José Téllez
Segundo y tercer períodos de la escolástica
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Colección Universo · Ediciones España
Tomo VII · Sistemas Filosóficos · Número 11
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Nihil obstat: Alejandro Martínez Gil, Censor. Madrid, 10 de noviembre de 1944.
Imprímase: Casimiro, Obispo Auxiliar y Vicario General.
Gráficas Excelsior - Cristo, 7 - Madrid, 16 páginas + cubiertas [ 1944 ]
ZG HF2 § 32
Segundo período
El movimiento escolástico no fue nulo, como se ha visto, en los siglos IX y X. Durante el siglo XI siguió su marcha en condiciones análogas a los siglos anteriores. Fueron sus representantes principales: Fulberto, obispo de Chartres y discípulo de Gerberto; San Pedro Damiano, el cual escribió, que la ciencia profana debe subordinarse a la divina; y principalmente, Lanfranco, de Pavía, el cual, además de refutar a Berengario, escribió el Dialogus summam totius theologiae completens, primer ensayo de una teología informada por la filosofía aristotélica. Estos hombres conservaron lo hecho anteriormente y prepararon la vigorosa reacción que los acontecimientos históricos de la época produjeron en los filósofos, dando lugar al segundo período de la Escolástica.
Los caracteres más propios de este período son la importancia adquirida por el problema de los universales y la diversidad de direcciones y teorías, dentro de la unidad del dogma cristiano.
Los principales representantes del segundo período de la Escolástica son Roscelino, San Anselmo, Guillermo de Champeaux, Abelardo, Hugo de San Víctor y Ricardo de San Víctor.
ZG HF2 § 33
Origen y naturaleza del problema de los universales
El origen de este problema son las palabras de Porfirio, traducidas por Boecio: “Por lo que hace a determinar si los géneros y especies existen realmente, o sólo en nuestro entendimiento, y lo mismo, si, en caso de subsistir, con cosas corpóreas o incorpóreas, y si existen separadas de las cosas sensibles, o más bien están en las mismas cosas sensibles, rehúso decir mi opinión, porque es empresa muy alta y que exige mayor investigación.”
Pues bien. Esta es la cuestión de los universales. Los escolásticos, y principalmente los de este período, se preocuparon de dar solución a estas cuestiones que plantea Porfirio. Estas diversas soluciones son: el nominalismo rígido, el conceptualismo, el realismo moderado o aristotélico y el realismo absoluto o platónico.
El primer sistema dice: no hay más universalidad que la de los vocablos, según que algunos de ellos, por ejemplo, hombre, significan muchos individuos a la vez, una colección de seres, o mejor dicho, en cuanto y porque es una denominación común a muchos.
El segundo, que no es sino un nominalismo mitigado, traslada al concepto interno lo que el nominalismo rígido aplica a la palabra. El concepto hombre es universal, no porque contiene y representa la naturaleza humana como una esencia común e idéntica en muchos individuos, sino porque es un concepto que representa y se refiere a todos los individuos humanos indistintamente y de una manera colectiva, así como la palabra hombre significa y es aplicable a todos y a cada uno de los individuos.
El tercero dice: “Cuando el entendimiento, prescindiendo de las diferencias individuales, concibe la naturaleza humana, en lo que tiene de esencial y necesario, y, por consiguiente, como universal o común a todos los que tienen esa naturaleza, la cosa representada y contenida en este concepto es la misma esencia humana que existe fuera de nosotros, y, por consiguiente, los universales tienen realidad objetiva por parte de la naturaleza, que se denomina universal, pero no por parte de la misma universalidad, la cual es una consecuencia, es una forma resultante del modo con que nuestro entendimiento concibe las cosas, es decir, haciendo abstracción de las diferencias individuales y de la singularidad. En otros términos: la naturaleza, que es concebida, conocida y denominada universal, existe realmente fuera de nosotros, y es la misma que existe en los individuos; el modo con que la concebimos y representamos no existe fuera de nosotros, sino en el entendimiento.”
El cuarto dice: “no solamente existe fuera de nosotros la cosa o naturaleza representada y contenida en el concepto hombre, sino que existe realmente según el modo con que la concebimos y representamos, es decir, como una realidad, como una naturaleza humana que existe en sí misma y por sí misma fuera de todos los individuos; como una esencia humana general y pura, que no es este hombre ni aquél, y que carece de todo accidente extraño a la esencia, y de toda modificación o diferencia singular.
Roscelino. Nació a mediados del siglo XI, en la Bretaña francesa. Canónigo de Compiègne y luego de Besançon, hombre de grandes conocimientos, que comunicó vigoroso empuje al estudio de la filosofía aristotélica.
Fundador y representante primero del nominalismo rígido en filosofía. Aplicado este sistema filosófico a la teología, incurrió en errores, como negar la unidad de esencia y sustancia en las tres personas divinas. Fue terriblemente combatido, de suerte que con él casi murió el nominalismo rígido, que a tantos había perturbado.
Abelardo. Discípulo de Roscelino. Nació en Palais, cerca de Nantes. Genio inquieto, disputador, orgulloso, se puso al frente de una escuela, que pronto frecuentaron millares de discípulos, atraídos por la facundia, sutileza y erudición de Abelardo, Defendió opiniones poco ortodoxas, que fueron condenadas y reprobadas por un Concilio, por San Bernardo y por el papa Inocencio II. Después de sus aventuras eróticotrágicas y de mil vicisitudes que le acarrearon su orgullo y petulancia, arrepentido, se reconcilió con la Iglesia y pasó los últimos años de su vida entregado a la penitencia y a la virtud en el Monasterio de San Marcelo, donde falleció, a los sesenta y tres años de edad.
Escribió varias obras: Introducción a la Teología, Diálogo entre un filósofo, un cristiano y un judío y Teología cristiana.
Fue partidario del conceptualismo, o tal vez del nominalismo rígido. No es clara su doctrina.
Abelardo tendió a borrar, equivocadamente, la línea divisoria entre la Filosofía y la Teología.
Son peligrosas y erróneas sus ideas acerca de Dios y de la Trinidad.
En moral, enseña que todas las obras son indiferentes, y que su moralidad o inmoralidad depende de la intención.
Negaba la libertad divina en orden a la creación.
Abelardo brilló mucho en su tiempo; pero fue el brillo del meteoro, que no dejó huella.
San Anselmo. Frente a la escuela nominalista de los siglos XI y XII, presentose la escuela realista, con sus diversos matices. Los principales representantes del realismo moderado fueron San Anselmo y Guillermo de Champeaux.
San Anselmo nació el 1033, en Aosta de Italia; pasó su juventud en Francia y vistió el hábito de monje en la abadía de Bec, en Normandía, atraído por su escuela, dirigida por Lanfranco, de Pavía. Fue elegido abad de su monasterio y, más tarde, fue nombrado arzobispo de Cantorbery. Murió en 1109, dejando en pos de sí fama de santidad y de ciencia.
Escribió mucho de ascética, de filosofía y de teología. Perteneció a la escuela realista aristotélica. Combatió a Roscelino.
Su doctrina se resume así:
a) La fe divina, lejos de poner trabas al ejercicio de la razón, le comunica luz y seguridad.
b) El punto de partida de la razón humana al conocimiento de Dios es el del conocimiento de sí misma.
c) La noción esencial de la libertad consiste en la facultad de obrar el bien.
San Anselmo es el principal representante de la escolástica en su segundo período.
Guillermo de Champeaux. Contemporáneo de San Anselmo, amigo de San Bernardo e impugnador de Roscelino y de Abelardo. En la cuestión de los universales, siguió primero la escuela realista platónica y terminó defendiendo la realista aristotélica. Fue obispo de Chalons. Escribió varias obras. Fue el primer filósofo escolástico que expuso con claridad y afirmó con decisión y seguridad la teoría creacionista para explicar el origen del alma humana, sosteniendo que el alma se une al cuerpo en el primer instante de la concepción.
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Escuela platónica
En este período dábase generalmente la preferencia a Aristóteles. Sin embargo, los hubo que dieron la preferencia a Platón, defendiendo, por tanto, en la cuestión de los universales, la escuela realista platónica.
Fueron ellos:
Bernardo de Chartres. Fue el representante más destacado del platonismo en este tiempo.
Escribió el Megacosmos y el Microcosmos. Trató él, con sus discípulos, de conciliar la doctrina platónica con la aristotélica.
Gilberto de la Porrée. Discípulo de Bernardo de Chartres y obispo de Poitiers. Enseñó Filosofía y Teología con gran aplauso. Pero debido a sus preferencias platónicas, incurrió en algunos errores teológicos acerca de la Trinidad y la Encarnación, que fueron condenados en el Concilio de Reims, sometiéndose a la Iglesia su autor. El impugnador principal de sus errores dogmáticos fue San Bernardo.
Adelardo de Bath. Vivió en el primer tercio del siglo XII. No se le atribuye más que una obra. Fue otro de los realistas platónicos.
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Escuela mística. Hugo de San Víctor
Guillermo de Champeaux, antes de su elevación al episcopado, se retiró a un pequeño monasterio, extramuros de París, dependiente de la abadía de San Víctor, de Marsella. Allí se vio obligado a explicar Filosofía y Teología, dando origen a la escuela de San Víctor, una de las más celebradas en aquel siglo y en siglos posteriores.
Los principales representantes de esta escuela fueron Hugo y Ricardo.
Hugo de San Víctor nació en las cercanías de Yprés. Escribió numerosas obras, que tienen un marcado sello de misticismo.
La razón, dice, no puede conocer por sí sola ciertas verdades superiores, aun en el orden natural, si no es auxiliada por Dios.
Hugo habla con frecuencia de la manifestación de la verdad divina, que el hombre consigue por medio de la elevación y depuración de la mente, que contempla la verdad en la luz superior o divina; habla de diferentes modos de revelación intelectual, de iluminaciones mediatas e inmediatas, de ascensiones y grados por medio de los cuales el hombre entra en posesión de la verdad divina.
Su afición platónica hace que en algunos momentos se le confunda con Plotino; y si no fuera por la firmeza de su principio católico, tal vez se hubiera extraviado hacia el panteísmo.
Ricardo de San Víctor. La tendencia mística de Hugo fue seguida y desarrollada por su discípulo Ricardo.
El conocimiento del mundo –enseña– y de las cosas naturales de que se gloría la Filosofía mundana y la razón del hombre, apenas contiene más errores y cosas vanas; y la ignorancia acerca de esto sería muy grande si Dios no hubiera revelado al hombre los conocimientos necesarios.
No rechaza, sin embargo, Ricardo la luz de la razón; antes se esfuerza, por medio de indagaciones profundas y sutiles, en conocer y esclarecer las verdades naturales y los conocimientos habidos por la revelación.
San Bernardo. Sin pertenecer a la Escuela de San Víctor, contribuyó a la difusión de sus doctrinas y de sus tendencias. San Bernardo contribuyó poco al estudio de la Filosofía, sino que se consagró principalmente a la Teología y a la Mística. Sin embargo, la Filosofía debe tener en cuenta al abad de Claraval, por sus disputas y controversias con Abelardo y Guillermo de la Porrée.
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Escuela independiente y ecléctica. Guillermo de Conches
Mientras que las escuelas nominalista y realista luchaban entre sí con varia fortuna, y mientras la escuela de San Víctor llevaba a cabo su reacción contra las tendencias racionalistas que surgieron en ambas y las tendencias panteístas que se manifestaron por otra parte, aparecieron algunos hombres que siguieron una dirección más o menos ecléctica e independiente.
Son los principales,
Guillermo de Conches. Nació en esta ciudad, en 1080, y murió a mediados del siglo XII. Se distingue de sus contemporáneos por la dirección metafísica, antropológica y hasta fisiológica de sus escritos. Su obra principal es Magna de naturis philosophia. Parece que sostiene, con Platón, la preexistencia de las almas. Acepta teorías de diversos sistemas, según las cuestiones; por lo que resulta verdadero ecléctico.
Juan de Salisbury. Aunque inglés, recibió su formación en Paris. Estudia problemas de historia de la filosofía que no se encuentran en autor ninguno de su época. Fue amigo y consejero de Santo Tomás de Cantorbery y promovió su canonización. Ocupó durante cuatro años la silla episcopal de Chartres, y murió en 1180. Para Salisbury, la verdadera Filosofía consiste en el conocimiento de la Escritura, la cual contiene toda clase de enseñanzas. Ridiculiza y reprueba a los que hacían consistir la Filosofía en amontonar palabras sobre palabras, en fórmulas carentes de sentido real y práctico..., disimulando con la verborrea la pobreza de su doctrina. En la cuestión de los universales, Salisbury no tiene nada de nominalista. Desconfía de la razón humana, de suerte que en algunos pasajes parece pertenecer al escepticismo académico.
Pedro Lombardo. Condiscípulo de Salisbury. Nació en Lombardía y estudió en París, de cuya sede fue consagrado obispo en 1159. Escribió su famosa obra, Sententiarum libri quatuor, obra que sirvió de texto en las escuelas de Teología durante toda la Edad Media, y aun después. Fue el primero que llevó el título de Doctor en Teología, y se le conoce en el mundo por el dictado de Magister sententiarum (Maestro de las sentencias).
Fue teólogo muy discutido, lo cual prueba que era de gran mérito. Como filósofo no tiene tanta importancia, porque cultivo poco la Filosofía.
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Escuela panteísta
Paralelamente a las escuelas que acabamos de mencionar, apareció, en el siglo XII, una escuela panteísta. Representa esta escuela la tradición iniciada en la escolástica por Erígena; reproduce las tendencias racionalistas de Roscelino, Abelardo y Gilberto de la Porrée; pero, sobre todo, representa el influjo de la filosofía cristiana de Europa de los principios panteístas de los comentarios árabes sobre Aristóteles y de los libros de Avicebrón, Maimónides y otros judíos de aquel tiempo.
Dos filósofos representan principalmente esta corriente: Amaury de Chartres y David de Dinant. Las obras de ambos fueron condenadas al fuego por heréticas. Parece que la doctrina de esta escuela fue la siguiente:
a) El Creador y la criatura son fina misma cosa.
b) Todas las cosas son una misma cosa, y Dios es la esencia de todas las criaturas.
Y en Teología sostiene la escuela parecidos errores y otros consecuentes de los mismos.
David de Dinant parece que llegó a conclusiones más reprobables que Amaury, porque sostuvo un panteísmo materialista, en cuanto afirmó –según atestigua Santo Tomás– que Dios es la materia prima.
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Tercer período de la filosofía escolástica
Con el siglo XIII comienza el gran período de la Filosofía escolástica, el período de su perfección y de sus grandes escritores; el período en que la Filosofía cristiana alcanza un máximo esplendor. En este período se establece la sólida alianza entre la Filosofía y la Teología, entre la ciencia y la fe, y se demuestra que se puede ser católico sin el menor tropiezo para poder alcanzar la cumbre del saber humano. No se puede negar, sin embargo, que la grandeza del siglo XIII la llevaba ya incubándola el siglo XII, del que se acaba de hablar. Y hay que tener presente que toda la sabiduría del siglo XIII, o casi toda ella, la principal al menos, floreció en los claustros que se levantaron al soplo del espíritu de los dos colosos de la Edad Media, San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán.
Fueron los principales doctores de este período:
Alejandro de Hales (doctor irrefragabilis). Es inglés, pero completó su formación en París, donde había explicado ya Filosofía y Teología cuando ingresó en la Orden de San Francisco. Escribió Commentaria in libros quatuor sententiarum, que dejó incompleta.
Se distinguió de sus predecesores, porque hizo ya aplicación del método silogístico a la exposición de la doctrina teológica, y por el total conocimiento de la doctrina de Aristóteles, de la que hizo aplicación a la doctrina cristiana.
Guillermo de París. Floreció en la primera mitad del siglo XIII. Fue obispo de París, en cuya sede murió. Aparte de sus libros morales, ascéticos y teológicos, escribió su tratado acerca de la inmortalidad del alma, y otro, más extenso e importante, titulado De Universo. En este libro expone y discute muchas teorías de Pitágoras, Platón, Aristóteles, Algacel, Albarabi, Avicena, Avicebrón. De Avicebrón dice, al hablar del Fons vitae de éste, que era cristiano. Demuestra Guillermo las falsedades de las doctrinas de Platón y Aristóteles, en cuanto se oponen a la doctrina cristiana. En la teoría del conocimiento, adopta una postura media entre Platón y Aristóteles.
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Los filólogos y los naturalistas
Mientras que Pedro Lombardo, Alejandro de Hales y Guillermo de París daban dirección ortodoxa a los elementos filosóficos conocidos hasta entonces, los filólogos y naturalistas afluían por todas partes, gracias al incremento de los estudios de las lenguas y de las ciencias naturales. Todos ellos fueron grandes auxiliares del movimiento teológico enorme de la época. Y así, Gundisalvo, Miguel Escoto, Gerardo de Cremona, Arnaldo de Vilanova, Raimundo Martí y Vicente de Beauvais fueron auxiliares poderosísimos de Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, Egidio Romano, Enrique de Gante, San Buenaventura y Escoto.
Son, pues, filólogos y naturalistas importantes:
Gundisalvo, que es el español Domingo González. Hacia mediados del siglo XII tradujo al latín muchas obras de los filósofos árabes, entre otras, las de Al-Gaszali, Al-Farabi, Avicena, Avicebrón.
Miguel Escoto, oriundo de Inglaterra, que estudió en París, viajó por España y permaneció en Toledo varios años. Tradujo del árabe y del hebreo al latín numerosas obras.
Roberto Greathead, gran traductor del griego, tradujo los principales libros de Aristóteles sobre moral. Obispo de Lincoln.
Jacobo de Venecia, eclesiástico perito en lengua griega, que tradujo todo el Órganon de Aristóteles.
Guillermo de Moerbek, de Flandes. Entró Entro en la Orden de Santo Domingo, fue penitenciario de Gregorio X, a quien acompañó al Concilio de Lyon. Fue nombrado arzobispo de Corinto. Tradujo al latín todas las obras de Aristóteles, a instancias de Santo Tomás. Tradujo también a Galeno y a Hipócrates.
Raimundo Martín, natural de Subirats, en Cataluña, Fue gran polemista y filósofo, y pertenece también a esta clase de escritores filósofos y naturalistas. Fue gran arabista, hebraísta y docto en lengua caldea. Es muy notable su obra Pugio fidei, en la que combate al Corán de Mahoma.
Gerardo de Cremona. No sólo prestó grandes servicios a la Filosofía con versiones de obras importantes, sino que cultivó el estudio de las ciencias físicas y matemáticas. Publicó varias obras originales de matemáticas y astronomía, y tradujo los Cánones, de Avicena, y el Método de curar, de Albucasis, y el famoso Almagestum de Toledo, libro que por espacio de años y siglos sirvió de texto clásico de Astronomía.
Arnaldo de Vilanova, provenzal, según unos, y catalán, según otros. Médico español que poseía el latín, el griego, el hebreo y el árabe y tradujo al latín varias obras escritas en estos últimos idiomas. Vivió algunos años al lado de Federico II. Tenía grandes conocimientos en Física, Química y Ciencias naturales, y se le atribuye el descubrimiento del alcohol vínico, del aceite de terebinto y de los ácidos muriático, sulfúrico y nítrico. Cayó en errores de magia, en astrología judiciaria y otros errores teológicos. Murió en un viaje a Aviñón, como médico, para asistir al papa Clemente V.
Vicente de Beauvais. Fue uno de los primeros que abrazaron la Orden de Santo Domingo. Educó a los hijos de San Luis, rey de Francia. Fue el escritor más erudito de su tiempo, como lo prueba su obra famosa, Speculum Majus, especie de enciclopedia de todos los conocimientos de la época. No sólo se limita Vicente de Beauvais en esta obra a exponer y condensar teorías ajenas, sino que en ella expresa también ideas propias muy luminosas, que son perfectamente escolásticas. Es verdaderamente asombrosa la obra entera del humilde fraile de Santo Domingo,
San Alberto Magno. Nació en un pueblo de Suavia, en 1205, el que fue llamado después, por la extensión y universalidad de sus conocimientos, doctor universalis, y recibió la calificación de Magno. Estudió en París y en Padua. Recibió en esta ciudad el hábito dominicano de manos de su compatriota, Jordán de Sajonia, a la sazón general de la Orden. Volvió a su patria y enseñó Filosofía y Teología en algunas escuelas de Alemania, y después en las de París, donde sus discípulos no cabían en ninguna de las aulas de la Universidad.
Mientras enseñaba en Colonia, tuvo por discípulo a Santo Tomás de Aquino. Fue nombrado obispo de Ratisbona, cuya sede ocupó poco tiempo, por haberse retirado a la soledad para el estudio y la oración. Murió, en olor de santidad, el año 1280. Hoy ya está canonizado y es doctor de la Iglesia.
Sus obras componen 21 volúmenes en folio. Escribió sobre todos los conocimientos humanos. Dio a la Filosofía dirección científica y experimental, de suerte que el mismo lugar ocupa en la Historia de la Filosofía que en la Historia de las ciencias físicas y naturales.
La Filosofía de Alberto Magno es la filosofía aristotélica incorporada a la filosofía cristiana. Sin embargo, tuvo también grande estimación por Platón, cuya filosofía muestra que es, con la del Estagirita, dos filosofías que se completan. Expondremos las principales enseñanzas de Alberto Magno cuando estudiemos a su gran discípulo Santo Tomás de Aquino, que recogió, amplió y completó, el pensamiento de su maestro.
De Santo Tomás de Aquino, príncipe de este tercer período de la Escolástica, haremos un estudio separado.
San Buenaventura. Contemporáneo y amigo de Santo Tomás fue San Buenaventura. Su nombre de cuna fua Juan Fidezza. Nació en la Toscana. Vistió el hábito de San Francisco a los veintidós años de edad; explicó teología con extraordinario aplauso, en París; fue general de su Orden, y en 1273 fue creado cardenal y obispo de Ostia por Gregorio X, el cual le envió al Concilio general de Lyon, en el que tomó parte muy activa. Murió en 1274, antes de acabarse las sesiones de este Concilio; asistiendo a sus honras fúnebres todo el Concilio, con el Papa a la cabeza.
La doctrina de filosofía de San Buenaventura (doctor seraphicus) coincide, en el fondo, con la de Santo Tomás, aunque no es tan completa. Escribió numerosas obras, como los comentarios a las sentencias de Pedro Lombardo, el Itinerario de la mente a Dios, el Breviloquio, &c. Todos los escritos de San Buenaventura están saturados de sabor místico; habiendo escrito, además, de mística muy numerosas obras hermosísimas y sólidas.
Roger Bacon. Es Roger o Rogerio. Nació en Inglaterra, en 1214. Se le llama doctor mirabilis. A los veintiséis años abrazó su vida religiosa en la Orden de San Francisco. Antes de esto, Rogerio había estudiado en Oxford y en París, donde recibió el grado de doctor en Teología.
Parece que viajó por España para perfeccionarse en el árabe y en el hebreo y para estudiar ciencias físicas y matemáticas.
En su método científico rebajó algo el método racional y exageró el método experimental e inductivo. Exageró también al decir que todos los cristianos, sin distinción, debían conocer perfectamente las Sagradas Escrituras y aun consultar sus fuentes hebraicas y griegas.
En realidad, Bacon, más que un filósofo fue un filólogo, un matemático y un físico; y la historia de la Filosofía sólo le considera en cuanto llamó poderosamente la atención acerca de la gran importancia que tiene unir al método racional y deductivo el experimental e inductivo.
Hizo progresar la óptica y parece fue el inventor del telescopio. Hay quien dice que descubrió la máquina de vapor o, por lo menos, abrió los caminos para descubrirla.
Su gran afición a Avicena y Averroes atrajo sobre él la sospecha de heterodoxia científica; tanto, que dice de él Alejandro Humboldt: “Rogerio Bacon, contemporáneo de Alberto Magno, puede ser considerado como la aparición más importante de la Edad Media, en el sentido de que más que ningún otro contribuyó a engrandecer las ciencias naturales, fundarlas sobre las matemáticas y provocar los fenómenos de la naturaleza.”
Ricardo de Midletón. Compañero de religión y contemporáneo de Escoto fue el inglés Ricardo Midletón. Escribió extensos y notables comentarios al libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo. Su doctrina es muy sólida, y sigue un camino medio entre los dos mayores filósofos del siglo XIII, Santo Tomás y Escoto. El Fons vitae, de Abicebrón, ejerció en el ánimo de Ricardo una influencia extraordinaria. La predilección de ese filósofo no es hacia Aristóteles y la filosofía griega, sino hacia Avicena y la filosofía árabe.
Pedro Hispano. Poco se sabe de la vida de este gran filósofo español del siglo XIII. Escribió un compendio de lógica, con el titulo Summulae logicales, que fue la obra clásica de texto en las escuelas de filosofía en los siglos XIV, XV y XVI, hasta que escribió la suya Domingo Soto.
Enrique de Gante. Es el conocido doctor solemnis, que adquirió en las escuelas merecido renombre. Enseñó en la Universidad de París, desde mediados del siglo XIII hasta su muerte, acaecida en 1293. Dejó escritas muchas obras de reconocido mérito, y entre ellas, una Summa Theologiae y Quaestiones Quodlibetales, títulos que se usaban mucho en aquella época para los textos de Teología y Filosofía.
Su doctrina coincide con la de Santo Tomás, del cual no se separa en cuestiones de importancia, si no es en la controversia sobre el principio de individuación y en el problema de la distinción entre la esencia y la existencia. También afirma, separándose de Santo Tomás, que la voluntad es facultad superior al entendimiento. También exagera Enrique de Gante la subordinación de la Filosofía a la Teología. Tiene este filósofo, con preferencia, aficiones platónicas, aunque procura evitar el ontologismo.
El mérito principal y la característica de este filósofo es la brillante refutación del escepticismo.
Raymundo Lulio. Este filósofo español, extraordinario por más de un concepto, llamado doctor illuminatus, nació en Palma de Mallorca, hacia el año 1235. Pasó una juventud muy relajada. Convertido, se consagró al estudio y a las prácticas ascéticas. Tuvo la obsesión de ser el apóstol de los mahometanos, y estudió con grande ahínco la lengua árabe e ingresó en la Orden tercera de San Francisco. Hizo muchos viajes al África del Norte, y conferenció, para llevar a cabo sus propósitos de conversión de los mahometanos, con los reyes de Mallorca, de Aragón, de Francia y con los jefes de las repúblicas italianas y con el Papa. Hizo grandes esfuerzos para recuperar Tierra Santa y fundó escuelas para el aprendizaje del árabe
Tan maravillosa como la actividad de la vida de Raymundo es la fecundidad como escritor. Escribió más de trescientos tratados. Sus obras completas fueron publicadas en Maguncia, en 1721, y forman diez muy gruesos volúmenes en folio. Apenas se concibe que hombre que estuvo casi siempre viajando, pudiera escribir tanto y tan sólido.
Toda su obsesión era la prueba de las verdades de la religión cristiana, acomodadamente a la mentalidad mahometana, para combatir el islamismo y convertir a los secuaces de Mahoma.
Lulio es uno de los escritores más discutidos del mundo. Su filosofía es originalísima, y se contiene principalmente en su Arte Magna. Entiendo, que la exposición filosófica de Raymundo Lulio sirve más bien para hacer ostentación de ingenio y doctrina que para adquirir verdadera ciencia.
Durando. Es natural de Auvernia. Entró en la Orden de Santo Domingo en 1290, e hizo tales progresos en el saber, que en 1312 enseñaba ya Teología en París. Fue nombrado maestro del Sacro Palacio por Clemente V, y después obispo de Meaux, donde murió, en 1333.
Escribió sus comentarios sobre el maestro de las Sentencias, donde manifiesta una gran independencia, desconocida en su siglo, que le dio nombre y fama de doctor resolutissimus. “La Filosofía, escribe, no consiste en saber lo que pensó Aristóteles o lo que pensaron otros filósofos, sino en conocer la verdad y realidad de las cosas.” Tenía razón.
Durando no pertenece a ninguna escuela escolástica, ni siquiera a la tomista, que es la escuela de su Orden, sino que anduvo solo por los campos de la investigación, afirmando lo que le parecía verdadero, sin sujeción a autoridades humanas. Rechazó muchas doctrinas del propio Santo Tomás. Es autor muy digno de estudio, aunque incurrió en errores no pequeños.