Luis de Molina (1535-1600)Concordia del libre arbitrio, Oviedo 2007

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Luis de Molina

Concordia del libre arbitrio. Parte cuarta

Sobre la presciencia de Dios

Traducción, introducción y notas de Juan Antonio Hevia Echevarría
Biblioteca Filosofía en Español, Fundación Gustavo Bueno, Oviedo 2007, páginas 389-526
 

Luis de Molina, Concordia del libre arbitrio, Oviedo 2007, parte cuarta Disputa XLVII. Sobre la raíz de la contingencia.
1. Hasta aquí nos hemos centrado en la libertad de nuestro arbitrio, la hemos conciliado –en la medida de nuestras fuerzas– con el concurso general de Dios y la gracia divina y hemos explicado, con toda la claridad que nos ha sido posible, que las obras de la naturaleza y también las de la gracia son contingentes. Ahora, volviendo a la explicación de Santo Tomás y a la materia propia de este artículo, en primer lugar, debemos disputar sobre la raíz de la contingencia, para que así sea más evidente y quede demostrada totalmente la contingencia de los futuros. Para ello, explicaremos cómo conoce Dios los futuros contingentes y, finalmente, haremos concordar la presciencia divina con la libertad de nuestro arbitrio y con la contingencia de las cosas.
2. Para que se entienda la raíz u origen de la contingencia, hay que saber que, en relación a la cuestión que estamos tratando, una conexión puede denominarse «contingente» en dos sentidos.
Primero: Si nos fijamos de modo preciso en las naturalezas de los extremos, el sujeto no reclama para sí el predicado que se afirma de él en mayor medida que el opuesto; así, el hecho de que Sócrates esté sentado es contingente, porque Sócrates de por sí no reclama estar sentado en mayor medida que estar de pie o tumbado.
Considerada de este modo, la contingencia no excluye la necesidad fatal. Pues si todos los agentes actuasen por necesidad de naturaleza, entonces, aunque en función de las naturalezas de los extremos nada impediría que todo lo que sucede, aconteciese de distinta manera, no obstante, en relación a las causas y al modo en que estuviesen dispuestas y establecidas en este universo, todo ello sucedería por una necesidad fatal e infalible del modo en que en realidad aconteciese, porque habiendo una causa que podría impedir algo según la constitución y disposición del universo, en realidad habría otra causa que se lo impediría. Por esta razón, dada esta hipótesis, cualquiera que conociera todas las causas de este universo, conocería en ellas con certeza e infaliblemente todo lo que va a suceder.

Parte cuarta. Sobre la presciencia de Dios

Disputa XLVII. Sobre la raíz de la contingencia, 389

Disputa XLVIII. ¿Todo lo que ha existido, existe y existirá en el tiempo está presente para Dios en la eternidad según su propia existencia?, 396

Disputa XLIX. ¿Conoce Dios con certeza las cosas futuras contingentes porque se encuentran presentes para Él según su existencia y, gracias a ello, su contingencia se puede conciliar bien con la presciencia divina?, 405

Disputa L. En la que examinamos las opiniones de Escoto y de Durando y nos preguntamos si Dios conoce con certeza las cosas futuras por medio de ideas, 419

Disputa LI. ¿Se puede conciliar bien la libertad de arbitrio y la contingencia de las cosas con la presciencia divina del siguiente modo, a saber: suceda lo que suceda en virtud de la libertad de arbitrio, Dios hará que Él mismo desde su eternidad no haya sabido otra cosa que ésta?, 429

Disputa LII. ¿Hay en Dios ciencia de los futuros contingentes? Asimismo, ¿cómo concuerdan con ella la libertad de arbitrio y la contingencia de las cosas?, 443

Disputa LIII. Sobre las predefiniciones y el origen de la certeza de la ciencia divina acerca de los futuros contingentes, 467

Miembro I. Parecer de otros autores sobre estas dos cuestiones, 467

Miembro II. En el que impugnamos el parecer anterior, 479

Miembro III. Hasta qué punto son admisibles las predefiniciones, 500

Miembro IV. En el que refutamos otras objeciones, 511

Sobre la impecabilidad y la libertad de Cristo, 521

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