue el poeta chileno Pablo Neruda (siete años antes había ingresado en el Partido Comunista de Chile, en ceremonia tenida en el Teatro Caupolicán, Santiago, 8 julio 1945). Acababa de celebrarse en París “La obra del siglo XX. Exposición Internacional de las Artes” (Teatro de los Campos Elíseos, 30 abril-1° junio 1952), puesta de largo del Congreso por la Libertad de la Cultura, ya bien institucionalizado como otro tentáculo noratlantista de la Guerra Fría.

En octubre de 1952 circulan anuncios, incluso en portugués y desde Río de Janeiro, del congreso planeado en Santiago en fecha aún no determinada. Transcribimos aquí el texto de una circular conservada en la BNCh –AE0005879– entre los papeles de Gabriela Mistral:


CIRCULAR

Rio de Janeiro, 17 outubro de 1952.
 

Ilustre patrício,

      Temos a satisfação de enviar-vos o presente boletim sôbre o Congresso Continental de Cultura, cuja realização terá lugar em Santiago do Chile, em data ainda não determinada.

      Esperamos o vosso apôio indispensavel à iniciativa, enviando sugestões, suscitando debates, por intermédio de cartas, artigos ou pessoalmente, a respeito das questões contídas no projeto de temário, que visam de perto o desenvolvimento de nossa cultura e o intercâmbio cultural no continente.

Saudações fraternais.  
A SECRETARIA      

Pablo Neruda, que en diciembre ha viajado a Viena (Congreso Mundial de la Paz) y Moscú, para descansar luego en Uruguay, regresa a Chile el 22 de enero de 1953. Ha invitado a tres personalidades hispanoamericanas, no sospechosas de cercanía a la Kominform, a secundar el proyectado Congreso Continental de la Cultura: Gabriela Mistral (Chile 1889-1957, Premio Nobel de Literatura en 1945, invitada el 6 de marzo de 1952 a participar durante quince días en La obra del siglo XX del Congreso por la Libertad de la Cultura, vivía desde 1948 en Nueva York junto a su joven pareja Doris Dana), Baldomero Sanín Cano (Colombia 1861-1957, ex ministro y entonces Rector de la Universidad del Cauca) y Joaquín García Monje (Costa Rica 1881-1958, editor desde 1919 del prestigioso Repertorio Americano).

Congreso Continental de la Cultura

Fechada en Santiago el 13 de febrero de 1953 se conserva la carta mecanografiada sobre dos hojas con membrete institucional –“Congreso Continental de la Cultura | Comité Preparatorio | Convocado por | Gabriela Mistral | Baldomero Sanin Cano | Joaquín García Monje”– en la que siete firmantes “por el Comité Ejecutivo Preparatorio” (Pablo Neruda, que acompaña su firma con un “saludos de Delia”, Nemecio Antúnez, Joaquín Gutiérrez, Arturo Matte Alessandri, José Venturelli, Mireya Lafuente y Enrique Bello, como Secretario general) se dirigen a Gabriela Mistral confiando que esté presente en Chile presidiendo el Congreso… que ella misma había convocado.

CENTRAL INTELLIGENCE AGENCY - INFORMATION REPORT - CONFIDENTIAL

countryChilereport no.25X1A

subjectCongreso Continental de Cultura Scheduled to Be Held in Chile from 26 April 1953 through 2 May 1953

date distr.19 February 1953

1. The dates for the often-postponed Congreso Continental de Culture, slated to be held in Santiago, have now been set for 26 April 1953 through 2 May 1953, with little likelihood of any further postponement. Pablo NERUDA, Chilean Communist poet, recently returned from Vienna, Moscow, and a two-week rest near Montevideo, has been relieved of all organizational tasks connected with the Cultural Congress. NERUDA's name will continue to be played up in connection with the Congress for prestige purposes, but as a result of irresponsibility and lack of initiative shown to date, he is being replaced by Cesar GODOY Urrutia as the responsible PCCh organizer. GODOY, a well-known Chilean Communist leader generally considered to be the Party's number-one organizer, took charge of preparations about the end of January. GODOY will not appear officially as an organizational leader, but will direct all organizational activities and propaganda.

2. Activities with respect to preparations for the Congress had been virtually dormant during NERUDA'S absence and immediately prior to the designation of GODOY as organizational director. Enrique BELLO Cruz, Communist writer and director of the Communist-line magazine Pro-Arte, will continue as nominal organizational director and will serve as GODOY's chief aide. Others who will play leading roles in future organizational activities are Alberto ROMERO, a writer, who is president of the Comite de Iniciativas, and Selva SAAVEDRA, a Doctrinary Radical and Director of the Escuela Tecnica No. 1 of Santiago.

3. The selection of a Secretariat headquarters and a finance drive among Chilean intellectual groups are among the first and most immediate tasks contemplated by GODOY. With respect to the finances of the Congress, prior to NERUDA's return it was believed that he would receive certain supplementary funds while in Europe. However, there has been no further word regarding such funds since NERUDA's return.

[ Texto del documento de la CIA desclasificado –21 noviembre 2001– número: CIA-RDP80-00810A000300100008-9 ]

Por la carta a Gabriela Mistral de 13 de febrero y por el informe confidencial de la CIA de 19 de febrero de 1953, es indubitable que la fecha de inicio del Congreso Continental de la Cultura ya estaba fijada “impostergablemente, el 26 de abril próximo”, “with little likelihood of any further postponement”. Es decir, al menos veinte días antes de que Moscú anunciase la muerte de Stalin, el 5 de marzo. Es mera literatura fantástica, por tanto, la “memoria biográfica” del escritor y diplomático Jorge Edwards, que entonces tenía 21 años, reconstruida en Adiós poeta: Pablo Neruda y su tiempo (1990): «Ahora bien, entre las escaramuzas de comienzos de marzo y esa fecha había ocurrido un hecho fundamental, cuyas consecuencias decisivas conoceríamos mejor a medida que pasara el tiempo. El día 6 de marzo se había comunicado desde el Kremlin la noticia de la muerte de Josef Vissarionovich Stalin. No cabía duda de que el retraso del Congreso, planeado originalmente para celebrarse en marzo, fue una de las primeras de aquellas consecuencias.» Testimonio, no obstante, que menciona “las escaramuzas de comienzos de marzo”, es decir, precisamente diez días después de la alerta enviada por 25X1A a la agencia que ya dirigía Allen W. Dulles, recién nombrado por el general presidente Eisenhower. La falsa especie introducida por Jorge Edwards, el presunto retraso en las fechas del Congreso Continental de la Cultura por la muerte de Stalin, es repetida en 2008 por el minucioso David Schidlowsky, en su Pablo Neruda y su tiempo (“En Chile, el Partido Comunista inicia una campaña de reclutamiento con el nombre Promoción Stalin, en homenaje al sabio maestro desaparecido{13}, y se decide postergar el Congreso Continental para fines de abril.”).

«Por otra parte, varios de los adherentes empezaron a retirarse. Todos ellos denunciaron el carácter político del comicio y sobre todo su finalidad comunista. El ambiente de crítica y de escepticismo hizo también que otros se sintieran desvinculados y adoptasen la actitud de personas engañadas. Es necesario agregar que ese estado de ánimo fue también el resultado de la no muy clara situación producida en torno a Gabriela Mistral. Se sabe que el llamamiento para la celebración del Congreso fue firmado por la famosa escritora chilena y por García Monje y Sanín Cano. Gabriela Mistral aclaró, sin embargo, que ella no tenía nada en común con la organización del Congreso y el Comité chileno hubo de explicar que en efecto era así, pero que ella había firmado la convocatoria. Se comprende que los comentarios de prensa aprovecharan, de un lado y de otro, para sacar partido a la situación y el resultado fue que mucha gente quedó con la idea de que los organizadores comunistas habían usado ilegítimamente el nombre de la poetisa.» (Jaime Castillo, “El congreso continental de la cultura de Santiago de Chile”, Cuadernos del CLC, 2:84-87, París, junio-agosto 1953.)

RCA COMMUNICATIONS, INC.
a service of radio corporation of america

LX - standar time
1953 APR 1   PM 12 01

LX74
LX LX
L562/D256/CH56 SANTIAGODECHILE 27 30 2254
LT CONCHILE PARA GABRIELA MISTRAL NEWYORK (DELR 280 PARK AVE)
NEGAMOS CARACTER PARTIDISTA CONGRESO ESTE SIGUE
PREPARANDOSE CONFORME SU LLAMADO FRATERNIDAD CULTURA CONTINENTAL
SALUDAMOSLE CON CARINO RESPECTO
             MIREYA LAFUENTA PABLO NERUDA
 
CFM L562/D256/CH56   LT 280

[ Texto de radiograma dirigido a Gabriela Mistral conservado por la Biblioteca Nacional de Chile, BN Código: AE0006245. ]

El Congreso Continental de la Cultura se inaugura en el Teatro Municipal de Santiago el domingo 26 de abril y se clausura el 3 mayo 1953. Gabriela Mistral no asistió a tal concilio… y no volvió por Chile, tras diez años de ausencia, hasta noviembre de 1954.

“Vendré olvidada o amada... tal como Dios me hizo” (2014)

Museo Gabriela Mistral de Vicuña

 
Sobre el Congreso Continental de la Cultura

1953 → Carta a Gabriela Mistral del Comité Preparatorio del CCC confiando que esté presente en Chile presidiendo el Congreso (13 febrero).

→ Fernando Santiván, Discurso ante el Congreso Continental de la Cultura, representando a los escritores de Chile.

→ Jaime Castillo Velasco, “El congreso continental de la cultura de Santiago de Chile” (Cuadernos del CLC, 2:84-87, París, junio-agosto 1953.)

Congreso Continental de la Cultura, Santiago de Chile, abril 26-mayo 3 de 1953: resoluciones y recomendaciones, Comité Pro Congreso Argentino de la Cultura, ¿Buenos Aires? 1953, 47 págs.

“El Congreso Continental de la Cultura” & “Resoluciones del Congreso Continental de la Cultura”, Cuadernos de Cultura [Partido Comunista de Argentina], Buenos Aires, julio 1953, n° 12, págs. 1-6 y 7-10.

Raúl González Tuñón [Buenos Aires 1905-1974], “La batalla del espíritu” [discurso ante el CCC], Cuadernos de Cultura, Buenos Aires, julio 1953, n° 12, págs. 15-18.

1955 «Muchas de las cosas que en el seno del movimiento obrero han venido y continúan sucediendo a diario, en Chile, se explican perfectamente. Todo ello, más que a nada, es debido a la acción corrosiva y destructora del P. C. entre los trabajadores. Los moscovitas empezaron a ver el cielo abierto allá por el año de 1953 –Gabriel González Videla había sido anteriormente su hada madrina; pero en cuanto este político de siete suelas se hizo con el poder, empezó a palos con ellos, desbandándolos completamente hasta la fecha anotada–, cuando entre el 22 y el 29 de marzo de ese año, se llevó a cabo en Santiago, el IV Congreso General de Trabajadores de América Latina (C.E.T.A.L.), afiliada a la Federación Sindical Mundial. Por esos días, la ciudad de Santiago, tuvo el “honor” de recibir a una gran cantidad de “personalidades” moscovitas de Europa y los diversos países americanos. Por entonces también se llevó a efecto la creación de la C.U.T.Ch., con un católico a la cabeza, pero con la infiltración comunistoide ya sentada en su seno desde sus comienzos, lo que dio el resultado que tenía que dar y que todos conocemos. En vista del buen éxito obtenido con dichos congresos, los kruschevistas, ni cortos ni perezosos, se lanzaron a la realización de la segunda importante reunión totalitaria de América Latina, el llamado Congreso Continental de la Cultura, que tuvo también su sede en Santiago, desde el 26 de abril al 2 de mayo de ese mismo año. Santiago volvió a tener el “honor” de recibir otra andanada de servidores activistas del Kremlin, militantes en Europa, Rusia, China y los diferentes países de América. En lo que a Chile se refiere, de entre todos los “literatos” invitados, el único que respondió con dignidad a la inmunda trampa que le tendían, fue el escritor Eduardo Barrios, Premio Nacional de literatura, que se negó a participar en el congreso, por considerar que se trataba de un certamen movido por hilos políticos. Empero, a pesar de la actitud franca de Eduardo Barrios, el Congreso tuvo buen fin y amplió las perspectivas de los totalitarios rojos, al extremo de determinarlos a celebrar otra gran fiesta esclavista a propósito de los 50 años de vida del poeta Pablo Neruda, a quien la secta totalitaria moscovita mantiene como punta de lanza intelectual en América Latina. A este Cincuentenario kruschevista acuden y se dan cita en Santiago la flor y nata del totalitarismo rojo internacional, entre ellos, el representante de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas: Ilya Ehrenburg.» (Javier del Toro, “Bajo Sur. Algunas causas”, CNT. Portavoz de la CNT de España en el exilio, Toulouse, 18 de diciembre de 1955, n° 555, pág. 4.)

1956 Héctor Pablo Agosti [Buenos Aires 1911-1984], “La cultura y los derechos ciudadanos” (Discurso pronunciado el 2 de mayo de 1953 en el CCC, Santiago de Chile), en Para una política de la cultura, Ediciones Procyón, Buenos Aires 1956, págs. 151-156.

1983 «Action Against Communist Sponsored Meetings: Information activities resulted in almost completely discrediting the Communist sponsored Cultural Congress held in Santiago, Chile,[36. Reference is to the Congreso Continental de la Cultura (Continental Cultural Congress), held in Santiago, Apr. 26–May 1, 1953; a detailed report on the meeting and its aftermath is contained in despatch 1331, from Santiago, dated June 8, 1953, not printed. (398.44 SA/6-853)] to which a great number of non-Communist leaders were invited. This Congress was intended to be a western hemisphere affair and was designed to attack alleged United States restrictions on cultural activities. Attendance was reduced largely to known communists and the Congress failed of its objective. Activities to discredit persons attending local Soviet-inspired “Peace” Congresses as well as European and other “Peace” Congresses continued successfully. An effective exposé contained in a prominent Mexico City daily of Soviet activities out of Mexico City was used to our advantage throughout Latin America.» (Foreign Relations of the United States 1952-1954, Volume IV, The American Republics. Editor in Chief, William Z. Slany. United States, Government Printing Office, Washington, 1983, vol. IV, pág. 19.)

1990 Jorge Edwards Valdés (Santiago, 29 junio 1931), Adiós poeta: Pablo Neruda y su tiempo

Allí, con esa meada a dúo, criolla y solemne, termina el recuerdo de mi primera jornada en Isla Negra. Poco después me vi reunido con un grupo de personas, artistas y escritores, en una oficina de la muy santiaguina calle de San Antonio, a pocos metros de la Alameda. El Poeta nos había convocado para hablarnos del proyecto de un Congreso Continental de la Cultura. También había acudido a la convocatoria, entre otros, Benjamín Subercaseaux, gidista confeso, alguien que uno habría podido definir como el André Gide de Santiago de Chile, lo cual me hizo pensar que las afirmaciones y, sobre todo, las exclusiones poéticas, no podían aplicarse al pie de la letra en la vida cotidiana. Si en esa reunión y en ese anunciado congreso había espacio para un gidista mayor y de renombre, también podía haberlo para un joven rilkista e intelectualista, que ahora se hallaba embarcado, además, en la aventura de leer a gente tan sospechosa como T.S. Eliot, Ezra Pound, William Faulkner y hasta el decadentísimo Truman Capote. Asistí a ésa y a otras reuniones, me integré a una comisión de trabajo, pero, en parte a causa de mi indiferencia de entonces por los temas políticos, y a causa, también, de las defecciones de algunos invitados de primera hora, utilizadas con habilidad por la llamada prensa de orden, empecé a sentir una incomodidad creciente. […]

Recuerdo muy bien, en cambio, que Anguita, que parecía vivir en un estado permanente de incandescencia, en una exaltación que lo penetraba hasta la misma médula de los huesos, adoptó, de pronto, un tono bajo, serio, persuasivo. Se trataba de proponer públicamente al Congreso Continental de la Cultura que ampliara su base. Si ellos aceptaban discutir sobre los problemas de la cultura bajo Stalin, un grupo importante de escritores y de intelectuales se incorporaría a los debates. Cuando hablaba en esa forma, pequeño, delgado, puro nervio, Anguita ponía una mirada profunda y adquiría un color de rostro todavía más cerúleo, más ceniciento. Ese día sacó un texto de sus faltriqueras y lo hizo circular. Aseguró que el papel, tal como lo leíamos nosotros en ese instante, contaba ya con un apoyo muy amplio.

Fue el primero de una larga serie de manifiestos que he firmado en mi vida, y no fue, sin duda, el menos instructivo y de menores consecuencias. Debí concluir que, antes de estampar la firma en una hoja de papel, aunque sea sobre una mesa llena de manchas de café, de vino, de tabaco, de moscas, hay que pensarlo dos y hasta tres veces. Digo todo esto porque supuse, con la mayor honestidad y con el mayor candor, que el manifiesto de Anguita y de sus amigos permitiría que el Congreso saliera de la encrucijada en la que me parecía que se había colocado. Los ataques de la prensa no comunista arreciaban; invitados extranjeros importantes no confirmaban su asistencia; en Chile se producían deserciones significativas.

He revisado ahora los diarios de la época, cuya tipografía anacrónica y papel amarillento, roído por las ratas de la Biblioteca Nacional, me han transmitido mejor que ninguna otra cosa la sensación del tiempo transcurrido, y he podido reconstruir algunos episodios. El compositor Juan Orrego Salas, muy conocido en el país y en todo el continente, publicaba una carta en El Mercurio en los primeros días de marzo de 1953. Él sabía, afirmaba, que había intelectuales comunistas en el Congreso y no creía justo negarles la posibilidad de participar, pero había esperado que los problemas pudieran plantearse con cierta ecuanimidad. Ahora observaba, por desgracia, que los organizadores incurrían en actividades “desconcertantes desde el punto de vista cultural”. Entre esas desconcertantes acciones citaba el hecho de que Pablo Neruda y otros miembros del Congreso hicieran una invitación pública al presidente argentino Juan Domingo Perón, entonces en visita oficial a Chile, para que hablara en el Salón de Honor de nuestra principal universidad. En opinión de Orrego Salas, ese gesto suponía una “deslealtad con los colegas argentinos perseguidos”.

Por otro lado, Gabriela Mistral, entonces único Premio Nobel de Literatura de Chile y de toda América Latina, cónsul vitalicio en algún lugar del mundo, después de firmar una convocatoria en compañía de los ensayistas Baldomero Sanín Cano y Joaquín García Monge, daba la impresión de replegarse, de “recoger cañuela” con una diplomacia muy ladina y criolla, muy propia del estáblishment chileno de aquellos años. Los periodistas le preguntaban si era promotora del Congreso Continental de la Cultura, y ella contestaba: “Los ausentes no podemos provocar ni dirigir desde lejos actividad alguna, cultural ni política...”.

En resumidas cuentas, creí que el llamado de Eduardo Anguita y de sus amigos sería la solución esperada por todos. Todos se incorporaban a la reunión y todo se discutía en su seno libre y abiertamente. El texto reconocía que el Congreso sería un acontecimiento “que no hay objeto en ignorar”, pero planteaba algunas reservas fundamentales. “El comunismo”, sostenía, “se niega a desligar la política de cualquier otra actividad humana”, y por eso era ingenuo pensar que los comunistas hicieran un congreso “en el cual ellos dejen de moverse para orientar partidistamente las deliberaciones.” Se hablaba, en seguida, de los ensayos de “cultura dirigida” en los países comunistas, y se consignaba la resolución de los firmantes de “no adherir al Congreso mientras no haya una garantía formal en el sentido de que será posible suscitar un debate sobre las cuestiones enunciadas”.

El Manifiesto continuaba con algunas reflexiones de carácter filosófico. Había que defender la libertad y la dignidad humana. Defender al hombre era defender la cultura. La libertad surge, afirmaba, en un sistema donde la verdad se impone sin recurrir a autoritarismos. Reconocía que el problema de liberar al hombre de la miseria era urgente, pero para conseguir ese fin no se podía “sacrificar a la persona”. El Manifiesto, por fin, hacía un llamado a todos los que deseaban formar opinión sobre esos asuntos y también a los adherentes al Congreso, “a fin de intentar con ellos un diálogo sereno, elevado y constructivo, pero al mismo tiempo, franco”.

El Manifiesto fue publicado por La Nación, el diario del gobierno de turno, presidido entonces por el viejo general Carlos Ibáñez del Campo al frente de una coalición centrista y vagamente populista, el viernes 24 de abril de 1953, cuando faltaba un par de días para la apertura oficial del Congreso. Ahora bien, entre las escaramuzas de comienzos de marzo y esa fecha había ocurrido un hecho fundamental, cuyas consecuencias decisivas conoceríamos mejor a medida que pasara el tiempo. El día 6 de marzo se había comunicado desde el Kremlin la noticia de la muerte de Josef Vissarionovich Stalin. No cabía duda de que el retraso del Congreso, planeado originalmente para celebrarse en marzo, fue una de las primeras de aquellas consecuencias. El Partido Comunista de Chile había estado de duelo y había acordado, entre otros puntos, iniciar una campaña de reclutamiento de militantes con el nombre de “Promoción Stalin”, en homenaje al “sabio maestro desaparecido”. El Poeta, por su parte, en Isla Negra, había recibido la noticia “como un golpe de océano” y había dedicado al camarada Stalin un largo poema, publicado después en la sección IV, “Es ancho el nuevo mundo”, de su libro Las uvas y el viento.

Sólo me acordaba de dos o tres de los firmantes de aquel Manifiesto ya remoto, aunque no del todo anacrónico. Recorrer la lista de los nombres en la página amarilla de La Nación, nada menos que treinta y cinco años más tarde, me deparó algunas sorpresas y algunas perplejidades. Figuraba, por ejemplo, el “escritor” Eduardo Frei Montalva, futuro presidente de nuestra República, junto al también “escritor” Jacques Chonchol, futura cabeza de nuestra reforma agraria que provocaría una ruptura de la Democracia Cristiana desde su ala izquierda en los años finales de la presidencia de Frei, se incorporaría después al gobierno de Salvador Allende y terminaría en el exilio. Otros adherentes al Manifiesto eran Julio Silva Solar, que después pasaría de la DC a la Izquierda Cristiana; Radomiro Tomic, que sería el candidato a la sucesión presidencial de Frei en la elección ganada por Allende; Jaime Castillo Velasco, teórico en esos años del humanismo centrista y anticomunista representado por el Manifiesto, y defensor encarnizado, durante la dictadura de Pinochet, de los derechos humanos, y Gabriel Valdés Subercaseaux, que tenía la originalidad de no firmar como escritor sino como abogado. Veinte años más tarde todos ellos influirían de una manera o de otra en la dramática historia chilena reciente. Ese humanismo equilibrado que representaban a comienzos de 1953 se adelgazaría y tendería a la polarización: las fuerzas centristas se volverían centrífugas, huidizas.

En cuanto a los escritores creativos, ahora me parece que su presencia en el Manifiesto era más bien escasa: un católico observante, unido a la vanguardia literaria, Eduardo Anguita; un novelista de la vieja escuela, Eduardo Barrios; un surrealista criollo, Teófilo Cid; Luis Oyarzún Peña, que en una carta muy posterior que me envió a París desde el sur de Chile, en los momentos más tensos de la Unidad Popular, se definiría a sí mismo como “cristiano de izquierda”, pero marcaría su franca distancia con respecto al clima político y moral imperante, caracterizado, a su juicio, por la abismante grosería y violencia verbal del periodismo de ambos extremos.

Poco más tarde, cuando el Congreso ya estaba en plena actividad, me encontré casualmente con Pablo Neruda y la Hormiga, acompañados de gente a quien no conocía, en la vieja Galería Imperio, cerca de la confluencia de las calles Estado y Agustinas. Después de firmar, me había mantenido a prudente distancia del secretariado de ese evento y no había vuelto a verlos. El Poeta se apartó del grupo que lo seguía y se me acercó, serio, pero con expresión amistosa.

—Ese Manifiesto –dijo– sólo fue una maniobra para destruir nuestro congreso.– Creo que insinué una protesta, una defensa tímida. —Lo que pasa es que eres muy ingenuo –insistió él– Todavía te falta experiencia política.

En otras palabras, Anguita y sus amigos, en esa covacha oscura del callejón de San Antonio, entre vino y vino, habían sorprendido mi buena fe. Delia del Carril agregó algo en este mismo sentido: una palmada leve en la mejilla, una reconvención de abuela cariñosa, un tácito “ya comprenderás, ya captarás algún día lo que estamos tratando de explicarte”.

Era previsible, en realidad, dadas las circunstancias que predominaban en aquellos años, que la respuesta de los organizadores consistiera en un rechazo tajante. Si no la preví, sí experimenté, más bien, una de mis primeras decepciones políticas, quizás la primera de una seguidilla más o menos prolongada, sólo se debió a esa ingenuidad de que me había hablado el Poeta. Yo era un novato, un recién llegado, y me había metido entre personas mayores, personas que sabían que una declaración, más allá de lo que significaban las palabras de acuerdo con el diccionario, era equivalente a una movida en un tablero de ajedrez. La movida provocó la reacción prevista, y los maestros, los conocedores del arte, procedieron a efectuar la segunda movida. “Se insiste ahí”, declararon los firmantes del Manifiesto, aludiendo a la previsible respuesta negativa que habían recibido, “en el propósito de eludir, bajo el pretexto de que son cuestiones políticas, el planteamiento de problemas vitales para el desenvolvimiento de la cultura del mundo...”

Se habían efectuado conversaciones entre algunos de los firmantes del Manifiesto y los miembros del Comité Chileno del Congreso. En ellas se había comprobado que existían discrepancias notorias, pero los autores del Manifiesto, en su segunda declaración pública, afirmaban que una discusión entre hombres de cultura no tenía por qué suscitar “recelos y divisiones, ni pensamos que sea necesario llegar a la unanimidad absoluta de todos los problemas tratados por una conferencia”.

A todo esto, el Congreso Continental de la Cultura se había inaugurado el domingo 26 de abril de 1953, a las diez de la mañana, en el Teatro Municipal de Santiago. El proscenio estaba ocupado, entre otros, por el pintor Camilo Mori; por el escritor y “gidista” confeso Benjamín Subercaseaux; por Pedro de la Barra, fundador del Teatro Experimental de la Universidad de Chile; por Pablo Neruda; por el novelista Fernando Santiván, que aún no había publicado sus notables Memorias de un tolstoyano, por el novelista y dirigente comunista Volodia Teitelboim; por Enrique Bello, que dirigía la revista Pro Arte, por el doctor Salvador Allende, que había sido candidato por primera vez en las elecciones presidenciales del año anterior, en las que había triunfado el general Ibáñez, y por el escritor y político ¿bañista? Baltazar Castro. Entre los invitados extranjeros más notables, después de todos los anuncios y deserciones, figuraban el pintor mexicano Diego Rivera, el novelista Jorge Amado, que empezaba a darse a conocer fuera del Brasil, la escritora argentina María Rosa Oliver, el poeta cubano Nicolás Guillén.

Era, en buenas cuentas, el mundo de la izquierda comunista de aquella época, con algunos compañeros de ruta, algunos aliados ocasionales y algunos que podrían ser calificados, dentro de una terminología de entonces y de ahora, de “tontos útiles”. Aun cuando las ausencias eran importantes, Diego Rivera y Nicolás Guillén estaban en el apogeo de su celebridad. El ambiente intelectual santiaguino, a pesar de todo, o a causa, quizás precisamente, de la polémica previa, se sintió sacudido, sacado de su letargo más o menos permanente. Muchos pensaron de buena fe, sin necesidad de estar cerca de las posiciones comunistas, que discutir de los problemas de la cultura bajo Stalin, el “sabio maestro desaparecido”, habría sido una ocupación perfectamente ociosa y extemporánea. Los crímenes de Stalin sólo eran difundidos en aquellos días por el Reader’s Digest y por una prensa muy comprometida con los intereses de la derecha. El Congreso, pues, a pesar de sus tropiezos iniciales, tuvo numerosos seguidores, sobre todo entre los jóvenes, y los firmantes del Manifiesto quedamos, al final, como unos aguafiestas y unos majaderos, un destino que ahora, al cabo de muchas vueltas y revueltas, me parece perfectamente honorable. […]

El encuentro en la Galería me dio confianza para presentarme en las puertas del Teatro Municipal, en la noche en que Nicolás Guillén ofrecía un recital de su poesía. Al fin y al cabo, la entrada era libre, y el Teatro no era propiedad del Congreso Continental de la Cultura, sino de la ciudad de Santiago. Había un abismo de distancia, sin embargo, entre Pablo Neruda, aun cuando fuera el Neruda de los homenajes a Stalin, y los militantes comunistas de nivel medio. Uno de ellos, instalado en la puerta en calidad de cancerbero, se me acercó y me dijo: “¿No es usted uno de los firmantes del Manifiesto ése...?”. Lo dijo a la manera de esos jesuitas vascos de la generación antigua, con un estilo que para mí, alumno egresado hacía poco de aquellas aulas, era perfectamente inconfundible, asombrosamente simétrico: ¿no fue usted uno de los que alborotaron en clase, de los que transgredieron, de los que pecaron? Mi amiga la escritora Teresa Hamel escuchó la interpelación y anunció que corría a hablarle de esto a Neruda. ¡Precisamente! Y el sacristán cancerbero, que más tarde se pasaría al Partido Socialista y ocuparía un cargo de cierta importancia en el gobierno de Allende, bajó la guardia de inmediato. […]

El simple y como siempre implacable paso del tiempo se encargaría de revelar, por lo demás, que los dos poetas más conocidos de ese encuentro, Nicolás Guillén y Pablo Neruda, a pesar de las identidades ideológicas, hacían pésimas migas. De todos modos, Nicolás fue invitado en ese mes de abril de 1953 a una fiesta en la casa de Neruda y Delia del Carril en Los Guindos, fiesta destinada a celebrar el término de esas jornadas. El Poeta quiso que también asistieran los escritores jóvenes, y yo, a pesar del incidente del Manifiesto, fui especialmente llamado. […]

En mi visión actual, ese congreso de comienzos de 1953, con su estalinismo puro y duro, pétreo, y con mi conflicto personal, que el Poeta supo sortear y suavizar, fue seguido por años más bien grises. Grises para mí, por lo menos. Egresé de la Escuela de Derecho e intenté ganarme la vida como abogado, como pequeño arrendatario agrícola, como periodista. No descartaba del todo la alternativa de ingresar al servicio diplomático, pero lo veía como una posibilidad más bien remota. Después de publicar El patio, escribí dos o tres cuentos más, que desaparecieron, y una novela breve, que estropeé de tanto corregirla y reescribirla. Otra novela, más larga, producto del contagio con el estilo faulkneriano, el de Mientras yo agonizo, fue tirada en un acto de arrebato a una chimenea. Horas antes la había leído a un auditorio de señoras jóvenes, condescendientes, sonrientes, y, de pronto, sin haberlo previsto, me había encontrado en una situación incómoda. Leía una escena en la que el imberbe protagonista, en una capilla de pueblo, se confesaba de haber tenido pensamientos obscenos y de haberse masturbado. Leía, incapaz de interrumpir la lectura, y me ruborizaba hasta la punta de las orejas; las simpáticas auditoras se miraban entre sí, divertidas, y yo, en mi fuero interno, sentía que ese rubor era una acusación, un síntoma flagrante. Cerraba la página, mal conmigo mismo, aunque bien, sin darme yo cuenta, con las auditoras, y dos horas más tarde las hojas comenzaban a enroscarse, presa de las llamas.

Poco después del Congreso, me tocó intervenir en la organización de un concurso de poesía de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Era un concurso similar al que había premiado al Neruda adolescente de La canción de la fiesta, cerca de treinta y cinco años antes. Neruda aceptó ser miembro del jurado, junto a Ángel Cruchaga Santa María y a Luis Oyarzún. Jorge Sanhueza y yo quedamos encargados de hacer una preselección de los poemas, que llegaron por centenares, quizás por miles, para facilitar la tarea de los tres jueces. […]

Después de esa primera visita mía, hubo una fiesta en gran forma, que ahora, en la reflexión retrospectiva y con mejor conocimiento de los personajes, veo como una fiesta de presentación de Matilde en sociedad. Fuimos con Pilar, con Enrique Bello y Rebeca Yáñez, y con el cronista y poeta Rubem Braga, coterráneo orgulloso del pueblo de Cachoeira de Itapemirim y viejo carioca de adopción, que era en aquel tiempo, en forma transitoria, diplomático brasileño. Rubem, contemporáneo y amigo de Vinicius de Moraes, había conocido a Neruda durante las visitas de éste a Río de Janeiro, entre los poetas y los escritores de allá, y había vuelto a frecuentarlo en Chile. Eran tiempos de restricciones aduaneras, y él, aprovechando su franquicia diplomática y conociendo las aficiones del dueño de casa, llevó a la fiesta de la Chascona tres botellas de whisky de forma cúbica, de cristal encarrujado, sólidas, equivalentes, en aquellos años de nuestra prehistoria, a oro en polvo. Subimos por la escalera a la intemperie, ocupamos un sofá, y Rubem ocultó las benditas botellas, después de anunciárselas a Neruda, debajo del asiento. En el sitio de honor de ese salón, en un lugar que ocupa hasta el día de hoy, había salido a relucir un retrato de Matilde por Diego Rivera, una Matilde juvenil, bocona, entre cuyos cabellos rojos, como en los juegos de destreza visual que publican algunas revistas, se disimulaba el perfil de Pablo.

A propósito de disimulo, el de Rubem Braga con las tres botellas no había sido demasiado estricto. Si uno de los centros de la fiesta era el cuadro descubierto, pintado secretamente en los días del Congreso Continental de la Cultura, el otro eran las botellas mal escondidas. Los poetas jóvenes, como las moscas drosófilas, para recordar la imagen de Roberto Humeres en ese viaje de jurados de poesía a Isla Negra, se acercaban con un vaso en la mano y decían, del modo más convincente: “Para Pablo. Para don Pablo”. En cuanto a Rubem Braga, whiskero de los clubes de Copacabana, tampoco se privaba, ni privaba a sus acompañantes, de modo que tuvo que anunciarle al dueño de casa, en el momento de la despedida, que las tres botellas cúbicas habían sido consumidas hasta la última gota, por arte de poetas pedigüeños y de amigos sedientos, y que su pérdida sería debidamente reparada en una ocasión próxima.

2008 David Schidlowsky (1954), Pablo Neruda y su tiempo, RIL editores, Santiago 2008, tomo 2, págs. 877-886.

Neruda se dedica a preparar el Congreso Continental de la Cultura, a efectuarse en Chile en marzo de 1953. Durante las sesiones del Congreso por la Paz en diciembre de 1952, en Viena, Neruda había hablado con varios delegados para asegurar una gran participación mundial. Entre estos se encontraba Anna Seghers, a quien Neruda le expresa su deseo de que también Bertolt Brecht o Arnold Zweig formen parte de la delegación de la República Democrática Alemana{1}.

Para dar al Congreso un ámbito más solemne se planea realizarlo en el Teatro Municipal. Pero el alcalde Mamerto Figueroa, amigo del presidente Ibáñez, se opone. La única solución posible es recurrir al Presidente mismo. Neruda habla con Baltazar Castro, escritor y político, que había sido uno de los ayudantes del general Ibáñez en su campaña presidencial. Castro habla con el presidente. Al escuchar Ibáñez el nombre de las ilustres y prestigiosas visitas que llegarían a Chile, llama por teléfono al alcalde y le da la orden de otorgar el permiso{2}. A pesar de esta orden, a la gran mayoría de las delegaciones de Europa Oriental no les fue concedida la visa para ingresar al país.

Pero al mismo tiempo, Neruda y los organizadores del Congreso realizan desconcertantes actuaciones. El 20 de febrero de 1953, visita Chile el Presidente argentino General Juan Domingo Perón. A pesar de que en las cárceles argentinas se hallan varios obreros, estudiantes e intelectuales comunistas, se publica en el diario La Nación de Santiago una invitación de artistas e intelectuales chilenos a participar en un acto en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, donde Perón hablará sobre “El escritor frente a los problemas de América”. Entre los firmantes se encuentran los comunistas Orlando Millas, la actriz María Maluenda y su marido Roberto Parada, y Pablo Neruda. El compositor Juan Orrego Salas en una carta abierta en El Mercurio sostiene que tal actitud es una “deslealtad con los colegas argentinos perseguidos”{3}.

Junto con esto, fracasan los intentos de ampliar la base del Congreso. En Chile se publica un manifiesto pidiendo garantías para discutir otros problemas en el Congreso, como el culto personal bajo Stalin, la defensa de la cultura, o la liberación de la miseria sin sacrificar los derechos a la libertad. Lo firman los políticos Eduardo Frei Montalva, Jacques Chonchol, Julio Silva Solar, Radomiro Tomic, Gabriel Valdés; en su mayoría futuros partidarios y miembros de la Democracia Cristiana. Con ellos, los escritores Eduardo Anguita, Eduardo Barrios, Teófilo Cid, Luis Oyarzún Peña y Jorge Edwards. Los organizadores del Congreso, con Neruda a la cabeza, dan una rotunda negativa a las proposiciones del Manifiesto. Esto lleva a que varios invitados no pertenecientes al movimiento comunista, ni cercano a él, desistan de participar en él{4}.

Los preparativos para el Congreso son sorprendidos por la noticia del fallecimiento de Stalin el 5 de marzo de 1953.

Pocos días después de la muerte de Stalin, el diario del partido Comunista El Siglo, publica el 9 de marzo, un artículo de Neruda sobre Stalin. El poeta glorifica al dictador soviético como “el gran filósofo de nuestro tiempo”, “el pensador para las soluciones del presente y del futuro”; aquel que hace florecer la cultura, la poesía y la música en una grandeza inmortal, donde “su ejemplo y su trabajo, su genialidad y su modestia fortificarán no sólo a su pueblo, sino a todos los pueblos del globo terrestre”{5}. En sus memorias, Neruda sostiene que la muerte de Stalin “tuvo una resonancia cósmica”, donde “se estremeció la selva humana”{6}. Neruda refleja esa “resonancia” en su poema “En su muerte”, que será parre de Las uvas y el viento. Es leído el 15 de marzo, en un acto de duelo organizado por el Partido Comunista de Chile, donde el poeta casi pierde el conocimiento en el escenario{7}. El poema se difunde rápidamente por América y el mundo comunista, con ediciones en Argentina, Polonia y Checoslovaquia. En sus primeras versiones estará dividido en ocho partes, con números romanos, división que más tarde no será utilizada. En algunas de las publicaciones posteriores, se eliminarán la sexta y séptima partes del poema original{8}:

Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.
Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo!
Trabajadores, pescadores, músicos stalinianos!
Forjadores de acero, padres del cobre, stalinianos!
Letrados, estudiantes, campesinos stalinianos!
Obreros, empleados, mujeres stalinianas!
Salud en este día! No ha desaparecido la luz,
no ha desaparecido el fuego,
sino que se acrecienta
la luz, el pan, el fuego y la esperanza
del invencible tiempo staliniano!

En sus últimos años la paloma,
la Paz, la errante rosa perseguida,
se detuvo en sus hombros y Stalin, el gigante,
la levantó a la altura de su frente.
Así vieron la paz los pueblos distantes.
Desde estepas y mares, praderas, reuniones,
los ojos de los hombres dirigieron
su mirada a este faro con palomas,
y ni el salvaje encono ni el veneno arrogante
de los encarnizados, ni la mueca
de Churchill o Eisenhower o Trujillo,
ni el ladrido radial de los vendidos,
ni el gruñido del chacal derrotado,
disminuyeron su épica estatura
ni salpicaron su sencilla fuerza{9}.

Contrario a lo que afirma Neruda en sus memorias: “dediqué uno sólo de mis poemas a esa poderosa personalidad”{10}, si se mira a lo ancho y largo de sus textos, se ve que Stalin es un motivo importante en poemas de Tercera residencia, Canto General y de su próximo libro Las uvas y el viento, o sea desde los comienzos de su poesía política. Neruda, más tarde olvida y desmiente haber sido un convencido stalinista{11}. Pero sus discursos políticos, entrevistas y poemas muestran que alabó durante años la figura y política del dictador soviético.

A Chile comienzan a llegar los delegados latinoamericanos para las reuniones preparatorias del Secretariado del Congreso Continental. En sus memorias recuerda Jorge Amado, que al arribar a Santiago el día de la muerte de Stalin, Neruda, Volodia Teitelboim, Rubén Azócar y otros miembros del comité de recepción, lo esperaban en el aeropuerto con corbatas negras en señal de duelo por la muerte de Stalin. Al llegar a Santiago, Amado recibe un cable donde se le comunica que debe volver al Brasil para presidir la delegación brasileña en los funerales de Stalin en Moscú. Por falta de vuelo, no puede seguir a la capital soviética. Sólo logra participar en el entierro del escritor brasileño Graciliano Ramos, también fallecido por esos días{12}.

En Chile, el Partido Comunista inicia una campaña de reclutamiento con el nombre Promoción Stalin, en homenaje al sabio maestro desaparecido{13}, y se decide postergar el Congreso Continental para fines de abril.

En la Unión Soviética se insinúa una nueva política. Así, a comienzos de abril, se libera a los médicos judíos acusados del “complot sionista”. Se explica que todo había sido una farsa. El diario del Partido Comunista chileno El Siglo comenta el 4 de abril que una vez más se había impuesto la justicia en la Unión Soviética. Corta memoria tiene el partido: pocos meses antes habían defendido la veracidad del “complot”.

Poco después el Secretariado del Congreso Continental de la Cultura ofrece un cóctel a destacados intelectuales y periodistas chilenos. Entre ellos los novelistas Benjamín Subercaseaux y Nicomedes Guzmán, junto a Tomás Lago, director del Museo de Arte Popular y Lenka Franulic de la revista Ercilla. Entre los miembros extranjeros se encontraban los escritores Jorge Amado, del Brasil; René Depestre, de Haití; Gabriel Bracho, escritor y periodista venezolano. Se pronuncian diversos discursos en contra de una campaña de organizaciones y periódicos gubernamentales, que los acusaban de servir a una campaña comunista. Amado sostiene que el Congreso no será antigubernamental, que se discutirán solo asuntos culturales y que estaba abierto a todos los intelectuales para discutir problemas de orden profesional y moral. Benjamín Subercaseaux, dice que a pesar de no ser comunista, encuentra en este amigos y que por tratarse de un congreso cultural americano es importante participar, ya que “América –como Asia y África– son las fuerzas jóvenes, las reservas del mundo”{14}.

Mientras tanto, en Buenos Aires se publica una réplica a los ataques de Neruda contra la revista Sur en la entrevista concedida el 11 de octubre de 1952 a la revista Pro arte{15}, publicada en noviembre del mismo año en Santiago. Directora de la revista argentina era Victoria Ocampo, una de las íntimas amigas de Delia del Carril. La respuesta es una feroz defensa de la libertad de opinión y actuación y un ataque a la parcialidad de los argumentos nerudianos. Sur sostiene que siempre había luchado contra los nazis y el antisemitismo, dedicando tres números a la II Guerra Mundial y uno sobre los campos de concentración soviéticos.

Nos preguntamos si al denigrar a T. E. Lawrence habla por ignorancia, o mala fe, o sumisión a las versátiles consignas del Partido. Es posible que durante el pacto Germano Soviético, Neruda saliera en defensa de los nazis y de T. E. Lawrence contra Gran Bretaña; cuando Rusia entró en la guerra, tenemos la seguridad de que comprendió los peligros del nazismo; hoy ve los males que Norteamérica y Gran Bretaña significan para el mundo; tal vez mañana –o en este momento– reivindique a Lawrence de Arabia contra los judíos o, mejor dicho, contra el “judío burgués nacionalista”, término que sirve para caracterizar políticamente al sionismo y que no tiene connotación antisemítica de ninguna especie” (así lo sostiene el Daily Worker){16}.

Sobre las acusaciones contra Czeslaw Milosz, según Neruda en el reportaje a Pro arte, un “joven poeta polaco que ha cambiado su patria... por los dólares del Departamento de Estado”, Sur ironiza, que cómo sería el apoyo que concede el Departamento de Estado a Milosz, que este no había logrado obtener visa para entrar a los Estados Unidos, y vive pobremente en Francia. Termina con un directo ataque al poeta chileno:

Muy otra es la protección que reciben de Moscú o de los gobiernos de las Democracias Populares los escritores comunistas de renombre. Milosz... es el primero en reconocerlo, y en reconocer también el precio que pagan por ella: deben convertir su obra en una glorificación progresiva del marxismo y en renunciar a roda inteligencia, a todo discernimiento crítico. El Reportaje a Neruda ilustra las afirmaciones de Milosz. Pero, Neruda tiene la suerte de haber nacido en Chile. Podría escribir versos (buenos versos, no contaminados de propaganda) y resistirse a opinar sobre filosofía, literatura, música, artes plásticas. Sus consideraciones sobre la cultura en general y en particular están viciadas per la triste ortodoxia del Partido{17}.

Por este tiempo, la editorial Nascimento publica en Chile una antología nerudiana bajo el título de Todo es amor. Ella reúne poemas de Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Anillos, Tentativa del hombre infinito, El hondero entusiasta, Residencia en la tierra, Tercera residencia, Canto General, y de su futuro libro Las uvas y el viento{18}.

En el periódico El Nacional de Caracas se publica el 12 de abril un nuevo poema de Neruda, “A la energía”. Es un poema de su futuro libro Odas elementales. Recibirá más tarde el título “Oda a la energía”{19}. Es un ejemplo de la nueva etapa poética de Neruda. La que había descrito, en el “Reportaje a Neruda” de octubre-noviembre pasado, como la “búsqueda de la sencillez”. Años más tarde Neruda añadirá una nueva explicación:

La incitación provocativa vino de un periódico de Caracas, El Nacional, cuyo director, mi querido compañero Miguel Otero Silva, me propuso una colaboración semanal de poesía. Acepté, pidiendo que esta colaboración mía no se publicara en la página Artes y Letras, en el Suplemento Literario, desgraciadamente ya desaparecido, de este gran diario venezolano, sino que en sus páginas de crónica{20}.

Con esta contribución, comienza una extensa publicación de poemas en este periódico. Más tarde, a veces con modificaciones importantes, serán partes de libros como Odas elementales, Las uvas y el viento, Navegaciones y regresos, Estravagario, o Fin de mundo.

El 26 de abril de 1953 se inaugura en el Teatro Municipal de Santiago el Congreso Continental de la Cultura con 200 delegados de casi todos los países latinoamericanos. En el escenario toman lugar junto a Neruda, entre otros el pintor Camilo Mori; el escritor Benjamín Subercaseaux; el fundador del Teatro Experimental Pedro de la Barra; el novelista Fernando Santiván; el director de la revista Pro Arte Enrique Bello; el médico, político y candidato a las elecciones presidenciales de 1952 Salvador Allende; los escritores y políticos Baltazar Castro y Volodia Teitelboim. Además, el pintor mexicano Diego Rivera; el escritor brasileño Jorge Amado; la escritora argentina María Rosa Oliver; y el poeta cubano Nicolás Guillén. Luego de la presentación de los delegados, un coro de trabajadores interpreta el Himno Nacional. Intervienen Héctor Mardones Restat, miembro del Comité Chileno de Preparación del Congreso y Decano de la Facultad de arquitectura de la Universidad de Chile; el poeta polaco Jaroslaw Iwaskiewicz; y la delegada norteamericana Betty Sanders. La siguió un acto.

En el escenario se encuentran los actores María Maluenda, Inés Morolo, Matilde Sotomayor, Roberto Parada, Ary de Andrade y Walderino Melgarejo. Neruda, que se encuentra a un costado del escenario, tras los bastidores, lee su texto y luego continúan los actores, que leen o recitan. Neruda dice lo siguiente:

Y ahora, interrumpamos este acto por algunos minutos para que sobre la voz de los poetas dibuje el aire el mapa de nuestra América. Desde los más antiguos tiempos, salvo raros extravíos, ellos defendieron las esencias americanas, y buscaron la fraternidad y la paz sustentada en el honor y la comunión de todos los pueblos.

Poetas de vida difícil ligados a la historia difícil de nuestras naciones, nacidos de sus miserias más terribles y de sus más altas esperanzas, que vengan aquí, que hablen con nosotros, que nos transmitan su valioso mensaje, que sus presencias sean el coro de nuestro Congreso. Cae la noche sobre Tenochtitlán, la antigua México. Estamos en los comienzos del Siglo 16, de las fronteras destruidas de los templos quemados por los invasores españoles, sale la voz más antigua de nuestra poesía en el idioma azteca transmitida por siglos secretamente de memoria en memoria y de boca en boca!{21}.

Lo sigue la lectura de un poema azteca recitado por Matilde Sotomayor.

Neruda se refiere a continuación a la importancia de la poesía del poeta norteamericano Walt Whitman. Roberto Parada lee entonces un poema de Whitman. Así sucesivamente, los actores recitan poemas del poeta brasileño Castro Alves; del argentino José Hernández; de la chilena Gabriela Mistral; del cubano Nicolás Guillén; del mexicano Ramón López Velarde; del nicaragüense Rubén Darío y de Pablo Neruda, de quien se declama el poema final de “Alturas de Machu Picchu”. Baltazar Castro cierra el acto a nombre del Comité Organizador{22}.

Durante el Congreso, Neruda pronuncia un discurso publicado más tarde bajo el nombre de “A la paz por la poesía”. Expone la necesidad de redescubrir el continente americano.

Estamos cavando, descubriendo y tallando la gran estatua de América. Queremos lavar las manchas de sangre y de martirio que en todas las épocas han salpicado su estatura. Queremos espléndido su rostro entre los grandes mares, lleno de luz y alegría. Queremos dar a sus ojos una expresión, un sentido inolvidable, queremos poner en su boca las más nobles palabras{23}.

Después de referirse a sus experiencias con Canto General, y de mencionar las dificultades para traducir su poesía, Neruda, como en todas sus últimas entrevistas y discursos, reitera la necesidad de sencillez y claridad en la obra literaria.

Me costó mucho salir de la oscuridad a la claridad porque la oscuridad verbal ha pasado a ser entre nosotros un privilegio de casta literaria, y los prejuicios de clase han tenido como plebeya la expresión popular, la sencillez del canto. Aquí está entre nosotros un descendiente tropical del patricio Martín Fierro, un gran pleyebel, un poeta popular cristalino, pero lleno de sabiduría, que se llama Nicolás Guillén{24}. Él puede enseñarnos mucho. El hecho es que, en toda la América, junto con las características de desarraigo, de contrapatria, de irrealidad, va siempre unida en nuestra poesía americana una expresión de casta, un deseo de ser superiores haciéndonos oscuros. Este hecho es el resultado de la distancia entre los señores feudales con su esplendor y la oscuridad de la gleba trasladada al territorio de la poesía […].

Es pues, sobre la base de claridad que podemos entendernos entre nosotros y hacernos entender de nuestros pueblos. La oscuridad de lenguaje en la poesía es el vestigio del antiguo servilismo.{25}

El poeta acentúa la necesidad de buscar y abarcar la “inmensidad americana” a través de la poesía sencilla, sin olvidar a sus héroes o los crímenes cometidos. Polemiza contra el cine hollywoodiano que recurre a la pornografía y a la violencia para seducir a las masas. Lo mismo ocurre, según el poeta, en revistas, cuentos policiales e historias infantiles. Esto conduce, según él, a la desaparición de una cultura popular. Anuncia su nuevo libro Las uvas y el viento:

después de mi “Canto General” y de mis viajes por el mundo, he escrito un libro, sin nombre todavía, en que recojo lo que más he amado de la antigua y de la nueva Europa. Llamo nueva Europa a la Europa socialista. Quiero que este libro sea mi contribución a la paz. En él busco los mejores hechos de la Europa Occidental y de la Europa Oriental, busco los héroes y los pueblos, paisajes y productos, tierras, puentes, pueblos, vinos. Quiero que este canto reúna esta unidad amenazada; nuestro mundo de hoy{26}.

Neruda termina sus palabras con la esperanza de que el ser humano logre pan, justicia y poesía.

El Congreso concluye el 3 de mayo de 1953. Las resoluciones son presentadas en “17 minutos de lectura” en el último pleno del Congreso{27}. Son tres puntos leídos por Jorge Amado, Diego Rivera y Pablo Neruda.

El primer acuerdo llama a “profundizar e iluminar los elementos nacionales” de cada uno de los países; a una “auténtica independencia”, libertad, “garantía y respeto a los derechos humanos de los hombres y las culturas”; y también a una paz para el continente y el mundo; ya que “sólo así nuestras culturas nacionales podrán desarrollarse en su plenitud”.

El segundo acuerdo apela a un intercambio cultural; por el libre tránsito de ideas y formas culturales entre las naciones del continente y los demás países del mundo, lo que reforzará la amistad y el respeto mutuo y llevará a un progreso. Además, se critica la “aplicación de controles económicos, la discriminación en los pasaportes, la presión gubernamental y las trabas opuestas a la libre circulación del libro y de las obras de arte”.

El tercer acuerdo expresa que la cultura no puede estar sometida a una censura por órganos policiales o administrativos; se afirma “que las leyes, decretos, reglamentaciones y actos oficiales destinados a condicionar o limitar las diversas manifestaciones de las actividades culturales, constituyen una lesión directa a la cultura misma tanto en el sentido de su moralidad como en el de su necesaria expansión popular”. Se llama a los gobiernos a eliminar todo reglamento que impida el libre ejercicio de la cultura. Se reclama también la responsabilidad de las entidades culturales y profesionales y se exhorta a los intelectuales a tomar conciencia de su libertad como fundamento del espíritu creador. Se expresa finalmente el deseo de los derechos fundamentales del artista a una vida digna y a vivir del “oficio que han elegido, sabiendo que en ello descansa igualmente el interés de la cultura y […] de la sociedad”{28}.

La participación de Baltazar Castro en el Congreso Continental de la Cultura es el comienzo de su amistad personal con Neruda. Castro será el “motor solitario” en la campaña pro-Nobel para Neruda{29}.

——

{1} Según cartas encontradas en: SAPMO-BArch, DZ 9/ 246.1243.

{2} Castro, Baltazar: Le llamaban Pablito. Santiago de Chile, 1982. pág. 19-22.

{3} De: La Nación, Santiago de Chile, 23 de febrero de 1953. Además Edwards, Jorge, 1990, pág. 42-54.

{4} Todos estos datos de: Edwards, Jorge, 1990, pág. 42-54.

{5} Según manuscrito encontrado en Archivo Estatal de Rusia para la Literatura y la Cultura, Moscú: Fuente 631, duplicado 25, Objeto 4356.

{6} Neruda, Pablo: Confieso que he vivido. Barcelona, 1994, pág. 415.

{7} Según carta mandada a Teitelboim el 21 de marzo de 1955 (y no 1954 como sostiene Teitelboim, ya que el II Congreso de Escritores Soviéticos fue solo a finales de 1954 y el acto debía ser para dar cuenta pública del Congreso), Véase: Teitelboim, Volodia: “Neruda”, Santiago de Chile, 1994, pág. 369.

{8} Véase por ejemplo: Neruda, Pablo: Las uvas y el viento, Barcelona 1981, pág. 145-151. En las obras completas se publicará en su totalidad, pero sin la división original. Véase: Neruda, Pablo, OC-I, 1973, pág. 812-813.

{9} Neruda, Pablo: “En su muerte”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 16 de marzo de 1953.

{10} Neruda, Pablo, 1994, pág. 415.

{11} Ibid.

{12} Amado, Jorge, 1992, pág. 122-123.

{13} Edwards, Jorge, 1990, pág. 44.

{14} Según: “Destacados intelectuales participaron en el cóctel del Congreso de la Cultura”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 9 de abril de 1953.

{15} Véanse págs. 865-867 de este libro.

{16} “Pablo Neruda y Sur”. En: Revista Sur, n° 221, Buenos Aires, abril-mayo de 1953.

{17} Ibid.

{18} Neruda, Pablo, OC-III, 1973,  pág. 921.

{19} Milano Guzmán, Mario: “Pablo Neruda: poesía y prosa en la prensa venezolana (1943-1973)”. En: Mapocho, n° 40, Santiago de Chile, 1966.

{20} Neruda, Pablo: “Algunas reflexiones improvisadas sobre mis trabajos”. En: Mapocho, Santiago de Chile, tomo II, n° 3, Santiago de Chile, 1964.

{21} Todos estos datos de: “Inauguraron ayer el Congreso de la Cultura. Solemne y representativa asamblea en el Teatro Municipal”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 27 de abril de 1953.

{22} Ibid.

{23} Neruda, Pablo: “A la paz por la poesía”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 31 de mayo de 1953.

{24} Había una enemistad personal en las relaciones entre Neruda y Guillén. Guillén tenía envidia de Neruda, “pese al enorme éxito que había logrado en Santiago”, lo que lo llevó a no participar en una fiesta efectuada en la casa de Neruda en su casa Michoacán. Según: Edwards, Jorge, 1990, pág. 52. Esta enemistad se intensificará en los años 60.

{25} De: “A la paz por la poesía”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 31 de mayo de 1953.

{26} Ibid.

{27} Según: “América llama a intelectuales de los 5 grandes. Resoluciones del Congreso”. En: Vistazo, 5 de mayo de 1953.

{28} Ibid. A su vez: “Resoluciones sobre los puntos 3 y 4 del Congreso de Cultura”. En: El Siglo, Santiago de Chile, 12 de mayo de 1953.

{29} Calderón Ruiz de Gamboa, Carlos: “Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura. Crónica de un río que desborda sus márgenes”. Santiago de Chile, 1993. pág. 27.

2011 → Germán Alburquerque Fuschini (1975), “El Congreso Continental de la Cultura. Santiago, 1953”, en La trinchera letrada: intelectuales latinoamericanos y Guerra Fría, Ariadna Ediciones, Santiago de Chile 2011, páginas 52-60.

El Congreso Continental de la Cultura. Santiago, 1953

(Germán Alburquerque Fuschini, La trinchera letrada, Ariadna Ediciones, Santiago de Chile 2011, páginas 52-60.)

Cuando Neruda revela la voluntad del Consejo de la Paz por organizar el evento no está dando una información trivial. Tampoco cuando Jorge Amado recuerda expresamente que la iniciativa nació de ese movimiento. Porque la génesis del Congreso Continental de la Cultura fue desde el primer día controversial, y lo sería más conforme se acercaba la fecha de su partida.

En México se había celebrado, bajo los auspicios del Consejo Mundial de la Paz, el Congreso Continental Americano por la Paz en septiembre de 1949, ocasión en la que se congregaron Neruda, Marinello, Guillén, Otero Silva, Volodia Teitelboim y otros. Se recibieron adhesiones de Cárdenas, Sanín Cano, García Monge, Rivera, Alfonso Reyes, Paul Robeson, Thomas Mann y Gabriela Mistral, la poetisa chilena que había obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1945. Teitelboim rememora que se sentían “soldados disciplinados de un gran ejército civil que impedirá la guerra… Los que están contra la paz están contra la vida”.{57} El motivo dominante fue la amenaza de las armas nucleares, de hecho, una delegación norteamericana, con Linus Pauling y J. G. Endicott a la cabeza, se comprometió a pedir a Naciones Unidas que conquistara el control de dicho armamento. Este encuentro, por tanto, se sitúa en una línea de filiación directa con el que se realizaría en Santiago años después.

En una segunda línea de filiación aparece Gabriela Mistral, que acapararía cierto protagonismo –muy a su pesar, probablemente– tanto en uno como en otro evento, presumo que a consecuencia de la celebridad que el Nobel le había granjeado. Una adhesión de Mistral era muy preciada, y en México había sido el escritor chileno Luis Enrique Délano quien se la había solicitado con tan buen resultado que la poetisa, no contenta con enviar un caluroso saludo, escribiría tiempo después un artículo en la revista Repertorio Americano –publicación costarricense que en la época fue uno de los principales referentes de la intelectualidad latinoamericana– donde reflexionaba sobre esa palabra maldita en la que se había convertido paz. Tacha de amnésica a la humanidad por haber olvidado las crudas carnicerías de las guerras mundiales, aquellas que han sofocado el trabajo y la creación, y luego invoca una militancia por la paz que no medre ante el curioso desprestigio de este “vocablo tachado en los periódicos, metido en un rincón, vedado como si fuera una palabrota obscena”, que hay que seguir “voceándolo día a día” aunque ello cueste quedarse sin amigos por algunos años. Apela a su vez a los “cristianos extraviados de todas las ramas, desde católicos hasta cuáqueros”, para que rescaten la palabra más usada en los evangelios.{58}

Sucedió que al año siguiente –al parecer por petición de Neruda– Gabriela Mistral, acompañada de Baldomero Sanín Cano y Joaquín García Monge, emitieron un llamamiento en el que anunciaban el Congreso Continental de la Cultura a realizarse en Santiago de Chile el año próximo, emplazando a los intelectuales de América a trabajar por su éxito. El mensaje por ningún lado remitía al Consejo de la Paz, como si se quisiera ocultar cualquier vinculación con él. Es posible que los tres signatarios, Mistral, Sanín Cano y García Monge, no supieran que detrás del congreso estaba el movimiento pacifista de inspiración comunista al que Neruda pertenecía. La maniobra pretendía blanquear la convocatoria con el fin de hacer participar al mayor número posible de intelectuales, ojalá de diversas tendencias.

Se hizo un gran esfuerzo organizativo para llevar a efecto un evento de una magnitud inédita para América Latina y para el cual se trabajó durante los meses previos no solo en Chile, el país anfitrión, sino también en las otras naciones del continente en que se constituyeron comités de colaboración. Hasta se publicaron dos números de un boletín informativo que daba cuenta de los preparativos y entretelones del congreso.

El 23 de marzo de 1953 apareció el primer boletín, que parte reproduciendo el llamamiento original de Mistral, Sanín Cano y García Monge, una pieza de relojería en el arte de no decir nada comprometedor ni militante. Señala que el estado del mundo y en especial de Latinoamérica urgen a la acción: “Las inquietudes y angustias de la conciencia universal, tanto como los problemas que afectan al Continente Americano, llaman a los hombres de buena fe a unir sus esfuerzos en el interés de lograr una convivencia asentada en la comprensión y en la confianza”. Pasa luego a interpelar a los intelectuales, quienes deben afrontar los desafíos de la hora: “La responsabilidad humana nos alcanza a todos (…) Los escritores, los investigadores, los juristas, los trabajadores intelectuales de todo carácter, poseen intereses comunes que deben ser examinados y defendidos en un libre y generosos debate”. A ello apunta la convocatoria lanzada: “Creemos de gran utilidad una reunión de todas las tendencias y confesiones, entregados al cultivo del arte y de la ciencia (…) Del conjunto de todas las voluntades y entendimientos ha de venir la posibilidad de una obra mejor y la colaboración más activa en bien de nuestros pueblos”{59}.

Subrayo todas las tendencias y confesiones pues allí radica una de las claves del documento: el afán de invitar e incluir antes de sesgar y excluir. Así las cosas, ¿quién podría resistirse a tan puras y desinteresadas intenciones?, ¿quién podría oponerse a una convivencia mundial asentada en la comprensión y en la confianza?, ¿quién descreería del diálogo cultural entre los pueblos del continente?

El temario preliminar no es menos aséptico pues desglosa más o menos los mismos supuestos del llamamiento y solo se diferencia al aterrizar a un plano material dichos propósitos. Se planea discurrir sobre cómo estimular el libre desarrollo cultural mediante medidas prácticas que preserven, popularicen e impulsen la investigación y las características nacionales, y que al mismo tiempo incrementen el intercambio cultural eliminando obstáculos a la libre circulación de obras literarias, artísticas, científicas o cinematográficas. Asimismo se espera el congreso como una ocasión para estrechar el contacto entre los intelectuales y de ese modo fomentar la ética profesional, la libertad de creación y de opinión, y los intereses generales y particulares de los distintos representantes de la cultura latinoamericana.{60}

El boletín se esmera en recalcar que se avecina un magno evento –ya cuenta con 400 adherentes– y que los preparativos van viento en popa en cada uno de los comités que se han formado en casi todos los países. Es significativo que se deje constancia que el congreso se costea con los aportes que los comités deben reunir y enviar según una cuota preestablecida –así, mientras a Brasil, Argentina y Chile se le exigen 1000 dólares, a Guatemala, por ejemplo, solo 500–, quizás como una forma de despejar dudas acerca de un financiamiento foráneo. Otro punto que se enfatiza es que, por ser un congreso de carácter continental, los intelectuales de Canadá y Estados Unidos también son bienvenidos.

Sin embargo, a poco andar el boletín arroja luces acerca de la real naturaleza de un evento que por tratar de borrar sus raíces despierta sospechas, las cuales terminarán por desvirtuar tanto las bienintencionadas exhortaciones de los tres convocadores como el sincero interés de los partidarios de la paz –comunistas y allegados– por levantar una instancia de discusión abierta a las distintas corrientes de pensamiento del continente. Una de esas luces fue el primer listado de personalidades que suscribían el llamamiento (lo que no supone su presencia ulterior en el encuentro), muchas de ellas vinculadas al comunismo, como era el caso de Oliver, Amado, Guillén, Neruda, Rivera, René Depestre, Otero Silva, Agosti (quienes se apersonarían efectivamente en Santiago), Marinello, Niemeyer, Zalamea, David Alfaro Siqueiros y José Asunción Flores. Claro está que también firmaban hombres de izquierda e independientes de renombre, como Jorge Icaza, Benjamín Carrión, Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas, Alfonso Reyes, Fernando Benítez, José Mancisidor, Oswaldo Guayasamín y Jorge Enrique Adoum.

Ya el segundo boletín, con fecha 14 de abril, acusa recibo de las habladurías generadas por el evento, que son indicio de las fuertes contracciones del campo cultural latinoamericano de la época, que por lo demás se harán ostensibles hasta el mismo día de apertura del encuentro. De esta manera, además, se hacen más explícitas las posiciones de organizadores y participantes.

Nos informa el folleto de la composición del Secretariado del Congreso, en el que asoman, junto al escritor chileno Alberto Romero (presidente), intelectuales comunistas como los ya nombrados Oliver, Agosti, Amado, Guillén, Neruda, Depestre, Teitelboim. Más adelante se detallan los invitados desde Europa como huéspedes de honor –Ana Seghers, Louis Aragón, Jean-Paul Sartre, György Lukács, Carlo Levi, Arthur Lundquist, Illia Ehrenburg, Dimitri Chostakovich, el martiniqués Aimé Cesaire, entre otros–; aunque es más revelador el detalle por país de origen, con mayoría de naciones socialistas: Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, China, Francia, Holanda, Hungría, India, Inglaterra, Italia, Mongolia, Polonia, Portugal, Rumania, Suecia y Unión Soviética. Dejo para el final Alemania, curiosamente mentada sin apellido.

Aparece también una breve columna de opinión –“Por la cultura”– del diputado y miembro de la Academia de Letras de Brasil, Menotti de Picchia, en que se fustiga la opresión que sufren nuestras culturas a causa de la “fuerza de la propaganda de los países económicamente más fuertes”, más precisamente de “las grandes organizaciones industriales [que] nos obligarán, mañana, a comer los alimentos sintéticos que fabriquen, a usar la indumentaria que inventen, a leer apenas los libros y revistas que impriman, como ya están comenzando a hacer con ese sagaz ‘Reader’s Digest’ y como harán después, con tantos otros productos de sus máquinas de dominación”.{61} Afloraba entonces la condena al imperialismo norteamericano que sería pan de cada día en el transcurso del congreso que se avecinaba, consagrándose como una de sus vigas maestras.

Pero lo más polémico que se revela es la respuesta del boletín al cuestionamiento, por parte de ciertos sectores no precisamente de izquierda, del papel que Gabriela Mistral tuvo y tiene en el congreso, a propósito de unas declaraciones que ésta formuló a la agencia de noticias AP en Nueva York y que parecen desautorizar a los organizadores por el uso de su nombre. Sus palabras son reproducidas por el diario El Mercurio al día siguiente de pronunciadas (28 de marzo de 1953) y son bastante escuetas, de partida no aparece el contexto, nada más se transcribe la ambigua frase: “Los ausentes no podemos provocar ni dirigir de lejos actividad alguna, cultural ni política”. ¿Qué quiso decir la escritora? Para quienes pretendían desprestigiar el congreso y desnudar sus vínculos con los partidos comunistas y en último término con la Unión Soviética, lo de Mistral obedeció al deseo de alejarse del rumbo que siguió el evento y que acabó por distorsionar el espíritu original de la citación del año anterior. Para los organizadores, como queda plasmado en el comunicado del secretariado continental del congreso publicado en el boletín, la poetisa solo constató la realidad, pues es evidente, dada su residencia en el extranjero, que no ejerce ninguna dirección en los preparativos únicamente por la imposibilidad física y que, como ella misma ha reafirmado, su labor se limitó a convocar. Finalmente concluye que ella “ha mostrado una gran fidelidad a sus ideas contenidas en el llamado”.{62} Aun desconociendo el contexto, aun reconociendo que la frase acepta más de una interpretación y aun dudando de la completa veracidad de la noticia, me parece que lo de Mistral encierra algún grado de disgusto con la orientación del congreso y tal vez un reproche a la poca cristalina petición –omitiendo la raíz de la iniciativa– con que le pidieron el mensaje de convocatoria. Por otra parte, la distancia geográfica no fue impedimento para que muchos intelectuales colaboraran desde el exterior –recuérdense los comités nacionales– y no se ve por qué Mistral no pudo hacer lo mismo.

Hubo más diferendos. En los primeros días de marzo el músico chileno Juan Orrego Salas envió una carta a El Mercurio donde protestaba por las actitudes “desconcertantes desde el punto de vista de la cultura” que se venían suscitando y que se condensaban específicamente en la invitación cursada por un grupo de escritores al presidente de Argentina Juan Domingo Perón para que, en el marco de una visita oficial, se dirigiera a los intelectuales locales en la Universidad de Chile. Orrego juzgaba el hecho como una deslealtad para con los colegas argentinos perseguidos por el gobierno peronista que incluso hería a un sector intelectual chileno en desacuerdo con las políticas del mandatario. La recusación salpicaba además a Pablo Neruda, quien había adherido a la invitación.

Todavía hubo tiempo para un nuevo cisma, esta vez protagonizado por un grupo de intelectuales –o políticos– que, si bien valoraba el encuentro, observaba un tendencioso acaparamiento por parte de la izquierda. El joven Jorge Edwards, cercano a Neruda, recuerda que por esos días circuló una carta que Eduardo Anguita le ofreció para firmar y que ingenuamente, según propia confesión, firmó.{63} Por su juventud y buena fe Neruda comprendió y hasta defendió a Edwards. La carta conminaba a la organización para que se debatiera el problema de la cultura en el régimen de Stalin –que coincidentemente vivía para entonces sus últimos días– a cambio de la integración del grupo al congreso. Llevaba la firma de los escritores Eduardo Barrios, Teófilo Cid, Luis Oyarzún y Alejandro Magnet, y de los “intelectuales” Eduardo Frei, Radomiro Tomic, Jaime Castillo Velasco, Jacques Chonchol, Julio Silva Solar y Gabriel Valdés, todos miembros del Partido Falange Nacional (futuro Demócrata Cristiano) de Chile y en su mayoría abogados.{64} Como la moción no prosperó se redactó un manifiesto, aparecido en el diario La Nación del 24 de abril del 53, a días de la inauguración, que confirmaba la decisión de “no adherir al Congreso mientras no haya una garantía formal en el sentido de que será posible suscitar un debate sobre las cuestiones enunciadas”, es decir, sobre las condiciones de creación al interior de los estados comunistas, en donde campean las “culturas dirigidas”. De no resistir y oponerse a estas tentativas se asistiría a un “desastroso ensayo de ‘cultura dirigida’ que empobrecerá irremediablemente el acervo cultural de los países en que se desarrolla, y que amenaza, por lo tanto, el destino común de la cultura en el mundo”. En el encuentro los comunistas –acusaba el documento– esperan “orientar partidistamente las deliberaciones” y así silenciar las eventuales censuras a los atropellos que la dignidad y libertad humanas sufren en esas sociedades y que no pueden sacrificarse en nombre de la liberación material y económica de los pueblos. La defensa de la libertad solo surgirá en un sistema en que la verdad se imponga sin recurrir a autoritarismos. Aunque los dardos también apuntaban al capitalismo, es la órbita soviética la principal destinataria de las críticas por estar allí en mayor peligro las nociones de libertad y verdad: “Estas ideas se encuentran amenazadas de hecho, tanto por la sujeción a los poderes abstractos de la economía, que colocan la suprema valoración en la sola riqueza, como por la práctica de los estados de tendencia totalitaria que someten el desarrollo cultural del pueblo a tutela y que, con el pretexto de evitar la corrupción espiritual dirigen deliberadamente el espíritu del hombre hacia sus fines políticos e impiden que el desarrollo de la sociedad produzca espontáneamente un nivel más alto y un estilo nuevo de Cultura”.{65}

El último conflicto previo al Congreso, que a estas alturas resulta casi menos interesante que su antesala, comprometió al gobierno de Chile, presidido por Carlos Ibáñez, que negó o demoró la visa de entrada a varios escritores provenientes de Europa del Este y la URSS, y que incluso, en algún instante, amenazó con prohibirlo.

“¿Son las naciones de América enteramente libres económica y espiritualmente?” Así se preguntaba el narrador chileno Fernando Santiván aquella mañana del domingo 26 de abril de 1953 en que por fin se inauguró el Congreso Continental de la Cultura.{66} Había que desmentir el mito del escritor solitario desconectado de la sociedad, continuaba Santiván en la solemne ceremonia efectuada en el Teatro Municipal de Santiago. Se encontraron y reencontraron allí los ya mentados Oliver, Amado, Guillén, Rivera, Depestre, Otero y Neruda; los chilenos Romero, Teitelboim, Santiván, Edwards, Nicanor Parra; el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón; los poetas colombianos Luis Vidales y Luis Castro Saavedra; el poeta argentino Raúl González Tuñón; los brasileños Vinicius de Moraes, Cándido Portinari, Caio Prado Jr. y Orígenes Lessa; entre otros.

Se vivió una fiesta en Santiago durante toda esa semana. Los jóvenes llenaban cada velada el Teatro Municipal excitados por la presencia de tantos artistas extranjeros y por las actividades de intercambio cultural –exposiciones, conferencias, recitales, conciertos– que funcionaban paralelas al congreso. De los ilustres visitantes del exterior destacaban Nicolás Guillén, por su exuberancia y sensualidad, o Jorge Amado, por su ponderación y por su ponencia titulada “La cultura es la paz y la fraternidad”. Guillén era el alma de la fiesta y de la noche, pero quienes lo conocían sabían que detrás de ello había una competencia de egos entre él y Neruda, que se prolongaría por mucho tiempo y que terminaría en franca rivalidad por la carta de censura de los escritores cubanos contra el chileno. También resaltaron las intervenciones de intelectuales de países tan ajenos como Polonia y China. El importante narrador y poeta católico Jaroslaw Iwaszkiewicz, presidente de la Unión de Escritores Polacos, sentenció que “la causa de la paz es la causa del mundo entero”;{67} en tanto, el chino Li I-mang pronunció un discurso sobre materias económicas.{68}

Una idea que rondó en el ambiente planteaba la necesidad de aproximarse a los intelectuales de Estados Unidos, pues nadie dudaba que el diálogo traería beneficios a ambas partes. Por ello la efusividad con que se agradeció el saludo solidario de escritores de ese país y de Waldo Frank en particular. Por ello René Depestre, en “La paz y la cultura son amigas desde siempre”, afirmó haber descubierto que la verdadera grandeza de la Unión estriba en los numerosos intelectuales norteamericanos que reconocen el maltrato que su país aplica a los pueblos de América Latina, con lo cual se abre la esperanza de “hacer del continente americano un solo poema”.{69}

Ese mismo espíritu se plasma en las resoluciones del Congreso Continental de la Cultura, que invitan a intelectuales de las cinco potencias mundiales, vale decir EE.UU., URSS, Inglaterra, Francia y China, a que se reúnan en algún país del continente y “se comuniquen fraternal y libremente sus afinidades y diferencias”. A los intelectuales latinoamericanos les corresponde luchar para que dicho encuentro se concrete –y de ese modo incidir en el curso de la Guerra Fría–, “confiando en que será un paso decisivo hacia un acuerdo entre los Gobiernos de estas cinco grandes naciones, que asegure la pacífica convivencia en el mundo, y el florecimiento universal de la cultura”.{70}

En la ceremonia de clausura se anuncia, entre las resoluciones, la de bregar por preservar y desarrollar el patrimonio cultural de cada nación, lo cual exige para su cumplimiento una auténtica e integral independencia, requisito indispensable para el desarrollo de la cultura. Se aboga por la intensificación del intercambio cultural y se exhorta a los gobiernos latinoamericanos a eliminar la censura y los obstáculos al libre ejercicio intelectual. Tras constatar las dificultades por la que atraviesa la cultura a causa de la amenaza de una nueva guerra se finaliza con un enunciado que, si bien voluntarista, refleja la inspiración que da su impronta a todo el congreso: “Los intelectuales de América queremos la paz en nuestro continente y en el mundo entero”.{71}

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{57} Volodia Teitelboim, Neruda. Madrid, Ediciones Michay, 1984, 275.

{58} Gabriela Mistral, “La palabra maldita”, en Mistral, Escritos políticos. Edición de Jaime Quezada, México, FCE, 1994, 159. Original en Repertorio Americano (San José de Costa Rica) de enero de 1951.

{59} Boletín Informativo del Congreso Continental de la Cultura, 1, (Santiago), 23 de marzo de 1953, portada.

{60} Ibid., 3.

{61} Boletín Informativo del Congreso Continental de la Cultura, 2, (Santiago), 14 de abril de 1953, portada.

{62} Ibid, contratapa.

{63} Jorge Edwards, Adiós, poeta…. Santiago, Tusquets, 1990, 43-44.

{64} Eduardo Frei llegaría a ser presidente de Chile entre 1964 y 1970. Para la siguiente elección Radomiro Tomic perdió frente a Salvador Allende (1970-1973), quien en 1953 fue uno de los animadores del Congreso Continental.

{65} La Nación, (Santiago), 24 de abril de 1953, 6. En la asamblea plena del Congreso, realizada en el Teatro Caupolicán de Santiago, Neruda se referirá al alejamiento de este grupo: “Yo sé que muchos intelectuales afectados por la intensa propaganda en contra de nuestra reunión, o sinceramente convencidos de lo pernicioso de nuestros pensamientos, no están aquí para conversar con nosotros o para escucharnos” (“A la paz por la poesía”, publicado originalmente en El Siglo de Santiago del 31 mayo 1953 y recogido en Obras Completas, op. cit., 893).

{66} Teitelboim, op. cit., 293.

{67} El Siglo, (Santiago), 27 de mayo de 1953.

{68} El Siglo, (Santiago), 17 de mayo de 1953.

{69} El Siglo, (Santiago), 15 de mayo de 1953.

{70} El Siglo, (Santiago), 11 de mayo de 1953.

{71} Ibid.

2012 «La Cámara de Diputados de la Nación RESUELVE: Expresar su reconocimiento a la trayectoria política y cultural del ilustre ciudadano, Héctor Agosti, al celebrarse el Centenario de su nacimiento. FUNDAMENTOS […] Héctor Agosti, nació en la Ciudad de Buenos Aires y pasó sus primeros años en el barrio porteño de Balvanera Sur. […] En el transcurso de la década toma la dirección de la célebre publicación Cuadernos de Cultura, y avanza en su trabajo por la unidad de los intelectuales progresistas a través del Congreso Continental de la Cultura de 1953 y el Congreso Argentino de la Cultura en 1954. En la segunda mitad de la década aparecen tres libros centrales en el desarrollo de su pensamiento: "Para una política de la cultura" (1956), "El mito liberal" (1959) y "Nación y Cultura" (1959). […] Es por lo expuesto que solicitamos a nuestros pares la sanción de este justo Proyecto de Declaración.» (Cámara de Diputados de la Nación Argentina, Expediente 3602-D-2012, 1 junio 2012, Trámite Parlamentario n° 60; aprobado por unanimidad el 15 agosto 2012.)

2013 «—¿Cómo conoció a Diego Rivera? —En la radio también trabajaba la secretaria de Pablo Neruda, Margarita Aguirre. En aquellos días estaban organizando el Congreso Continental de Cultura y yo estaba al tanto de todos los chismes de ese Congreso. Neruda estaba viviendo a escondidas su historia con Matilde Urrutia, aunque todavía seguía unido a la hormiguita, que era como llamaban a Delia del Carril, su mujer. [Cuando Delia conoció a Pablo tenía 50 años y Pablo 30, vivieron 20 años juntos, le sobrevivió 16 años, vivió 105 años]. Mire, yo no era parte del Congreso, pero seguí todas sus sesiones. César Tiempo se enteró de que Diego iba a asistir y me mandó un telegrama para que lo entrevistara. Este fue el único viaje que hizo Diego a Sudamérica. Diego llegó a Santiago y los organizadores del evento le colocaron de chaperón, de acompañante, a un tal Berchenko, miembro del partido comunista, que era mal pintor y muy aburrido. Yo era una chamaca que tenía mi chispa y Diego cuando me conoció dijo: que nos acompañe también esta mujercita. Con ellos iba a visitar los cerros de Santiago y de borracherías. Para Diego los días tenían 48 horas, le daba tiempo a todo. Aunque no me lo dijo, en secreto hizo el retrato de Matilde Urrutia, ese en el que entre su cabello aparece disimulado el retrato de Neruda. Además sacaba tiempo para asistir a las sesiones del Congreso. Arriba en el escenario parecía un gran buda. Invitaron a los congresistas a un viaje en tren hasta Concepción para que conocieran la loca geografía de ese largo y angosto país. El caso es que Diego, me dijo: Raquelito, venga con nosotros y hacemos la entrevista en el tren, pero con una condición, la entrevista tendrá dos partes, en la primera voy a hablar de mi mujer Frida Kahlo y en la segunda de mí, y así fue, hicimos la entrevista en el vagón comedor.»
«—¿Cómo tomo la decisión de ir a México? —Bueno, yo conocía bien los entresijos del Congreso que se hizo en Chile. Uno de los acuerdos que se adoptaron fue que se hicieran congresos nacionales, uno por país. El caso es que a Diego se le ocurrió ficharme para organizar el congreso nacional mexicano y decidí aceptar. Así fue como nos presentamos en el aeropuerto de México, en mayo de 1953, donde nos esperaba una representación de la casa chica de Diego: así llamamos a la casa donde vive la amante de planta, la amante oficial, la casa grande es en la que vive la esposa. Estaban Emma Hurtado, entonces novia y, tras la muerte de Frida, esposa de Diego. La secretaria de Diego, la cubana Teresa Proenza, y su novia, Elena Vázquez Gómez, que llegó a ser secretaria del general Cárdenas. Este peculiar comité de recepción decidió que lo mejor era que yo fuera a vivir a Coyoacán, a la Casa Azul. Allí me recibió Cristina, la hermana de Frida, que entendió que yo iba en calidad de enfermera. Aunque yo tenía ya mi pequeño corazoncito de periodista, no me importó. Total que me subieron a la habitación de Frida y me destinaron a una cama gemela a la suya. Frida sacó una dosis de Demerol como para dormir a un elefante y me dijo que se la pusiera. Yo era hermana de médicos, pero nunca había puesto una inyección. Frida me enseñó dónde tenía que ponérsela. Entonces pude comprobar que desde la espalda hasta la mitad del muslo todo era una costra, de las heridas que se hacía ella misma al auto inyectarse. Me indicó que buscara una parte blanda: toca, toca y donde notes blando pica. Así lo hice y se durmió. No sé de dónde saqué el valor. Salí fuera de la habitación, me senté en la escalera que daba a un jardincito para relajarme un poco y en eso apareció el velador que cuidaba la casa y me dice: Señorita Raquelito, ¿no tiene miedo a que se le aparezca el espíritu del señor Troski? Creían que el fantasma de Troski podía deambular por allí, aunque no murió en esa casa. Después de una temporada en la Casa Azul, se trasladó a la casa donde le dieron el pioletazo final, en el año 1940.» (Alejandro Ipiña, “De paseo con Raquel Tibol (secretaria de Diego Rivera) por el arte mexicano”, Frontera Digital, Madrid, 15 de agosto de 2013.)

2016 Marcelo Casals Araya (Santiago de Chile 1983) anda algo despistado en su libro La creación de la amenaza roja, LOM Ediciones, Santiago 2016, cuando asegura: «Gracias a esto, Chile fue uno de los pocos países en los que se afianzó el Comité local del Congreso por la Libertad de la Cultura, usando a Cuadernos en la batalla ideológica en contra del Partido Comunista y su prensa. Así, por ejemplo, la prensa comunista se opuso a la celebración, en 1953, del Congreso Continental de la Cultura organizado en Santiago, así como también del Congreso Latinoamericano para las Libertades

gbs