“Escuela de Salamanca”
El rótulo “Escuela de Salamanca” se usa en los siglos XVI y XVII con un sentido administrativo, y como tal aparece en textos literarios y documentos notariales:
1560 «...la república y escuela de Salamanca no es de personas bajas y oficiales mecánicos, sino de hombres doctos y de gran ingenio y habilidad, y no basta hablar, sino hablar bien y contentarlos y satisfacerlos a todos, que es cosa de gran dificultad» (Juan Arce de Otárola, Diálogos familiares sobre las Letras y Ciencias, y de lo que pasan los que las siguen y pretenden / Coloquios de Palatino y Pinciano, c. 1560).
1629 «Después que troqué el hábito de estudiante al del soldado, la pluma a la espada, la suave tranquila paz de Minerva al sangriento horror de Marte, la Escuela de Salamanca a la Campaña de Flandes» (Calderón, Casa con dos puertas, 1629).
1642 «Rey de la China. ¿Ay escuelas? Fernán. Es asombro la Escuela de Salamanca, la de Alcalá, de Coímbra, sin otras, que por ser tantas no te canso; en todas ellas se leen ciencias gallardas, la Moral Filosofía, y la Teología Sacra, la Medicina excelente, la Escritura soberana, las leyes de los Letrados, y otras» (Antonio Enríquez Gómez, Peregrinaciones de Fernán Méndez Pinto, 1642).
1660 «...consultado el caso con letrados y doctores de esta Escuela de Salamanca» (Apéndice a las Constituciones del Colegio de Santa Cruz de Cañizares de la Universidad de Salamanca, c. 1660).
La metonimia, por la que “Escuela de Salamanca” pasa de designar la institución universitaria al conjunto de sus miembros y doctrinas, se produce en el último tercio del siglo XIX y durante el siglo XX. Suele explicarse que, como concepto historiográfico, “Escuela de Salamanca” aparece en Alemania a finales del siglo XIX. Pero, descartadas las frecuentes apariciones en que emplea el rótulo en sus obras para referirse a la escuela poética dieciochesca acaudillada por Meléndez Valdes, Marcelino Menéndez Pelayo escribe “Francisco de Vitoria, el Sócrates de la escuela de Salamanca” en una carta a Alejandro Pidal y Mon fechada en Venecia el 8 de mayo de 1877:
1877 «Pues en lo relativo al desarrollo intelectual de esa era, ¿quiere el Sr. Perojo [José del Perojo] que (para no repetir lo que tengo dicho noventa veces) condense en dos docenas de nombres, de todos sabidos, nuestras grandezas científicas? Pues elijo los siguientes: Teólogos. Fr. Luis de Carvajal, que renovó del todo el método y la fortuna en su libro De restituta Theologia, uno de los más bellos que produjo el Renacimiento. Francisco de Vitoria, el Sócrates de la escuela de Salamanca. Alfonso de Castro, cuyos libros De haeresibus han sido por más de dos siglos la única autoridad en la materia, y hoy mismo son de provecho grandísimo para teólogos y no teólogos por lo rico y portentoso de la doctrina y lo maduro y reposado del juicio. Diego Laínez, primera gloria de la Compañía de Jesús, después del fundador. Salmerón, oráculo de Trento y expositor de la Escritura, puesto hoy mismo en las nubes por todos los que entienden de esto. Maldonado, restaurador de la enseñanza teológica en París, uno de los más grandes teólogos que han existido, encomiado a porfía por católicos y protestantes. Domingo de Soto, cuyos libros De natura et gratia constituyen el ataque más terrible que el luteranismo padeció en toda aquella centuria. Melchor Cano, de quien basta el nombre. Molina, padre del congruismo. Domingo Báñez, tan digno de ser su émulo. Suárez, Valencia, Vázquez… Pero no quiero seguir, porque para el Sr. del Perojo todo esto será paja. Sus grandes teólogos serán el zapatero Jacobo Boehme y aquel Schleiermacher, que decía (sin que le llevasen a un manicomio, porque en Alemania se oyen cosas muy raras): «Ofrezcamos un rizo de nuestros cabellos a los manes del Santo Espinosa» (o Spinoza, como diría el Sr. Perojo). A la profundidad y elocuencia de ese rasgo, nunca llegó ciertamente la teología de Domingo de Soto ni la de Melchor Cano. […] En otro género de disquisiciones, Vitoria, Soto, Molina, Suárez y Baltasar de Ayala fundan (puede decirse) el derecho de gentes. No lo digo yo: lo indicó ya Brucker, respecto a Francisco de Vitoria. Lo han afirmado de los restantes: Mackintosh, en la Revista de Edimburgo; Weathon, en la Historia del derecho natural. {nota posterior: Y más recientemente, A. de Giorgi, profesor de la Universidad de Parma, en su libro Della vita e delle opere di Alberico Gentili (1876), dice de Francisco de Vitoria que «se le debe saludar como verdadero padre de la ciencia del Derecho Internacional».} Creo, no obstante, que exageraron un poco. Algunos de esos autores son tomistas, y en Santo Tomás bebieron los fundamentos de la doctrina que maravillosamente desarrollaron. Pero es indudable que en la constitución de ese derecho, como ciencia separada, precedieron a Grocio, Puffendorff, etc., los españoles» (Marcelino Menéndez Pelayo, Carta a Alejandro Pidal y Mon, 8 de mayo de 1877, recogida en el tomo II de La Ciencia española, 1887).
Posteriormente, en la contestación al discurso de entrada de Eduardo Hinojosa ante la Real Academia de la Historia en 1889, Menéndez Pelayo deja constancia de la importancia de Vitoria como maestro de maestros, llegando a hablar de “la escuela de Francisco de Vitoria”:
1889 «Un abismo separa toda la teología española anterior a Francisco de Vitoria, de la que él enseño y profesaba; y los maestros que después de él vinieron, valen más o menos en cuanto se acercan o se alejan de sus ejemplos y de su doctrina. Todo el asombroso florecimiento teológico de nuestro siglo XVI, todo ese interminable catálogo de doctores egregios que abruma las páginas del Nomenclator Litterarius, de Hurter, convirtiéndole casi en una bibliografía española, estaba contenido en germen en la doctrina del Sócrates alavés. […] Y en cuanto a los teólogos españoles que acabamos de citar, y cuyo ardiente catolicismo y pura ortodoxia son bien notorios, ninguno de ellos, a pesar de su mérito excepcional, logró extender su acción pedagógica a un círculo tan amplio como el de Francisco de Vitoria […] Inéditos aún sus comentarios a la Suma de Santo Tomás, la influencia de Vitoria en la teología dogmática se prueba más bien por los libros de sus discípulos que por los suyos propios: hay que buscarla, confesada o no, en toda la pléyade de teólogos dominicos […] todavía pudo la escuela de Francisco de Vitoria reivindicar el patente derecho de prioridad, no sólo en lo dogmático, sino también en lo positivo e histórico, a lo cual se añade que el autor de las Relectiones Theologicae, que es en fecha el primero de los grandes moralistas que la Escuela produjo durante su edad de oro, puede reclamar muy buena parte, no en los extravíos, bien ajenos de su templanza y sobriedad de juicio, pero sí en los aciertos de aquella legión de casuistas, ayer tan denigrados y cuya rehabilitación comienza ahora.» (Marcelino Menéndez Pelayo, “Algunas consideraciones sobre Francisco de Vitoria y los orígenes del derecho de gentes”, recogido en Ensayos de crítica filosófica, 1ª edición, 1892).
Con este sentido de escuela teológica, el cardenal jesuita alemán Franz Ehrle empieza a usarlo en 1884, cuando publica en la revista Der Katholik, en el contexto de la recuperación neoescolástica y de la Kulturkampf, un artículo dando a conocer su investigación sobre los manuscritos de teólogos salmantinos del XVI custodiados en el Vaticano. Pero Ehrle no fue el primero en usarlo en este sentido en Alemania, pues lo toma en realidad de Gerhard Schneemann, autor cuyas obras menciona (María Martín Gómez, “Sobre el uso y origen del concepto ‘Escuela de Salamanca’”, 2023). Este teólogo alemán también jesuita se interesó por la polémica de auxiliis, publicando (en alemán) en 1879 el libro Origen de la controversia entre el tomismo y el molinismo, continuado al año siguiente con Desarrollo de la controversia entre tomismo y molinismo, libros que sintetizan la disputa sobre la libertad humana y la gracia divina entre dominicos y jesuitas (principalmente, Domingo Báñez y Luis de Molina), con los luteranos y los calvinistas como telón de fondo.
En estas dos obras, Schneemann emplea precisamente la expresión “Schule von Salamanca”. En efecto, en la traducción al español que de ambas obras preparó conjuntamente Juan Antonio Hevia Echevarría para el proyecto Filosofía en español de la Fundación Gustavo Bueno en 2015, podemos leer:
1879 «...cómo fue posible que, de la misma escuela de Salamanca, salieran hombres –como un Toledo o un Báñez– que, con relación a la libertad y la gracia, defendieron los pareceres más dispares» (Schneemann 2015, 196).
Schneemann emplea las expresiones “escuela de Santo Tomás en Salamanca” (2015, 241 y 243) y “escuela tomista de Salamanca” (2015, 249, 437 y 442), aun cuando en estas obras al hablar de tomismo muchas veces se refiera más bien al bañecianismo. Y Schneemann (2015, 249 y 437) menta a Francisco de Vitoria en varios pasajes como “fundador de la escuela tomista de Salamanca”. Así, escribe:
1880 «Por esta razón era tan importante, para alcanzar el objetivo que nos guía en nuestro estudio histórico-dogmático, presentar la doctrina del fundador [Vitoria] de la escuela de Salamanca, en la que Báñez se formó» (Schneemann 2015, 445).
Influido por Ehrle (y, a su través, por Schneemann), a quien conoció en la biblioteca vaticana, el teólogo también alemán Martin Grabmann vuelve a emplear el rótulo “Escuela de Salamanca”, así como “escuela tomista de Salamanca”, en su Historia de la teología católica (1933).
En España, en la década de 1930, lo utilizarán asiduamente los dominicos Luis G. Alonso Getino, Beltrán de Heredia y Venancio Carro, ponderando el papel del convento de San Esteban, como consecuencia del renacido interés por Vitoria en clave jurídica a finales de los años 20 que enseguida mencionaremos (si bien Getino ya había publicado en 1914 su obra El Maestro Fray Francisco de Vitoria y el renacimiento filosófico teológico del siglo XVI, continuando el interés por Vitoria despertado en Menéndez Pelayo). En ningún caso estamos, como piensan algunos por ignorancia o trapacería, ante “un mito generado por la intelectualidad franquista de la posguerra”, como afirma José Luis Villacañas (Imperiofilia y el populismo nacional-católico, 2019).
El rótulo se consolida, en el sentido de escuela económica, con Marjorie Grice-Hutchinson en 1952, con su libro The School of Salamanca, donde estudia las aportaciones a la teoría monetaria de Vitoria y sus seguidores. Joseph Schumpeter también se refiere en su History of Economic Analysis (1954) a algunos escolásticos salmantinos como pioneros del pensamiento económico moderno. En el capítulo dedicado a la “Sociología y economía escolásticas” de la segunda parte, Schumpeter escribe: «Es dentro de sus sistemas de teología moral y derecho donde la economía ganó una existencia definida, si no separada, y son ellos los que se acercan más que cualquier otro grupo a haber sido los fundadores de la economía científica.» En este sentido economicista el rótulo “Escuela de Salamanca” ya lo había usado José Larraz López al pronunciar, en 1943, su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
La visión de la Escuela de Salamanca como escuela jurídica es debida al norteamericano James Brown Scott. Con el precedente del jurista escocés James Mackintosh, que en el primer tercio del siglo XIX ponderó los tratados De Iustitia & Iure de los escolásticos españoles, el jurista norteamericano fue el responsable de que Vitoria fuera reconocido internacionalmente en el periodo de entreguerras como padre del derecho internacional, antes que el tratadista holandés y protestante Hugo Grocio (que en su obra cita a Vitoria). Brown Scott fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca en 1927, inaugurando la cátedra Vitoria. Y, en 1934, publicó (en inglés) los libros El origen español del derecho internacional y La concepción católica del derecho internacional, donde apunta a Vitoria y Suárez como fundadores del derecho internacional. Actualmente, un busto de Vitoria se encuentra en la sede de la ONU en Nueva York y una sala lleva su nombre en la sede de Ginebra.
Ahora bien, mientras que el uso del rótulo “Escuela de Salamanca” con el sentido de escuela teológica parece evidente y justificado, pues sus miembros eran teólogos de profesión, dedicados a la docencia y el estudio de la teología, no puede decirse lo mismo de su empleo con sentido de escuela económica y jurídica. Porque, sin perjuicio de las reflexiones económicas de los escolásticos salmantinos, es un anacronismo interpretarlos como fundadores de la economía científica, toda vez que la economía no cierra categorialmente como ciencia hasta bien entrado el siglo XVIII, con el trabajo de Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776). Exactamente lo mismo ocurre con la tendencia a contemplar la Escuela de Salamanca como precedente de la Escuela Austríaca de Economía, siguiendo a Friedrich Hayek (quien citó a Luis de Molina y a Juan de Lugo al recibir el Premio Nobel de Economía en 1974), a Murray Rothbard y a Jesús Huerta de Soto, que hasta defiende que la Escuela Austríaca mejor debería denominarse “Escuela Española”. Una cosa es que se rescaten aportaciones económicas puntuales de Azpilcueta, Covarrubias, Mercado o Juan de Mariana; y otra cosa es que, de forma extemporánea, se quiera ver a estos escolásticos como liberales, cuando su perspectiva no era la del individualismo libertario protestante sino la de la comunidad política católica.
Anacronismo más patente aún al interpretar a Vitoria como padre del derecho internacional, siguiendo a Brown Scott, o de los derechos humanos. La traducción al español del libro de 1995 del historiador francés Jean Dumont dedicado a la controversia de Valladolid se titula El amanecer de los derechos del hombre, pero la expresión “derechos del hombre” o “derechos humanos” no aparece en los escolásticos salmantinos más que de forma anecdótica en una obra de Bartolomé de las Casas, en su Apologética historia sumaria (escrita en 1558), sin ápice de la nota subjetiva, ligada al individuo, que se le otorgará posteriormente. Algunos autores hablan sin rubor de una “Escuela Ibérica de la Paz” (Calafate & Mandado 2014) e, incluso, ha cristalizado la asignatura “La Escuela de Salamanca: el nacimiento del derecho internacional” en la Universidad de Salamanca.
Pero Vitoria habla de “derecho de gentes”, que involucra a naciones étnicas (los aztecas, los tlaxcaltecas, los incas…) e históricas (españoles, franceses, ingleses…), mientras que “derecho internacional” remite a las naciones políticas surgidas tras la Revolución Francesa y la descomposición del imperio español. (Para la distinción entre naciones étnicas, históricas y políticas, véase Gustavo Bueno, España frente a Europa, cap. 2.) De hecho, la primera cátedra de derecho internacional se gesta en la Universidad Central de Bogotá en 1827, empleando los términos “internacional” y “derecho internacional” forjados por el inglés Jeremías Bentham en 1789 para tratar de los asuntos entre naciones políticas, que rápidamente se difunden en francés, pasando de aquí al español e influyendo en Simón Bolívar, inspirador de la cátedra antedicha.
Para bastante estudiosos (especialmente eclesiásticos), la Escuela de Salamanca es exclusivamente una escuela teológica. Así, Belda Plans (2000, 156) aseveraba tajante que es “primaria y originariamente una Escuela Teológica, es decir, no se trata de una Escuela de Derecho, Filosofía o Economía”. Sin embargo, a cinco siglos de la llegada del padre Vitoria a Salamanca en 1526 y desde las coordenadas de una filosofía crítica sistemática, hay que reivindicar la Escuela de Salamanca (Vitoria, Soto, Cano, Báñez, &c.) como escuela en sentido filosófico, es decir, como eslabón en la cadena que conecta la tradición nacida en Grecia (Platón, Aristóteles), pasando por Tomás de Aquino, con el presente. En el aula, Vitoria señalaba la continuidad de Santo Tomás con Aristóteles, refiriéndose Melchor Cano al Aquinate como “filósofo perfecto” (De locis theologicis, XII, 13). Y en su Historia de la Filosofía (1886), el cardenal Zeferino acota: “Ni se crea que Francisco Victoria [sic] disertó únicamente acerca de materias teológicas y ético-jurídicas: hízolo también acerca de materias filosóficas” (tomo 3, pág. 125).
Al amparo de la especulación teológica –una especulación que, para Vitoria, según la frase con que arranca su Relección sobre el poder civil (1528), “abarca tanto que ningún tema, ninguna controversia, ningún asunto parecen quedar fuera de la profesión y objeto de estudio del teólogo”–, los salmantinos hicieron filosofía, renovando la metafísica –pensemos en que las tres primeras metafísicas sistemáticas en la historia de la filosofía se publican en España: Diego Mas (1587), Diego de Zúñiga (1597) y Francisco Suárez (1597)–, la antropología, la moral y la filosofía política. En efecto, al tratar cuestiones como de indis, de auxiliis o el tiranicidio, los salmantinos incoan la inversión teológica que caracteriza a la Modernidad, porque las ideas forjadas para hablar de Dios se convierten en las ideas por medio de las cuales se habla de los hombres y su mundo, con el propósito de pensar el estatuto de los indios, la legitimidad del gobernante o la libertad humana (véase Carlos M. Madrid Casado, “La Escuela de Salamanca (1526-2026): reconsideración filosófica”).
★ Sobre la Escuela de Salamanca en el proyecto Filosofía en español
★Bibliografía sobre la Escuela de Salamanca
Alonso Getino, Luis G. (1930): El Maestro Fray Francisco de Vitoria. Su vida, su doctrina e influencia, Imprenta Católica, Madrid.
Belda Plans, Juan (1999): “Hacia una noción crítica de la Escuela de Salamanca”, Scripta Theologica 31/2, págs. 367-411.
—— (2000): La Escuela de Salamanca y la renovación de la teología en el siglo XVI, BAC, Madrid.
—— (2023): “¿Qué es la Escuela de Salamanca? Nuevas perspectivas”, Araucaria 54, págs. 391-415.
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—— (2011b): “Derecho internacional”, recopilación cronológica del rótulo en el Proyecto Filosofía en español.
—— (2014): “Derechos del hombre”, recopilación cronológica del rótulo en el Proyecto Filosofía en español.
Calafate, Pedro & Mandado, Ramón Emilio (2014): Escuela Ibérica de la Paz = Escola Ibérica da Paz, Universidad de Cantabria, Santander.
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Hernández, Ramón (1992): “Francisco de Vitoria”, en Laureano Robles (ed.), Filosofía iberoamericana en la época del Encuentro, Trotta-CSIC, págs. 223-241.
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Langella, Simona & Ramis Barceló, Rafael (eds.) (2021): ¿Qué es la Escuela de Salamanca?, Sindéresis, Madrid.
—— (eds.) (2023): ¿Qué es la Segunda Escolástica?, Sindéresis, Madrid.
Madrid Casado, Carlos M. (2024): “A vueltas con la filosofía española y la filosofía en español”, Jot Down (artículo dentro de La querella española, 8 de diciembre de 2024).
—— (2026): “La Escuela de Salamanca (1526-2026): reconsideración filosófica”, El Catoblepas 215, pág. 1.
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Schneemann, Gerhard (2015 [1879-1880]): Origen y desarrollo de la controversia entre el tomismo y el molinismo, Biblioteca Filosofía en español, Oviedo (traducción, estudio preliminar y notas por Juan Antonio Hevia Echevarría).
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